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1ER PREMIO CONCURSO LITERARIO LA PEQUEÑA GRECIA 2016







KAZANTZAKIS
Por Dra. Cristina Tsardikos

“¡Mi alma íntegra es un grito y mi obra íntegra es la interpretación de ese grito!”


NIKOS KAZANTZAKIS, ESCRITOR GRIEGO 1883-1957.



Nikos Kazantzakis, es el filósofo griego de nuestros tiempos.

Su obra, poseedora de una conciencia cultural netamente helénica con impronta cretense, sigue los lineamientos del pensamiento occidental, y define con despiadada claridad, conceptos inherentes a la conducta humana.

Desde el implícito cuestionamiento existencial, busca la respuesta al sentido de la vida y la misión del hombre, desnudando las conductas humanas y las reglas de ética y moral que rigen el comportamiento individual, colectivo y social.

Para ello, Kazantzakis, viaja al interior de la esencia humana, la identifica y despoja de sus ataduras y le indica el camino posible hacia su redención. En ese camino la meta permanente y suprema es lograr la armonía, la libertad absoluta, la superación, es en definitiva la búsqueda y el encuentro con Dios.

En Ascesis escribió:

“Un solo deseo me posee: sorprender lo que se esconde detrás de lo visible, abrir el misterio que me da la vida y me la quita, y saber si una presencia invisible e inmutable se esconde más allá del flujo incesante del mundo”

Dios para Kazantzakis está dentro de cada ser. En el Pobrecillo de Asís dice; “cada hombre, aun el más ateo, tiene en el fondo de sí mismo, en su corazón a Dios”

Una búsqueda, un camino, un grito: la superación en Kazantzakis

Toda su obra está basada en la búsqueda comprometida y permanente de la única verdad posible: la libertad intrínseca del hombre. Una libertad que no existe si el hombre no la busca, y una salvación que no existe si el hombre no la encuentra.

Esta búsqueda es el mayor de los atributos del hombre y la realiza a través de la ascensión permanente del Gólgota de cada existencia.

Utiliza diferentes prismas amplificadores del pensamiento que intentan reconocer a Dios morando en el hombre o al hombre morando en Dios, en un largo camino hacia la libertad, que es la resultante del punto exacto en el que se unen el conocimiento y el reconocimiento de uno mismo. En el lugar de encuentro dice que...

...“Todo hombre tiene un grito que lanzar antes de morir, su grito. Hay que darse prisa para tener tiempo de lanzarlo. Ese grito puede dispersarse, ineficaz, en el aire; puede no hallarse ni en la tierra ni en el cielo un oído que lo escuche; poco importa. No eres un carnero, eres un hombre; y hombre quiere decir algo que no está cómodamente instalado, sino que grita. ¡Grita tú, pues! ¡Mi alma íntegra es un grito y mi obra íntegra es la interpretación de ese grito!”

El grito que clama Kazantzakis es un grito arcaico, de origen visceral, único, personal. Es la identidad del hombre, que como en la mayéutica socrática debe lograr el parto del pensamiento desde la oscuridad a la luz, en la permanente transmutación de la materia original en esencia espiritual. Este grito, en definitiva, es el grito del hombre lanzado en el infinito que reclama la recepción del eco en la raza.

La impronta de Creta, está marcada a fuego en la obra de Nikos Kazantzakis, que poseída por la fuerza del paisaje contagia al lector y lo invita a transitar por los cañadones laberínticos del ser, al son de un *pentozali tan rústico como intenso y fatalmente iluminado por la luz helénica.

Kazantzakis, danza entre sus versos partiendo como un hombre que no cree en nada, que no espera nada, que inicia la larga y dolorosa búsqueda desde la negación absoluta a todo lo preestablecido. Desestabiliza lo preestablecido utilizando la técnica de los opuestos, la tesis enfrenta a la antítesis, la síntesis a la aposíntesis. Formula e intercala cuestionamientos desafiando afirmaciones establecidas. Por el solo hecho de arribar a través de la lógica al pensamiento libre y creador.

El único valor que reconoce es la lucha: subir peldaño por peldaño, para llegar lo más alto posible hasta donde lo conduzcan la fe y la insistencia, hasta la cima del imaginario *Psiloriti, el elevado otero espiritual que le permitirá la mirada abarcativa que denomina “κρητική ματιά”,*mirada cretense*

Esa amplia “mirada cretense” replantea y escrudiña permanentemente, sin vergüenza, sin límite, las reglas humanas de opresión moral, utilizando la rebeldía como único camino ético posible para lograr el anábasis espiritual.

Con una visión cosmoanalítica, abarcativa y extensa, analizará la agonía del hombre en su lucha mortal contra el minotauro que mora en su laberinto interior, donde simultáneamente convive el hombre con la bestia, en una pelea en la que el hombre vence sin matar al toro, y logra que el espíritu domine la carne.

Esta lucha sobrenatural, desigual, asi planteada por Kazantzakis, sugiere una travesía en el tiempo, en un mar mitológico que transporte al hombre y a Dios, náufragos eternos, hacia el destino final común se manifiesta claramente en su obra “la Odisea” de Kazantzakis, un poema de 33.333 versos desarrollada con una admirable riqueza lingüística el camino del anábasis del Ulises homérico, deshaciendo el viaje del nostos del regreso y reformulándolo hacia una nueva búsqueda del destino final.

En esta Odisea contemporánea, Ulises ha regresado a Ítaca, ha matado a los pretendientes de Penélope, ha recuperado el reino y desde lo alto de un monte se sienta a contemplar su vida: una vida vacía, sin sobresaltos, sin metas, sin proyectos ni complicaciones. Atrás quedaron las hazañas y la agonía del viaje de regreso… Todo es absolutamente previsible, y sofocante. Vivir en Ítaca no tiene sentido, el desencanto y el hastío son devastadores. Kazantzakis encarna en este Ulises que decide abandonar la comodidad del hogar y volver al mar contra el que lucha por sobre los designios de los dioses, una vez más.

Los vientos, que en otras obras como Alexis Zorbas, están representados por la locura, lo llevan a diferentes lugares y épocas, conoce religiones y culturas diferentes, rapta a Helena, genera una revolución, construye una ciudad que luego destruirá un cataclismo. Conoce a Lenin, a Don Quijote, a Cristo. Es marino, guerrero y asceta. Su travesía en busca de la libertad culmina en el polo, sobre un bloque de hielo que se transforma en la barcaza de Caronte, que lo conduce a la única morada absoluta: la muerte.

El viaje de este Ulises es el desafio del espíritu en rebelión constante, y la nueva travesía de este viajero errante, configura la parábola de la existencia humana que transcurre entre dos abismos: el nacimiento y la muerte.

"Venimos de un abismo oscuro, terminamos en un abismo oscuro. Al espacio de luz entre esos dos abismos lo llamamos Vida.

Asi como nacemos, comienza nuestro regreso, al mismo tiempo, el inicio y el regreso, en cada instante morimos. Por eso muchos dijeron, el objetivo de la vida es la muerte.

Pero tambien, así al nacer, comienza el intento de crear, de componer, de transformar la materia en vida, en cada minuto nacemos. Por eso muchos dijeron: La misión de la vida efímera es la inmortalidad…

En nuestra corporalidad temporal, estas dos corrientes luchan: la ascendente, hacia la composición, la vida, la inmortalidad, y la descendente, hacia la descomposición, hacia la materia, hacia la muerte” (Ascética, Salvatori Dei).

El motivo del viaje (la vida) es la exploración, la desmembración de la realidad con todos los sentidos alertas hasta el último segundo de vida.

Esto es la libertad: no conformarse con haber logrado el triunfo; sino la incansable búsqueda de emociones y razones, que dignifiquen nuestra trayectoria por la vida.

Dios, el hombre, el sinónimo de “libertad” en Kazantzakis

“Le dije a un almendro: Háblame de Dios! Y el almendro floreció”

(El pobrecillo de Asís)

La naturaleza toda encierra una parte de espíritu y depende de Dios. Para él, la simple hoja de un árbol lleva en sí  todo cuanto es el universo, testimonio del milagro de la creación toda.

Si el hombre es dueño y artífice de su vida, y a la vez morada divina, es él quien debe encarnar el bien, y por lo tanto es suya toda responsabilidad ética.

Si Dios ha hecho al hombre a su imagen y semejanza, entonces la representación figurativa de la imagen divina se asemejara morfológicamente y en espejo al alma del hombre, un alma que busca alcanzar lo imposible, que insiste en desafiar el limite impuesto, en traspasar la frontera invisible de la naturaleza humana en si, desde el cuestionamiento permanente, pone a prueba a Dios y al hombre, en igualdad de condiciones.

Para los griegos la palabra que define al hombre es άνθρωπος, (ánthropos), el que mira desde arriba, con mirada contemplativa, de pie, se yergue sobre la bestialidad y el instinto animal para tener una vision amplia e inteligente.

Su conciencia, es lo que lo diferencia del resto de los seres vivos. La conciencia de saberse creado para la libertad y no sólo para la subsistencia.

En Zorba, distingue tres tipos de hombre:

-Los que eligen por meta vivir su propia vida, como ellos dicen: comer, beber, amar, enriquecerse y convertirse en célebres,

-Después, los que eligen no su propia vida sino la de todos los hombres, y que sienten que todos los hombres solo hacen uno y se esfuerzan en iluminarlos, amarlos como ellos puedan y hacerles el bien.

-En fin, existen otros cuyo objetivo es vivir la vida del universo entero, todos, hombres, animales, plantas, astros y nosotros solo hacemos, solo hacemos una misma sustancia que conduce al terrible combate: ¿Cuál combate? Transformar la materia en Espíritu.

Y en Carta al Greco, define los tres tipos de alma en diálogo con Dios

- Señor, un arco soy en tus manos, estírame si no, me pudriré.
- Señor, no me estires, me romperé
- Señor, estírame aunque me rompa

En sus pensamientos, surge una trilogía divina inseparable.


“DIOS-HOMBRE-LIBERTAD”


Un único camino posible: la ascensión,

y una misión: la superación

El hombre siempre debe luchar, superarse para acceder a Dios, es decir, alcanzar la libertad absoluta.

En “Carta al Greco”, precisa el escritor:

"Tenemos el deber, más allá de nuestras preocupaciones personales, más allá de nuestros hábitos cómodos, de fijarnos un objetivo por sobre nosotros mismos, y esforzarnos por alcanzarlo, desdeñando las risas, el hambre y la muerte. No sólo alcanzarlo. Un alma altiva cuando alcanza su objetivo, lo desplaza aun más lejos. No alcanzarlo, sino no detenernos nunca en nuestra ascensión. Es el único medio de dar nobleza y unidad a la vida".

La libertad para Kazantzakis significa primero ausencia de temor y de esperanza. El hombre no debe tener temor del perfeccionamiento personal y de la vida futura. No puede esperar nada de los hombres; no debe buscar recompensas y honores. Este es el aspecto más importante de su pensamiento y no es una casualidad que figure sobre su tumba el siguiente epitafio:

"¡No espero nada, no temo nada, soy libre!"

Él busca ser liberado de todas las supersticiones; las trabas, de la religiosidad impregnada del miedo, del castigo, de la subordinación espiritual y moral, coercitiva, y ejercida por las leyes éticas que impusieron algunos hombres que creen en un Dios del castigo y del horror. Es un mensaje de liberación y de libertad.

La concepción de la divinidad en Nikos Kazantzakis, no acepta fisuras ni condicionamientos ni concesión alguna, siente la preocupación constante por la conservación de la sublime obra divina. Es la idea permanente de sentirse parte y protagonista de la obra de Dios, de la vida. en definitiva de llevar a Dios en uno mismo y protegerlo.

Si por algo es conocido Kazantzakis es por algunas de sus obras como “La última tentación de Cristo” o “Cristo de nuevo crucificado” en las que manifiesta su interés casi obsesivo por la figura de Jesús de Nazaret no desde un plano religioso, sino como la tragedia del hombre en Cristo, con todas sus limitaciones y necesidades, llamado sin quererlo a una misión que claramente le excede y que le llena de remordimientos y de frustraciones. Esa postura de agitada espiritualidad y de un perfecto revisionismo religioso universal, le genera problemas con la Iglesia.

En el prefacio de La última tentación, Kazantzakis escribió a propósito de Cristo:

"Es necesario que podamos seguir a fondo, conocer su combate, que vivamos su agonía; que sepamos cómo desbarató las trampas floridas de la vida; cómo sacrificó las grandes y pequeñas alegrías del hombre; cómo subió, de sacrificio en sacrificio, de proeza en proeza, hasta la cima de la prueba, hasta la Cruz. Nunca seguí con tal intensidad, con tal comprensión y amor la vida y la Pasión de Cristo, como a lo largo de esos días y esas noches cuando escribía La última tentación. Al escribir esta confesión de la angustia y de la gran esperanza del hombre, estaba yo tan conmovido que mis ojos se llenaban de lágrimas; no había sentido nunca la sangre de Cristo, con tanta dulzura y tanto dolor, caer gota a gota a mi corazón".

Kazantzakis no es un teólogo, es un escritor, un pensador, un filósofo. Como un niño juega con Dios a las escondidas y al descubrimiento. lo deja indefenso y al desnudo varias veces e intenta reconocerlo en los múltiples rostros tras los cuales se esconde:

Nos dice en Carta al Greco:

"El rostro más visible de la desesperación es Dios; el rostro más visible de la esperanza es Dios".

“Dios no tiene nombre, no entra Dios en un nombre, un nombre es cárcel y Dios es libre”

como lo es la obra de Nikos Kazantzakis: Un canto a la libertad, un canto a la vida, un canto al hombre. Al que desafía a vivir la vida con intensidad, dignidad y en búsqueda permanente de la superación para como él dice, crear tu solo, con tu propia fuerza un mundo que no avergüence a tu corazón. Asumir como propia toda la responsabilidad.

Para ello, les dejo una pequeña cita de Carta al Greco,


- Abuelo amado, dame una orden.

Mi abuelo sonrió y puso la mano sobre mi cabeza, y no era una mano sino un fuego. Y ese fuego llegó hasta las raíces de mi espíritu. Mi abuelo, entonces, me dijo: Llega hasta donde puedas, hijo mío...

Abuelo, grité entonces, dame una orden más difícil, más cretense. Y bruscamente, no bien lo había dicho, una llama desgarró el aire silbando, el antepasado indómito de cabellera entrelazada con raíces de tomillo desapareció de mi vista. Sólo quedaba en la cumbre una voz hecha para ordenar y que hacía temblar el aire. Y me dijo, potente: ¡Llega hasta donde no puedas!".


Dra. Cristina Tsardikos
Presidente Sociedad Internacional Amigos de Nikos Kazantzakis
(SIANK, sección Argentina)
siankargentina@gmail.com