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Cartas Griegas

Presentación de Cartas griegas, de Jorge Anagnostópulos
Presentación de Cartas griegas, de Jorge Anagnostópulos


Puerta de los dos Leones


Prefiero contarte que he retornado a los senderos de las amapolas, desgranándolos a través de las cartas destinadas a mi madre.
La vivencia fue real, no el sueño de un helinópulos, confinado en esta parte del mundo.
Mis ojos fueron sus ojos ciegos.
El día que apenado dejé Olimpia en su pasado mítico, seguí camino hacia Patras aún abrumado por la voz de Hermes, como quien abandonado se despide del último amor.
Llegué a la antigua fortaleza, atravesé sus calles en busca del museo y en la sala de los capiteles, descubrí el mármol translúcido en las hojas de acanto que iluminaran el cielorraso en los Tholos de Epidauros, los circulares templos funerarios.
Aquí, Hécate, poderosa en tierra y mar, imperaba con sus tres máscaras mirando en las diferentes direcciones y desplegaba su estratégica encrucijada a caminantes y a barcos de inciertos destinos.
A mis espaldas, Corinto, arrasada por romanos y donde murió la civilización griega antes de los tiempos de la Fe.
En mi peregrinar, sediento de las múltiples formas de la belleza que distrae, comprendí que la fuente y el agua que calma la sed conviven en mí.
Esta mañana, en la antesala de la ciudad, en la bulliciosa taberna de la esquina, la de tolditos azules y naranjos cultivados en enormes macetas de barro, comencé a prefigurar la carta con la visión de la sofisticada rampa empedrada que conduce a la entrada principal de Micenas, la ciudad fortificada en estilo ciclópeo, trabajo encomendado por los aqueos a los gigantes de un solo ojo y para ocultar el miedo.
En la hora en la cual el sol impide la sombra atravesé la Puerta de los dos Leones como tantas veces lo hiciera Agamenón, destructor de Troya.
Ya no hay amapolas. Todo en Micenas, la rica en oro, es árido y dorado.
Hacia abajo se prolonga la suave colina y aquí, una tenue brisa agita el polvo sobre las líneas que intentan dibujar las antiguas formas. Entre ellas, la famosa máscara de oro que no fuera su rostro real, sino la sombra de la sombra.
Hacia el oriente el círculo que aparta y protege la tumba del rey, muerto en las aguas perfumadas, apuñalado por el pelekus, en manos de la que traiciona y es traicionada, asestando el último golpe como lo exige el rito, elevando una oración al dios.
Es probable que Argino, su erógeno, fuese su último pensamiento.




Los tres laberintos


A través del laberinto de islas arribé a Creta, en la traslación dibujada en el azul por el hilo de Ariadna, a la hora de Asterión. La misma que en el Medioevo los mercaderes latinos denominaron Candia, asombrados por la blancura de sus tierras.
La luz del día me reveló este otro laberinto, Cnossos, el palacio de infinitas habitaciones cuya visión deslumbrara al primitivo heleno, habitante de los bosques sagrados, donde su desprevenido pie pisó el mármol de lo que fuera la cámara de la reina, allí su trono de alabastro y sus paredes decoradas con líneas ondulantes y delfines, perpetúan la imagen del príncipe de los lirios.
Los colores perduran en la memoria de las desiguales formas, en el temblor de las rocas y en la lejana historia que se torna amarilla, negra, azul y roja para invocar a los aqueos que introdujeron el caballo y el carro de guerra o a los dorios, portadores del hierro y de la muerte, en la tierra de la libertad.
Demoro mis pasos en el puerto de Agios Nikolaos y bajo la sombra del viñedo, proyectada en el suelo de piedra irregular de la taberna más pequeña y cercana al mar, bebí un café frapé con helado de vainilla, en el atardecer del Egeo mientras pensaba en las palabras de tu última carta: “Recuerda que allí nació Zeus y que los Curetes danzaban el pirriquio para calmar su llanto.
Otro de tu estirpe, el arquitecto Dédalo también soñó junto a Ícaro la libertad del universo en primavera.
¿Por qué Creta es el lugar donde nacen y mueren los dioses?”
Ignoro la respuesta, no el intento de hacerlo: porque nosotros somos los dioses a quienes las Moiras concedieron el eterno retorno en las diversas formas del tiempo, ese otro laberinto. Y Creta el mundo entero.
Soy la isla en la isla del Pentozali, la canción que animaba el alma de los hombres en la guerra contra los otomanos.
Soy el oasis en el desierto, la paz en el ir y venir de este aliento y agradecerlo debería ser la cualidad humana y no permitir que nadie se interponga en esta apreciación, mi única lucha y agón.
Lentamente se encendían las luces costeras y el viento marino acercaba el perfume de los mirtos y los días de la partida y el reencuentro.
Aquí la alegría se instala en la sangre de los griegos y la antigua música invita a celebrar la vida. Me acompañan el sonido del buzuki, los cantos de libertad y los hombres vestidos de negro, cuando tomados de los hombros, danzamos en semicírculo hacia la eternidad.

Autor: Jorge Anagnostópulos

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