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Kallistos Ware - La Iglesia Ortodoxa

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LA IGLESIA ORTODOXA - KALLISTOS WARE - CAPÍTULO 9 - EL SIGLO VEINTE III: DIÁSPORA Y MISIÓN..

La diáspora ortodoxa afronta dos problemas básicos. El primero es la transición que se ha de efectuar de la primera generación, de inmigrantes ortodoxos, a la segunda generación, de ortodoxos nacidos y criados en países de occidente. La primera generación de inmigrantes, aun sin que practique la fe activamente, suele atenerse hasta la muerte a la identidad que tiene, o que siente tener, como cristiano ortodoxo. Y ¿qué ocurrirá con la segunda generación? ¿Se mantendrá fiel a su herencia ortodoxa, o sucumbirá a la indiferencia hasta ser absorbida en la cultura seglar occidental que le rodea? En Norteamérica, donde la gran mayoría de los inmigrantes llegaron antes de la Primera Guerra Mundial, las colectividades ortodoxas en su mayor parte lograron traspasar esta transición cultural tan importante, de la primera a la segunda generación; se registraron pérdidas sustanciosas, pero aun así la Ortodoxia logró sobrevivir. Sin embargo, en Europa y en Australia la mayoría de los inmigrantes llegaron después de la Segunda Guerra Mundial, y la transición todavía no se efectuó del todo.

Al momento de efectuarse esa transición, es de importancia trascendental que las comunidades ortodoxas busquen sus futuros sacerdotes entre los jóvenes ortodoxos nacidos y formados en occidente, en lugar de importar sacerdotes de la madre patria. Resulta todavía más importante que el idioma vernáculo - el inglés, el francés, el alemán¬etc... - se emplee en los cultos y oficios litúrgicos. Si no, los jóvenes se irán alejando, desbordados por una Iglesia que parece preocuparse más de mantener la cultura y el idioma de la ‘vieja patria’ que de predicar la fe cristiana. Desafortunadamente las autoridades ortodoxas de occidente, deseosas de conservar su patrimonio nacional, muchas veces progresaron lentamente en lo de introducir el idioma vernáculo local en los oficios eclesiales.

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Al constituir una pequeña minoría en un entorno ajeno, los ortodoxos de la diáspora han tenido muchas veces que luchar exclusivamente por sobrevivir. Pero por lo menos algunos de ellos se dan cuenta de que además de sobrevivir se enfrentan a otro reto mayor. Si creen de verdad que la Ortodoxia es la auténtica fe católica, no tendrían de segregarse de la mayoría no-ortodoxa que les rodea, sino que debieran compartir su Ortodoxia con los demás, y tenerla como un honor y privilegio. No será mera coincidencia, que Dios permitió a los ortodoxos diseminarse por todo el occidente en el siglo XX. Esa diáspora no es algo trágico y fortuito, sino, al contrario, constituye nuestro kairos, nuestro momento de oportunidad. Para poder responder a este kairos tal y como debemos, nosotros los ortodoxos tenemos que entender y prestar atención: llegar a una comprensión más profunda de nuestro patrimonio ortodoxo, y prestar atención con mayor humildad lo que nos dicen nuestros compañeros de occidente, tanto religiosos como laicos. La falta de contactos recíprocos no es un asunto solamente de los ortodoxos de la diáspora. Hace mucho tiempo que los distintos Patriarcados y las Iglesias autocéfalas se encuentran demasiado aislados unos de otros, sin poder evitarlo muchas veces. Incluso el único contacto formal ha consistido en el cruce de correspondencia por parte de los jerarcas eclesiásticos. Hoy en día continúa el aislamiento, pero se nota un afán, que va creciendo paulatinamente, de una cooperación más estrecha. Entra en escena la participación de los ortodoxos en el Concilio Mundial de las Iglesias: en las enormes reuniones de este Concilio Mundial de las Iglesias, los delegados ortodoxos se han visto a menudo incapaces de hablar con uniformidad de conceptos. Y se preguntan ¿por qué nos hace falta un Concilio Mundial para reunirnos nosotros los ortodoxos? ¿Por qué no nos reunimos nosotros exclusivamente para discutir los problemas que tenemos en común? La urgencia de la cooperación pan-ortodoxa se siente sobre todo entre los grupos juveniles, ámbito en que de mucho ha servido el trabajo de Syndesmos, organización mundial de la juventud, fundada en 1953.

Las tentativas de cooperación las protagonizó, lógicamente, el jerarca superior de la Iglesia Ortodoxa, el Patriarca Ecuménico. Tras la Primera Guerra Mundial el Patriarcado de Constantinopla se planteó convocar un ‘Gran Concilio’ de la Iglesia Ortodoxa en su totalidad, y el primer paso que dio fue planificar el ‘Pre-Sínodo’ que había de preparar los temas a tratar en el Concilio. Se reunió una Comisión Inter-Ortodoxa en una sesión preliminar, celebrada en el Monte Athos en 1930, pero nunca se llevó a cabo el Pre-Sínodo, debido mayormente a que el gobierno turco lo obstaculizó. Alrededor de 1950 resucitó la idea el Patriarca Ecuménico Atenagoras, y tras repetidos aplazamientos por fin logró reunirse el ‘Congreso Pan-Ortodoxo’ en Rodas en septiembre de 1961. Se realizaron otros Congresos de Rodas en 1963 y 1964, y desde entonces se van reuniendo con regularidad en Ginebra comisiones y congresos inter-ortodoxos. Los principales temas que se tratarán en el ‘Gran Santo Sínodo', si es que logra reunirse, serán los problemas de la desunión de la diáspora, las relaciones de la Ortodoxia con las demás Iglesias Cristianas (es decir, el ecumenismo), y la aplicación de la ética ortodoxa a las realidades del mundo moderno.