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Gracias por el fuego



Gracias por el fuego

No abro los ojos, presiento que al hacerlo, me alejo.

Verano en Grecia. No recuerdo el día ni el año, sólo el impulso del corazón me invita a  escribirte.

En cada monasterio, traspasados los muros y el alto portal, me espera el sabor reparador de ta lucumbia y to ousho. Me gusta este cansancio y su efecto narcótico exacerbado alguna vez por los poetas malditos y la percepción de lo bello es común, se instala en mí, es mi propia naturaleza. El cuerpo y la mente, aligeran su peso.

Juego con los colores: lucumbias dulces, amarillas, rojas, el mentolado verde y el alcohol suave, mantienen mi  lucidez.

Un cuarto austero, amplio y en penumbras. Un catre, una ventana y el vasto universo. Esta es la hospitalidad de los monjes.

Caminé seis horas. ¿Fueron seis? Estoy en Xiropotamus, el monasterio de las rosas. No existe el tiempo en los senderos que los helenos denominaron monopaty. Me estremece pensar que antiguos peregrinos transitaron estos mismos caminos, ser uno más en sus huellas, precipitarme en territorios sagrados.

Pisar las amapolas es la frecuente delicadeza de Dios.

Me embriago de tal embriaguez, que sólo el humano poder puede sentir.

Los griegos somos brutales. Murmuramos, hablamos entre paréntesis, entre comillas, ejercemos la traición. También ofrecemos agua, pan, alegría, el abrazo oportuno y brindamos por la Vida.

El sol se escurre tarde en el verano, los seres diurnos huyen con él.

Te conté que soñé con faroles y copas de cristal rojo. La ventana abierta hacia la noche, sin rejas y desprovista de cortinas que columpien el viento, sugiere la complicidad del sueño. Mi último recuerdo se reitera: aroma de olivos, cipreses, más intenso aún el perfume ofrecido a la noche por las adelfas y la voz del Egeo, que alto en su volumen me permite imaginar las olas buscando la playa de guijarros, no la de arena. Siempre.

Tengo cien  años y el Maestro me dice en sueños: “Todos saben que la gota está en el océano, pocos saben que la gota contiene al océano”. Comprendo amiga, tuya es ahora esta sentencia: haz vuelto a nacer.

En mis sueños te reconozco y reconozco la  belleza de Grecia  en tu mirada. Y en mi soledad la luz, la música, el néctar. Entorno los ojos y me entrego a la poderosa respiración.

La paloma, portadora de mensajes, vuela hacia vos y aún no te he hablado de la arquitectura del lugar, de mis ancestros, de todos los que fui y del que ansío ser. El océano es pequeño. Te espero.

                                                                                      ¿Te dije que te amo?

Autor: Jorge Anagnostópulos