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Una lectura diversa sobre el Filoctetes de Sófocles

Filoctetes
Filoctetes (Jean-Germain Drouais)


Autor: José Antonio Gutiérrez Alcoba 

IMPUREZA RITUAL, REINTEGRACIÓN Y HUMANIDAD: UNA LECTURA DIVERSA SOBRE EL FILOCTETES DE SÓFOCLES

“…Los que cultivaban los campos de Metone y Taumacia, y los que poseían las ciudades de Melibea y Olizón Fragosa, y tuvieron por capitán a Filoctetes, hábil arquero, y llegaron en siete naves…mas Filoctetes se hallaba padeciendo fuertes dolores en la isla de Lemnos, donde lo dejaron los aqueos después que lo mordió ponzoñoso reptil. Allí permanecía afligido; pero pronto en las naves, habrían de acordarse los argivos del rey Filoctetes…” Homero. La Iliada Canto II.

Frecuentemente encontraremos que los poetas trágicos extraen buena parte del material de sus dramas, de la tradición épica antecesora recogida y cantada por Homero unos tres o cuatro siglos anteriores a la democracia ática. Algunas de las alusiones tomadas son, como observaremos, bastante pequeñas en su extensión y sintéticas en su concisión temática.

Por ello cada vez que observamos la extremada complejidad que estos núcleos narrativos épicos alcanzan en la tragedia ática, nos sentimos inclinados a pensar que el poeta dramático pudo apelar del mismo modo que a Homero, a una tradición oral altamente elaborada y luego recompuso los mitos en la perspectiva hermenéutica que le posibilitaba su género artístico, así como su personal e intransferible capacidad creadora.

Nada nos dice Homero sobre la condición sagrada de la serpiente que inocula veneno en el pié de Filoctetes, nada nos dice acerca del lugar sagrado donde aconteció la mordedura, y de seguir la narración que nos hace, tampoco sabremos sobre la causa verdadera por la cual los aqueos tendrían que acordarse de aquel salvaje, abandonado como un náufrago sin esperanzas en una perdida isla del mar Egeo.

Este es pues el enigma cuya aclaración constituye el argumento de la tragedia de Sófocles.

Los helenos no pueden conquistar a Troya y un oráculo les indica que no podrán hacerlo sin que Filoctetes en persona dispare las amargas saetas que le han sido obsequiadas por Hércules. Es así que los jefes aqueos, los atridas, envían a Neoptólemo, hijo de Aquiles, y al deiforme Odiseo con la misión de traerlo consigo hasta el campamento griego de la costa Troyana.

La comprensión de la trama en esta obra se nos facilita porque siendo el héroe bastante torpe y lerdo tal como nos es mostrado, permite que los argumentos se reiteren, hasta arrancarle una decisión voluntaria y en este trayecto desarrollamos sentimientos de empatía y compasión por el Filoctetes, quien es dibujado con pinceladas humorísticas.

Será el joven Neoptólemo, con quien logrará establecer un sincero nexo de amistad, el encargado de explicar al viejo general, el contexto complicado de su existencia y las causas que le han signado a padecer, de tal modo que Filoctetes recupera con lentitud un sentido de vida hasta lograr incorporarlo nuevamente con la comunidad humana.

Neoptólemo a Filoctetes: “...No obstante te diré –y pongo a Zeus por testigo, vengador de los perjuros, y esto entiéndelo bien y grábalo en tu corazón- que tu sufres esa dolencia por castigo divino; porque en el templo de Apolo en Crisa, te aproximaste al custodio, que era la cuidadosa serpiente que, encubierta, guardaba el descubierto recinto sagrado. Y curación de esa grave dolencia sabe que no la alcanzarás –mientras el sol se levante por este lado y se ponga por el otro- hasta que tú mismo vengas espontáneamente a los campos de Troya y presentándote a los hijos de Esculapio, que entre nosotros están, te alivien de esa dolencia y con este arco y con mi ayuda seas el destructor de la ciudadela de Troya...”

Con estas palabras, ya al final de la tragedia, Neoptólemo, hijo de Aquiles, se dirige a Filoctetes con el fin de disuadirle en su obstinado empeño de negarse acudir a destruir Troya. Inmediatamente después, Hércules, desde la meseta donde acaba el camino, cerca de la cueva en que ha vivido Filoctetes le reiterará a este su destino que es ya de un modo determinante “designio de Zeus”. El héroe posee todas las razones para dudar de las anteriores ocasiones en que le fuera manifiesto este oráculo por boca de Neoptólemo tales como aquel en que un hijo de Príamo capturado por los aqueos, juró por su vida esta profecía y le suplica “curarte primero de esa dolencia y luego ir contigo a devastar Troya”. Duda con mayores motivos de Ulises, quien ha urdido contra él una trampa con el fin de apropiarse de sus armas para obligarle a ir a Troya como, en caso de negativa suya, robar para sí la gloria de aquel evento.

El oráculo conoce un proceso de revelación progresiva, que si bien Filoctetes ignora al comienzo, es dado suponer que Ulises conozca perfectamente, lo cual le permite anticiparse a la comprensiva negativa de Filoctetes. La duda persistente de Neoptólemo puede entenderse como el dilema ético de quien conociendo la voluntad divina, la resiste hasta comprenderla del todo, será Filoctetes quien expresará esta aporía “¿qué va a pensar uno de esto, cómo lo ha de aplaudir, si queriendo alabar las obras divinas encuentra inicuos a los dioses?”. Tanto Neoptólemo como el hijo de Peante, el uno a-priori opuesto a obedecer cualquier disposición emanada de los jefes aqueos; el otro dividido entre la obediencia a estos y su odio por ellos, entre su amor a la gloria y su sentido de la justicia, entre su afecto adquirido a Filoctetes a quien “quiere bien” y la sujeción a los dioses; conocerán un develamiento paulatino del designio, que en este caso, no violenta con mano homicida a los personajes. Podría llamársele “tragedia de la Justicia”, aquí, los elementos llegan a ordenarse evolutivamente sin llegar al caos del cosmos humano-divino.

Un elemento notable de esta tragedia consiste en la vinculación existente entre las dolencias del pié con el destino de los héroes. Aquiles tendrá su único punto débil en el pie que al no ser mojado por las aguas de la laguna estigia donde Tetis le bañara al nacer, quedó separado como un lugar de su cuerpo no consagrado, es decir, separado, profano, impuro. En efecto, parece apuntar este hecho a una concepción del cuerpo como lugar fenoménico de lo sagrado, como un campo dialéctico en lucha de las teofanías. Hefesto, el artífice metalúrgico y particularmente de armas es cojo del pié por el que Zeus le asiera para arrojarlo del olimpo hacia la isla de Lemnos donde aterrizó después de un día de constante caída. Edipo, cuya vida se debiera al incumplimiento por Lábdaco y por su hijo Layo luego del oráculo que les conminara a no tener hijos, será marcado a hierro por el pié del cual cojeará después visiblemente, marca por la cual será reconocido por su madre-esposa Yocasta. Edipo descifrará el enigma de la esfinge como un enigma referido a los pies en relación con el destino humano. Luego él, descifrador contumaz, hasta atraer sobre sí la más inenarrable desgracia, concluye en Colono; no solamente con un bastón sino llevado tanto por los pies de Antígona como por los de Hermes, es decir con ocho pies.

En los casos señalados, el defecto físico o la privación de una función corporal implica siempre un alejamiento relativo de lo divino. Hefesto será expulsado hacia el océano debido a su fealdad intolerable, Edipo será doblemente expulsado a causa de la transgresión a un tabú, Aquiles por causa de su invisible mácula tornará al reino de Hades. Pero por otro lado y como compensación a esta situación que bordea los límites de lo permitido, las fronteras entre lo sagrado y su profanación; significa la tensión decidida hacia la reincorporación del dios o del héroe con la comunidad humana, reincorporación que conoce dos fases: el personaje será protegido por dioses u hombres (Aquiles por Tetis, Hefesto por Hera, Edipo por Teseo en Colono) y en segundo lugar porque poseen una habilidad especial que los convierte en seres imprescindibles para dirimir una causa (Hefesto es luego reincorporado por Hera, a causa de su insuperable capacidad como artífice, Edipo por su capacidad descifradora y luego porque su cadáver garantizará la paz a la ciudad en que reposen sus restos, Aquiles, para obtener una victoria decisiva sobre los troyanos) curiosamente en el caso de Hefesto, debe apuntarse que su primera fragua aconteció en una caverna mientras duró su expulsión. Estas asociaciones mueven a realizar ciertas comparaciones con Filoctetes, dado que en él se verifican, sin obviar que su historia se encuentra tejida en una red mítica mucho más vasta.

Filoctetes ha incurrido en profanación de un lugar sagrado “porque en el templo de Apolo en Crisa, te aproximaste al custodio, que era la cuidadosa serpiente que, encubierta, guardaba el descubierto recinto sagrado” se pone de relieve aquí una contradicción propia de la dialéctica sacral: si lo santo debe estar separado de la presencia profana, luego ¿por qué se muestra?, ¿a cuál actitud debemos atribuir la aproximación de Filoctetes? Él no es un sacerdote, lo cual se observa en su obstinada resistencia al oráculo, él no posee el don de la adivinación y esta sólo le es notificada, viéndose en el caso de descifrarla penosamente con ayuda de Neoptólemo y Ulises. Se puede suponer, sin que eso implique una afirmación, que él, heredero de Hércules, posea especial confianza en otros flechadores como Apolo tales como Artemisa u Orión. Sin embargo; dado que el poeta no informa de ello, la suposición más simple es que Filoctetes atravesó los umbrales del templo y penetró en las inmediaciones del custodio-serpiente por pura curiosidad. Filoctetes es pues, un profano que amenaza la integridad sacral del lugar santo con su impura presencia y por ello le sobreviene un castigo inmediato.

No puede desdeñarse aquí la presunción de que la impureza del héroe pueda provenir de las flechas de Hércules contaminadas con la sangre del centauro Neso, así como que el contagio mortal adquirido por Hércules al vestirse con el manto que le obsequiara Deyanira que sucediera durante una hecatombe purificatoria lo cual permite colegir una transgresión ritual e impureza de algún tipo. Asi, no sería meramente la llama de las víctimas que incitaron a que fuera abrasado en fuego; sino un castigo sobrevenido al introducir un objeto mágicamente contaminado. En Traquinias el sacrificio se invierte, el sacrificador es sacrificado, cual si sólo con muerte habría de purgarse un mal desconocido, una afrenta contra los dioses en ese mismo momento. Ello nos inclinaría a pensar que la muerte de Hércules acontece por unas causas diferentes a los solos celos de Deyanira.

De modo similar, Filoctetes es inmediatamente castigado: la serpiente le muerde el pié causándole una herida purulenta que destila sangre y pus y sangre permanentemente. Como efecto de la enfermedad sagrada queda contaminado y, constituyendo así una amenaza para la sociedad militar aquea que navega hacia Troya, deciden abandonarle en la isla de Lemnos.

Los aqueos tienen especial miedo a la peste que pueda desatarse por causa de enfermedades sagradas. Ellas parecen repetir el peligroso mecanismo que las funda: una vez contraídas, impiden la comunicación con lo divino, entorpecen los sacrificios y las ofrendas “pues de la llaga que lo devoraba le destilaba el pié gota a gota y no nos dejaba celebrar tranquilamente las libaciones ni los sacrificios” dirá Ulises" “¿Podrá ser ataque de enfermedad divina?” dirá a su vez el coro en un contexto diferente, el de Ayax, en momentos en que se teme que la locura se propague destruyendo los nexos sociales de la sociedad aquea. Sabemos que Apolo castigó duramente con dardos y pestes a las tropas griegas, que Tebas fue asolada por una peste debida tanto a la desobediencia a un oráculo como a un incesto y estos hechos mueven a considerar que tanto las pestes colectivas como las enfermedades individuales son debidas a errores cometidos en el orden moral, religioso, mítico y ritual, debiendo ser subsanadas en la región de esas esferas específicas. Filoctetes debió discutir con Ulises este argumento, antes de ser abandonado en Lemnos “ Es que, ¡oh infame aborrecido de los dioses!, ¿ya no soy para ti cojo y maloliente? ¿es que ya te es posible quemar sacrificios a los dioses, aunque yo los presencie? ¿ya puedes hacer libaciones a los dioses?. Este, pues, fue tu pretexto para desecharme ".

Filoctetes padece exclusión u ostracismo, se encuentra extrañado de la sociedad humana, expulsado hacia la más absoluta soledad. No posee en este caso el auxilio de hombre o dios alguno que le infunda una esperanza a su término, sino que vive completamente en el seno de una naturaleza silente, aislado de todo contacto que pueda difundir su mal. El hecho de que viva en un habitáculo subterráneo parece confirmar la idea de que ha sido enterrado en vida. Por todos los medios a su alcance los crueles atridas le han confinado a perecer. No obstante, si bien no puede acudir como un suplicante a instancia alguna, el papel protector lo asume la isla de Lemnos que aparece aquí humanizada y Filoctetes ante la cueva que le diera amparo y cobijo, se dirige a ella cual si se tratase de una persona y se detiene para despedirse: “¡Oh, antro de cóncava piedra, caliente y frío! ¡Cómo se ve que no debía yo, pobre de mí, dejarte jamás, sino que has de ser testigo de mi muerte!” Le saluda: “Deja, pues, que al marcharme dirija un saludo a esta tierra. ¡Salve, oh mansión, compañera mía...os dejo ya”. Filoctetes desterrado pues, encuentra en Lemnos protección a su vida del mismo modo que lo encontrase Hefesto.

En cuanto a su dolencia e impureza, reiteraremos que esta sólo puede ser curada en la perspectiva de la reincorporación a la sociedad. El héroe debe ser purificado, lavado de su mal antes de emprender cualquier acción en ella, so pena de atraer sobre sí y sobre el mundo un castigo mayor. Por ello, de manera explícita Neoptólemo le recordará que antes de destruir Troya, debe acudir a los hijos de Esculapio con el fin de sanar, y sin lo cual el mal no le será retirado. Se advierte aquí el orden ritual estricto que debe seguir para lograrlo: él no puede destruir Troya sin la ayuda de Neoptólemo, ni este sin aquel, no puede hacerlo sin antes acudir a los hijos de Esculapio, no puede alcanzar la salud ni la gloria (la reincorporación con sus iguales y reintegración social) hasta no destruir a Troya.

Filoctetes es en suma él mismo un arma mortífera, lo es por su cuerpo, lo es por sus armas. Con uno amenaza con destruir el cosmos aqueo, con las otras el cosmos troyano.

Expulsado a causa de una enfermedad sagrada contraída por descuido ritual, protegido por una isla que lo recibe como a un suplicante y luego por la profunda piedad humana del joven Neoptólemo, el héroe es librado de sus sufrimientos a causa de su insuperable habilidad en el manejo del arco por él heredado de Hércules y devuelto a su dignidad originaria.

No deja de sorprender la actitud de Ulises cuya figura legendaria es sometida por el poeta a corrosiva crítica: un despreciable ladrón de glorias ajenas cuya ausencia constituyera tal vez una suerte para su joven hijo Telémaco que a la sazón le esperaba en Ítaca. Ninguna figura resulta en este sentido más contradictoria con aquel pedagogo de Telémaco llamado Mentor que el propio padre de aquel, quien es visto aquí en el triste papel de corruptor de la nobleza en el joven Neoptólemo, amaestrándolo en toda clase de mentiras, trampas e hipocresías con el fin de obtener fraudulentamente el poder y la gloria. Se dibuja con nitidez la disimetría existente entre Neoptólemo y Ulises. En este combate, la piedad y la amistad del joven terminan triunfando sobre la perfidia, tal vez en un velado ataque del poeta contra la sociedad de su tiempo.

Un aspecto destacable de la técnica dramática sofoclea, se pone de relieve en la relación de proximidad existente entre los lugares en los cuales acontece y las urgencias propias del desenlace. Así, se puede notar una correspondencia completamente ficcional, la geografía se encuentra supeditada a las exigencias dramáticas o narrativas.

La obra se inicia en la isla de Lemnos, equidistante tanto de la isla de Creta, las costas griegas y el sur del continente asiático en una formación insular conocida como islas cicládicas constituidas entre otras por Imbros, Naxos, Lemnos y Paros. Sin embargo el poeta hace decir a Neoptólemo que Lemnos se encuentra situada a dos días de navegación en dirección a Troya, en dirección al norte de Asia, distancia ciertamente insalvable por la navegación de aquel tiempo. Prácticamente las distancias geográficas muy lejanas son salvadas en términos de un día o dos, favoreciendo así con rapidez los desplazamientos propios de los personajes, todos, excepto Hércules, marineros.

Ya al final, tanto Filoctetes como Neoptólemo, infundido por el afecto cordial que experimenta por aquel, deciden navegar hacia Esciro. El joven ha depuesto su inclinación a cumplir por la fuerza el mandato divino, optando por el amor al amigo y el respeto a su voluntad. Ha depuesto su legítima ambición a la gloria supeditándolo todo al afecto de aquel a quien “quiere bien” y, una vez formado un primer nexo indestructible de cohesión interpersonal, encontrándose así preparados para emprender nuevos trabajos; interviene Hércules para asegurarles el buen término de su expedición por él a ellos exigida hasta la ciudad de Troya:

“Y en esto debeis pensar después que desvasteis el campo troyano: en ser piadosos con los dioses; pues las demás virtudes las estima como secundarias el padre Zeus, porque la piedad no muere con los mortales: que vivan o mueran estos ella no perece”


Autor: José Antonio Gutiérrez