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La juventud de Odiseo

Barco de odiseo
El viaje de Odiseo


Autor: José Antonio Gutiérrez Alcoba 

DE CAMINOS

Cuenta el poeta Homero, que llegado el decimoquinto año de su nacimiento, el encanecido Autólico, vio llegada la hora de cumplir a sus padres, la promesa que les hiciera de invitar al palacio a su nieto, cuando habiendo venido este al mundo, le bautizó con el nombre que todos conocemos diciendo: "¡Yerno, hija mía, ponedle el nombre que os voy a decir!. Cuando llegué aquí, después de haberme airado con muchos hombres y mujeres yendo por la fértil tierra, sea Odiseo el nombre que le ponga. Y cuando llegue a mozo y vaya al Parnaso, a la gran casa paterna donde se hallan mis riquezas, le daré parte de las mismas y os lo enviaré contento".

He aquí que al tiempo propicio envió a Euríbates, heraldo de su ciudad con este mensaje para sus padres y la orden de regresar con el joven bien protegido hasta su casa.

Al llegar Euríbates, entróse por la amplia avenida de ancha calle y fue recibido por Euriclea quien dio aguamanos al heraldo y lavó su cuerpo polvoriento. Le dio de comer Eurínome, la despensera del palacio y poniéndole bellas vestiduras sobre los hombros, le condujo hasta la sacra potestad de Laertes quien conversaba animadamente con su consorte Anticlea, mientras esta ocupaba sus manos en tejer un manto purpúreo.

Se inclinó el heraldo ante los reyes, semejantes a los dioses y así habló:

--Vengo, portador de mensajes, enviado del rey Autólico que impera en el Parnaso, a entregarles el cumplimiento de su antigua promesa de invitar a Odiseo a su sagrada ciudad, apenas el barbiponiente rostro anunciara su entrada a la edad viril.

--Laertes: Esperábamos tan grato anuncio por estos días, no otro era el asunto que ahora ocupaba nuestras palabras.

--Anticlea: Bien vale ser comedido y respetar las formas convenidas entre los hombres, sé bienvenido a nuestra casa; ¿traes contigo el símbolo?

--Euríbates: Al partir, vuestro padre me dio este molde convexo, cuyo cóncavo contrario contiene la figura de Febo Apolo.

Anticlea envió a Euriclea traer la tablilla de yeso y, una vez comprobaron que las formas opuestas se correspondían perfectamente, dispusieron violáceo vino en las rebosantes cráteras y libaron a los dioses en copas de electro labrado, elevando a los olímpicos agradecidas preces:

"¡Sacratísimas divinidades a quienes sea grata Ítaca y cuantos en ella moramos, enviad sobre nosotros vuestros dones y tú, Hermes cilenio, que guías a los viajeros, protege y cuida a nuestro joven hijo a quien disponemos enviar al Parnáso, a la ilustre mansión del ínclito Autólico!"

Apenas la aurora de rosáceos dedos emergía de la noche en cuyo seno las pléyades se entregaban al confortador sueño, levantáronse los jóvenes y el hijo de Arcesio les instruyó:

--"Lleven a Autólico la señal de nuestra amistad. He dispuesto dos veloces caballos conocedores del camino y dos yeguas con los obsequios apropiados para los anfitriones que habrán de recibirles. Ni a derecha ni a izquierda difieran el trayecto. Si por fuerza mayor, porque así pluguiera a las deidades, se ven obligados a tomar desvíos y atajos; actúen con mente flexible y por ningún motivo, tuerzan su objetivo". Dijo y alzando ambas manos prosiguió: ven caro hijo a que te bese y despidiéndote ahora puedas volver a nosotros sin contratiempos". Odiseo inclinó la cabeza ante su padre quien besó su frente y luego tornó a la anchurosa puerta, desde donde les vió partir hasta que aquellos se esfumaron tras el horizonte.

La tierra hundía ya su luminosa faz hacia la negra noche y titilaban dispersos los candiles con que los mortales hombres combaten al oscuro aliento atmosférico de Hades, cuando Euríbates y Odiseo arribaron.

Autólico muy alegre les recibió a las puertas de su murallosa ciudad y ordenó a sus ciervos atender con toda diligencia al huésped.

Así como la pelícana cuida a sus polluelos, al punto de renunciar a la peregrinación anual de sus compañeros hacia lejanos parajes donde encontrarán opíparo alimento y cálido abrigo; ella permanece allí bajo crudelísimo invierno padeciendo rigores y luego, al retornar aquellos en primavera, les ve, alégrase su corazón y les muestra orgullosa a sus aliponientes críos. Así Autólico y sus hijos se alegraron con la llegada de Odiseo a palacio.

Autor: José Antonio Gutiérrez