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Las amapolas de Stavros

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Las amapolas de Stavros


Pasé el día en la deshabitada isla de Delos, cerrada al visitante a la hora del ángelus.
Aquí, en la estéril Ortigia de aquel tiempo, se refugió Leto para alumbrar a Apolo y a Artemis, evitando la ira de Hera
Los jonios que enfrentaron a los persas sacralizaron la roca venerando al Sol. El mismo que continúa hiriendo de lejos, vulnerado hoy por el humano olvido.
Asciendo la rampa a través de la galería falofórica. El solitario león de mármol, mira como la primera vez, desde hace tres mil años, el Sol sin ocaso.
Una columna y un león y la flor de jacinto quedaron de aquella tragedia; y ningún actor.
Hay malva entre las rocas y amapolas.
Sereno el azul del Egeo.
El círculo de oro, arquetipo del mediodía, suspendido en el hueco del universo.
Y yo, vivo de toda vida.
Aspiro el aroma de la menta, aprecio el azul del mar, me conmueve el intenso color de las flores. De igual modo que aquellas flores extendidas frente a la carpintería, donde el maestro griego Stavros Mijalakakis oficiaba de carpintero y, apasionado, refería la historia de Odiseo, mientras el rulo de la viruta planeaba en el aire perfumado de resina.
En la franja de tierra lateral a la vereda del taller, rojas amapolas, cuyas semillas traía Stavros de la patria lejana, ofrecían su belleza a mi adolescente mirada.
La solitaria columna jónica y el adusto león de mármol y el jacinto que enamoró a Apolo, configuran la escenografía que el Gran Mago desplegó hoy para mí.
Entre el aquí y el ahora, en la isla en la que se impedía el nacimiento o la muerte, eterno y feliz, te recuerdo.




Autor: Jorge Anagnostópulos

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