Ir al contenido principal

Miranda en Atenas




Por MARIANO NAVA CONTRERAS

17 de junio de 2016 05:00 AM
Diario El Universal de Venezuela

Miranda en Atenas

La tarde del 17 de junio de 1786, hace exactamente 230 años, Francisco de Miranda, que después será Mariscal de la Revolución Francesa, Generalísimo de los Ejércitos Libertadores y Precursor de la Independencia hispanoamericana, llega a Atenas. Venía de iniciar una “peregrinación ilustrada”, como dicen algunos historiadores, por Italia, Grecia y el Imperio Otomano. En Atenas permaneció nueve días, nueve intensísimos días, hasta el 26 por la tarde que partió, también por El Pireo, rumbo a Esmirna y Constantinopla. Por tierras helénicas anduvo casi tres meses. El mismo Miranda recoge, con minuciosidad enciclopédica, los detalles de su breve temporada ateniense en su Diario de viajes, que como sabemos forma parte de la fabulosa Colombeia, sus archivos personales en 63 volúmenes que en 2007 fueron declarados por la Unesco “Memoria del mundo”.

Aunque para muchos de sus biógrafos Grecia no es sino una escala más de su periplo europeo, otros estudiosos como García Bacca (Los clásicos griegos de Miranda) o Arturo Uslar Pietri (Los libros de Miranda), pero muy especialmente Miguel Castillo Didier (Miranda y la senda de Bello y Grecia y Francisco de Miranda entre otros) han estudiado a profundidad la importancia de los griegos en el pensamiento mirandino. Recientemente Castillo Didier publicó una biografía del Precursor en Grecia (Atenas, 2013), en la que dedica un enjundioso capítulo a las andanzas del caraqueño por estas tierras. Miranda llega a Grecia procedente de Dubrovnik, puerto adriático de Croacia, de donde zarpa el 22 de abril rumbo a Zante, la “boscosa Zakintos” de Homero. De Zante sigue a Patrás, puerto del Peloponeso, y de Patrás hasta Corinto. El 5 de junio divisa desde el mar el monte Parnaso y el 6 llega a la ciudad, donde espera diez días hasta conseguir barco a Atenas. El día 16 atraviesa el istmo a caballo y por la noche embarca. Al amanecer del día siguiente pasa el estrecho de Salamina, que lo impresiona profundamente: “aquí se exalta la imaginación al considerar las posiciones de la escuadra griega y persa, cuando Temístocles la derrotó completamente. Lo que da una idea del corto espacio que ocupaban y la pequeñez de los buques que componían la marina antigua”. A las 11 de la mañana el caraqueño está entrando en el puerto de El Pireo. Almuerza en casa del cónsul de Francia al ritmo de la música griega (“Cuán propensa es esta nación a la música ¡Todo el mundo canta!”) y a las 5pm. se pone en marcha, a caballo y junto a su criado Yorgo, a Atenas, a donde llega hora y media más tarde, y se aloja en el viejo convento de los capuchinos.

Al día siguiente temprano se levanta y, hombre de buenas relaciones, visita a los cónsules de Francia e Inglaterra, para quienes lleva cartas. Miranda es venezolano y no puede dejar de notar lo buenasmozas que son las hermanas del cónsul inglés: “Tiene dos hermanas bonitas y de perfecta edad y la madama es amable. Me dieron dulce, café, etc. a la griega, y mil muestras de política y de atención”. Al caraqueño no le gusta el convento y busca alojamiento mejor, encontrándolo en una casa al pie de la Acrópolis que terminará por comprar y ceder generosamente a una familia ateniense: “y lo mejor era que estaba situada cerca de la ciudadela, en un paraje elevado y bien ventilado. La casa es buena, sólidamente edificada en el gusto del país, y me la querían vender en 50 cequíes, cuyo dinero hubiera dado gustosísimo si lo hubiese tenido, por tener posesiones en la sabia y política Atenas. Comprela al fin, y la dejé a esta familia para que la habitase”. Por años la embajada venezolana en Atenas ha tratado infructuosamente de localizar esta casa, aunque, por los datos que aporta el mismo Miranda, se cree que debe estar situada en el hoy turístico barrio de Plaka, junto a la Roca Sagrada.

Durante los días siguientes un alucinado Miranda visitará las “antigüedades” de la ciudad. Contemplará extasiado el Partenón, el Erecteion y los Propíleos, (“¡Oh, qué sublime monumento! ¡Todo cuanto he visto hasta aquí no vale nada en comparación!”), las laderas norte y sur de la Acrópolis, el Teatro de Dionisos, la Colina de las Musas y el Hefesteion, observando a lo lejos, emocionado, los bosques de Academo, donde un día se encontrara la Academia de Platón. El día 24 hace una excursión a la llanura de Maratón, donde los griegos vencieron a los persas en el año 490 a.C. Todo esto lo refiere al detalle en su diario. Por lo demás, la Acrópolis que visitó Miranda era bastante diferente de la que conocemos hoy, cuando no había sufrido los grandes daños ocasionados en la guerra contra los turcos ni había sido objeto de las restauraciones de 1909 y 1917, pero sobre todo cuando el Partenón no había sido objeto de los expolios perpetrados por Lord Elgin en 1801. Años después, otro sabio venezolano contemplará los mármoles del Partenón ya instalados en el Museo Británico de Londres, donde todavía se encuentran: Andrés Bello.

Miranda fue el primer americano, no solo el primer venezolano, en visitar Atenas. Los registros y testimonios no reportan, antes ni entonces, ningún otro viajero procedente de este lado del mundo. Pero Miranda no fue un turista, fue un viajero. Un ilustrado que quiso aprender de los libros, pero también “del gran libro del Universo”. Arturo Uslar Pietri dijo que Miranda fue “el latinoamericano más culto y universal de su tiempo”. Quizás nos falte saber un poco más sobre la importancia de este viaje, hecho para entender la vida y las palabras de aquellos viejos griegos que nos enseñaron a imaginar la libertad.

@MarianoNava