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Segundo Domingo de Cuaresma

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HOY, DOMINGO 16 DE MARZO: LITURGIA ORTODOXA A LAS 10 DE LA MAÑANA. EN SAN NICOLÁS 20. SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA

El segundo domingo de Cuaresma la Iglesia Ortodoxa conmemora a nuestro Santo Padre Gregorio Palamás, Arzobispo de Tesalónica, el Milagroso. El día de la fiesta de San Gregorio Palamás es el 14 de noviembre; sin embargo, se conmemora hoy domingo como la condena de sus enemigos y la reivindicación de sus enseñanzas de la Iglesia, que en el siglo 14 fue aclamado como un segundo triunfo de la Ortodoxia.

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http://www.acoantioquena.com/boletin/domingo-de-san-gregorio-palamas-2

¿A quién conmemoramos hoy?

A San Gregorio Palamás

Este domingo solía ser dedicado a San Policarpo de Esmirna (que recordamos el pasado 23 de febrero). Después de su glorificación en el año 1368, el segundo domingo de la Cuaresma fue nombrado como día para recordarlo como el del segundo “Triunfo de la Ortodoxia”.

San Gregorio Palamás, Arzobispo de Tesalónica, nació en el año 1296 en Constantinopla. Su padre se convirtió en un prominente dignatario en la corte de Andrónico II Paleólogo (1282-1328), pero al poco tiempo murió, y el propio Andrónico tomó parte en la crianza y educación del niño. Dotado de excelentes habilidades y de gran diligencia, San Gregorio dominaba todos los temas que entonces componían el ciclo completo de enseñanza superior. El emperador esperaba que el joven se dedicara a la labor en el gobierno pero Gregorio, con apenas veinte años de edad, se retiró a Monte Athos, en el año 1316 y se convirtió en novicio en el Monasterio de Vatopedi quedando bajo la guía monástica de Aba Nicodemo de Vatopedi (que recordamos el 11 de julio). Fue tonsurado y comenzó por el camino del ascetismo. Un año más tarde, el santo evangelista Juan el Teólogo se le apareció en una visión y le prometió su protección espiritual.

Después del fallecimiento de Aba Nicodemo, San Gregorio pasó ocho años de lucha espiritual bajo la guía de Aba Nicéforo, y después de la muerte de éste, San Gregorio fue transferido a la Lavra de San Atanasio. Aquí servía las mesas, y luego se convirtió en cantor de la iglesia. Pero después de tres años, se estableció en la pequeña hermita de Glossia, en búsqueda de un mayor grado de perfección espiritual. El abad de este monasterio enseñaba el método de la oración incesante que había sido cultivado por los grandes monjes, comenzando con los grandes ascetas del desierto en el siglo IV como Evagrio Póntico y San Macario de Egipto.

Más tarde, en el siglo XI San Simeón el Nuevo Teólogo proporcionó instrucciones detalladas con respecto a la actividad mental de los que rezan de manera externa, y los ascetas de Monte Athos la pusieron en práctica. El uso y la experiencia de la oración del corazón, que requiere de soledad y tranquilidad, se llama “Hesicasmo” (de “hesijía”, palabra griega que significa calma, silencio), y los que la practican son llamados “hesicastas”.

Durante su estancia en Glossia el futuro jerarca Gregorio quedó totalmente imbuido con el espíritu del hesicasmo y lo adoptó como una parte esencial de su vida. En el año 1326, debido a la amenaza de las invasiones turcas, él y los hermanos se retiraron a Tesalónica, donde fue ordenado al santo sacerdocio.

San Gregorio combinó sus deberes sacerdotales con la vida de ermitaño. Cinco días en la semana pasaba en el silencio y la oración, y sólo el sábado y el domingo salía a su pueblo. Celebraba los servicios divinos y predicaba sus grandes sermones. A veces organizaba encuentros teológicos con la juventud educada de la ciudad, encabezados por el patriarca futuro, Isidoro. Después de su regreso de una visita a Constantinopla, encontró con un lugar adecuado para la vida solitaria cerca de la región de Tesalónica llamada Bereia.

Pronto se reunió aquí una pequeña comunidad de monjes solitarios a quienes guió durante cinco años.

En 1331 el santo se retiró al Monte Athos y vivió en soledad cerca de la Lavra de San Atanasio. En 1333 fue nombrado Abad del monasterio Esfigmenu en la parte norte de la Montaña Sagrada. En 1336 el santo volvió a la soledad, donde se dedicó a escribir sus grandes obras teológicas, continuando con esto hasta el final de su vida.

En la década de 1330 diversos eventos tuvieron lugar en la vida de la Iglesia Oriental que pusieron a San Gregorio entre los apologistas universales más importantes de la ortodoxia, y le trajeron gran renombre como maestro de hesicasmo.

Hacia el año 1330 el erudito monje Barlaam había llegado a Constantinopla desde Calabria, en Italia. Él era autor de tratados sobre lógica y astronomía, un orador hábil y perspicaz, y recibió una cátedra universitaria en la ciudad capital y comenzó a exponer sus enseñanzas sobre las obras de San Dionisio el Areopagita, cuya teología “apofática” (“negativa”, en contraste con la “katafatica” o “positiva”) fue aclamada en igual medida tanto en el oriente como en las Iglesias occidentales. Al poco tiempo Barlaam viajó a Monte Athos, donde entró en contacto con la vida espiritual de los hesicastas. Diciendo que era imposible conocer la esencia de Dios, declaró la oración mental como un error herético. Viajando desde Monte Athos a Tesalónica, y de allí a Constantinopla, y luego de nuevo a Tesalónica, Barlaam entró en disputas con los monjes e intentó demostrar la naturaleza creada y material de la luz del Tabor (es decir, de la luz en la Transfiguración). Barlaam ridiculizó las enseñanzas de los monjes acerca de los métodos de oración y sobre la luz increada vista por los hesicastas.

San Gregorio, a petición de los monjes del Monte Athos, respondió con amonestaciones verbales al principio. Pero al ver la inutilidad de tales esfuerzos, puso sus argumentos teológicos por escrito. Así aparecieron las “Tríadas en Defensa de los Santos hesicastas” (1338). Hacia el año 1340 los ascetas del Monte Athos, con la ayuda del santo, compilaron una respuesta general a los ataques de Barlaam, el llamado “Tomo Agiorita”. En el Concilio de Constantinopla de 1341 en la iglesia de Santa Sofía, San Gregorio Palamás debatió con Barlaam, centrándose en la naturaleza de la luz del monte Tabor. El 27 de mayo de 1341, el Concilio aceptó la posición de San Gregorio Palamás, que Dios, inaccesible en su esencia, se revela a través de sus energías, que se dirigen hacia el mundo y son capaces de ser percibidas, como la luz del Tabor, pero que no son ni material ni creadas. Las enseñanzas de Barlaam fueron condenadas como herejía, y él mismo fue anatemizado huyendo a Calabria.

Pero la disputa entre Palamás y Barlaam estaba lejos de terminar. Para estos últimos aparecieron discípulos como el monje búlgaro Acindino, y también el patriarca Juan XIV Kalekos (1341-1347), el emperador Andrónico III Paleólogo (1328-1341) que también se inclinaba por su opinión. Acindino, cuyo nombre significa “el que inflige daño” causó realmente un gran daño por su enseñanza herética. Acindino escribió una serie de panfletos en el que declaraba a San Gregorio y a los monjes del Monte Athos culpables de causar trastornos en la iglesia. El santo, por su parte, escribió una refutación detallada de los errores de Acindino que se conservan hasta hoy. El patriarca apoyó a Acindino y llamó a San Gregorio la causa de todos los trastornos y perturbaciones en la Iglesia (1344) y lo encerró en prisión por cuatro años. En 1347, cuando Juan XIV reemplazó en el trono patriarcal a Isidoro (1347-1349), San Gregorio Palamás fue puesto en libertad y fue hecho arzobispo de Tesalónica.

En 1351 el Concilio de Blacherne confirmó solemnemente la ortodoxia de sus enseñanzas. Pero la gente de Tesalónica no aceptó inmediatamente a San Gregorio, y él se vio obligado a vivir en varios lugares. En uno de sus viajes a Constantinopla el barco bizantino cayó en manos de los turcos. Incluso en cautiverio, san Gregorio predicaba a los prisioneros cristianos e incluso a sus captores musulmanes. Algunos musulmanes no pudieron soportar esto, por lo que lo golpearon y lo habrían matado si no hubieran esperado obtener un cuantioso rescate por él. Un año más tarde, san Gregorio fue rescatado y regresó a Tesalónica.

San Gregorio hizo muchos milagros en los tres años antes de su muerte. En las vísperas de su reposo, San Juan Crisóstomo se le apareció en una visión. Con las palabras “¡A las alturas! ¡A las alturas!” San Gregorio Palamás se durmió en el Señor el 14 de noviembre de 1359. En 1368 fue canonizado en un Concilio de Constantinopla bajo el patriarca Filoteo (1354-1355, 1364-1376), quien compiló la vida y los oficios al santo.

Carta Pastoral del Metropolita Siluan por la Gran Cuaresma 2014

Queridos en nuestro Señor, hijos queridos de nuestra Santa Iglesia en Argentina:

Los saludo con esta palabra del Apóstol Pablo dirigida a Timoteo, uno de sus más cercanos hermanos y colaboradores: “Tú, pues, hijo mío, fortalécete en la gracia que hay en Cristo Jesús” (II Tim 2:1), en la que le hace recordar la gracia que tiene al haber recibido la fe cristiana, y lo exhorta a encontrar en ella la fuerza, el aliento, el consuelo, la valentía, la perseverancia, el fortalecimiento y la iluminación, mientras sufre “penalidades… como buen soldado de Cristo” (2:3), porque “ningún soldado en servicio activo se enreda en los negocios de la vida diaria, a fin de poder agradar al que lo reclutó como soldado” (2:4).

Con estas palabras paternales y llenas de fe y esperanza del Apóstol Pablo, nos ponemos atentos a esta voz que quiere estimular, en lo más hondo de nuestra vida y de nuestro corazón, esta gracia de confiar en el Señor y de vivir realmente nuestra fe, no según el parecer propio de cada uno de nosotros, sino de acuerdo a la voluntad de quien sabe amar, proveer, guiarnos, sufrir por nosotros, salvarnos: nuestro Señor Jesucristo.

El despertar de nuestra fe nos insta a vivirla realmente en sus dimensiones sanadoras y vivificadoras, tales como el servicio, el amor, el perdón, la compasión, la oración, la confesión y la digna preparación a la Santa Comunión. Todo ello, tiene sentido por quien nos ha abierto las puertas de todos los tesoros y dones; es que, ni en la tierra ni en el cielo, la humanidad tendrá un Dios, un Maestro, un Padre, un Hermano, un Señor, tal como lo conocemos en Jesucristo.

A la humanidad, distorsionada por el pecado, el mal, la muerte y Su desobediencia a Dios, el Señor le ha mostrado su generosidad y amor con la revelación de Su don máximo: el arrepentimiento; el volver a Él gratuitamente. Este es un don que siempre es entregado y nunca quitado (Heb 17:10), con una única condición: vivirlo. En esto se encuentra toda la belleza, el realismo, la simplicidad y la autenticidad de nuestra fe.

El inicio de la Gran Cuaresma coincide con el fin del receso estival y el retorno a la actividad diaria, ya sea laboral, profesional, escolar, universitaria o simplemente casera. Con la fuerza del espíritu renovada, y con la voluntad de volcar esta fuerza en vivir nuestra fe en todos estos ámbitos, pongamos juntos las manos en el arado espiritual, y sembremos en nuestra vida la siembra de la fe, y trabajemos para mantener nuestra consciencia tranquila, nuestro corazón apacible, y nuestra mente despierta a lo más esencial.

Con estas intenciones, iluminadas por la exhortación de San Pablo a Timoteo, pongamos lo mejor de nosotros mismos; unámonos en este esfuerzo; guardemos la unidad de nuestro espíritu en la fe; y brindemos nuestro sudor y labor para con nuestra parroquia e Iglesia, elevando gloria y gratitud de nuestros corazones de “niños” a nuestro Padre que está en los cielos.

¡Que el Señor bendiga sus intenciones, voluntades, trabajos, relaciones y vidas, y los guíe en el buen camino de la santificación de su propia existencia!

+ Metropolita Siluan
Arzobispo de Buenos Aires y toda Argentina

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