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El hombre helénico

Los griegos contemporáneos y los descendientes de griegos diseminados por el mundo se cuestionan invariablemente ¿Cuál es el rol de los helenos en el mundo actual? ¿Vivimos de glorias pasadas? ¿Tenemos algo que aportar en esta etapa civilizadora? ¿Cuál es nuestro verdadero patrimonio? ¿Qué nos destacaría en el mundo moderno?

Todas estas acuciantes preguntas que a primera vista, no tendrían una respuesta preclara, se las planteó también el más destacado de los intelectuales griegos del siglo XX, Niko Kazantzakis. En el intento de corporeizar esta difícil imagen, nos dejó como legado una definición del hombre griego al finalizar sus reportajes de viajes en la obra titulada:"Del Monte Sinaí a la Isla de Venus". Al iniciar su último escrito viajero titulado "Grecia" el escritor cretense señala: "El rostro de Grecia se parece a un papiro palimsesto sobre el que se pueden encontrar superpuestas doce escrituras diferentes: primero, la escritura contemporánea; después, debajo, las de 1821 (año de la independencia), dominación turca y conquista franca; más abajo, las de Bizancio, Roma y la Grecia clásica; más abajo todavía, las de la edad media doria, de las civilizaciones micénica y egea y finalmente, la de la Edad de Piedra.

¿Se puede pisar el suelo de Grecia sin quedar preso de angustia? Uno se encuentra, en efecto, ante una profunda sepultura de doce pisos desde donde se levantan voces suplicantes.¿Cuál elegir? Cada una de ellas es un alma y cada alma aspira a volver a encontrar su cuerpo. Se las escucha, agitado, sin atreverse a decidirse.

Para un griego, viajar por Grecia es una especie de suplicio encantador y agotador. Las voces que más la seducen no son aquellas que suscitan en su espíritu altos y orgullosos pensamientos. Son otras voces, que no obstante, no se atreve a elegir, ya que despertarían a los muertos posiblemente más insignificantes, pero que para él son los más queridos. Cuando se detiene ante un laurel en flor en las orillas del Eurotas, entre Esparta y Mistra, la eterna lucha entre el cuerpo y el espíritu comienza de nuevo. Su corazón se esfuerza en resucitar el cuerpo señalado por la muerte y, haciendo rodar hacia atrás la rueda del tiempo, volver al 6 de Enero de 1449, fecha en la que aquí en Mistra, este cuerpo recibió una corona de martirio. Los suspiros de sus antepasados, el recuerdo de sus cantos populares y todas las aspiraciones de la nación, le incitan a que dé preferencia a las voces de los muertos menos gloriosos. Pero el espíritu se opone, se vuelve hacia Esparta y se esfuerza, reprimiendo cierta nostalgia sentimental, en arrojar desde la cima de Céades este cuerpo imperial.

Para un extranjero, por el contrario, el viaje a Grecia transcurre sin dolor. Su espíritu, despojado de toda complicación sentimental, encuentra infaliblemente la esencia del país. Mientras que para el griego, esta peregrinación se complica con una multitud de recuerdos y también con una dolorosa comparación. Jamás sus impresiones pueden ser puras ni sin herida. Un paisaje de su país no puede darle jamás - si sabe escuchar y amar - un estremecimiento de belleza. Este paisaje siempre tiene un nombre, siempre está ligado a un recuerdo - aquí los griegos fueron humillados, allá conocieron la gloria -, y de pronto este lugar se transforma en una conmovedora página de historia que lo confunde. Su espíritu está entonces atormentado por preguntas inexorables: "¿Cómo fueron creadas tantas obras de arte? ¿Qué es lo que hacemos nosotros? ¿Por qué nuestra raza está agotada? ¿Cómo continuar lo que se empezó? Se inclina para escrutar las caras por la calle, aguza el oído para escuchar las conversaciones con la esperanza de que percibirá un ademán, un pensamiento, un grito, capaces de confortarlo.

Cuando se pasa por Corinto, Argos, Olympia, Megalópolis, Esparta, el griego lleva sobre sus hombros una inesperada responsabilidad. En efecto, los nombres poseen una fuerza secreta irresistible; el que haya nacido en Grecia, quiéralo o no, asume, pues, una gran responsabilidad."

Esa es la introducción del capítulo "Grecia". Leamos ahora que nos dice Kazantzakis en su noble esfuerzo de describir con palabras al griego contemporánero encadenado a su pasado en el epílogo de sus Reportajes de Viaje titulado "Homo Hellenicus":

Todos los grandes pueblos que han tenido una misión histórica han poseído su propio grito: los hebreos llamaban a Dios, los hindúes buscaban más allá del mundo visible para descubrir su esencia, los chinos se esforzaban en poner orden en la vida terrestre y los egipcios, desde el fondo de sus tumbas, reclamaban la inmortalidad. Por lo que respecta a los griegos, por haber fijado sus miradas sobre este mundo, asumieron una gran y difícil misión: cambiar la anarquía y la esclavitud en libertad.

Muchos son los que deslumbrados por los templos y las estatuas, la mitología, la filosofía y el arte griegos, afirman que la secreta misión de esta civilización fue la Belleza; que Grecia ha tenido la difícil tarea de convertir los gritos inarticulados de Oriente en palabras comprensibles; de transformar a los ídolos deformes de Asia en armoniosas estatuas, de transubtanciar la fértil Astarté en Afrodita.

Sin embargo, si queremos llevar más lejos nuestro examen, nos damos cuenta de que el sentido secreto del destino griego fue constantemente la transmutación de la esclavitud en libertad. En efecto, a través de todos los sucesos de la historia griega, aparentemente contradictorios, se descubre una armonía interna, un elemento estable e inmutable que ha constituído la esencia de esta raza: es la lucha por la libertad.

Esta lucha fue el verdadero milagro griego. Recordad los tiempos lejanos en que empezó la historia humana e imaginad el estado de las poblaciones prehistóricas: entre Oriente y Occidente, en la encrucijada geográfica más sagrada de la historia, se encuentra Grecia. Un pequeño país estéril, pobre, despedazado por el mar y habitado por algunos labradores y algunos pescadores. Hacia el sudeste se extienden los terribles imperios totalitarios de Egipto, de Asiria y de Persia. Hacia el nordeste viven razas salvajes que pueblan densos bosques o inmensas llanuras y que se alimentan de bellotas y de raíces.

Dos enormes rebaños humanos: en el primero, los hombres son esclavos, sin haber concebido todavía la noción de la dignidad humana; en el segundo, viven dentro de una completa anarquía, sin la menor huella de organización, persiguiéndose y matándose entre sí.

El hombre no había alcanzado todavía el noble y difícil equilibrio entre la esclavitud y la anarquía. Vivía como una temible fiera: encadenado o desenfrenado.

En este momento crítico aparece el "Homo Hellenicus". Y por vez primera, el espíritu puede distinguir claramente el camino que tiene que seguir la humanidad. Ni a la derecha, hacia el precipicio de la esclavitud, ni a la izquierda, hacie el de la anarquía. El griego es el primero que traza un estrecho sendero entre ambos precipicios: el sendero de la libertad. Y es también el primero en este planeta que adquiere conocimientos de sus derechos y de sus deberes. Los derechos que acaba de adquirir no se le suben a la cabeza y sus nuevas obligaciones no le abruman.

Al conservar los elementos positivos del individualismo primitivo y al aceptar los de la sumisión disciplinada, realiza este milagro humano que se llama Libertad.

El griego es igualmente el primer hombre que tiene conciencia de la dignidad humana. Se opone a los tiranos - del interior y del exterior - y se atreve a decir : "¡No!" a las fuerzas bárbaras, considerablemente superiores a las suyas.

Al trazar el sendero de la libertad, la raza griega realiza para todos los siglos futuros la redención del hombre. Su combate es duro: cada parcela de su tierra está regada de sudor y de sangre.

Desde la llanura de Marathón hasta las murallas derruídas de Missolonghi y desde Missolonghi hasta las legendarias montañas del Épiro del Norte y desde allí hasta la isla mártir de Chipre, se puede seguir, paso a paso, siglo tras siglo, la marcha de la libertad sobre el suelo griego.

Y asi mismo en los tiempos presentes, en medio de la desvergûenza contemporánea, Grecia, altiva, pobre, vestida de pingajos, cubierta con su propia sangre, la sangre de las heridas que le abrieron sus amigos, se pone en pie, llevando sobre sus cabellos, como la Libertad, una corona trenzada con algunas hierbas que todavía quedan sobre su tierra asolada.

De esta forma se pasea hoy, de montaña en montaña, de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, sobre la isla heroica de Chipre, la Libertad. De esta forma, además, y desde hace siglos, magullada sin cesar, pero inmortal, se pasea en la historia griega. Y Grecia, caminando hacia delante, arriesgando su vida, le abre el camino.

Heroico alumbramiento que un destino cruel obliga a continuar en una interminable ascensión.ajes de viajes Privada de sueño, hambrienta, perseguida por sus enemigos y por sus aliados, Grecia, llevando su cruz, sigue trepando por la colina del martirio, que es también la de una resurreción eternamente renovada.

(Nikos Kazantzakis, Reportajes de viajes, 1937)