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Borges y Kazantzakis - Dos hombres y un laberinto



Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo es porteño de nacimiento, y autodefinido como Griego nacido en el destierro. Nace en Buenos Aires el 24 de agosto de 1899 y fallece en Ginebra, Suiza, el 14 de junio de 1986.

Nikos Kazantzakis por su parte es griego de nacimiento y universal por vocación pero marcado a fuego por su Creta natal donde nace en el Heraclion (bajo dominio otomano), el 18 de febrero de 1883. Kazantzakis fallece en Alemania en Friburg, el 26 de Octubre de 1957.

La obra de ambos autores es universal y está caracterizada por la diversidad y genialidad de sus escritos, por la excepcional riqueza y manejo idiomático, por la abstracción ficcional, por su polimórfica creatividad e infinita fantasía, sustentada en una verdadera erudición sobre los temas que desarrollan, donde cobran vida y se replantean axiomas filosóficos de los grandes pensadores que los influenciaron respectivamente: Homero, Anaxágoras, Heráclito, desde el pasado, u otros como Dante, Nietzsche, Bergson, Carlyle, Chesterton, más recientes.

El resultado de esta simbiosis de elementos, se traduce en la belleza de su poiesis, que permite definir a un estilo borgeano o kazantzakiano de expresion, que le es característico para cada uno, y del que surgen coincidentemente temas, similitudes a la distancia y situaciones compartidas.

Ambos se pueden definir como los más exquisitos exponentes de la literatura contemporánea, Borges en lengua hispana y Kazantzakis en lengua griega.

Borges, atrapa y deleita, asombra y confunde al mismo tiempo y nos pone una lupa amplificadora en la mano para investigar junto a él, para interpretar las diferentes visiones simultaneas, los devenires imposibles o posibles, los místicos y los mágicos, para descifrar los enigmas que propone y para desandar los caminos, buscando una salida hacia la liberación que de seguro no existe. Todo esto en el intento de reconocer aquella idea que deliberadamente esconde detrás del relato. La metáfora y el mensaje oculto.

Por su parte, Nikos Kazantzakis es el filósofo griego de nuestros tiempos. Si bien sigue los lineamientos del pensamiento occidental lo hace a través del prisma de su mirada abarcadora y amplia: la llamada mirada cretense, que define con despiadada claridad, los conceptos inherentes a la conducta humana.

Desde el implícito cuestionamiento existencial, busca dar respuesta al sentido de la vida y la misión del hombre en ella, desnudando las conductas humanas y las reglas de ética y moral impuestas por los hombres, que rigen el comportamiento individual, colectivo y social.

En esa búsqueda permanente, Kazantzakis, viaja al interior de la esencia humana, la identifica y la despoja de sus ataduras y le indica un camino posible hacia su redención, que tambien puede no existir, mas lo vale el intento. En ese camino, la meta permanente y suprema es el encuentro con la libertad a través de la superación permanente, el ascenso, la ascesis, la síntesis, la creación, el grito liberador.

Ambos, Borges y Kazantzakis atrapan al lector dentro de un laberinto de papel, letras y tinta y lo obligan a buscar las salidas, aunque las mismas en definitiva no existan.

Desafían y provocan nuestra inteligencia permanente e irremediablemente, atrapándonos en su propio laberinto ilimitado e infinito de múltiples salidas y múltiples re-entradas sucesivas a la largo del tiempo.

DOS HOMBRES Y UN LABERINTO

Borges y el laberinto

El símbolo del laberinto forma parte del folklore literario de muchas culturas. En algunas, responden a rituales iniciáticos y en otras su valor radica en la búsqueda de la espiritualidad a través de la repetición de las formas y la meditación. Sin embargo, son los griegos quienes les dan un significado mágico, metafísico, una especie de lugar de encuentro con uno mismo, con el monstruo interior, con la propia conciencia, delimitando espacios que contienen a otros espacios que conducen a nuevos espacios y asi indefinidamente.

Borges cuenta:

“Yo descubro los laberintos en un libro de la casa Garnier de Francia, que estaba en la biblioteca de mi padre. Era un grabado muy curioso, que ocupaba toda una página y representaba un edificio, semejante a un anfiteatro. Recuerdo que tenía grietas y que se le veía alto, más alto que los cipreses y que los hombres que lo circulaban. Mi vista no era óptima, ya era muy miope, pero pensaba que si me ayudaba con una lupa podría ver un Minotauro adentro. Era, además, un símbolo de perplejidad, un símbolo del estar perdido en la vida ...”. (Respuesta de Borges a Roberto Alifano)

El recorrido del laberinto propone la utilización de algo no tangible como es el tiempo. Requiere definición de tiempo, concepto. Para los antiguos griegos, el tiempo tenía una doble naturaleza: el tiempo efímero de la vida: aion y el tiempo universal infinito del Chronos que devora al hombre. Uno contenido en otro sucesiva y eternamente.

El tiempo en Borges, reformula reiteradamente, el pensamiento de Heráclito y el “Panta Rhei”: la fugacidad de lo temporal, Todo fluye y todo cambia. El Tiempo, como sueño y el tiempo como laberinto.

Representa al tiempo eterno, sin fin:

“y la noche de Dios es infinita. Tu materia es el tiempo,
el incesante tiempo. Eres cada solitario instante”. "El ápice" (J.L.B.)

“El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río, es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre. Es un fuego que me consume pero yo soy el fuego. El mundo desgraciadamente es real. Yo desgraciadamente soy Borges”. Otras Inquisiciones (J.L.B.)

A veces, es el tiempo como sueño, el tiempo que hipnotiza y aturde en el laberinto que fluye y nos arrastra como un río… que como el Aqueronte conduce a la muerte,

“Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor y un símbolo,

ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.

También es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable. "Arte Poética" (J.L.B.)

Museo Nikos Kazantzakis (Isla de Creta)


Por su parte, Nikos Kazantzakis utiliza el tiempo en el laberinto de la existencia de igual modo: sin principio ni fin, fluye. Lo refiere a su doble naturaleza, es decir “humana y divina”, vital o infinita, nuevamente el aion y el chronos para dar lugar a la vida, que Kazantzakis define como un efímero espacio de luz, ese mísero instante en el que debe el hombre cumplir su misión, entre dos abismos de oscuridad, que se desarrolla en un tiempo infinito.

“ Donde vamos, no preguntes. Asciende y desciende. No existe principio, no existe final. Existe solo este instante”. Ascética (N.K.)

“Fluye mi corazón. No solicito ni el principio ni el fin del mundo”. Ascética (N.K.)

"Venimos de un abismo oscuro, terminamos en un abismo oscuro. Al espacio de luz entre esos dos abismos lo llamamos Vida.

Así como nacemos, comienza nuestro regreso, al mismo tiempo, el inicio y el regreso, en cada instante morimos. Por eso muchos dijeron, el objetivo de la vida es la muerte.

Pero también, así al nacer, comienza el intento de crear, de componer, de transformar la materia en vida, en cada minuto nacemos. Por eso muchos dijeron: La misión de la vida efímera es la inmortalidad…

En nuestra corporalidad temporal, estas dos corrientes luchan: la ascendente, hacia la composición, la vida, la inmortalidad, y la descendente, hacia la descomposición, hacia la materia, hacia la muerte”. (Ascética, Salvatori Dei, N.K.)

“Vueltas el tiempo tiene y ruedas tiene el destino”. (Prólogo de Odisea, N.K.)


EL LABERINTO. EL TIEMPO COMO LABERINTO O EL LABERINTO DEL TIEMPO

El simbolismo y la metáfora del laberinto es un elemento recurrente tanto en la obra de Borges como en la de Kazantzakis. Una sucesión de pasadizos que se multiplican infinitamente uniéndose unos con otros que comunican hacia un falso núcleo central que vuelve a multiplicarse en tantos otros indefinidamente y que inclusive pueden multiplicarse en espejos.

Es el tiempo del viaje permanente y circular del Odiseo homérico en un mar que a manera de laberinto liquido, conduce infinitas veces al hombre-héroe, a infinitos y repetidos derroteros en la búsqueda de su destino (o sus destinos).

Los laberintos de ambos autores, podrán ser de piedra o de bronce, con o sin paredes. De aire, de agua o de fuego. Estrechos o amplios, tan amplios como el universo mismo, o tan vacíos como el desierto despoblado, o tan desordenados como el caos primitivo. También, inmensos e infinitos como el tiempo que atrapa a quien se atreva a entrar en él, en una especie de eterna espiral laberíntica. La magia se enciende al animarse a recorrerlos.

Borges nos dice en su cuento “Los dos reyes y los dos laberintos”:

"...Oh rey del tiempo y substancia y cifra del siglo! En Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros. Ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras a subir ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer ni muros que veden el paso. Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en la mitad del desierto donde murió de hambre y sed. La gloria sea con aquel que no muere". (J.L.B.)

"No habrá nunca una puerta. Estás dentro
Y el alcázar abarca el universo
Y no tiene ni anverso ni reverso
Ni externo muro ni secreto centro.
No esperes que el rigor de tu camino
Que tercamente se bifurca en otro
Que tercamente se bifurca en otro
Tendrá fin. Es de hierro tu destino
Como tu juez. No aguardes la embestida del toro
Que es un hombre y cuya extraña
Forma plural da horror a la maraña de interminable
Piedra entretejida
No existe. Nada esperes. Ni siquiera
En el negro crepúsculo la fiera". "Laberinto" (J.L.B.)


El laberinto en Kazantzakis:

Kazantzakis nació a escasos kilómetros de distancia del sitio arqueológico de Knosos en Creta, donde se desarrolla el mito.

En Kazantzakis, el laberinto adopta la característica de un laberinto ritual, sagrado que puede ser recorrido como una espiral concéntrica ascendente, que al igual que una danza griega va desde afuera hacia adentro y desde adentro hacia fuera para hallar en el centro mismo la explicación al misterio. Trayecto y recorrido se complotan para nunca dilucidar el misterio del laberinto, porque dilucidando el misterio, desaparece la intrincada trama.

En su tragedia Teseo (1953):

“Ariadna: Si desciendes estás perdido, mi bienamado. Estás perdido aunque aciertes a escapar de las mandíbulas de Dios, te extraviarás en los meandros del laberinto y no verás nunca jamás la luz.

(Silencio, Teseo toma la mano de Ariadna)

Teseo: Ariadna, Ariadna, tú que quieres ser mi compañera, escucha: un pájaro ha atravesado la mar y se ha posado en mi país. El pájaro me ha contado que tú posees una madeja mágica

Ariadna: No lo creas Teseo, es una fábula. Esa madeja mágica es mi cerebro. Yo lo devano y lo encuentro en el camino

Teseo: Toma mi mano Ariadna, devana tu cerebro y guíame”.

El hilo devanado del cerebro de Ariadna (¿su inteligencia, quizás?) arrastraba a Teseo al centro del laberinto y de allí hacia fuera como en una danza. Ariadna encabeza esta danza con un hilo conductor especial ya que tiene dos cabos intercambiables que pueden ser utilizados como principio y final.

Tal vez por eso, los cuentos griegos a modo del “había una vez”, de nuestros cuentos, comienzan diciendo fino hilo rojo atado….

EL MINOTAURO - EL MISTERIO Y EL HILO CONDUCTOR

Volviendo al comienzo del cuento griego….

…Fino hilo rojo que Ariadna entrega a Teseo, fino hilo rojo que Teseo ata a los cuernos del minotauro, ese fino y misterioso hilo rojo llega a manos de Borges que lo toma y continúa… con la historia que no tiene fin… nos dice en el "Hilo de la Fábula":

“El hilo que la mano de Ariadna dejó en la mano de Teseo (en la otra estaba la espada) para que éste se ahondara en el laberinto y descubriera el centro, el hombre con cabeza de toro o, como quiere Dante, el toro con cabeza de hombre, y le diera muerte y pudiera, ya ejecutada la proeza, destejer las redes de piedra y volver a ella, a su amor.

Las cosas ocurrieron así. Teseo no podía saber que del otro lado del laberinto estaba el otro laberinto, el de tiempo, y que en algún lugar prefijado estaba Medea.

El hilo se ha perdido; el laberinto se ha perdido también. Ahora ni siquiera sabemos si nos rodea un laberinto, un secreto cosmos, o un caos azaroso. Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo. Nunca daremos con el hilo; acaso lo encontramos y lo perdemos en un acto de fe, en una cadencia, en el sueño, en las palabras que se llaman filosofía o en la mera y sencilla felicidad”. Knosos, 1984.

El hilo asegura el recorrido con éxito del laberinto. El hilo asegura el encuentro con el monstruo que alberga en su interior y espera la redención:

La retención de la bestia-Minotauro es explicada por Borges en la "Casa de Asterión":

“Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor, Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió”.

Mientras que Kazantzakis lo redime de este modo en El palacio de Knosos:

“...Era un monstruo impresionante, que se encontraba prisionero desde épocas lejanas en el palacio. Su cuerpo era cuerpo de hombre, su cabeza sin embargo, era cabeza de toro. No comía nada todo el año, solo cada primavera tenían que traerle siete jóvenes muchachos y siete jóvenes doncellas. Luchaba con ellos, los atrapaba, los soltaba, los volvía a atrapar y jugaba como el gato con los ratones y finalmente se devoraba”.

“...El Minotauro lo miró con ojos enrojecidos, llenos de sangre. Dos cuernos retorcidos crecían entre sus cabellos y resplandecían a la luz del farol. Y su cuerpo no era un cuerpo de hombre, era verde e hinchado, como enfermo. Dos gruesas cadenas rodeaban sus tobillos hinchados. Por un momento Teseo dudó. “¿Es este el horrible monstruo? Se preguntó.- Este es un ser enfermo, feo, no es hombre ni es bestia-: Un sentimiento de piedad aplacó su corazón….-¿Puedes hablar? Horrible bestia, ¿puedes hablar?

Un ligero rugido se escuchó, como un lamento. Y se escucharon rechinar los dientes de la bestia….”


Apéndice:

Grecia para Borges

“Somos griegos nacidos en el destierro”.

De esta manera se autodefine Borges en una entrevista radial realizada en la Fm La Tribu por la periodista Gloria López, poco antes de su muerte:

“Mi padre decía que todos éramos griegos. Es verdad, somos griegos nacidos en el destierro”. Pero también los primeros filósofos de la Magna Grecia habían nacido en el destierro en el Asia Menor, en Sicilia. Ahí empezaron a pensar y ahí se inició esa aventura que es la historia de Occidente, de la cual nosotros somos una parte, una parte mínima, desde luego, pero una parte”.

Borges en Creta

Borges visita la isla de Creta, patria menor de Kazantzakis, en mayo de 1984, para recibir el título de Doctor Honoris Causa de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Creta. Sus autoridades y consejo académico ansiosos esperan conocer al gran escritor que ha indagado en el significado del destino del hombre utilizando entre otros elementos, los mitos griegos y en particular al mito cretense.

Borges, recibe la mención honorífica lamentándose específicamente por no hablar en griego, pero dedica en su discurso un lugar particular al recuerdo hacia su padre y la aporia de Zenón de Aquiles y la tortuga, y expresa su agradecimiento por estar en la misma tierra del laberinto que inspiró su obra y su vida.

La impresión que le genera el haber estado en esta tierra la refleja en su "Laberinto de Creta":

“Este es el laberinto de Creta. Este es el laberinto de Creta cuyo centro fue el Minotauro. Este es el laberinto de Creta cuyo centro fue el Minotauro que Dante imaginó como un toro con cabeza de hombre y en cuya red de piedra se perdieron tantas generaciones. Este es el laberinto de Creta cuyo centro fue el Minotauro que Dante imaginó como un toro con cabeza de hombre y en cuya red de piedra se perdieron tantas generaciones como María Kodama y yo nos perdimos. Este es el laberinto de Creta cuyo centro fue el Minotauro que Dante imaginó como un toro con cabeza de hombre y en cuya red de piedra se perdieron tantas generaciones como María Kodama y yo nos perdimos en aquella mañana y seguimos perdidos en el tiempo, ese otro laberinto.”


BORGES Y LA GRECIA DEL DESTIERRO (CON LOS GRIEGOS DE BUENOS AIRES)

En el salón de baile de Taki, en Montevideo 693 casi esquina Córdoba, en el corazón del centro porteño, Jorge Dermitzakis junto a su esposa Angélica, enseñaban danzas griegas a la esposa de Borges, María Kodama. Borges la acompañaba, se sentaba en el fondo del salón, solitario y en silencio apoyado sobre su bastón escuchaba la música. Su legendaria presencia, inspiraba respeto. La ceguera, lo obligaba a seguir en tinieblas los pasos de su querida María, que solo eran iluminados por su imaginación y acompasados por la mágica armonía de la música griega.

“Siempre llegaba temprano, hasta una hora antes, e impregnaba su espíritu con las notas del hasapiko”. Asi lo relata el maestro Dermitzakis quien no deja de comentar a quienes lo conocemos y admiramos, esta inolvidable experiencia que atesora…aunque lamentando no haber sacado nunca una foto que lo documente. La pasión del maestro Borges por la música griega se hace creciente. La melodía pone a danzar en su mente las palabras de aquel poema de Seferis que lo conmueven… “Donde quiera que vayas Grecia te hiere…”. Y él, como buen griego, en el destierro podía entender el significado de esta frase.

Dermitzakis se sigue lamentando por no tener esa foto. Lo que no se dio cuenta es que Borges, prefirió un recuerdo que podría ser compartido por ambos, en igualdad de condiciones, no una foto que impactara en las retinas, sino un poema que llegase al corazón. …Y nos deja este poema publicado el 11 de abril de 1985 en el diario Clarín:

"MÚSICA GRIEGA", de Jorge Luis Borges

“Mientras dure esta música,
seremos dignos del amor de Helena de Troya.
Mientras dure esta música,
seremos dignos de haber muerto en Arbela.
Mientras dure esta música,
creeremos en el libre albedrío,
esa ilusión de cada instante.
Mientras dure esta música,
seremos la palabra y la espada.
Mientras dure esta música,
seremos dignos del cristal y de la caoba,
de la nieve y del mármol.
Mientras dure esta música,
seremos dignos de las cosas comunes,
que ahora no lo son.
Mientras dure esta música,
seremos en el aire la flecha.
Mientras dure esta música,
creeremos en la misericordia del lobo
y en la justicia de los justos.
Mientras dure esta música,
mereceremos tu gran voz Walt Whitman.
Mientras dure esta música,
mereceremos haber visto,
desde una cumbre,
la tierra prometida”.




Autora: Dra. Cristina Tsardikos

Nota del editor: por el cumpleaños número 134 del escritor cretense y en memoria del insigne, reconocido maestro de las letras latinoamericanas, Jorge Luis Borges. 


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