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Casandra y Agamenón

Áyax y Casandra, por Solomon Joseph Solomon, 1886


El personaje de Casandra es definitivamente uno de los más interesantes de toda la poesía griega antigua. No sólo lo encontramos en la tragedia sino también en la poesía épica de Homero. Casandra tiene una gran relevancia como personaje pues ella constituye el punto de convergencia entre varias de las obras que hoy conservamos de los poetas griegos.

En efecto, si se analiza cuidadosa y detenidamente los momentos en que aparece Casandra se podrá advertir justamente en ella el nexo que comunica de alguna manera a la Ilíada con las Troyanas y a ésta, a su vez, con la Orestíada.

Piénsese por un momento en la forma como concluye la Ilíada. Una vez que Aquiles es persuadido por la intervención olímpica de ceder ante los ruegos del viejo Príamo, el cadáver de Héctor es finalmente redimido y llevado ante las murallas de Troya.

Como era de esperarse, debido a sus dones adivinatorios, Casandra ve, antes que cualquier otra persona, el carro donde iba el cadáver de su hermano Héctor. He aquí una de las posibles interpretaciones. A través de Casandra el pueblo troyano, agolpado tras la muralla de la ciudad, conoce la muerte del más férreo de sus guerreros, la caída del símbolo de su fortaleza. Ahora, ¿habrá sabido Casandra que su hermano había sido muerto antes de ver volver a su padre en el carro donde yacía Héctor? O mejor, ¿que la ciudad virtualmente estaba perdida?

Es lo más probable. Si se trae a la memoria lo sucedido en las Troyanas el lector se verá persuadido por la elocuencia de cada frase articulada por esta mujer. Eurípides tiende un puente entre el fin de la Ilíada y el desarrollo de su tragedia. Todo lector supone al concluir la lectura de la Ilíada el sitio de Troya, aun cuando no aparezca en el poema de manera expresa y definitiva la apropiación de la ciudad por parte de los aqueos.

¿Cómo fluye la tragedia de Eurípides (Troyanas) si no es por el efecto dinámico que imprime la incorporación de un personaje como Casandra?

Las Troyanas son la representación del terror infundido en los habitantes de Ilión por el ejército de Agamenón y demás jefes griegos después del sitio de ésta. A su vez Esquilo toma su argumento para la Orestíada partiendo de lo narrado en los poemas épicos de Homero, pero sin tomar en cuenta lo que Eurípides más tarde sí introduciría: la situación de conquista y dominación (y posterior esclavitud) de los troyanos y troyanas. Aunque principalmente se trataba del destino de éstas pues la mayoría de aquéllos había sucumbido en la terrible lucha. Quizá los que quedaron vivos en la ciudad eran hombres ya muy ancianos para la guerra y niños bastante pequeños. También prisioneros y heridos. El drama trágico se centra fundamentalmente en la suerte que el destino ha tejido para las mujeres troyanas (madres, esposas, hermanas, cuñadas…).

Existe un hecho curioso en torno a Casandra digno de reflexión. Apolo, dios solar, tenía una hermana gemela, Artemis, quien al igual que éste poseía la habilidad de tirar flechas; es decir, era diosa arquera y cazadora. Además, y esto es muy intrigante, era una diosa virgen por excelencia y estaba consagrada a la virginidad y a la pureza. Sin embargo, en algunos lugares de la Grecia antigua era venerada cono diosa madre; como por ejemplo, en Creta, durante lo que hoy en día se conoce como Era Minoica. También era guardiana de las muchachas jóvenes y de las parturientas.

Hay una cierta analogía entre Artemis y Apolo y Casandra y Heleno. Estos dos eran también hermanos gemelos y aunque poco se sabe acerca de Heleno en lo que respecta a las obras citadas con anterioridad, Casandra, lo mismo que su hermano, recibió de Apolo el don de la profecía y del presagio. Pero Casandra, asimismo, fue condenada por aquél a vivir en medio de la injuria y la ignominia al ser considerada como una loca y vulgar charlatana, tras no haber correspondido al dios en su afán amoroso.

Casandra no sólo es objeto del castigo divino por parte de Apolo sino también por parte de Artemis, hermana de éste y diosa lunar por antonomasia. Aunque se conoce por las Troyanas que Casandra obtuvo también de Apolo el don virginal, éste se puede asociar con Artemis. El castigo que inflige Artemis a Casandra consiste en ser tomada como concubina por Agamenón, asolador no solamente de Troya sino de su estirpe. Quizá en virtud de no haber correspondido oportunamente a los deseos de su hermano Apolo, quien concedió a Casandra el preciado don de permanecer intacta para siempre. Ésta puede ser la única explicación al hecho de que Agamenón haya violentado en cierto modo e impunemente la voluntad de Apolo en lo referente a la virginidad de Casandra.

Si se recuerda un poco el conflicto presentado en los primeros cantos de la Ilíada, ya Agamenón había suscitado la discordia de los aqueos por causa de Criseida, hija de Crises y sacerdotisa de Apolo. Por esto no deja de asombrar que Agamenón no haya sido objeto de castigo en aquella ocasión; es decir, después de escoger y tomar a Casandra entre todas las demás troyanas. Aun cuando Agamenón es castigado en la Orestíada, no lo es por Apolo ni por alguna otra divinidad. Tampoco muere vilmente como consecuencia del acto cometido en contra de Casandra; y por ende, en contra de Apolo.

Independientemente de lo justo o injusto de la muerte de Agamenón, hay algo cierto y es que él no recibe la pena merecida por su conducta.

Porque en la Orestíada Agamenón cae asesinado por Clitemnestra (de alguna manera castigado), pero únicamente por motivos ajenos al irrespeto proferido contra Apolo: el resentimiento y los celos que sufría su esposa a causa del incidente con Criseida; y por tener él la osadía y el descaro de presentarse al palacio con Casandra después de tantos años de ausencia. Sin embargo, la razón más poderosa que lleva a Clitemnestra al asesinato de Agamenón es su furtivo romance con Egisto. Otra de las razones es la ira de ésta tras el sacrificio de su querida hija Ifigenia durante la turbulenta travesía de las naves aqueas por el mar.

Se puede entonces pensar en la interpretación del castigo infligido por Artemis a Casandra. Igualmente se podrían formar otras interpretaciones alrededor de la trágica suerte de Casandra y su inmediata conexión con la culpa de Agamenón, aún no expiada. Una de estas interpretaciones está relacionada con la diosa Afrodita. Otra, con la diosa Atenea.

La interpretación que podría dárseles a las consecuencias del acto impío de Agamenón está relacionada con Afrodita, como ya se ha mencionado. Agamenón incurre en una falta al violentar, presa del deseo, la sagrada virginidad de Casandra. Entonces es lícito argüir que posiblemente la intervención de Afrodita tuvo algo que ver en su conducta.
Por consiguiente, si se mira la situación de Clitemnestra y la posterior venganza de ésta se llega a la conclusión de que Agamenón, ha recibido la pena que merecía, no directamente pero sí a través de Afrodita y las facultades de ésta para actuar en función del deseo carnal de los mortales. No debe resultar extraño pues Afrodita posee el don de volver loco a un hombre de deseo por una mujer, si así lo desea. Esto aparece manifiesto en la Ilíada, y no sólo es aplicable a los mortales sino a los dioses inmortales.

La segunda interpretación de que se hablaba hace poco gira en torno de Atenea. Una vez que Troya ha sido tomada, Casandra es sacada por la fuerza de un templo consagrado a la diosa. Quien lleva a cabo esta acción no es Agamenón sino Áyax. Sin embargo, no se debe olvidar que el primero era el jefe militar de todo el contingente aqueo que destruyó a Troya. Por lo tanto, Áyax también estaba bajo el mando de Agamenón y actuaba en consecuencia a las órdenes de éste. Así, la culpa de ese acto sacrílego recaía de igual modo sobre quien lo ordenó y consintió como sobre quien lo ejecutó.

De esta manera el destino que los dioses tenían reservado a Agamenón pudo estar relacionado con la violación de aquel templo sagrado (como afirma Poseidón en la primera escena de Troyanas). Ahora sí es lógico pensar que Atenea haya actuado en contra de Agamenón en justicia por haber perpetrado tan repudiable acto.

Durante buena parte de la antigüedad, cuando todas las ciudades estaban en constante guerra, lo único que se respetaba eran los templos, santuarios y demás sitios considerados como sagrados, los cuales habían sido construidos en honor a los dioses patrios y en donde se celebraban todos los ritos de misterios divinos y se realizaban ofrendas votivas. Por esta razón, en esos lugares se refugiaban algunos ciudadanos que huían del ataque de pueblos extranjeros y hasta se guardaba el tesoro común a varias naciones amigas que realizaban entre ellas acuerdos comerciales.

Autor:
Sócrates Tsokonas (año 2001)




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