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La tragedia Agamenón de Esquilo

Clitemnestra (P.N. Guérin, 1819)
Clitemnestra (P.N. Guérin, 1819)

Esta temible tragedia griega se representó en el año 458 a.C. en las fiestas Dionisias de Atenas, donde obtuvo el primer premio. Pertenece a la trilogía llamada la Orestíada; aunque en principio era una tetralogía, pues contaba con el drama satírico Proteo.

Su argumento es el siguiente:

Un atalaya que custodia el palacio real de Agamenón en Argos, lleva aguardando mucho tiempo por la señal luminosa que le transmitirán otros vigías; haciéndole saber no solamente a él sino a todos los argivos, los ciudadanos de Argos, si la ciudad de Troya ha sido tomada ya por los aqueos, quienes hace 10 años salieron en la expedición para vengar la afrenta que recibieran ellos por causa del príncipe Paris, quien con el consentimiento de Helena, esposa de Menelao y reina de Esparta, decide llevársela consigo a Troya, por lo que se origina toda la guerra y el conflicto bélico entre griegos y troyanos.

El episodio del décimo año de esta guerra nos es narrado por Homero en la Ilíada.

Clitemnestra será un personaje protagónico en Agamenón de Esquilo. Decidí comentar esta tragedia aisladamente por cuanto sólo me interesaba por las numerosas intervenciones de Casandra en la obra. Sin embargo, preferí hacer un sencillo sumario de los hechos narrados por Esquilo en dicha tragedia.

Las órdenes de Clitemnestra eran que su vigía, el centinela del palacio, avisara al recibir la señal luminosa de otros puntos geográficos de Grecia. Esta era la forma como se hacía en la Antigüedad. De tal modo que, si Troya era tomada, se activaría una serie de señales con fogatas de ciudad a ciudad, partiendo de la región troyana en el Monte Ida, pasando por la isla de Lemnos, de este a oeste, hasta el Monte Citerón; y de éste, hasta llegar a Argos, donde se encontraba el vigía del palacio de Clitemnestra.

El vigía, un buen día, era de noche, recibió la señal fogosa, que indicaba que Troya había sido tomada. Clitemnestra se enteró a la mañana siguiente. Ella aguardaba con aparente júbilo la llegada de su esposo Agamenón y jefe de los caudillos griegos que fueron a Troya. En el camino a esta ciudad, Agamenón y los suyos, debido a un oráculo que consultaron, sacrificaron a Ifigenia en un altar a la diosa Artemisa, para que los vientos le fueran propicios a la armada del ejército helénico.

Por fin, con la noticia del sitio y la caída de Troya, tiempo después llega Agamenón a su palacio en Argos con Casandra, la profetisa troyana que le tocó en suerte después del reparto de mujeres en Troya como botín de guerra. En el palacio aguardaba pacientemente Clitemnestra.

En este momento dramático de la tragedia, Clitemnestra recibe en la entrada del palacio a Agamenón de una manera desmesurada, tras 10 años de ausencia. Prácticamente le impone caminar sobre una alfombra purpúrea, evidente símbolo de un recibimiento que sobrepasaba todas las expectativas de Agamenón. Éste le hace saber a Clitemnestra que sólo quiere que se le reciba como un ser humano, no como un bárbaro.

La tragedia o punto álgido de la tragedia es cuando Agamenón es invitado a pasar por Clitemnestra adentro de su palacio. En este punto, Casandra, que es adivina o pitonisa, empieza a dialogar con el coro de ancianos argivos, y les previene de que algo muy oscuro está por suceder tanto con su amo Agamenón como con ella misma.

La tragedia finaliza cuando en el baño Clitemnestra le apareja la muerte a Agamenón de forma artera. Éste muere degollado como un cerdo dentro de su propio palacio. Al punto, Casandra sabía, porque preveía lo futuro, que ella sería la próxima en morir a manos de Clitemnestra, como efectivamente sucede inmediatamente después del asesinato de su amo.

Ambas muertes serán vengadas por Orestes, el hijo varón de Agamenón y Clitemnestra, en las dos otras tragedias que componen la trilogía esquílea, la única trilogía que se conserva de todo el teatro griego antiguo.

Recordemos que Egisto, el amante que tenía Clitemnestra en el palacio furtivamente, fue quien planificó y urdió el asesinato de Agamenón y se jacta cobardemente de haber sido el cerebro del homicidio. No obstante, Egisto no se atrevió a matar a Agamenón con sus propias manos.

Autor: Sócrates Adamantios Tsokonas

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