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Introducción al mundo homérico

Palacios micénicos a la luz de los textos de la Odisea

INTRODUCCIÓN AL MUNDO HOMÉRICO ( I )

LA CULTURA MICÉNICA

Los llamados griegos "micénicos" o aqueos, al igual que el resto de las estirpes griegas, provenían originariamente de un pueblo de lengua, cultura y fisonomía indoeuropea que había entrado en la península helénica hacia los comienzos del segundo milenio a.C. procedente de la Europa central. A mediados de ese mismo milenio, los aqueos aparecen ya como la casta aristocrática y dominante que había logrado imponerse a otras diversas etnias del tronco griego y sobre todo a las poblaciones pre-helénicas mediterráneas que habitaban el territorio del Peloponeso con anterioridad a su llegada.

Guerrero micénico. Cerámica hitita

El grado de refinamiento material de los invasores helenos -en principio, el propio de un pueblo nómada y guerrero- era en general bastante escaso (a excepción de su excelente armamento y organización militar), y en todo caso muy inferior al de la refinada civilización mediterránea que desde la gran isla de Creta irradiaba su influjo en la península y en las islas vecinas, culturalmente más atrasadas.

Los griegos aqueos, en un proceso que duró varios siglos y que alcanzó uno de sus puntos culminantes tras la invasión y conquista de Creta hacia el 1450 a.C., fueron asimilando gradual y progresivamente la avanzada civilización cretense; y a partir de entonces se desarrolla la cultura micénica propiamente dicha, heredera de la cretense en muchos aspectos pero también con una fuerte personalidad característica, que en sus líneas básicas continuaba siendo la propia de un pueblo belicoso y conquistador.

El asentamiento en diversos núcleos urbanos del Peloponeso y de Grecia central (Tebas, Micenas, Argos, Tirinto y otros), fuertemente amurallados, facilitó la creación y desarrollo de poderosos Estados centralizados, a menudo enfrentados entre sí pero en ocasiones aliados también en grandes coaliciones para llevar a cabo campañas bélicas en el exterior: tal fue el caso,por ejemplo, de la legendaria "guerra de Troya", reflejo de los importantes movimientos históricos de los pueblos helénicos, ilirios, frigios y anatolios en el Mediterráneo oriental y de la gran expansión y actividad marítima (comercial en muchos casos, pero basada también en la piratería) de aquellos griegos del segundo milenio a los que se llama genéricamente "micénicos" (pues el reino y la ciudad de Micenas, después de un primer período de hegemonía de Tebas, fue el más poderoso e influyente) y a los que los poemas homéricos designan indistintamente con los nombres de argivos (en los textos homéricos el topónimo "Argos" parece referirse a veces no sólo a la capital y a la comarca de la Argólide, sino incluso a la totalidad de la subpenínsula del Peloponeso) o con las denominaciones genéricas de aqueos o dánaos, que en su origen debieron de ser algunos de los nombres gentilicios de sus distintos clanes, tribus o subfracciones.

Hacia finales del siglo XIII a.C., el poderío de los diversos Estados aqueos comienza a derrumbarse violentamente, sin que se conozcan bien las causas exactas. Algunos historiadores modernos, reinterpretando la historiografía y la mitografía de los griegos clásicos, continúan atribuyendo el colapso de la civilización micénica a una invasión externa: concretamente la de los griegos dorios (antepasados de los espartanos, megarenses, corintios, arcadios y otras gentes helénicas instaladas en el Peloponeso); otros piensan, sin embargo, que pudo deberse sobre todo a un proceso de descomposición interna de los propios reinos micénicos y a sucesivos levantamientos de las poblaciones sometidas (los dorios entre ellos). El caso es que la Hélade entra a partir de entonces en una edad oscura de luchas intestinas y grandes movimientos de población que dura varios siglos, al cabo de los cuales (y asimilados también bastantes elementos culturales de origen oriental) surgirá después en todo su esplendor la civilización griega tal y como hemos llegado a conocerla. No obstante, los nuevos griegos del primer milenio, los griegos clásicos, conservarían siempre el glorioso recuerdo de sus orígenes y de sus antepasados aqueos, si bien muy diluido y difuminado por la espesa niebla de las leyendas épicas y de las tradiciones mitológicas.

Reconstrucción gráfica de la Ciudadela de Micenas


ARQUEOLOGÍA, TABLILLAS CON ESCRITURA SILÁBICA Y POEMAS HOMÉRICOS

Nuestro actual conocimiento de los griegos del segundo milenio (micénicos, aqueos o griegos homéricos) nos viene dado básicamente por tres vías: en primer lugar por la arqueología, especialmente fructífera en hallazgos y descubrimientos desde las décadas finales del siglo XIX hasta nuestros días, y que ha puesto al descubierto no sólo lujosas armas, hermosas joyas y piezas de oro hábilmente trabajadas (máscaras funerarias, diademas, brazaletes, vasos y copas, etc), además de pinturas murales y abundante cerámica de inspiración cretense pero de temática y factura netamente micénica (con bellos motivos decorativos muy sobrios y estilizados), sino también una arquitectura notablemente avanzada y compleja, representada sobre todo por las sólidas murallas de fortificación de las ciudadelas micénicas, por las características macrotumbas circulares con falsa cúpula (que son una innovación completamente original del arte de este pueblo) y por los no menos impresionantes restos de los palacios de los reyes micénicos.

Ruinas de Micenas

En segundo lugar, y gracias al desciframiento de numerosas tablillas de arcilla cocida encontradas principalmente entre las ruinas de los palacios, poseemos también algunos datos (ciertamente bastante escuetos) que complementan un poco más nuestros conocimientos sobre aquellos griegos del segundo milenio. Estas tablillas, escritas en un silabario de origen cretense (escritura Lineal B) que precede en más de cinco siglos a la escritura alfabética que los griegos tomarían más tarde de los fenicios, transcriben una lengua griega muy arcaica y de notable uniformidad en las distintas regiones y reinos aqueos, hasta el punto de que ha hecho suponer a los lingüistas que el griego de la época micénica no presentaba todavía la diversidad dialectal (jónico, dorio, eolio, etc) de los siglos posteriores, conclusión tal vez un tanto apresurada, pues es muy posible que el griego "micénico" de las tablillas se trate en realidad de una lengua escrita hasta cierto punto "convencional" y "artificial", en la que las formas y variantes dialectales de la lengua hablada común habrían sido uniformizadas y estandarizadas para su uso administrativo y burocrático por la propia corporación de escribas especializados de los distintos palacios.

El hecho es que la inmensa mayoría de estas tablillas son básicamente documentos de contabilidad palaciega, inventarios y asientos administrativos de las actividades económicas de cada palacio; pero aun así (y a pesar de que su lectura es en ciertos casos susceptible de variadas interpretaciones) han servido para proporcionarnos una valiosa aunque relativa información sobre la estructura socio-económica, política y cultural del mundo micénico. Hoy sabemos, por ejemplo, que la sociedad política micénica estaba fuertemente jerarquizada, con un rey que cumplía también funciones religiosas, un jefe del ejército, una casta sacerdotal, escribas, y diversos funcionarios y supervisores estatales que centralizaban las actividades económicas dirigidas desde el propio palacio; pues el palacio del rey era, en efecto, el núcleo principal del Estado y de la sociedad micénica.

En conjunto, la visión general que de los diversos Estados aqueos nos ofrecen los textos de las tablillas resulta -es verdad- bastante desconcertante a primera vista, puesto que recuerdan mucho más a las monarquías orientales semíticas (o más bien a ciertas monarquías indoeuropeo-asiánicas: la de los hititas, por ejemplo) que a las ciudades-estado griegas del primer milenio. No hay que olvidar, sin embargo, que se trata de una época histórica en la que se produjeron grandes y recíprocas influencias entre las civilizaciones del Egeo, de Anatolia, de Mesopotamia, de Fenicia y Palestina, y de Egipto (más allá de los conocidos contactos y relaciones comerciales o guerreras o de la mera correspondencia diplomática), y cuyo verdadero alcance, hoy por hoy, desconocemos.

A pesar de todo, tanto el importante arte desenterrado por la arqueología moderna como los escasos y limitados datos suministrados por las mencionadas tablillas, justifican plenamente el que hoy podamos hablar de una civilización creto-micénica (en muchos aspectos a la misma altura y esplendor que las importantes civilizaciones de su entorno), aunque no se conozcan todavía con absoluta certeza el grado de interacción y la procedencia exacta de todos sus elementos culturales. A este respecto resultan especialmente interesantes las pinturas murales de los propios palacios micénicos, en las que tan pronto podemos ver a soldados armados con grandes escudos de la talla de un hombre y vestidos a la usanza cretense (¿pre-micénicos propiamente dichos?, ¿creto-micénicos?) como encontramos guerreros a pie o en carros de guerra -indudablemente aqueos- que llevan los característicos yelmos confeccionados con nervios o tiras de cuero en las que se engastaban colmillos de jabalí en bandas alternadas superpuestas, unos yelmos que aparecen descritos también en algún pasaje de los poemas homéricos y que sin duda son también básicamente los mismos que llevan los piratas extranjeros de los bajorrelieves egipcios de Medinet Abu (que representan a las hordas de "invasores de ojos azules" y a los guerreros de los "pueblos del mar", cuyos cascos de tiras de cuero habían sido hasta hace poco erróneamente interpretados como "gorros o tocados de plumas").

Y llegamos ya a la tercera gran fuente de información sobre esa época, y que aunque es más indirecta y en general bastante posterior al mundo micénico, no es por ello menos importante: se trata precisamente de los poemas homéricos. Las dos grandes epopeyas homéricas (la "ilíada" y la "odisea"), dejando aparte sus muy notables valores estético-literarios, sociológicos y psicológico-culturales, constituyen también una valiosísima fuente de información sobre la historia y sobre numerosos aspectos de la cultura material de los griegos del segundo milenio, si bien ambos poemas narrativos reflejan principalmente, como es sabido, la vida material y espiritual de la aristocracia helénica de Jonia entre los siglos IX y VIII a.C., época aproximada en la que se supone que fueron reelaborados de forma más o menos definitiva sus respectivos núcleos temáticos.

No obstante, los datos de los poemas homéricos sobre la propia época micénica a la que se refieren son relativamente abundantes, y no sólo porque sus personajes protagonistas y las aventuras de éstos tuvieran lugar hacia el siglo XIII a.C. (y su recuerdo histórico ciertamente "literaturizado" e idealizado se conservara más o menos intacto en la tradición oral de la que se nutren estos extensos poemas), sino especialmente por el hecho de que, si bien las superestructuras políticas -los diversos Estados aqueos- se habían desintegrado y desaparecido en su práctica totalidad, persistían sin embargo la mayor parte de los esquemas culturales, ideológicos y religiosos que definían a los griegos de los siglos siguientes como genuinos herederos de aquellos, y persistían también, a pesar de todas las importantes modificaciones,cambios e innovaciones introducidas por la civilización griega posterior, no pocos de los elementos de la propia cultura material micénica (algunos conservados ya sólo en el recuerdo, pero otros plenamente integrados en la propia vida cotidiana).

Sacerdotisas cretenses
Y así, por ejemplo, del mismo modo que es posible establecer una clara línea de continuidad entre cierta cerámica helénica proto-indoeuropea y muchas de las propias formas de la importante cerámica micénica, varios de cuyos prototipos de ánforas, cráteras y vasos llegan sin interrupción hasta la época griega clásica en muchos casos, o de la misma forma que en el dibujo lineal de algunas pinturas murales micénicas es posible reconocer las líneas esquemáticas y las convenciones estéticas generales de lo que será más adelante la decoración pictórica de la cerámica griega clásica, del mismo modo también, en el terreno concreto de la arquitectura, subsistirán hasta la época clásica algunos de los elementos y estructuras arquitectónicas básicas de las construcciones aqueas del segundo milenio (por ejemplo el megarón o "sala grande" de los palacios y casas micénicas, que dará origen después al núcleo arquitectónico principal de los templos griegos posteriores). Y si ésto es así en las artes mayores, mucho mayor es sin duda la continuidad material en los objetos y utensilios de uso cotidiano; el hecho de que los poemas homéricos no necesiten a menudo explayarse demasiado en la descripción de éstos es buena prueba de ello.

Por lo demás, y en el caso concreto de la arquitectura palacial (de la que vamos a ocuparnos aquí), no deja de ser significativo que los textos homéricos no hagan sino confirmar lo que la propia arqueología moderna ha puesto en evidencia en nuestra época con las sucesivas excavaciones y descubrimientos contemporáneos (palacio y fortaleza de Micenas, palacios de Tirinto y Pilos, construcciones en Orcómeno y otros lugares). Y así, las descripciones de los palacios de los héroes de La Odisea, por ejemplo, a pesar de todo su formulismo y esquematización poética y del evidente anacronismo de algunos de sus detalles, resultan con todo muy elocuentes para ilustrar y completar la muda y fragmentaria imagen que nos ha revelado la arqueología.

Reconstrucción del Palacio de Cnossós


LOS "PALACIOS" CRETENSES

Es un hecho que los griegos del segundo milenio construyeron los palacios de sus reyes a imitación de los grandiosos prototipos cretenses (cuyo modelo más representativo es el de Cnossós), si bien es cierto que los grandes palacios de los reyes aqueos tuvieron también en cierta forma un desarrollo autónomo (a partir sobre todo de los propios modelos y estructuras arquitectónicas de las casas y mansiones micénicas inspiradas en prototipos anatolios); pero los griegos micénicos tomaron el concepto mismo de palacio de grandes dimensiones y muchos de los esquemas básicos de su arquitectura, y de las propias técnicas constructivas, precisamente en la isla de Creta.

La todavía enigmática civilización cretense -cronológica y geográficamente la primera civilización "europea"- fue descubierta a principios del siglo XX por el arqueólogo inglés Arthur Evans, un arqueólogo romántico al que la historia y la arqueología clásica deben no sólo el feliz acontecimiento que representaron sus afortunadas excavaciones en Cnossós, sino también muchos y valiosos datos y sistematizaciones para el conocimiento de la civilización cretense o minoica (el "Minos" era -según el propio Evans- el título regio que se daba a sus soberanos, y que los griegos posteriores personificarían después en el legendario rey así llamado). Menos conocido es el hecho de que Evans fue tal vez el mayor responsable del tardío desciframiento del importante lote de tablillas en Lineal B (el griego micénico hablado por los invasores aqueos instalados después en la isla) que fueron encontradas en el interior del complejo palacial de Cnossós y que Evans retuvo en su poder durante varias décadas impidiendo su publicación, seguramente con el vano propósito de aumentar aun más su prestigio personal con el desciframiento de lo que él creía que era la lengua de los antiguos cretenses (el mérito y la "gloria" del desciframiento del Lineal B, sin embargo, no le estaban reservadas a él; y, por otro lado, la verdadera lengua de los cretenses -de la que quedan algunas inscripciones en el sistema de escritura denominado "Lineal A"- no ha podido ser descifrada hasta la fecha). Tampoco la reconstrucción arqueológico-estética realizada por Evans en Cnossós (y que algunos han calificado de auténtica "Disneylandia arqueológica") ha salido muy bien parada de las críticas, aunque es mucho más disculpable, dadas las propias deficiencias y limitaciones de los métodos arqueológicos y reconstructivos de su época.

Palacio de Cnossós

En realidad, si bien se mira, muchas de las ideas básicas de Evans sobre la civilización cretense no son otra cosa que transposiciones excesivamente cómodas y simplistas (de ahí su fácil aceptación) que resultan de aplicar unos esquemas conceptuales europeos (y más concretamente unas ideas de "confort" muy británicas y muy "fin de siglo") sobre una antiquísima civilización en principio muy lejana a nosotros no sólo en el tiempo, sino también -lo que es más importante- en sus modos de ver y de pensar y en sus ideas y concepciones de la vida y de la muerte. Decimos ésto a fin de que se pueda digerir mejor la idea que vamos a exponer someramente a continuación. No es una idea nuestra, ni es tampoco una idea totalmente nueva, pues hace ya algún tiempo que circula en ámbitos no estrictamente académicos, pero tiene -a nuestro modo de ver- muy buenos argumentos a su favor (al menos tantos como la hipótesis aventurada por Evans y aceptada sin crítica alguna por todos los historiadores y arqueólogos posteriores).

De llegar a confirmarse esa nueva hipótesis sobre la función originaria del palacio de Cnossós y de los demás palacios de la isla, podemos imaginar que el propio Sir Arthur Evans no se hubiera sentido en verdad muy a gusto si hubiera tenido que vivir en sus "palacios" cretenses. Pues el caso es que esos pretendidos "palacios" no habrían sido, en efecto, otra cosa que tumbas, grandiosas necrópolis colectivas en las que los cretenses de determinadas épocas arcaicas enterraron a sus muertos, seguramente sin distinción de clase social (se conocen también -como es sabido- otros tipos de tumbas y de enterramientos cretenses tanto individuales como colectivos, y más antiguos o más modernos que estos "palacios", según los casos, pero perfectamente identificables como tumbas).

Ruinas del Palacio de Cnossós

Los famosos "palacios", según esta hipótesis, habrían sido pues -al menos en su función originaria- verdaderos "cementerios", aunque más tarde, en efecto, algunas de las áreas más habitables de estos complejos fueron sin duda reutilizadas como residencia (quizá ya por los propios cretenses de determinadas épocas, o mejor dicho, por las diversas gentes pre-indoeuropeas de procedencia anatólica y asiánica que llegaron a la isla; pero de lo que no caben dudas es de que durante un tiempo el recinto de Cnossós fue en parte utilizado como residencia por los invasores micénicos). Veámos ahora algunos de los principales puntos de apoyo de esta sugestiva hipótesis sobre la función originaria de esos "palacios".

En primer lugar hay que señalar que en el supuesto palacio de Cnossós, así como en los otros de la isla, hay un muy grave problema de iluminación (y en ésto casi todos los arqueólogos están de acuerdo). La luz que entra por los numerosos corredores, por el gran patio central y por pozos de luz o tragaluces es insuficiente para iluminar adecuadamente la mayor parte de las numerosísimas estancias, "habitaciones" y "almacenes" del complejo, aunque esos pozos de luz y tragaluces parece que cumplirían bien la función de ventilación y aireación del recinto. Este problema de la luz reduce considerablemente las condiciones de habitabilidad de una importantísima parte del palacio (excepto quizá en las alas más exteriores y en las dependencias más adyacentes al gran patio central), dado que en los supuestos "graneros" y "almacenes", así como en las propias "habitaciones", reinaría la más absoluta oscuridad, mientras que en las demás dependencias la penumbra sería casi general. Sin embargo, es obvio que estas condiciones de iluminación, que propician una temperatura fresca y seca, serían las más adecuadas en una hipotética tumba en cuyas "habitaciones" se amontonasen numerosos cuerpos momificados que la luz solar no permitiría conservar. Como comprobación de todo ello sería necesario tal vez un más cuidadoso y exhaustivo estudio científico de las auténticas condiciones de iluminación del palacio, estudio del que, por ahora, no tenemos ninguna noticia de que se haya hecho (la hipótesis de los numerosos pozos de luz abiertos desde los pisos superiores, como sistema de iluminación natural del complejo, no deja de ser lo que es: una mera hipótesis, dado que esos supuestos pisos superiores no se han conservado y que en todo caso sólo pueden hacerse conjeturas a partir del trazado de la planta y de algunos tramos de escalera conservados).

En segundo lugar están las conocidas grandes tinajas (pithoi), de unos 586 litros de capacidad cada una, encontradas en gran cantidad en diversas dependencias del recinto, e inmediatamente identificadas por Evans como recipientes para guardar y almacenar grandes cantidades de vino, grano o aceite. Se han pasado por alto, sin embargo, dos importantes detalles: primero, las propias condiciones de manejabilidad de estas tinajas, que son de muy difícil manipulación; y en segundo lugar el hecho de que en muchos casos no caben por la puerta de los supuestos "almacenes" donde se encontraron, lo cual indica que las propias dependencias fueron tabicadas o construidas después, en torno a dichas tinajas (a los primeros griegos que estuvieron en Cnossós también les debió de llamar la atención este detalle; recuérdese, por ejemplo, la curiosa descripción del lecho nupcial de Ulises en Odisea XXIII, 180-200, construido a partir de un tronco de olivo con anterioridad a la propia habitación en la que estaba instalado, episodio relacionado también por algunos comentaristas modernos con ciertos aspectos de la religión cretense, en concreto con una supuesta "dendrolatría" o culto a determinados árboles sagrados).


Tauromaquia cretense


La interpretación más verosímil es que esas grandes tinajas pudieron servir para guardar los cadáveres momificados (seguramente más de uno en cada recipiente) de los difuntos de una misma familia. La idea es tanto más aceptable por el hecho de que, en otras sepulturas encontradas en diversas cuevas de la isla, esos grandes pithoi fueron efectivamente utilizados como sarcófagos (el adorno más frecuente en estas tinajas son unas bandas labradas alrededor en forma de "serpiente", símbolo del que, por paralelos arquetípicos en otras muchas culturas antiguas,se sabe que solía estar relacionado generalmente con ritos de tipo funerario). Hemos presupuesto que los cadáveres eran momificados, lo cual no es nada improbable, pues ésto es precisamente lo que se hacía en el Egipto faraónico, con el que está comprobado que los cretenses tuvieron bastantes contactos y relaciones (Egipto importaba de Creta, entre otras cosas, grandes cantidades de madera para la construcción). Seguramente los cretenses utilizaron un procedimiento de momificación mucho más rudimentario, en el que los cadáveres se conservarían en aceite o vinagre ("en escabeche", por así decirlo) dentro de esas grandes tinajas, o quizá en miel (hay de hecho algunas referencias a embalsamamientos con miel en la época griega clásica, como fue el caso de Agesilao, rey de Esparta, descrito por el historiador Jenofonte en sus Helénicas, V,3,19).

En relación con todo ésto hay que mencionar las famosas "bañeras" y "cuartos de baño", que verosímilmente servían tal vez para la preparación previa de los cadáveres antes de meterlos en las tinajas. En los palacios micénicos, en cambio, sí que encontraremos auténticas bañeras, mayores que las cretenses, y no sólo porque los micénicos, de procedencia nórdica, fueran en general gentes altas y corpulentas, al contrario que los cretenses, de cuerpo pequeño y grácil, sino seguramente porque las mencionadas "bañeras" cretenses no servían como tales bañeras, sino más bien como lugar donde se ungían y desecaban los cadáveres (lo que explica también la existencia de canales de drenaje en esas habitaciones o "baños").

Las necrópolis cretenses no tenían más protección contra los inevitables violadores y saqueadores de tumbas que su propia planta laberíntica y sobre todo el temor o respeto religioso de los propios cretenses. Aun así parece ser que no se libraron del saqueo sistemático ni de los terremotos (frecuentes en la isla), y ello fue tal vez la causa de que se abandonasen definitivamente estas lujosas pero inseguras formas de enterramiento colectivo. Ello explicaría también que no se haya encontrado apenas ningún resto de esas momias (excepto algunos huesos humanos que han sido hallados en las inmediaciones del recinto), pues seguramente, tras el abandono de esas necrópolis, los restos de los cadáveres fueron trasladados y llevados a osarios. Tampoco es improbable que los diversos invasores de la isla (incluso con bastante anterioridad a la llegada de los aqueos) saquearan por completo las necrópolis, sacando al exterior del recinto (con objeto de desvalijarlos con más facilidad) los momificados restos que encontraron en las tinajas y desperdigándolos luego por las inmediaciones.

Sacerdotisa cretense


A la vista de todo ésto, es verosímil pensar que los centenares de "habitaciones" y "almacenes" del supuesto palacio no eran otra cosa que los diversos nichos colectivos o cámaras mortuorias de la grandiosa necrópolis; del mismo modo, el extenso patio central (a partir del cual se distribuyen todas las demás dependencias anexas) pudo servir para funciones rituales y ceremoniales de carácter religioso y funerario (bailes, juegos de tauromaquia, espectáculos, etc) con ocasión de "enterramientos" de cierta importancia y solemnidad, como era usual en bastantes pueblos antiguos. En cuanto al llamado "salón del trono", que efectivamente debió de serlo, hay que señalar que su construcción se debe a los posteriores ocupantes micénicos, que fueron sin duda los que reconvirtieron lo que quedaba de la antigua necrópolis en un auténtico palacio.

Todavía parece más verosímil -como se deduce de la propia planimetría del recinto- que los diversos corredores y los intrincados y poco funcionales pasillos (que obligan a dar largos rodeos para acceder de una determinada zona a otra contigua, cosa incomprensible para una residencia habitable, aunque no para una tumba) sirvieran para funciones rituales muy concretas (procesiones, etc) y asimismo para imponer un cierto respeto por la sacralidad del lugar y dificultar el acceso de eventuales saqueadores.

Queda la cuestión de la lujosa decoración de estas necrópolis. Las pinturas murales de Cnossós se cuentan entre las más hermosas de todo el arte cretense. ¿Es verosímil que semejante lujo se destinase para los "ojos de los muertos" más que para los vivos? Si pensamos en la decoración interior de las pirámides y de las tumbas egipcias, o si recordamos, por ejemplo, el lujoso interior de las tumbas etruscas y sus bellas pinturas murales, veremos que la respuesta es necesariamente afirmativa, y que lo que hoy para nosotros resulta incomprensible era lo más "lógico" y "natural" para las mentalidades de muchas de las culturas y civilizaciones mediterráneas que nos precedieron. La civilización cretense, se quiera o no, es una civilización extraña y casi desconocida (como todas las civilizaciones mediterráneas preindoeuropeas), y evidentemente no puede ser explicada a la ligera aplicando parámetros y esquemas culturales de nuestra propia civilización contemporánea, lo cual es ciertamente muy poco objetivo. Que algunas civilizaciones antiguas preferían construir suntuosos "palacios" y mansiones para los muertos y mezquinas o insignificantes casas para los vivos es un hecho históricamente comprobado y hasta cierto punto comprensible, aunque todavía estamos muy lejos de llegar a comprender en su totalidad la mentalidad de estos pueblos no indoeuropeos, de los que desconocemos casi todo, empezando por su propia lengua. Por otro lado, no está de más recordar que también los pueblos indoeuropeos, incluidos los propios griegos, hicieron algo similar no sólo para con sus muertos sino sobre todo para con sus dioses, cuyas mansiones -los templos- eran siempre mucho más suntuosas que las de los mortales (de las propias divinidades cretenses, por cierto, tampoco se sabe gran cosa, pero a través de la interpretación de los testimonios arqueológicos -estatuillas, sellos, etc- se puede deducir al menos algo sorprendente: eran diosas, no dioses; la civilización cretense, aunque no hay datos suficientes para calificarla como un auténtico "matriarcado", parece que tuvo una situación de influencia social y cultural de la mujer y de "predominio femenino" completamente insólitos en las civilizaciones de su entorno).

En cuanto a los verdaderos palacios de los soberanos y príncipes cretenses, es de suponer que sus residencias (como las de los propios faraones del vecino Egipto) no pasaban de ser más que "casas grandes", con bastante más lujo -éso sí- que las de sus propios súbditos.

Un último argumento en favor de esta hipótesis sobre la función originariamente funeraria de los palacios cretenses lo constituye la propia mitología que los griegos del primer milenio tejieron en torno a la necrópolis de Cnossós. El mito del "Laberinto" y del minotauro no parece aludir precisamente a una plácida residencia palacial, sino más bien a un lugar de enterramiento y de extraños rituales religioso-funerarios, incomprensibles y acaso abominables para una mentalidad griega: un lugar en el que tal vez incluso se realizaban sacrificios humanos, que es lo que sugiere el propio mito cuando habla de esos jóvenes de ambos sexos que eran entregados anualmente por los pueblos sometidos a los cretenses y que éstos encerraban en el Laberinto para alimentar al minotauro (un monstruo con cabeza de toro y cuerpo de hombre, engendrado por Pasifae -la esposa de Minos, el mítico rey de Creta- al unirse sexualmente con un hermoso toro blanco de origen divino que había aparecido en una playa de Creta). En la necrópolis de Cnossós el culto al toro tuvo sin duda una importancia fundamental (como demuestran las propias pinturas murales del recinto, con curiosas escenas de tauromaquia practicadas por jóvenes de ambos sexos, y los numerosos símbolos abstractos y otras representaciones figurativas de este animal en el arte cretense); por otro lado, que en Creta se realizaron sacrificios humanos -al menos esporádicamente o en situaciones excepcionales- es algo de lo que hay evidencia arqueológica en otros lugares de la isla.

Es evidente, en todo caso, que el recinto de Cnossós era para los griegos clásicos un lugar más bien siniestro, precisamente por incomprensible. Pero quizá no lo fuera tanto para los griegos del segundo milenio. El propio Homero hace una significativa alusión al recinto de Cnossós, y más específicamente a las actividades (probablemente ritos de iniciación para jóvenes de ambos sexos) que se realizaban en su gran patio central, cuando menciona el "lugar de espectáculos y pista de baile de Ariadna" (ilíada XVIII, 590 y ss.). Tal vez la propia racionalidad de la mente griega más arcaica, la que forjó el mito del minotauro y del laberinto, intentó al menos penetrar en esos tenebrosos aspectos de la cultura y de la religión cretense, y tal vez (como el Teseo del mito) acabó con ellos,o tal vez no (de hecho, en las religiones mistéricas de los griegos clásicos, por lo que hoy sabemos,parece que había también muchos de esos aspectos telúricos y sombríos de las viejas religiones mediterráneas). Pero los griegos -al menos la parte más cultivada de ellos- no se perdieron en ese oscuro laberinto de la religiosidad mediterránea gracias precisamente a su racionalidad (que fue algo así como el hilo que Ariadna entregó a Teseo para que éste no se perdiera entre los pasillos y recovecos del laberinto). Y si los griegos clásicos no fueron demasiado explícitos en torno a Cnossós y a su famosa necrópolis fue seguramente porque su propio pudor religioso se lo impedía, pues Creta constituía una parte muy importante no sólo de la cultura material y del arte griegos, sino también de su propia religión y del origen de sus mitos. Con todo, no deja de ser significativo que el propio historiador griego Heródoto, cuando describe una necrópolis egipcia en Heliópolis (donde se guardaban las momias de los cocodrilos sagrados) denomine a ese lugar "laberinto", seguramente porque le recordaba demasiado a la necrópolis cretense, aunque en aquella época ésta no era ya más que un vasto conjunto de ruinas.

Pero el derrumbe de la espléndida civilización de Creta se había consumado muchos siglos antes. Hay suficientes evidencias arqueológicas y geológicas de que hacia el 1.500 a.C. un espantoso cataclismo provocado por movimientos sísmicos en cadena y un gigantesco maremoto producido por la terrible erupción volcánica de la cercana isla de Thera (cuyos difuminados ecos nos han llegado en los relatos de la mitificada Atlántida platónica) arruinó de forma irreparable la agricultura, la flota y los principales núcleos urbanos de la civilización cretense, allanando el camino a los conquistadores aqueos.

El caso es que cuando los primeros griegos, los bárbaros y belicosos micénicos, invadieron la isla de Creta y ocuparon Cnossós, la vieja necrópolis llevaba ya sin duda bastante tiempo abandonada y desocupada, debido quizá a los sucesivos cambios de población -y de costumbres- que desde hacía tiempo habían tenido lugar en la isla. Y los conquistadores aqueos se instalaron en el recinto, en la parte más habitable de éste, que -a pesar de todo- les debió de parecer un lugar de residencia verdaderamente excepcional. Ellos, con una mentalidad más próxima a la nuestra, debieron de pensar que todo aquel lujo decorativo y constructivo sentaba mucho mejor a los vivos que a los muertos (que además seguramente hacía ya mucho tiempo que no reposaban entre aquellos muros). Nada debían temer tampoco de las propias supersticiones del lugar, pues quien confía en sus propios dioses no teme a los dioses ajenos (sobre todo cuando éstos son los dioses de un pueblo vencido). Los micénicos se instalaron, pues, en el palacio de Cnossós, y lo que es más importante: se llevaron el modelo al continente.



LOS PALACIOS MICÉNICOS

Los palacios construidos para los reyes aqueos en la Grecia continental, aunque inspirados en el de Cnossós, presentan notables diferencias respecto a éste. En primer lugar, además de ser verdaderos palacios o residencias regias propiamente dichas (con almacenes, cocinas, talleres, archivos, lugares de culto, habitaciones para la numerosa servidumbre, salas de baño, etc), son también considerablemente más reducidos que los cretenses y presentan una gran racionalización del espacio y un trazado arquitectónico perfectamente equilibrado, regular y rectilíneo en la disposición de sus estancias (en comparación con la anárquica aglomeración de dependencias en torno al gran patio central, como sucedía en el modelo cretense). Por ello se ha dicho, con aproximativa metáfora, que los palacios micénicos están planificados arquitectónicamente por una mentalidad más bien "nórdica" que mediterránea.

Un elemento fundamental de los palacios y grandes casas señoriales micénicas es la existencia de un gran salón o amplia sala interior (el megarón) que constituye el núcleo arquitectónico básico de todo el complejo. Situado en la planta baja (los palacios micénicos suelen tener dos pisos), el megarón, que era también salón del trono y lugar de culto, constituía el centro de la vida social de la aristocracia aquea (audiencias, ceremonias religiosas, banquetes, etc). Sus dimensiones son variables, según los palacios (el de la ciudadela de Troya II, por ejemplo, medía 45 por 13 metros), y en el centro del mismo había siempre un hogar o fogón, rodeado de cuatro columnas (de modelo cretense) que sustentaban el piso superior. El suelo de este gran salón, de tierra apisonada, muy compacta, se adornaba a veces con motivos geométricos en forma de retícula, a modo de terrazo, y el humo del fuego encendido sobre el hogar salía por la amplia abertura situada en el techo del segundo piso o piso superior, que era también por donde entraba principalmente la luz exterior; en este segundo piso solía estar la habitación de la reina y las de las demás mujeres de la familia real. El tejado o azotea podía estar recubierto de tejas de arcilla y de placas de pizarra.

El megarón estaba precedido a veces por un vestíbulo o una rotonda, que -a su vez- daba a un gran patio exterior porticado (algunos palacios podían tener más de un patio), en torno al cual se distribuían las diversas estancias, dependencias y almacenes, incluida la sala de baño, provista de una o más bañeras de terracota (este refinado utensilio de aseo fue tomado de la civilización cretense -el propio término para designarla, asáminthos, es de origen prehelénico-, y aunque es indudable que los cretenses las utilizaban para baños, ya hemos visto cuál pudo ser originariamente la función de estas "bañeras" en los palacios de Creta).

En lo relativo a la decoración interior, las paredes del megarón se decoraban con pinturas murales inspiradas parcialmente en las cretenses (aunque predominan las escenas de caza y de combates), y completaban su adorno otros elementos de un gusto más "bárbaro" (o más nórdico, si se prefiere), tales como cráneos de buey, armas y panoplias guerreras colgadas en las paredes, etc. Los techos, que no se han conservado, se adornarían con artesonados finamente trabajados. Poco sabemos del mobiliario (que, por ser de madera, tampoco se ha conservado), pero sí que conocemos suficientemente la vajilla doméstica de lujo (finas copas y tazas de oro y plata repujados) y sobre todo la cerámica, cuyo completo inventario de formas lo encontramos también en los propios pictogramas de las tablillas del Lineal B. La cerámica micénica, objeto de exportación y de comercio, era de excelente factura y de exquisita decoración, con motivos propios o de origen cretense, muy estilizados: por ejemplo, el pulpo, que parece haber tenido en el arte micénico una cierta función apotropaica (alejadora o preservadora de males y desgracias), similar a la de las cabezas de Gorgona en el arte griego de los siglos posteriores.

Ésto es, poco más o menos, lo que nos muestran los principales palacios micénicos excavados hasta la fecha, entre ellos el de Micenas, el de Tirinto, y sobre todo el de Pilos.



LOS PALACIOS "HOMÉRICOS"

A la vista de los restos arqueológicos palaciales, no podemos dudar de que las descripciones homéricas de los palacios de algunos héroes de La Odisea corresponden efectivamente a palacios micénicos, cuyo recuerdo había sido conservado en parte por la tradición épica y en parte "reconstruido" desde una época aristocrática posterior. No sólo la propia distribución de las estancias (con los tres cuerpos principales: vestíbulo o porche, patio y megarón), sino también las repetidas fórmulas poéticas ("divinal mansión", "palacio de elevada techumbre", "hermoso patio", "umbrosa sala", etc) evocan el recuerdo tradicional de las espléndidas residencias de los reyes aqueos. Las descripciones odiseicas del trabajo de criados y criadas permiten hacernos también una ligera idea de la actividad doméstica desarrollada en tales mansiones.

En general, se describen de manera bastante esquemática los almacenes, la sala de baño, el porche, el patio y las habitaciones (no existen propiamente habitaciones para huéspedes, a quienes se prepara la cama en el confortable y espacioso vestíbulo del palacio), pero se describe más detenidamente el megarón, verdadero centro de la vida social palaciega, donde transcurren los banquetes, las audiencias regias, las recitaciones de los aedos o poetas épicos...

El palacio del héroe Néstor en Pilos, y el de Menelao en Esparta (repleto de abundante vajilla de oro y plata y de lujoso mobiliario, que dejarán boquiabierto al propio Telémaco, el hijo de Ulises), son descritos sin embargo muy someramente. Tampoco son especialmente detalladas las descripciones de la mansión de la maga-bruja Circe,que habita en un espléndido palacio de tipo micénico. Algo más prolija, en cambio, es la descripción del palacio del rey Alcínoo, el más lujoso de todos (provisto incluso de un jardín y huerto interior), con placas y abundantes adornos de bronce en los muros, cornisas de lapislázuli, puertas de oro, y dos esfinges de oro y plata que guardaban la entrada y protegían simbólicamente el recinto ("perros", las llama Homero, pues las esfinges griegas de época arcaica tenían cuerpo de perro, no de león, aunque es posible que se refiera también a los animales mitológicos llamados gryfos o grifones, con cuerpo de león y cabeza de águila), todo lo cual evoca unos elementos exóticos claramente orientalizantes mezclados con los elementos micénicos propiamente dichos (las esfinges aladas o querubim, así como las cornisas de lapislázuli, eran frecuentes en los palacios mesopotámicos, asirios y fenicios).

Pero el palacio más pormenorizadamente descrito es el del propio protagonista de la Odisea, el palacio de Odiseo o Ulises en la isla de Ítaca (que, por cierto, no ha sido todavía descubierto por los arqueólogos). Incluso se dan en el poema datos concretos de la ubicación del aposento de Telémaco, el hijo de Ulises ("dentro del hermoso patio, en lugar visible por todas partes"), y de la habitación de su madre, la discreta y prudente Penélope, en el piso superior; desde este piso precisamente partía una larga escalera que desembocaba en el umbral del megarón. Las sillas se alineaban junto a las paredes de la gran sala, y los diligentes servidores se ocupaban de todos los preliminares de los banquetes, que solían terminar a la caída de la tarde, cuando el megarón ("la oscura sala") quedaba iluminado tan sólo por el resplandor del fuego que ardía en el hogar central y por alguna que otra lámpara.

En este palacio transcurre toda la acción más dramática de la Odisea (la matanza de los pretendientes), cuando Ulises -a quien todos daban ya por muerto, desaparecido tras su regreso de la guerra de Troya- regresa a su casa disfrazado de mendigo y tiene que soportar los ultrajes de los numerosos pretendientes de su esposa, jóvenes príncipes aqueos que -con la intención de forzar a Penélope a elegir a uno de ellos como nuevo marido- acudían asiduamente al palacio y se daban grandes banquetes a costa de los bienes de Ulises. Mucho se ha discutido sobre esta extraña situación y sobre la conducta de estos pretendientes, y se ha aventurado incluso la posibilidad de que la potestad regia se transmitiera en esas remotas épocas por vía matrilineal. La explicación nos parece bastante más sencilla, pues en realidad los pretendientes deseaban ante todo obligar a Penélope a casarse de nuevo, lo cual equivaldría a declarar a Ulises -el ausente rey de Ítaca- oficialmente muerto, y proceder en la asamblea a la elección de un nuevo rey (en la que el nuevo marido de la antigua consorte real tendría sin duda más posibilidades de ocupar el trono, aunque el palacio y las propiedades de Ulises quedarían en todo caso en manos de su hijo). Es evidente que en el relato se entremezcla el recuerdo de las tensiones entre el debilitado poder central de los antiguos reyes micénicos y la creciente influencia de la levantisca aristocracia aquea. La desintegración política de los reinos micénicos (que abarcaban varias ciudades cada uno) hizo pasar el poder y el protagonismo a las oligarquías de la aristocracia de cada ciudad, tras un periodo de monarquías locales independientes. Así se fueron configurando las ciudades-estado en toda la Hélade. Eran los preludios del fin de una época, la de los reinos micénicos (cuyo centro principal era el palacio, y su figura central el rey), y el nacimiento de otra nueva, la de las ciudades-estado griegas, la de la pólis (cuyo centro principal iba a ser el ágora o plaza pública, y sus principales protagonistas serían las oligarquías aristocráticas locales y, gradual e inevitablemente, también el pueblo).

Recreación hipotética del Palacio de Ulises en Ítaca



1 – Porche y soportales.
2 – Umbral del patio.
3 – Habitación de Telémaco.
4 – Patio.
5 – Pórtico del patio.
6 – Anexos, dependencias y almacenes de palacio (lado norte).
7 – Vestíbulo.
8 – Rotonda.
9 – Puerta de acceso al salón.
10 – Gran sala (megarón).
11 – Hogar para el fuego.
12 – Escalera.
13 – Piso superior.
14 – Habitación de Penélope.



BIBLIOGRAFÍA DIVULGATIVA MÍNIMA

---"Los ejércitos griegos" (Peter Connolly); versión española en editorial Espasa-Calpe, Madrid, 1981 (excelentes ilustraciones)

---"La leyenda de Ulises" (Peter Connolly); versión española en editorial Anaya, Madrid, 1986 (excelentes ilustraciones)

---"Introducción a Homero" (varios autores); editorial Labor, Barcelona, 1984 (reedición)

FILMOGRAFÍA

Además de la conocida película "Ulises" (1954, dirigida por Mario Camerini y protagonizada por Kirk Douglas y Silvana Mangano), hay que destacar la más reciente producción estadounidense titulada "la Odisea" (1997), realizada como serie de televisión con una duración de más de tres horas, y protagonizada por Armand Assante y Greta Scacchi bajo la dirección de Andrei Konchalovsky; tiene algunas escenas especialmente conseguidas, sobre todo al principio (hasta la llegada de los griegos a Troya) y al final (matanza de los pretendientes).

Fuente de este estudio: www.estudiogeneraldehumanidades.es