Ir al contenido principal

Paisios: Sobre la Providencia Divina





(En forma de preguntas y respuestas)


"Busquen ante todo el Reino Divino" (Mat. 6:33).


ronta (staretz-confesor), abba Macario dice, que Dios nos dará bienes celestiales [199], y creemos en esto. ¿Se debe también creer que Él nos dará bienes terrenales, que no son tan esenciales?

— ¿Qué bienes terrenales?
— Aquello que necesitamos.
— Esto lo has dicho correctamente. Dios ama a Su creación, Su imagen y se preocupa de aquello que le es necesario.
— ¿Hay que creer en esto y no preocuparse?

— Si el hombre no cree en esto y solo trata de lograr estos bienes, él va a sufrir. Pero el hombre que vive espiritualmente no se alterará hasta en el caso que Dios no le dé lo terrenal y lo material. Si buscamos ante todo el Reino Divino, si esta búsqueda del Reino es nuestra única preocupación, nos será dado también lo restante. ¿Puede Dios dejar a Su criatura a la buena del destino? Si los israelíes dejaban para otro día el maná que Dios les daba en el desierto, el maná se pudría [200]. Dios lo hacía así para que ellos confiaran en la Providencia Divina.

Hasta las palabras "busquen ante todo el Reino Divino" no las hemos comprendido todavía. O creemos [y confiamos, nos entregamos a Dios] o no creemos [y por esto debemos preocuparnos nosotros mismos de lo necesario]. Cuando me fui a Sinaí, no tenía nada conmigo. Sin embargo, no pensé que me pasaría en el desierto entre gente desconocida, qué voy a comer y cómo viviré. La celda de Santa Epistimia, donde tenía que habitar, estaba abandonada hacía tiempo y dejada por los hombres. No pedí nada al monasterio no queriendo ser una carga. Una vez me trajeron pan del monasterio, lo devolví a ellos. Para qué tenía que preocuparme, si Cristo dijo: "Busquen ante todo el Reino Divino[201]. Había muy poca agua. No conocía artesanía de ninguna clase. Así que, pregunta ahora, cómo yo vivía y ganaba mi pan. El único instrumento que yo poseía eran las tijeras. Las separé en dos partes, las afilé en una piedra, tomé una planchita de madera y comencé a tallar iconos. Trabajaba y repetía la oración de Jesús. Rápidamente aprendí el trabajo de talla, tallaba todo el tiempo un mismo dibujo y el trabajo de los cinco días lo terminaba en once horas. No solo no sufría escasez, sino hasta ayudaba a los beduinos. Durante cierto período me ocupaba de esta artesanía muchas horas por día y luego llegué a un estado, cuando no quería más ocuparme de artesanía, pero al mismo tiempo veía qué necesidades sufrían los beduinos. Para ellos era una gran bendición recibir de regalo un gorrito o un par de sandalias. Y apareció el pensamiento: "¿Vine aquí para ayudar a los beduinos o para orar por todo el mundo?" Por eso resolví limitar la artesanía, para distraerme menos y orar más. ¿Pienses que esperaba que alguien me ayudara? ¿De dónde? Los beduinos mismos no tenían para comer. El monasterio estaba lejos y de otro lado comenzaban lugares deshabitados. Y he aquí, en el mismo día cuando limité el trabajo para dedicar más tiempo a la oración, vino un hombre. Yo estaba cerca de mi celda, él me vio y dijo: "Toma estos cien monedas de oro, vas a ayudar a los beduinos y seguirás tu regla de oración." No pude contenerme, lo dejé un cuarto de hora solo y entré en mi celda. La Providencia y amor Divino me llevaron a tal estado que no pude contener las lágrimas. ¿Ves, cómo organiza todo Dios, cuando en el hombre hay una buena disposición? Porque ¿cuánto podía yo dar a estos infelices? Daba a uno, en seguida venía otro: "¡El padre no me dio!" — y luego un tercero: "¡El padre no me dio!"


— Géronta, ¿por qué nosotros, muchas veces, sintiendo toda fuerza Divina, no vemos Su Providencia sobre nosotros?
— Esta es la trampa diabólica. El diablo tira cenizas a los ojos del hombre para que no vea la providencia Divina. Ya que si el hombre ve la providencia Divina, su corazón de granito se ablandará, se hará sensible y se exteriorizará en la glorificación. Y esto no es deseable para el diablo.





— Un hombre se ocupó de la cría de peces y todos los días decía — "¡Gloria a Ti, Dios!" — porque veía constantemente la providencia Divina. Él contaba que un pececito desde el momento de su eclosión del huevo, cuando es tan pequeño como la cabeza de un alfiler, tiene una pequeña bolsita con líquido con el cual se alimenta hasta que crezca y pueda alimentarse independientemente con los pequeños insectos acuáticos y algas. ¡O sea, recibe de Dios una "ración especial!" Si Dios provee hasta a los peces, ¡cuánto más Él provee al hombre! Pero a menudo el hombre organiza todo y decide sin Dios. "Yo tendré — dice — dos hijos [y basta]" No cuenta con Dios. Por eso se producen tantos desastres y perecen tantos niños. En la mayoría de las familias nacen dos hijos. Pero uno de ellos perece en un accidente automovilístico, otro se enferma y muere — y los padres quedan sin hijos.

Cuando para los padres — co-creadores de Dios, se hace difícil asegurar a sus hijos a pesar de los esfuerzos aplicados, entonces deben, elevando los brazos al cielo, humildemente buscar la ayuda del Gran Creador. Entonces, se alegran tanto Dios, que ayuda, y ellos que reciben Su ayuda. Estando en el monasterio Stomión, conocía a un padre de muchos hijos. Él era un guarda del campo en la aldea Epira y su familia vivía en Koniza — a pie se caminaba cuatro horas y media. Él tenía nueve hijos. El camino a su aldea pasaba por el monasterio. Viniendo a trabajar y yendo a casa, el guarda entraba en el monasterio. Cuando volvía me pedía permiso de prender las lámparas votivas. A pesar de que, al prenderlas, derramaba el aceite al piso, le permitía hacerlo. Yo prefería secar luego el piso que ofenderlo. Cada vez, saliendo del monasterio y caminando unos trescientos metros él tiraba de su fusil. No encontrando explicación a esto decidí observarlo la próxima vez desde el momento de su entrada en el templo hasta que saliera camino a Koniza. Así supe que él primero prendía las lámparas del templo, luego salía por el nártex [202] y prendía la lámpara votiva ante el icono de la Madre de Dios sobre la entrada. Luego tomaba con el dedo el aceite de la lámpara, se arrodillaba, extendía sus manos hacia el cielo y decía "Madre de Dios, tengo nueve hijos. ¡Mándales un poco de carne!" Habiendo dicho esto, él untaba con el aceite que tenía en el dedo la mira de su fusil y se iba. A trescientos metros del monasterio al lado de una mora lo esperaba una cabra silvestre. Él tiraba, la mataba, la llevaba a una cueva que estaba algo más lejos, allí la faenaba y llevaba la carne a sus hijos. Y eso pasaba cada vez que él volvía a casa. Yo me sentía extasiado ante la fe del guarda de campo y la providencia de la Madre de Dios. Después de veinticinco años, él vino al Monte Santo y me encontró. Durante la conversación pregunté: "¿Cómo están tus hijos? ¿Dónde están?" En respuesta él indicó con la mano el norte y dijo: "Unos en Alemania" — luego extendió su mano al sur y agregó: "En cambio otros en Australia y gracias a Dios saludables." Este hombre conservaba la pureza de las ideologías ateas a su fe y a sí mismo y por eso Dios no lo dejó.





— A veces, Géronta, tengo algún deseo y Dios lo cumple sin pedírselo a Él. ¿Cómo se hace esto?

— Dios se ocupa de nosotros. Él ve nuestras necesidades, nuestros deseos y cuando algo sirve para nuestro bien, Él nos lo da. Si el hombre necesita ayuda en algo, Cristo y la Santísima Madre de Dios le ayudan. Cuando a staretz FIlaret [203] preguntaban: ¿En qué ayudarte, Géronta? ¿Qué necesitas? — él contestaba: "Lo que necesito me lo enviará la Madre de Dios." Y así ocurría. Cuando nos confiamos a nosotros mismos al Señor, Él, nuestro Dios Bueno, nos sigue, se ocupa de nosotros. Como un bondadoso Administrador Él da a cada uno de nosotros lo que él necesita. Él entra hasta en las particularidades de nuestras necesidades materiales. Y para que entendamos Su preocupación, Su providencia, Él nos da exactamente cuanto nos es necesario. No esperes, sin embargo, que Dios al principio te dé algo, no, antes entrégate con confianza a ti mismo a Dios. Ya que si tú constantemente pides algo a Dios mientras tú mismo con confianza no lo entregas a Él, de esto se ve que tienes tu casa propia y eres ajeno a las eternas moradas celestiales. Aquella gente que todo lo entrega a Dios y se entrega completamente a Él, está cubierta con la gran cúpula Divina y protegida por Su Divina providencia. La confianza en Dios es una interminable misteriosa oración que en el momento necesario atrae sin ruido las fuerzas Divinas al lugar donde son necesarias. Y entonces Sus amados y honrados hijos infinitamente y con gran agradecimiento lo glorifican a Él.


Cuando el sacerdote Tikhon habitó en kaliva de la Venerada Cruz, en ella no existía el templo que él necesitaba. Incluso no había dinero para la construcción — nada además de una enorme fe en Dios. Una vez, después de la oración, él fue a Karies con la fe que Dios le ayudaría con el dinero imprescindible para la construcción del templo. En el camino a Karies lo llamó el prior de la Ermita de Elías. Cuando el p. Tikhon se acercó, él le dijo: "Un buen cristiano de América envió estos dólares, para que los dé a algún asceta que no tenga templo. Tú justamente no tienes templo, toma este dinero y constrúyelo." P. Tikhon lloró de enternecimiento y agradecimiento a Dios, Conocedor del corazón, que se ocupó del templo antes que p. Tikhon pidiera a Él por eso — de manera que cuando él rogó por eso, el dinero ya estaba listo.


Si el hombre confía en Dios, Dios no lo deja. Y en realidad, si mañana a las 10 hs necesitaras algo, entonces (si lo que necesitas no sobrepasa los límites de lo razonable y es imprescindible) a las diez menos cuarto o a las nueve y media Dios tendrá listo esto para dártelo. P. ej. mañana a las nueve necesitas una taza. Nueve menos cinco ella estará en tus manos. Tú necesitas quinientas dracmas. En el momento cuando tú las necesitas aparecen justo quinientas dracmas, no quinientas diez ni cuatrocientas noventa. Note, que p. ej. necesito algo mañana, Dios ya se ocupó de esto hoy. O sea, antes que yo pensara en esto ya lo pensó Dios. Él se ocupó de lo necesario de antemano y lo da en la hora cuando esto es necesario. Lo entendí viendo cuánto tiempo se necesita para que una cosa llegue a mí de algún lado justo a la hora cuando me es necesaria. Por consiguiente Dios se preocupó de esto antes.


Cuando nosotros por amor y honor alegramos a Dios con nuestra vida, Él otorga especiales bendiciones a Sus buenos hijos en la hora cuando les son necesarias. Luego toda la vida pasa en las bendiciones de la providencia Divina. Puedo durante horas mencionarles los ejemplos de la milagrosa providencia Divina.

Cuando estuve en la guerra y participaba en combates, tenía el Evangelio, se lo di a alguien. Luego decía: "O, si tuviera el Evangelio, como me ayudaría." Para la Navidad a nuestra parte del ejército, que se encontraba en las montañas, mandaron doscientos paquetes de Mesolonga [204]. ¡De estos doscientos paquetes el Evangelio se encontraba sólo en el paquete que me correspondió! Era un Evangelio de vieja edición con el mapa de Palestina. En el paquete estaba también una nota: "Si necesitas otros libros, escribe y te los mandaremos." Otra vez cuando yo estaba ya en el monasterio de Stomión, necesité una lámpara votiva para el templo. Una mañana al amanecer bajé a Koniza. Pasando frente a una casa escuché como una joven decía a su padre: "¡Papá, viene el monje!" Él salió a mi encuentro y dijo: "Padre, hice la promesa de donar una lámpara votiva para la Madre de Dios. Toma este dinero y cómprala tú mismo." Y me dio quinientas dracmas — exactamente cuanto costaba la lámpara votiva en el año 1958.


También ahora, cuando surge alguna necesidad para mí, Dios enseguida la cubre. P. ej. si quiero serruchar la leña y no puedo, la leña rápidamente viene sola. Antes de venir a vosotros, recibí un envío en que había cincuenta mil dracmas — justo tanto cuanto era necesario. Otro ejemplo: di a alguien como bendición el icono de la Virgen María "Es Digno." ¡Al día siguiente me traen la de Iver! Este verano [205], hasta que llovió, no tenía nada de agua. Ahora llovió un poco y durante el día junto [como máximo] un frasco y medio de agua. En la cisterna había agua del año pasado pero descompuesta. Pero ¡cómo todo lo organiza Dios! Tengo un barril con agua, Cada día viene tanta gente, — toman, se lavan, vienen transpirados, pero ¡el nivel de agua baja solo 3, 4 dedos! Un barril para ciento cincuenta-doscientos hombres — ¡y no se vacía! Con esto algunos no cierran a veces la camilla, otros la abren demasiado, y el agua sale, pero ¡no se termina!





El hombre que sigue las bondades Divinas, aprende a depender de la providencia Divina. Y luego se siente como un niño en la cuna, que si lo deja un momento la madre, comienza a llorar y no se calla hasta que ella de nuevo viene corriendo a él. ¡Es una gran cosa — entregarse a Dios! Cuando yo recién llegué al monasterio Stomión, no tenía dónde vivir. Todo el convento estaba lleno de basura de construcción. Al lado del cerco encontré un lugar, lo cubrí un poco arriba y pasaba las noches sentado allí, ya que no cabría acostado. Una vez vino a mí un conocido hieromonje (monje-sacerdote) y preguntó: "Escúchame, ¿cómo vives aquí? — ¿Y qué — pregunté yo como respuesta — la gente laica tenía más que nosotros? Cuando Kanaris pidió el préstamo, le dijeron: "No tienes Patria", y él respondió: "A la Patria la conquistaremos." Si tal fe había en un hombre laico, ¿podemos nosotros no tener confianza en Dios? Si la Madre de Dios me trajo aquí, ¿puede ser que cuando llegara el tiempo Ella no se preocupe de Su convento? Y realmente, poco a poco, ¡cómo organizó todo la Santísima Madre de Dios! Recuerdo cuando los albañiles cubrían de cemento los techos de las celdas quemadas, el cemento se terminaba. Faltaba todavía un tercio de techo. Vienen a mí los albañiles y dicen: "El cemento se termina. Es preciso poner más arena y menos cemento para terminar todo." "No, — les dije — no diluyan, sigan como comenzaron." Traer el cemento era imposible, ya que todas las mulas estaban en el campo. Los albañiles debían caminar dos horas hasta Koniza y luego dos horas más hasta el campo donde pastaban las mulas. Cuanto tiempo perderían... Luego esta gente tenía sus ocupaciones y no podía venir otro día. Veo que cubrieron dos tercios del techo. Entré en la capilla y dije: "Señora mía ¿qué hacer? Te pido ¡ayúdanos!" Luego salí de la capilla.


— ¿Y qué pasó luego, Géronta?
— ¡Terminaron todo el techo y todavía quedó cemento!
— ¿Los albañiles lo comprendieron?
— ¡Cómo no! ¡Cuán grande a veces es la ayuda de Dios y de la Santísima Madre de Dios!





— Géronta, a veces comenzamos algo y aparece una serie de obstáculos. ¿Cómo entender si son de Dios?

— Veamos si no hay culpa nuestra en esto. Si tenemos la culpa, entonces el obstáculo de Dios sirve para nuestro bien. Por eso no hay que preocuparse si la cosa no está hecha o se alarga su terminación. Una vez presionado por algún asunto apurado bajaba yo del monasterio Stomión a Koniza. En una parte difícil del camino (llamé a este lugar Gólgota) encontré a un conocido del monasterio, Tío Anastasio con tres mulas cargadas. Sobre la subida abrupta las sillas de carga se ladearon, uno de los animales estaba sobre el borde de un precipicio — listo para caer. "¡Dios te envió, padre!" — se alegró el tío Anastasio. Le ayudé arreglar las sillas de carga de las mulas y luego las guiamos hasta el camino. Allí lo dejé y continué mi camino. Caminé un gran pedazo del camino cuando el sendero se topó con una avalancha. Recién se produjo esta avalancha de unos trescientos metros de largo que obliteró al sendero. Árboles, piedras — todo se fue abajo al río. Si no me hubiera quedado con las mulas, estaría justo en el lugar cuando se produjo la avalancha. "Tío Anastasio, — dije yo — tú me salvaste, Dios te envió."


Cristo de lo alto ve cómo actúa cada uno de nosotros, sabe cuándo y cómo actuará Él para nuestro bien, Él sabe cómo y a dónde llevarnos, sólo es necesario que nosotros le pidamos a Él ayuda, abramos ante Él nuestros deseos y permitamos a Él Mismo organizar todo. Cuando estuve en el monasterio Filofeo de Athos, tenía ganas de irme al desierto. Pensaba retirarme a una isla desierta y ya hablaba con un botero para que viniera y me llevara, pero al final él no apareció. Así organizó Dios, ya que yo era poco experimentado y en la isla desierta podía ser vulnerado y sería victima de los demonios. Entonces no teniendo éxito con la isla, tuve deseo de irme a Katunaki. Me parecía propicio el desierto de Katunaki, oraba para que pudiera encontrarme allí y me preparaba para eso. Quería vivir y cumplir la hazaña al lado de staretz Pedro — hombre de alta vida espiritual. Pero pasó un acontecimiento que me obligó a ir, no a Katunaki, sino a Koniza. Una vez a la tarde, después del servicio de la tarde me retiré a mi celda y oraba hasta muy tarde. Cerca de once horas me recosté para descansar. A la una y media de la noche me despertó el sonido de la campana del monasterio que llamaba a los hermanos al templo para el servicio de medianoche. Traté de levantarme y no pude. Comprendí que pasaba algo especial. Hasta el mediodía quedé clavado al lecho. Podía orar, pensar, pero no podía moverme. Encontrándome en este estado, yo como en TV vi por un lado Katunaki y por otro el monasterio de Stomión en Koniza. Con fuerte deseo dirigí mis ojos a Katunaki y entonces una cierta voz me dijo: "Irás no a Katunaki sino al monasterio Stomión." Era la voz de la Santísima Madre de Dios. "Madre de Dios, — dije yo — Te pedí desierto y en cambio ¿Tú me envías al mundo?" Y de nuevo escuché la misma voz, que me decía severamente: "Irás y encontrarás un tal hombre. Él te ayudará mucho." Me liberé enseguida de estos lazos invisibles y mi corazón se llenó de la Gracia Divina. Luego fui a mi confesor y le conté lo que pasó. "Esta es la voluntad de Dios — me dijo el confesor. — Sin embargo, no digas a nadie sobre esto. Diles que por estado de salud (yo tenía entonces hemorragias) debes retirarte de Athos y ándate."


Yo quería una cosa, pero Dios tenía Su plan. Pensé entonces que la voluntad de Dios era que yo hiciera renacer el convento en Koniza. Así yo cumpliría la promesa que di a la Madre de Dios cuando estuve en la guerra. "Madre de Dios, — pedí yo a Ella entonces — ayúdame a hacerme monje y trabajaré tres años y ordenaré Tu convento quemado." Pero, como se aclaró luego, la causa principal porque la Santísima Madre de Dios me mandara allí era la necesidad de ayudar a ochenta familias, que se fueron al protestantismo, a que volvieran a la Ortodoxia.


Dios a menudo permite que pase algo para el bien de mucha gente. Él nunca hace un solo bien, sino tres-cuatro juntos. Y no permite nunca que pase algo malo, si de esto no sale mucho bien. Todos los errores y peligros Él los usa para provecho nuestro. El bien y el mal están mezclados entre sí. Sería mejor si ellos estuvieran separados, pero los intereses personales humanos los intermezclan entre ellos. Sin embargo, Dios extrae provecho hasta de este embrollo. Por eso se debe creer que Dios permite que pase sólo aquello de lo cual puede resultar lo bueno, ya que Él ama a Su creación. P. ej. Él puede permitir alguna pequeña tentación para protegernos de una tentación más grande. Una vez un laico estaba en la fiesta parroquial en alguno de los monasterios del Monte Santo. Allí él tomó y quedó borracho. En el camino de vuelta del monasterio él cayó sobre el camino. Nevó y la nieve lo cubrió, pero de la respiración alcohólica en la nieve sobre él se hizo un agujero. Pasaba un hombre. Viendo un agujero en la nieve él dijo con sorpresa: "¿Qué es esto aquí, una surgente?" — y golpeó al agujero con el palo. "¡Oh!" — gritó el ebrio. Así Dios no lo dejó perecer.





— Géronta, ¿qué quiere Dios de nosotros?
— Dios quiere nuestra espontaneidad, nuestra buena disposición, manifestada aunque sea poco, pero con hazaña de amor y honor. También Él quiere que reconozcamos nuestra pecaminosidad. Todo lo restante lo da Él. En la vida espiritual no se exigen los bíceps. Vamos a cumplir humildemente la hazaña, pedir la misericordia Divina y agradecer por todo a Él. Sobre el hombre que sin cualquier plan propio se entrega en las manos de Dios, se cumple el plan Divino. Cuanto el hombre se agarra de su propio "yo," tanto él queda atrás. Él no avanza espiritualmente, ya que obstaculiza la bondad Divina. Para avanzar se exige una gran confianza en Dios.

En todo instante Dios con Su amor acaricia los corazones de toda la gente, pero no sentimos esto, ya que nuestros corazones están cubiertos de sarro. Al limpiar su corazón el hombre se enternece, se derrite, enloquece viendo las gracias y la bondad de Dios que ama en forma igual a todos los hombres. Por aquellos que sufren, a tal hombre le duele, por aquellos que llevan la vida espiritual — él experimenta alegría. Si un alma honesta piensa sólo sobre las bondades Divinas, ellas pueden elevarla a las alturas, ¡y qué decir, si ella piensa sobre la multitud de sus pecados y sobre la gran bondad Divina! Si los ojos del alma del hombre se limpiaron, él viendo la preocupación Divina [por él y otro] siente y vive a toda providencia divina con su corazón sensible y desnudado, él se derretiría de agradecimiento, él enloquecería (en el buen sentido de esta palabra). Porque los dones Divinos, cuando el hombre los percibe, hacen una brecha en el corazón, lo rompen. Y luego, cuando la mano Divina acaricia este honrado corazón y toca la brecha, el hombre se eleva internamente y su agradecimiento a Dios se hace grande. Aquellos que cumplen la hazaña sintiendo tanto su propia pecaminosidad y bondades Divinas y confían a sí mismos a Su gran bondad, elevan sus almas al paraíso con más esperanza y menor esfuerzo corporal.





—"Yo creo que Dios me ayudará" — dicen algunos, pero con esto tratan de juntar dinero para no pasar ninguna necesidad. Gente así se ríe de Dios, ya que se confían no a Él sino al dinero. Si ellos no dejaran de amar al dinero y poner en éste su esperanza, no podrán poner su esperanza en Dios. No digo que la gente no debe tener algunos ahorros para el caso de necesidad, no. Pero no debe poner su esperanza en el dinero, no debe entregar su corazón al dinero, porque actuando así, la gente olvida a Dios. El hombre que no confiando en Dios construye sus planes, y luego dice que así quiere Dios, "bendice" a su obra de manera diabólica y continuamente sufre. No logramos la conciencia de cuán fuerte y bueno es Dios. No lo dejamos ser el amo, no lo dejamos a Él dirigirnos y por eso sufrimos.

Sobre el Sinaí en la celda de Santa Epistimia, donde yo vivía, había muy poca agua. En una cueva aproximadamente unos veinte metros de la celda, de una grieta en la roca goteaba agua. Hice una pequeña cisterna y juntaba unos tres litros de agua en 24 hs. Al llegar por el agua ponía una lata metálica y mientras se llenaba, leía el acafistos (akathistos) de la Santísima Madre de Dios. Mojaba un poco la cabeza, solo la frente, esto me ayudaba, así me aconsejó un médico, juntaba un poco de agua para tomar y en una latita llenaba un poco de agüita para ratoncitos y pajaritos que vivían en mi celda. Para lavado de ropa y otras necesidades utilizaba esta misma agua de la cueva. ¡Qué alegría y agradecimiento sentía yo por esta poca agua que tenía! ¡Cómo glorificaba a Dios que tenía agua!


Luego, cuando llegué al Monte Santo y por poco tiempo viví en la ermita de Iver, allí, como era el lado soleado, no había falta de agua. Había una cisterna cuya agua rebalsaba. ¡Uf! Lavaba la cabeza y los pies... pero lo anterior fue olvidado. En el Sinaí tenía lágrimas en los ojos del agradecimiento por la poca agua, en cambio aquí en la ermita, del exceso de agua caí en el olvido. Por eso me fui de esta celda y me ubiqué más lejos, a unos ochenta metros, donde había una pequeña cisterna. ¡Cómo se pierde, cómo se olvida el hombre en opulencia!


Debemos plenamente, incondicionalmente, entregarnos a la providencia Divina. La voluntad Divina y Dios se preocupará de nosotros. Un monje fue una tarde a la cima de la montaña para oficiar allí el servicio de la tarde. En el camino encontró un hongo (Boletus) y agradeció a Dios por este raro hallazgo. En el camino de regreso él quería cortar el hongo para su cena. "Si los laicos me preguntan si como la carne — pensaba el monje — ¡puedo decirles que lo como cada otoño!" Volviendo a la kaliva el monje vio que mientras él leía el servicio, un animal pisó el hongo y quedó entera sólo la mitad. "Se ve — dijo el monje — cuánto debo comer." Él juntó lo que quedó y agradeció a Dios por Su providencia, por la mitad del hongo. Más abajo él encontró una mitad más del hongo, se inclinó para cortarlo y agregarlo para su cena, pero vio que el hongo era blando (posiblemente era venenoso). El monje lo dejó y de nuevo agradeció a Dios porque lo guardó del envenenamiento. Al volver a kaliva el monje cenó con la mitad del hongo. Al día siguiente, cuando salió de la casa a sus ojos se presentó una vista maravillosa. Alrededor de la kaliva en todas partes crecieron hermosos hongos y al verlos el monje de nuevo agradeció a Dios. Ven, él agradeció a Dios por el hongo entero y por la mitad, por el bueno y por el malo, por uno y por muchos. Él era agradecido por todo.


El bondadoso Dios nos otorga generosas bendiciones y Sus acciones están dirigidas para nuestro provecho. Todos los bienes que tenemos — son dones Divinos. Él puso todo al servicio de Su criatura — el hombre. Él hizo que todo: los animales, y aves pequeños y grandes, hasta las plantas — se sacrifiquen por nosotros. Y el Mismo Dios se sacrificó para redimir al hombre. No seamos indiferentes a todo esto, no vamos a herirlo a Él con nuestro gran desagradecimiento y falta de sensibilidad, sino que vamos a agradecerle y glorificarlo a Él.





[198] Mat. 6:33.

[199] Ver: San Macario de Egipto. Charlas espirituales. STSL, 1904.

[200] Ver: Éxodo 166:199-20.

[201] 

[202] Nártex — la parte occidental del templo, atrio.

[203] Staretz Paisios: Padres del Monte Santo e historias del Monte Santo. Lavra de Santa Trinidad y San Sergio, 2001. Pág. 62-65.

[204] Ciudad en Grecia central.

[205] Dicho en verano de 1990.

[206] Ver: Hebr. 12:1.

[207] Ju. 11:25-26.

[208] Zac. 11:1-13.

[209] Salterio 21:19-23.

[210] Jer. 18:2, 32:9; Mat. 27:7-9.

[211] Hech. 9:1-18.

[212] Luc. 17:5.

[213] Mat. 14:30.

[214] Staretz Paisios Idem [203]. Pág. 9.

[215] Mat. 17:20; Luc. 17:6.

[216] En este caso bajo el concepto de la fe se entiende una simple aceptación de la existencia de Dios, insuficiente para la vida en Cristo.

[217] Hebr. 11:1.

[218] Isai. 6:3.

[219] Ju. 15:5.

[220] Cántico a la Madre de Dios en el servicio de la tarde, voz 6.

[221] Mat. 9:29; Mc. 9:23.

[222] Salterio 81:6.

[223] Isai. 6:9-10.

[224] El 3 de junio de 1979, Staretz Paisios oraba sobre rosario diciendo: "Santos del día, rueguen a Dios por nosotros." Él no recordaba qué Santos recordaban ese día y no podía encontrar sus anteojos para mirar el calendario del mes (sólo varios días antes Staretz se mudó a la celda "Panaguda" y todavía no ubicaba sus cosas). Entonces lo visitó San Mártir Lukillian, cuya memoria se festeja el 3 de junio y tres veces le repitió su difícil nombre.

[225] Entre los piadosos cristianos de Grecia está difundida la tradición de erección a lo largo del camino de pequeñas capillitas, habitualmente como agradecimiento a Dios, a la Santísima Madre de Dios o a los Santos, o en memoria de parientes que murieron en accidentes automovilísticos.

[226] Gen. 6:13 y sigue.

[227] Isai. 38:4 y sigue.

[228] Mat. 7:7.

[229] Ju. 5:6.

[230] 3 Rey. 18:26.





Folleto Misionero # S157
Copyright © 2005 Holy Trinity Orthodox Mission
466 Foothill Blvd, Box 397, La Canada, Ca 91011
Editor: Obispo Alejandro (Mileant)