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Cartas griegas, de Jorge Anagnostópulos

Jorge Anagnostópulos
Presentación del libro Cartas griegas, de Jorge Anagnostópulos (Berisso, Argentina; 17 de abril de 2010)


Prólogo de Cartas Griegas, por Horacio Castillo

Las Cartas griegas , de Jorge Anagonostopulos, constituyen por la belleza de su “itinerario azul” y por su devoción filial, un texto conmovedor. Texto que, al diálogo tácito, suma otro interlocutor: una voz amiga –la voz de la poesía- que sigue los pasos del peregrino por Grecia, patria de la madre muerta, y amplifica líricamente paisajes, emociones y experiencias de raigambre mítica . El hijo relata sus vivencias, mira con sus ojos y siente con su corazón pero, a la vez, mira y siente con los ojos y el corazón de su madre, que había soñado ese reencuentro durante su vida. Todo, como le cuenta el hijo, sigue en su lugar: el pueblo, la casa natal, el sendero de amapolas, el aire límpido lleno de resonancias familiares. Porque la patria, la patria esencial, es una geografía interior: “En mis sueños te reconozco -escribe- y reconozco la belleza de Grecia en tu mirada”. Y la tercera voz, la palabra de la poesía, le sugiere: “Ve a Delfos”. Entonces, cuando el viajero, que es a la vez su madre, toca el ómphalos, la piedra cónica que marca el centro del mundo, el oráculo habla, y no en términos enigmáticos, sino con la transparencia de la luz griega: “El poder de la vida. El llamado de la vida. Eres el recipiente donde yace lo divino”. He aquí la esencia de este libro que, más allá de su motivación íntima, es una celebración de la vida. Tal como lo dice el autor, y como desde el fondo del tiempo lo sigue diciendo, a través de Homero, la palabra de los dioses: “Para mí nada puede jamás compararse a la vida”.

HORACIO CASTILLO
Fue Académico de Número de la Academia Argentina de Letras
Miembro de Correspondencia de la Real Academia Española.
Poeta. Traductor de autores griegos. Ensayista.

Lo inevitable


Y sentí, ese 25 de febrero, que mi madre... Transcurrió entre..... partía al mediodía,
cuando el sol brillaba en lo más alto.
La ayudé con gran esfuerzo a levantarse y la trasladé al comedor. La acción demandó unos veinte minutos.
Transcurrió entre risas de ambas partes. Sentarnos fue un alivio. Desayunamos como todas las mañanas, untando con amor las tostadas. El aroma del café era un placer compartido.
Esa mañana ocurrió la primera señal. Sonriente y muy segura de sí misma me dijo:- Jorge voy a pensar si sigo viviendo.
El mismo día y por la noche me llamó varias veces. Mi presencia fue necesaria más de una vez.
Jugaba a preguntarle a cuál de sus cinco hijos prefería. Siempre respondía: ¿Cuál de tus cinco dedos elegís?
Aquella noche pasó sus brazos por mis hombros, acercó mi cabeza a la suya, con lento gesto y dulcemente me dijo como tantas veces, “gracias”, y me preguntó: -¿Aún no sabes cuál es mi hijo preferido? -Si, respondí, lo sé.
Agregó:- “Jorge estoy muy cansada” y se durmió.
Sentí fuerte en mi interior la libertad del ser. Comprendí como sólo el Amor puede comprender. La despedida había comenzado.

Las veinte horas de una noche de verano, febrero de 2003.

Me acosté a lo largo de la cama, a su lado, la abracé y la besé con un amor entrañable diciéndole cuánto la quería, por el sólo hecho de ser una buena persona, una bella persona. Afirmé,” te quiero con todo mi corazón, no porque sos mi madre, sino porque sos una buena persona”.
Demoró el tiempo necesario para meditar su respuesta. Dijo gracias y luego agregó:- Querido Jorge, ese amor ponelo en tu alma, no en mí.
Había silencio en la habitación. Sentado a su lado intentaba realizar la práctica del Conocimiento, sólo me invadieron pensamientos tristes y las lágrimas no esperaron. Me preguntó:- Jorge ¿Estás triste? No, le respondí. Ah!-¿Te estás encomendando a Dios?
Esa mañana, mi práctica fue de intensa inspiración: una audiencia personal con Dios.
Por la noche mirarla fue un privilegio, dormía plácidamente y luego abrió los ojos, bella la mirada azul y ya lejos según mi apreciación.
Le pregunté qué le ocurría. Respondió:-” tengo miedo”. ¿Miedo vos, a qué? Mi madre fue la persona menos temerosa que he conocido. Agregó:- No lo sé.
Pude decirle lo más bello que he dicho en mi vida, las palabras del Maestro sabias fluyeron:- No mami, no temas, "ese poder que te cuidó nueve meses en el vientre de tu madre, no te abandonará a la hora de la partida".
Esto le dije en griego con ternura infinita y con Amor Supremo. Dios estaba presente en la habitación. Ella, mi madre, sonrió.



La observaba con pudor: su piel era tersa en el cuerpo y el rostro con infinitas líneas. El sol del verano la embellecía con ese tono naranja, resaltando sus ojos claros y ella con ademán de increíble feminidad llevaba hacia atrás su pelo suelto, entre blanco y gris, recogiéndolo en la nuca. Ese día me sorprendió su belleza.
Otra noche de silencio cómplice. Ella ya era su poderosa respiración.
-Hola ma...¿Cómo estás? ¿Sabés quien soy? - Sí, Jorge mi hijo. Su sonrisa era inevitable al reconocerme, al acercarme. Mi nombre se renovaba cada vez que lo pronunciaba.
Nuestra relación era, sobre todo, alegre. Esa era la cualidad del vínculo: la alegría.
¿En qué pensás, tan quietita?- Pienso en viajar, quiero ir a Grecia, quiero ver a mi madre, la extraño. Hace tanto tiempo que no la veo y también a mis hermanitos...
-Sí, creo que deberías hacer ese viaje.
-Querido Jorge, debo viajar sola ¿Te enoja esto?-No puedo llevarte.
-Sí, madre, lo sé.
-Bueno, tal vez podamos ir juntos.
-No mami, es tu viaje, debes realizarlo. Es tu viaje.
-Gracias, Jorge. Esperame, voy a volver.
-Sí, má...

Mediodía.

Decidí atrasar mi salida al trabajo. Estaba silenciosamente extraña. Quiso almorzar hamburguesas con orégano y puré. Cristina, la mujer que la asistía en mi ausencia, le dio de comer, le gustaba comer, disfrutaba de toda comida.
Tenía nuevamente accesos de tos como había ocurrido durante la noche anterior. Cristina sugirió llamar a emergencias médicas para mayor tranquilidad. Así lo hice. Bebió té de limón.
Llegó una médica joven, de origen griego, me gustó esa sutileza de la Vida. La auscultó, le preguntó su nombre y el mío. Mi madre respondió y sonrió, feliz de que la joven médica fuera mitad griega.
En la habitación había un silencio único, perpetuo, profundo.
Los dedos de los pies, ligeramente azules. La médica me dijo que pidiera urgente una ambulancia, mi madre no respondía, ya no pronunciaba mi nombre ni el propio.
Llegó la ambulancia y los médicos la asistieron mecánicamente. Su corazón se detenía.
Comprendí que esta vez era definitiva. Fui unos segundos a la habitación contigua y me senté con los cinco sentidos hacia adentro. Inicié mi ruego, mi plegaria. Pedí por los dos. Fui consciente de cada detalle, sentí como ese fino hilo de plata se diluía.



Regresé a la habitación. Solos ella y yo. No fui ajeno al leve movimiento de sus labios: mi madre exhaló el último aliento. Mi madre ya no estaba.
Me arrodillé a su lado y la besé. Me despedí de cada parte de su cuerpo. Acaricié sus cabellos, besé los labios del primer beso, los pechos del primer alimento y su vientre, mi primer hogar. También besé sus manos, que tanto extraño, las piernas y los pies. Mis lágrimas, no de dolor, sino del más puro Amor, fueron mi ofrenda. Le agradecí profundamente que me permitiera acompañarla en el íntimo momento de su muerte. Diez años rogué por ello. Así ocurrió.
Perfumé su piel con la esencia consagrada a quien nos revela el saber, aroma que nos unió en un rito sagrado y único, a los tres.
Y recordé:” el último aliento es tu Gran Maestro”.
El silencio profundo me envolvía. La Muerte era respetuosa y magnífica.
Y sentí la belleza en los versos que el ciego poeta me revelara sobre el instante último de otro griego, Sócrates: “y la muerte azul le subió, de los pies a la cabeza”.


Sé que ha regresado cada día.



Navegando por el Egeo

Estoy en el salón comedor del barco Ariadna.

Grecia es el sustento de los dioses: ambrosía y néctar su alimento y el mío.

Intento alejarme del ruido interno y sentir el silencio de mi corazón y escribirte con su voz que conocí Lefcasiou, tu pueblito natal.

Entré a la casa en la cual naciste. Es pequeña, bella, de piedras y rojo tejado.

Mi mirada la hace singular.

Aún hay algunas pertenencias de la giagiá, la abuela, en la casa. Entre ellas, cerca de la chimenea estucada de blanco, una fotografía en la que muestra su sonrisa. Más allá, en el granero iluminado por el sol, tres gallinas que alguien alimenta.

No hay belleza comparable con la de un ser humano feliz.

Reconocí tu pueblo tantas veces nombrado, la fuente de mármol blanco que cada mañana la anciana enfermera limpia, con la dedicación de servir a Dios;

la misma que eligió regresar a su pueblo y cultivar rosas en macetas de tierra fértil y en los atardeceres, al reparo de la sombra, tejer con pequeñas agujas, interminables y bellos manteles de lino blanco, la que te recordaba con admiración por tu partida y por haber alumbrado cinco hijos en el exilio, en las lejanas tierras del Sur.

No recuerdo su nombre, sí lo que dijo la tarde que le pregunté si era feliz: “querido, en este, mi pueblo, íme xéni sé xénus”, algo así como “soy extranjera entre extranjeros”.

“Soy una extraña entre extraños”. Esto sentenció, la sabia griega que limpiaba la fuente de mármol, cultivaba rosas y tejía interminables manteles de lino blanco, atascada inexorablemente en el aquí y el ahora.

Elijo la siesta para subir la montaña por el sendero de las inmortales amapolas, instante en el cual el sol es un círculo perfecto y brillante y que según dicen en el pueblo no hay que mirarlo porque el desafío, puede dejarte ciego. Entré querida madre a tu iglesia, la misma aún conserva el frescor de los centenarios cipreses y seleccioné seis velas de delicado aroma para cumplir la promesa que nadie me pidió. Continué mi ascenso y en cada descanso corté flores, solo me distrajo un escarabajo dorado en su apresurado recorrido, como quien huye del sol, “el que hiere de lejos”.

Llegué feliz, al recodo donde la montaña ofrece las vistas más bellas del pueblo. El lugar asignado a sus muertos.

Busqué sus piedras. Me arrodillé, encendí las velas entre ellas y dejé el inmenso ramo de flores silvestres, en el florero de vidrio azul y agua fresca.

Las dos fechas en la blanca cruz señalaban la cifra final: noventa y cinco, los años que mi abuela Golfo Dorli, tu madre, longeva espartana, la de las mil enaguas disimuladoras de su delgadez, retuvo el valle en su última mirada.

El silencio es tan profundo que puedo sostener el corazón en mis manos.

Los griegos aman especialmente a los niños y con devoción a los ancianos.

Soy la isla y el azul que me circunda.

El mismo color en los ojos de la giagiá, en los tuyos, los míos y probablemente en el hijo que no engendré.

Autor: Jorge Anagnostópulos (Berisso, Argentina)

De su libro Cartas Griegas, el cual fue presentado el 17 de abril de 2010 en la Colectividad Helénica y Platón de Berisso, La Plata y Ensenada, como el primer evento dentro del Marco de su Centenario.


Cartas Griegas ganó La Faja de Honor bianual a la producción literaria 2009-2010
de la S.E.P.(Sociedad de Escritores de la Provincia de Buenos Aires)