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José Antonio Gutiérrez Alcoba

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José Antonio Gutiérrez Alcoba 

Lector, mi nombre es José Antonio Ramón Gutiérrez-Alcoba, que de tan estirado no suelo usar completo pues no cabe en listas, pasaportes ni licencias, como corresponde a una anatomía de un metro noventa centímetros a quien las camas suelen quedarle pequeñas y soy de signo Tauro, cuyo único acierto astrológico conmigo, es que soy un hombre tenaz.


Nací, según mis papeles, a caballo entre las veinticuatro horas y la una de un día siguiente, que es como decir a dos lunas y dos soles del primero o el dos de mayo de 1960, y ya a los seis años fui separado de mi terruño llamado Teresén, un bello caserío del estado Monagas - que así llamamos a las provincias de mi país -  a diez cuadras del borde donde empezaban los relatos indígenas y a otras tantas opuestas que advertían el índice oscuro de la mentira, para adecuarme a un mundo brumoso, informe y ajeno, desde que, por vez primera, abandoné mi río y me interné hacia el cuadrante norte del trapecio suramericano

Aquella mudanza familiar a quince kilómetros de distancia, me llevó hacia un pueblo llamado Caripe del Guácharo donde tempranamente se patentizaron las agudas tensiones a cuya resolución dedicaría todos los actos sucesivos de mi vida. Debo a una bella joven la íntima fortaleza que tuve para sortear los hundimientos inevitables a que estuve expuesto.

Siempre va a existir una diferencia entre lo que uno piensa de sí, lo que los demás piensan de uno y lo que uno realmente es. Será distinto lo que uno piensa de lo que dice de sí, lo que los demás piensan de lo que expresan sobre uno. No existe manera de anclarnos en el punto de una comprensión finalizada. Vivimos arrojados en un mundo de hermenéuticas multitudinarias en búsqueda de un centro sustancialmente móvil, sujeto a variación e inestabilidad creciente, de tal forma que se me excusará si dos horas después haya sufrido una conversión que, como la religiosa, haga irrelevante todo lo que aquí asevero y me reconozca en el hombre desconocido que soy para mí mismo.
   
Advirtamos que el trabajo por mantener una identidad dentro de la comunidad humana constituye un fundamental ejercicio de afirmación de sí construido por múltiples niveles. De allí que al describir algo o a alguien, el enfoque nuestro padezca esa sumersión inevitable hacia lo que somos y refleja la autognosis de sí, de nuestro situarnos en el mundo que se piensa en nosotros, por esto la biografía apenas marca la huella de una búsqueda nunca concluida hacia un ser completo que nos tiende los brazos para arribar al puerto de un algo que somos sin poderlo definir mientras vivimos. Padecemos la impotencia de no conocernos y nunca podremos decir con certeza lo que somos, a no ser que un ser completamente realizado lo diga y este ser es Dios de cuyo ser muy poco o nada sabemos y tampoco podremos desentrañar su conocimiento de nosotros.

Nadie nace hasta no formular esta pregunta que no se encuentra asociada necesariamente con un lugar, y el desasosiego resultante por no responderla caracteriza a la vida con esta incertidumbre constitutiva. Esto no significa, por supuesto que, en momentos determinados, cuando la consistencia de nuestro ser se pone a prueba, especialmente aquellos en que padecemos acusaciones falsas, vale decir, la atribución del acto propio de otro a un ser diferente en sentido moral; no reservemos para esta inadecuación todas nuestras fuerzas dirigidas a restablecer el equilibrio que tan vulgar amenaza significa para nuestra integridad o lo que pensamos ser a través de una trayectoria con rasgos constantes es decir, a eso que llamamos personalidad, la cual, no agotando tampoco al misterio de lo que somos, contribuye a dibujarnos en el océano de la diversidad a que estamos expuestos, o mejor dicho, expósitos. Sólo tengo noticias de un hombre que dijo cargar con las culpas de otros, pero para esto le fue necesario decirse Dios. Por fortuna, me encuentro en el lugar de quien observa que esto haya sido posible, y, debo decirlo, no pretendo imitar tal ejemplo. Nada nos garantiza, por otro lado, que no desbarremos hacia eventos inesperados que, excediendo nuestros límites, nos arrojen hacia pruebas que seremos perfectamente incapaces de prever y resistir tal como hube de aprenderlo en la épica y la tragedia griegas. Nadie sale incólume en la lucha por la vida, nos recordó Ernesto Renán, y si esto pudo decirse sobre la vida de un dios encarnado, tal vez podamos sobrellevar nuestra condición con una tristeza creadora siendo indulgentes ante el tribunal que preside nuestros actos fallidos. ¿No hablaríamos de las pérdidas, de los déficits, de los desgastes energéticos, de las caídas en la melancolía, de los insomnios, los desprecios, los errores, los sufrimientos? No solamente nos hacemos partiendo de los momentos felices y de los logros; con cada satisfacción dejamos atrás jirones de vida valiosa entregando a las fauces hambrientas del olvido las presas esquivas de nuestro corazón para desviar su acecho. Ya no puedo volverme para cambiar las palabras que dije cuando herí con ellas sin querer, clamo por recuperar la inocencia que tuve segundos antes de tomar una decisión equivocada, sufro menos el perdonar a los demás de lo que espero ellos me perdonen a mí. No sé recoger lo derramado y ¡cuántas veces destruí cuanto más amaba! Abrumado en medio de la noche, el constelado piélago del universo enmudecido devuelve las imágenes de mis caídas. Yo, que ajustaba las piezas del mundo a un ideal, verme de pronto sin lugar en él, se diría, no es el mejor currículo que deba exponerse si por tal se entiende el arte del engaño para manipular voluntades ajenas, pues no se trata aquí de ser indulgente consigo para solicitar de nadie la valoración conmigo, sino de ser honesto.
   
Los puntos de llegada cimeros privilegiados para distinguir la síntesis de múltiples actos inferibles tras la cadena de eventos que nos construye, aquellos que solemos registrar para decirnos, no son, en mi caso, más que la envoltura para esa realidad más íntima que siempre me ocupa, pues la pregunta sobre el ser es mi verdadero nacimiento y mi vida se ha construido sobre esta base. ¿Quién podría narrar la miríada de eventos que concurren a producir un segundo de existencia? ¿Quién se encuentra presto a la vivencia y su expresión simultánea? El tallo no se agota en la savia extinguida tras su erguida brotación. Presuroso por ser árbol, leñador de sí, troza su propia nervadura para devenir, a buen seguro, bosque y selva. El testimonio de lo que somos llora por cuanto inevitablemente dejamos sobre el camino de un viaje inconcluso, la imagen inversa del espejo condenado a desacertar cuando abandonamos cuanto presumimos ver. El proyecto, y creo que todo hombre atesora el proyecto de ser comprendido, de ser completamente comprendido, entraña una imposibilidad metafísica, implica un estar abandonado al misterio de una potencia incapaz de explayarse, un algo que implora por la poesía que le redima de su caída en el silencio.

Lo demás no es otra cosa sino la vestidura ostensiva del manantial en su fuente para expresar, con relativo éxito, el ofrendarnos a la mesa de la vida para enriquecerla en los otros. Espero haber servido en esto con desprendimiento a todos los amigos quienes me han acompañado en colegios, en excursiones, en luchas políticas, en adhesiones religiosas, juegos, fiestas, lecturas, trabajos, sufrimientos compartidos y en todo aquello que constituye una vida igual a las demás excepto en los consabidos acentos individuales. Acentos que signados por la contemplación, la meditación y el silencio me llevaron a participar, nueve largos años, de una experiencia comunitaria y académica en el extinto Seminario de Cumaná donde cursé con desigual suerte sus programas relativos a filosofía y teología, experiencia mística que me guió a ser formado como escultor en la Escuela de Artes Visuales “Cristóbal Rojas” de Caracas y cursar la carrera de letras en la Universidad Central de Venezuela.

Con sueños mayores a la somnolencia del cansancio, pude escribir en escenarios duros como sublimes, la memoria que deja constancia de mi amor más profundo: hondo por el vértigo de sus contrastes, dialéctico por el radio de sus oscilaciones marcadas sobre las playas del tiempo, volcán aferrado a sus cenizas, clamor hecho trigo del pan compartido, ser en unidad y ardiente diversidad. “soy vasto, contengo multitudes” dijo una vez Withman, y el solo testimonio de uno entre aquellas bastaría para leernos como signos de un algo cuyo centro trasciende al ego y lo supera para darnos la medida humilde y necesaria en la comunidad humana que nos acoge. No me presumo más contradictorio que ninguno, no; sólo que tal vez me cueste menos tener la valentía de asumirlo. No es posible prever las sendas por las que el ser revelará su epifanía, ni los caminos que recorrerá para tomar su lugar propio. Para saberlo, seguiré viviendo con todos los riesgos e implicaciones que comporta arrojarse al mar para aprender a nadar.
 
Estos memoriales de mis naufragios, podrán expresar mejor que yo ahora, el periplo de una fidelidad probada.
   
Cincuenta y tres años jalonan mis pasos por Venezuela, un país altivo y libre gracias a una lucha de principios, voluntades, inteligencia, acuerdos y batallas innúmeras cuyos derechos se encuentran a la altura de su esfuerzo histórico por darse a sí mismo leyes ciudadanas cada vez más justas. De él se podrá decir que obtuvo su gloria por merecerla de su tesón, pues no recaba su existencia por mandatos divinos ni por disposición arbitraria de potencias extrañas a su voluntad precursora de compartir valores cívicos y republicanos en su modesto territorio. A él agradezco facilitarme desde niño un temprano diálogo con la cultura clásica griega, con sus poetas y pensadores, que es como decir un pueblo literario de venerable adopción,  el único pensamiento donde me encuentro como en mi casa consultando a Homero con la devoción de un converso.

Lo demás, nutrir mi vida mortal mediante el trabajo, tolerar lo inaceptable a la espera de que el ser se hiciese manifiesto, soportar intemperies e incertidumbres, desempeñar cargos y portar honores, recibir denuestos y vivir decepciones, amar con pasión y sufrir desilusión hasta morir, forma parte de esa selección de cosas que las más preferimos apartar de la vista de quienes no se encuentren preparados para comprender la humanidad de nadie.

Hoy, trato de retomar el arte escultórico que se ha ido escorando en las costas oceánicas de los apremios, tengo mi escritorio lleno de proyectos y he hecho de la literatura, de la escritura, de la filosofía, del arte y de mis relaciones con Dios una apuesta de vida o muerte y en este combate habrá de extinguirse la flama de mi ser sobre nuestra dura y sublime tierra iluminada por el mismo sol bajo el que nací aquel lejano día cincuenta y tres años atrás. Puedo decir con Neruda que: “a veces me canso de ser hombre” y añadir que, aún sabiéndome realmente exhausto, espero acertar con el proyecto de lograrlo.

Ojalá que tanto alumnos como amigos, a quienes he transmitido mi ardiente amor por el saber, alcancen a valorar el esfuerzo que los hizo portadores de su exigencia sin tasa. A ellos como a ellas, a los pocos que alcanzaron a escuchar, les estará dedicado.

Esto es todo. Y, como pueden ver, parece suficiente tarea para una sola persona.

Hasta tanto no la concluya, no podré decir cuánto he vivido y cuando lo haga; seguro ya no estaré allí para escribirlo. Llanamente, tengo por cierto que nuestros actos totales probarán nuestra virtud y que, aún en el momento final; podemos precipitarla en los abismos – Dios guarde a todos - . Por lo pronto, me siento honrado de haber existido a caballo entre dos siglos exuberantes y digo: que volvería a vivir la vida que he tenido, si me fuera dado merecerla de nuevo.

Se me excusará, por si este esfuerzo abstracto de grafías y sintaxis no toque la piel; expresar amor filial por mis padres a quienes profeso el perenne afecto que cabe en nuestra finitud. Que nunca tomé las de Villadiego para aparentar lo que nunca fui, pues todo lo que soy lo he ganado. Incluso mereciendo mis barbas. Así me lo enseñaron.




Participaciones en La pequeña Grecia:

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