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Cuánto puede durar un mito


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Nota: El texto que viene a continuación forma parte de un texto aún mayor, en etapa de revisión. Esta es una versión preliminar, pues se encuentra aún en proceso de redacción, cuyo autor es el escritor José Antonio Gutiérrez Alcoba. A continuación, su ensayo:



CUÁNTO PUEDE DURAR UN MITO


Desde la conquista doria de la Pylos homérica, según apunta Adrados en el 1.300 a. C. hasta el 500 median aproximadamente unos ochocientos años. Dada la inexistencia de un relato que le sirva de expediente para justificar la usurpación territorial, los dorios se abrogan, de acuerdo con Montanelli, el mito del “retorno de los heraclidas” entre otros. Ahora bien, si aceptamos que el mito encubre hechos históricos, sociológicos, militares y políticos en un contexto en el que la guerra es un asunto sagrado y cuyo éxito es validado por los dioses, es obvio que debamos preguntarnos cuánta capacidad de duración posee puesto que, en tanto recabe validez etiológica de ello dependerá la pervivencia de una cultura que lee y descifra los acontecimientos presentes en la perspectiva del tiempo. Para una cultura básicamente ágrafa bien se trate de la espartana o de otra en aquel tiempo, los hechos acontecidos en el pasado van a depender de la capacidad memorial de un pueblo que, necesariamente deberá rememorar aquellos a través de relatos, fiestas y rituales que actualicen las leyendas del pasado acontecidas para usar una frase cara a Eliade “in illo tempore”, es decir en la era de los comienzos.


Este recuerdo, más allá de cierto tiempo manejable por la memoria en tanto registro de eventos consecutivos y coherentes, es promediado por Eliade en una duración aproximada de cuarenta años para el caso individual y dos o tres siglos para la memoria colectiva[1]



“…El recuerdo de un acontecimiento histórico o de un personaje auténtico no subsistirá mas de dos o tres siglos en la memoria popular. Esto se debe al hecho de que la memoria popular retiene difícilmente acontecimientos “individuales” y figuras “auténticas”. Funciona por medio de estructuras diferentes; categorías en lugar de acontecimientos, arquetipos en vez de personajes históricos…”Ídem p 48.



Es decir, más allá de cierto límite, aquella fracasa como instrumento capaz de dar cuenta de los acontecimientos y comienza a fundirse en la bruma de la memoria arquetípica. Eliade, como es conocido por la comunidad académica, basa sus conclusiones en el estudio comparativo de los mitos registrados y de otros supervivientes en nuestra época (pues ha construido una fenomenología estructural y no una historia), la cual, por virtud de la incidencia de nuevos medios en la formación de la memoria, ha acortado el esfuerzo del hombre por preservar el recuerdo arquetípico. Mas, esto no es lo que sucedía en tiempos de las culturas ágrafas, y debe decirse que, aún cuando la escritura ya era una conquista adquirida para la Grecia del siglo V, sólo era practicada por círculos reducidos, de tal manera que hablamos de una cultura masivamente mítica en sus maneras de abordar el tiempo y lo real. Puesto que la existencia del orden cósmico sólo podía preservarse a condición de ser recordado, se colige de ello la fundamental importancia que tuvieron tanto las tradiciones orales como la poesía para la preservación del mundo antiguo.



“…Por una parte podríamos afirmar que el orden cósmico y social no puede mantenerse a menos que sea cantado, que sea alabado públicamente tal como lo harán ver las musas y las gracias. Y del mismo modo la alabanza del orden cósmico de los enemigos de Zeus, como Tifón, puede suponer un peligro para la existencia de ese mismo orden como puede observarse en el agón entre las musas y las pierides, en el que ese coro de muchachos que canta las alabanzas de Tifón amenazando así al orden cósmico, es castigado con su metamorfosis en pájaros. Por ello la función del poeta es similar a la función del profeta y a la función del rey. Los tres alaban con una palabra inspirada que les proporciona el acceso a la verdad y les permite superar el devenir del tiempo y la omnipotencia del olvido. El poeta, el profeta y el rey conocedores de lo que es, de lo que fue y de lo que será, trasciende al tiempo al unir el pasado, el presente y el futuro y así superar la omnipotencia del olvido y acceder a la aletheia…”[2]


Admitida su importancia, aun todavía sigue suspenso el hecho de la razón por la que los espartanos guarden viva memoria mitologizada de aquella era en el año 430 como afirmamos líneas arriba, puesto que Eliade ha confirmado una duración fenoménica típica de trescientos años y, para el caso de la encubierta apelación espartana quedan en la oscuridad 800 años a la que nuestra hipótesis no respondería si lo calculamos con la fecha que nos aporta Adrados para la destrucción de Pylos.


Sin embargo, disponemos de un hecho documentado, que por su fundamental importancia citaremos en toda su extensión, acerca de la extraordinaria supervivencia del mito para los descendientes de los dorios a las puertas de una nueva guerra contra los micenios atenienses que les habían sobrevivido creando una nueva civilización en sus propias narices.


“…La variedad de las aspiraciones espartanas se revela en el resultado de una transacción arbitral sin importancia que el historiador romano Tácito recoge- sin percatarse en apariencia de su significación histórica- en los anales del imperio romano en el año 25 de la era cristiana:


“se ha dado audiencia a los gobiernos de Lacedemonia y Mesenia en el asunto del estado jurídico del templo de Diana Limnatis. Los lacedemonios sostenían que el templo había sido por sus propios antepasados en territorio de Lacedemonia y apoyaban su reclamación en pruebas literarias, tanto históricas como poéticas. Declaraban que el templo les había sido arrebatado por la fuerza en la guerra por Filipo de Macedonia y que luego les había sido devuelto en virtud de un dictamen jurídico dado por Cayo Cesar y Marco Antonio. Los mesenios por su parte, alegaron la antigua división del Peloponeso entre los descendientes de Hércules y sostuvieron que el territorio de Dentheliatis, en donde se hallaba situado el templo, formaba parte de la porción asignada a su rey. Declararon que había allí constancias positivas de la transacción todavía en vigor, grabadas en piedras y en bronces arcaicos; y agregaron que, si hubiese que apelarse a las pruebas literarias, podrían vencer también a los lacedemonios con la validez y amplitud de este género que se hallaban en condiciones de citar. Por lo que hace a la decisión del rey Filipo, arguyeron que no había sido un acto arbitrario de poder, sino que se basaba en los hechos y había sido confirmado por idénticos juicios del rey macedónico Antígono y el general romano Mumio, por una decisión arbitral del gobierno milesio, y más recientemente, por decisión de Atilio Gémino, gobernador de la provincia romana de Acaya. En vista de esto, se falló a favor del gobierno de Mesenia.


De manera pues, que en el siglo I de la era cristiana los espartanos se hallaban –esta vez postrera- pleiteando todavía sobre el territorio disputado en la montañosa frontera que separa el valle del Eurotas de Mesenia y por el cual combatieron sus antepasados en el S VIII antes de Cristo. Una disputa sobre Dentheliatis fue la causa de la primera guerra mesenoespartana; y ahora, después de más de ocho siglos, la misma disputa entre las dos mismas partes, sobre el mismo insignificante pedazo de Territorio, era sancionado ante el tribunal arbitral del emperador romano Tiberio. En realidad, no se necesita mejor prueba de que los espartanos fueron verdaderamente un pueblo sin historia…”[3]


Aduciremos pues, como evidencia, el hecho de que, el arco memorial de los espartanos tocando ochocientos años después de la destrucción de Pylos a las puertas de Atenas, de manera similar que lo estaría cuatro siglos después ante el tribunal del emperador romano Tiberio; se encuentra para entonces, apelando no ya a un mito, sino a una vulgar amenaza militar contra la democracia. De hecho, no realizan ninguna alusión al mito que los ha originado a ellos mismos. Conscientes de que las prerrogativas áticas les superan abrumadoramente en este punto,[4] sus prevenciones no se dirigen en ningún punto a ningún mito originario, pues toda la estructura memorial de los espartanos ha sido tomada de los micénicos; en consecuencia, su discurso encubierto se dirige a deshonrar la vida de Pericles a través de los tabúes propios de la cultura micénica a la que habían sojuzgado. Ni una sola de las acusaciones bien sean estas abiertas o encubiertas las otras, en este sentido, tienen origen dorio.


Aún más, si damos relativamente por cierta esta asombrosa fijación en una oscilación temporal tan extensa, cabe preguntarse si Esparta aún posee un argumento decisivo que contraponer en la asamblea y esto nos lleva nuevamente al pasado, esta vez a una consideración ritual.


Hemos dicho, en otro lugar citando a Eliade que este entiende por “historia” al constante surgimiento de la novedad y del misterio en los acontecimientos humanos, que particularmente se patentizan en el sufrimiento, muerte súbita, catástrofes naturales, guerras, epidemias, enfermedades etc. las cuales, al desafiar con su aparición el orden ideal sancionado por el mito, instauran un desgaste del modelo original paradigmático, un agotamiento de las potencias del cosmos. En similar circunstancia, una mentalidad constitutivamente “histórica” discriminaría las causas para la formación de los hechos presentes y, observadas sus leyes inherentes puede extraer los principios necesarios para orientar sus actos en función de adaptar su existencia correspondiendo con la legalidad de lo real sujeto a permanente cambio. Tal operación bien sea esta psíquica o social, implica un dinamismo continuamente adaptable ante la surgencia de transformaciones que desafían constantemente todo orden fosilizado bien por la costumbre, bien porque una práctica determinada proporcione una presumible estabilidad. Por el contrario la mentalidad arcaica rechaza la transformación, el cambio de estado de sus convenciones más entrañadas, el hombre arcaico se defiende del “terror a la historia” reinstituyendo mediante el rito, el acto de creación que conduce a la naturaleza a su estado virginal de máxima potencia regeneradora, es decir, repitiendo el mito. El mito, bien que sea cantado, oficiado ritualmente o escenificado, devuelve cíclicamente lo real a un punto originario de potencia máxima, vigorizándolo luego del deterioro experimentado a través de los ciclos estacionales en que su eficacia es puesta a prueba.


Estudios recientes observan, sin embargo, que un mito puede sufrir, precisamente olvidado por obra de los cambios históricos inevitables de toda obra humana, una transformación total e inclusive, como nos es dado observar, su total desaparición y sustitución por relatos completamente distintos sobre el orden cósmico en el seno de toda cultura considerada.


Estos estudios sugieren que, una vez desaparecido el mito, no obstante, persisten los ritos que otrora los sostuvieran, de lo cual se deduce que el rito es una estructura mucho más arcaica que el mito en cualquier momento determinado de la historia de la cultura.



“…Charles Piccard…niega que la continuidad de un culto implique la continuidad de los mitos, ya que un mismo ritual puede continuarse practicando pero otorgándole sucesivamente diferentes interpretaciones…”[5]



En efecto, cuando distinguimos al mito de la creación de las canoas en las islas Trobriand, estudiados por Malinowski, del rito, debemos separar en primer lugar al relato que nos habla del orden cósmico, pero en segundo lugar, y esto es lo más importante desde el punto de vista práctico para los trobriandeses; que el rito preserva los gestos estrictamente necesarios para producir las canoas, es decir que tiene su fundamental principio en la conservación de una técnica esencial para la supervivencia de la sociedad. El mito en este contexto, podría cambiar, no así el rito que le da soporte.


Al considerar esto respecto a la transición desde el culto al dios-rey micénico, al culto público instituido por las aristocracias, Nilsson apunta que:


“…para la veneración de los dioses se adoptaron los ritos mágicos, convirtiéndoselos en ritos sagrados. Resulta entonces, que muchos de estos, salvo el más común de todos, -el sacrificio animal- son más antiguos que los dioses, hecho que hay que subrayar con insistencia. En realidad, ni la víctima propiciatoria de las Targelias, ni la magia pluvial del monte Liceo, ni la rama sagrada, ni la panspermia y ritos similares presuponen un dios. Un rito de este tipo es predeístico; constituye un “opus operatum” que obra en si y por si mismo, sin la intervención de ninguna deidad antropomórfica…”[6]


Hemos de observar en este punto varios elementos tales como, la conversión del palacio en que viviera el dios-rey de la teocracia primitiva en templo bajo el nuevo estadio social que implicó el ascenso de las aristocracias, el aumento demográfico de las poblaciones y la necesidad de establecer un culto desde el cual irradiara precisamente la preservación del oikos, de la estructura económica que encontraba en la emulación del rey primitivo su supervivencia y continuidad. En términos poéticos nos es dado observar que, precisamente Zeus y el palacio olímpico son dibujados de esta precisa manera por Homero con salas y personal especializado para cada una de las actividades que garantizaban la subsistencia de un palacio micénico y es de acuerdo con este modelo como se establece la burocracia administrativa de los templos públicos. Lo predeístico aquí es la conversión misma, pues si el dios incorporado en la nueva perspectiva fue antaño un rey micénico, es obvio que el ritual de culto habría de repetir, rememorar y preservar los actos propios para la supervivencia de la cultura que, a través de la creación de los mitos, reforzaba las prácticas sociales adquiridas por mucho que estas hayan devenido transformadas.


Y esto fue lo que conservó Esparta a través de su dilatada historia: el rito que hizo posible sus conquistas. Un ritual militar practicado incesantemente por siglos, que hizo de su ciudad principal un campamento, que convirtió al Peloponeso en un cuartel de infantería sin libertades. Que usurpó a las oligarquías micénicas locales sus territorios, que las sometió a la esclavitud con la misma tenaza tiránica con que las oprimió por vez primera. Obsesionada en el rito que le proporcionó éxito, continuó practicándolo con la consciencia de que los mitos le eran prescindibles, se vio incapacitada de tener una visión política que le permitiera adaptarse a los cambios que Pericles sugería para unificar al mundo griego. Los espartanos, realmente, permanecieron ciegos a una visión geopolítica que le permitiese aprovechar su posición privilegiada en el Peloponeso siempre como extraños a la Hélade, hasta que Roma los devolvió a nivel, los puso en su exacta dimensión: una cultura que jamás produjo un solo poeta comparable con las glorias de Atenas y que solo sería recordada por la fama de sus mortíferas falanges.



Autor: José Antonio Gutiérrez Alcoba






[1]Idem p 48.

[2] Bermejo Barrera, J. C. /González García F. J. p 62.

[3] en Toynbee, Arnold. “Guerra y Civilización” Ed. Emece. Buenos Aires. Ed. Emece. Buenos Aires, 1952. 172 p. cita en las Págs. 63-65 (ojo: va conexo con la Pág. 66)

[4] “…La primitiva fortaleza (la acrópolis de Atenas) resistió a la conquista de los dorios y el ática no fue invadida, por lo que sus habitantes podían jactarse de descender de los primeros pobladores del lugar. Los atenienses se decían “autóctonos”, “nacidos de la tierra”, de acuerdo con el mito de Erictonio, identificado con Erecteo, el primer rey de Atenas. Erecteo había nacido del semen del Dios Hefesto, caído sobre la tierra Gea, a la que fecundó…” Nacional Geographic: Historia. Director Joseph María Casals. Barcelona (España), edición 07/2009. p 50.

[5] Bermejo, Barrera J. C./González García F. J. Los Orígenes de la mitología griega” Ed. Akal. Madrid, 1996. p 429.

[6] p 125-126. Nilsson Martin Persson. Historia de la religión griega. Ed. Eudeba. Buenos Aires, 1956.