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Megalo Metéoro

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Autor: Jorge Anagnostópulos
   Megalo Metéoro



   Amanece en el fantástico paraje. Creado por vestigios de meandros hoy ausentes, el río caudaloso inundaba la geografía hasta alcanzar sus alturas. La persistente gota, labró las actuales formas del bosque pétreo y aquel otro de verdes enramadas, el bosque rumoroso.
   La arquitectura elevada ofrece la visión de numerosas aves. La grajilla y la corneja cenicienta y en el cielo interior, los mirlos blancos de Cyllene (*).
   El vuelo del córvido recuerda en el presente las cenizas del monasterio de San Demetrio, donde el sultán de Ioánina cortara  en cuatro pedazos el cuerpo del padre Efthimios Vlajavas, denominado perrósofo por los turcos. Bárbaros paganos de un pueblo descastado, cuyo único dios es el río de aguas rojas.
   Sucedió en  tiempos de San Dionisio el Filósofo.
   Regresé al Megalo Metéoro. El gran monasterio de la Metamorfosis conserva el pasaje bíblico de Jesús. Me detuve frente a la pared de colores disipados. El hombre de la Epifanía, se tornaba en blanco resplandor. Los apóstoles estaban allí como declarantes de una heredad. Deseé, fervorosamente, pertenecer al espacio perpetuado en la roca. Y sentí que “el respirar, excede las palabras” (**).
   Aquí estoy. Sólo de toda soledad. De toda piedad y de toda inclemencia, absuelto. En estos kastros (***), testigos de primitivas luchas. La memoria del arma que da muerte y el hálito que la impide.
   Yo que fui aire, fuego y agua, seré el cuarto y último elemento, cuando Aliento ejecute la sentencia y libere el simulacro secreto de Dios.


Autor: Jorge Anagnostópulos
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(*) Cyllene: monte en la península del Peloponeso. Los mirlos blancos, las aves que no cantan.
(**)  Rodolfo Modern
(***)  Kastro: castillo, fortaleza.

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