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Revolución Griega

LA REVOLUCIÓN GRIEGA CONTRA EL DOMINIO OTOMANO

En 1821, después de casi cinco siglos de dominio otomano, el pueblo griego, tras experimentar el resurgimiento de los sentimientos nacionalistas espoleado por los intereses rusos, se levantó contra el poder turco iniciando la guerra de independencia de Grecia.

Tras un comienzo de luchas fraticidas entre las distintas facciones griegas y casi una década de brutal represión otomana, Europa no pudo seguir mirando hacia otro lado y, cuando el alzamiento estaba a punto de ser aplastado de forma brutal y definitiva, le tendió la mano que necesitaba.

Índice 
  • La Grecia otomana
    • La caída de Galípoli
    • Cinco siglos de dominio otomano
    • La élite fanariota
    • El resurgimiento del nacionalismo griego
  • Estalla la revolución
    • La Filikí Etería y Alí Pashá
  • De la rebelión a la guerra civil
    • Filhelenismo
    • Guerra fraticida
  • Una década de sangre y fuego
    • Independencia, al fin
    • Tras la guerra 

La Grecia otomana

La historia de hoy comienza siglos antes de su desenlace, con un desastre natural. Un terremoto que tuvo lugar en 1354 en la ciudad (hoy turca) de Galípoli, en la península homónima que forma el lado europeo de los Dardanelos, tristemente famosa por la batalla que en ella se produjo durante la Primera Guerra Mundial.

El Imperio bizantino se hallaba entonces inmerso en una serie de guerras civiles y el Imperio otomano, deseoso de ampliar sus fronteras hacia Europa tras haber ocupado Anatolia, aprovechaba esa debilidad para avanzar con la mirada puesta en Constantinopla.

En esas estábamos, como decía, cuando el 2 de marzo de 1354 se produjo en fuerte terremoto que asoló la costa de Tracia. Localidades enteras quedaron devastadas, y muchas de ellas fueron abandonadas por sus habitantes. Una de las ciudades que más sufrieron el seísmo fue Galípoli.

La caída de Galípoli

El temblor provocó el derrumbe no sólo de la mayor parte de sus edificios sino también de sus murallas. La ciudad, vital para la resistencia frente a la presión otomana por su situación geográfica, fue abandonada por sus habitantes.

Un sismo destruyó en 1354 las murallas de Galípoli, permitiendo a los otomanos entrar en Europa

Pero no permaneció abandonada por mucho tiempo. Menos de un mes después el hijo del sultán otomano cruzó el estrecho con tres mil hombres y todas las familias turcas que pudo reunir en la costa asiática de los Dardanelos y se instaló en la ciudad.

Era lo que los otomanos llevaban tres décadas esperando: una base permanente en Europa, una cabeza de playa que utilizar para comenzar una expansión por el continente, a costa de un Imperio bizantino dividido y en guerra contra sí mismo.

 
Otomanos en Europa 

Las conquistas comenzaron a sucederse. En Adrianópolis, casi un milenio después de que los visigodos derrotaran al Imperio romano de Oriente, batalla que costó la vida al propio emperador Valente, los turcos tomaron la ciudad y la renombraron como Edirne.

Los otomanos establecieron en ella la capital de lo que ya podía considerarse un imperio por derecho propio. Edirne continuó siendo la ciudad principal de su imperio hasta que, menos de un siglo después, pudieron trasladar la capital a la recién conquistada Constantinopla, provocando la extinción del Imperio bizantino e inaugurando una nueva era en Europa.

Cinco siglos de dominio otomano

La llegada de los otomanos supuso en Grecia un movimiento de población sin precedentes. Huyendo del invasor, los griegos abandonaron pueblos y ciudades, refugiándose en zonas que nunca habían tenido ocupación humana debido a la pobreza de los recursos.

La población se refugió en montañas e islas y abandonó los valles, sufriendo unas difíciles condiciones de vida que se vieron agravadas por los caprichos de la administración otomana, a menudo corrupta y siempre represora, que castigaba con brutalidad el más mínimo amago de alzamiento de un pueblo refugiado para poder conservar sus costumbres y tradiciones.

Y así los griegos perdieron la identidad nacional, mantenida sólo por el clero ortodoxo, perdiéndose el nacionalismo ahogado en la lucha por pervivir en zonas paupérrimas bajo un invasor represivo, haciendo que durante más de cuatro siglos el desarrollo económico de Grecia fuera prácticamente nulo.

Aunque no para todos fue igual.

La élite fanariota

La realidad era bien distinta para las élites griegas. La Iglesia ortodoxa había establecido su base en la catedral patriarcal de San Jorge, en el barrio de Fanar, en Constantinopla.

Allí, a su alrededor, se establecieron las familias griegas más prominentes, ocupando puestos en la administración del Patriarcado y convirtiendo Fanar en el principal barrio griego de Constantinopla. Así pasaron a ser conocidos como fanariotas.

Los fanariotas fueron adquiriendo poder y fortuna durante la ocupación otomana, y durante el siglo XVIII alcanzaron altos puestos en la administración del imperio, llegando algunos incluso a ser nombrados voivodas (príncipes) de los principados de Moldavia y Valaquia en la Rumanía otomana.

El resurgimiento del nacionalismo griego

Fue a finales del siglo XVIII cuando el sentimiento nacional griego comenzó a resurgir. Con los fanariotas acumulando poder en Constantinopla, la Iglesia ortodoxa cada vez más rica y encerrada en sus propios ritos y el pueblo griego cada vez más pobre y reprimido, Rusia vio la ocasión de ampliar sus conquistas a costa de un imperio que ya respiraba decadencia.

Y ¿adivinas a quién utilizó Rusia para ello? Sí, ya sé que la respuesta es bastante obvia: a los campesinos griegos. Porque una cosa era que el Imperio otomano estuviera en decadencia, y otra muy distinta hacerse con Constantinopla por las bravas. Y es que ése era, en realidad, el objetivo de Catalina II de Rusia.

En realidad la guerra ruso-turca (la primera, porque hubo otra después) comenzó por el dominio de Ucrania, pero las victorias iniciales de Catalina le hicieron desear la capital otomana. Y su plan para conseguirla fue incitar una rebelión griega.

 
Alegoría de la victoria de Catalina sobre los turcos (Stefano Torelli, 1772)

El alzamiento griego finalmente no se produjo y Catalina II se quedó sin Constantinopla, pero algo cambió en la Grecia otomana. Las injerencias cada vez más continuas de Rusia entre los griegos y el Imperio otomano, el descontento con la élite fanariota y la iglesia ortodoxa, alejados de la realidad del pueblo griego, y los aires revolucionarios que comenzaban a llegar de Francia, hicieron que el nacionalismo heleno comenzase a despertar.
Y fue así como, tras cuatro siglos y medio de agachar la cabeza y dedicarse a arar el terruño, el pueblo griego comenzó a desear la libertad.

Estalla la revolución

Una vez resucitado el sentimiento nacionalista, convenientemente alimentado por el descontento del pueblo y las ideas revolucionarias que recorrían Europa, para que se prendiese la insurrección sólo hacía falta una chispa.
Y la chispa que finalmente acabó prendiendo el fuego revolucionario vino de Rusia.

La Filikí Etería y Alí Pashá

De Odesa, concretamente. Allí tres comerciantes griegos crearon en 1814 la Filikí Etería (Sociedad de Amigos o Sociedad de los Compañeros), una sociedad secreta de corte masónico cuyo objetivo era conseguir la independencia griega.

Esta sociedad fue creciendo en organización y alcance, y comenzó a protagonizar actos de resistencia. Y fue así como, en 1821, cuando la Filikí Etería había creado un ambiente suficientemente maduro para un alzamiento, surgió el momento.

Si has tenido alguna vez el placer de disfrutar de la historia del conde de Montecristo recordarás sin duda cómo Haydée, la princesa de Janina, ayuda a Edmundo Dantés en su venganza contra Fernando Mondego, el hombre que había traicionado y matado a su padre, el sultán Alí Pashá.

Alí Pashá es, al contrario que Haydée, Dantés o Mondego, un personaje histórico. Aunque no fue sultán, sino pachá (gobernador) de Épiro, con corte en Janina, durante la época que hoy nos ocupa.

Y no fue sultán no por falta de ganas, porque su gobierno fue un continuo de intrigas y traiciones contra el sultán otomano, Mahmut II. Hasta que Pashá fue, tal y como Dumas narra en la genial novela, traicionado y asesinado por agentes otomanos, y su cabeza enviada a Constantinopla.

 Estatua de Alí Pashá en Tepelenë

En 1821 Alí Pashá se reveló contra el sultán y se negó a enviarle los impuestos, con lo que Mahmut II se vio obligado a enviar tropas a Épiro. Ésta era la ocasión que los rebeldes de la Sociedad de Compañeros estaban esperando, y los insurgentes de los Principados del Danubio (Moldavia y Valaquia), el Peloponeso y Constantinopla se alzaron contra el dominio otomano.

De la rebelión a la guerra civil

La Filikí Etería proclamó la independencia en 1821 en el teatro griego de Epidauro, alzando la bandera blanquiazul. Sin embargo eso no era más que el inicio de una guerra cruenta y, después, fraticida, y el camino a la auténtica independencia aún era largo.

 
Teatro de Epidauro

Filhelenismo

La causa griega despertó inmediatas simpatías en toda Europa. Te puedes hacer una idea: pensar en Grecia es evocar la herencia clásica, cuna de la cultura europea. Además estaban, por supuesto, los intereses comerciales, y las noticias de los desmanes otomanos, que comenzaban a salir a la luz.

Así que mientras los países europeos enviaban ayuda económica o armas a los rebeldes, muchos voluntarios acudían a apoyar su causa. Como el poeta Lord Byron, que murió en Mesolongi, implicado en la revuelta helena como miembro del Comité de Londres para la independencia de Grecia.

Se abren ante Maratón las montañas
y Maratón se abre ante el mar.
Y meditando allí una hora entera,
soñé que Grecia podía ser libre aún,
pues resistiendo a la destrucción persa
no podría calificarme de esclavo.

Don Juan, de Lord Byron

Guerra fraticida

El pueblo griego no estaba preparado para una guerra, pero tras el llamamiento del obispo de Patras contra el dominio otomano miles de campesinos se unieron al alzamiento. Se organizaron entonces en partidas guerrilleras de modo similar a como, salvando las distancias, había ocurrido en España contra las tropas napoleónicas.

Y al igual que aquí esas partidas estuvieron comandadas por líderes como Juan Martín el Empecinado, Espoz y Mina, el Charro, Gaspar de Jáuregui y otros, allí el mando de las guerrillas lo asumieron los kleftes.

Los kleftes eran bandidos que vivían refugiados en el monte y que oponían resistencia al dominador turco desde hacía años, aunque más al estilo de salteadores que de verdaderos guerrilleros. Tras el alzamiento general, los campesinos se unieron por miles a esas partidas para hacer frente a los otomanos.

 
Theodoros Kolokotronis, el klefte más famoso

Sin embargo esta falta de organización, esta atomización en guerrillas, cada una con su propio mando, su propia estrategia y sus propias motivaciones, dividió a los griegos, que a menudo se enfrentaron entre sí con tanta o más saña que contra los otomanos.

Mientras los kleftes ganaban poder y se hacían fuertes en las regiones que dominaban se enfrentaban a los cabecillas de las regiones colindantes para acrecentar su poder. Sin embargo, y a pesar de los tintes de guerra civil que comenzaba a presentar el asunto, las luchas entre ellos hizo que cada vez hubieran menos cabecillas pero con un mayor poder y más experimentados.

Y así, cuando los griegos hubieron terminado de matarse entre sí, surgieron como uno en una auténtica revolución a gran escala contra la Sublime Puerta (nombre que en ocasiones recibía el gobierno otomano).

Y fue entonces cuando el sultán impuso sobre ellos la mayor represión de que fue capaz.

Una década de sangre y fuego

Entre 1821 y 1827 los otomanos reprimieron la rebelión y castigaron a los alzados con gran dureza. El episodio más destacado, y que golpeó la opinión pública europea en favor de la causa griega, fue el asedio de Mesolongi (sí, la misma ciudad en la que murió Lord Byron).

La ciudad era un punto estratégico, ya que era el punto de entrada a la región montañosa de Etolia, y los otomanos ya había intentado tomarla sin éxito tres veces, en 1822, 1823 y de nuevo en 1825. Sin embargo en 1826 el sultán pidió la ayuda de su vasallo, el valí de Egipto.

Deseoso de triunfar allí donde la Sublime Puerta había fracasado, el hijo del valí egipcio tomó con su flota el puerto y los islotes que rodeaban la ciudad, y sometiéndola a un intenso bombardeo e impidiendo la llegada de abastecimientos.

Y así, tras casi un año de resistencia y al borde de la muerte por inanición, los ocupantes de Mesolongi hicieron un intento a la desesperada: intentarían una salida masiva para permitir que las mujeres y los niños salieran de la ciudad y escaparan a los montes cercanos.

 
Salida de Mesolongi (Theodoros Vryzakis, 1853)

De las nueve mil personas que aún quedaban con vida en Mesolongi, sólo mil ochocientas consiguieron ponerse a salvo. Los hombres que no murieron durante la salida fueron asesinados cuando las tropas egipcias entraron en la ciudad. Entre tres mil y cuatro mil mujeres y niños fueron vendidos como esclavos. Tres mil cabezas fueron colocadas por los otomanos sobre las murallas de la ciudad, para vergüenza de las víctimas y como advertencia a los rebeldes.

Independencia, al fin

Las noticias de la masacre de Mesolongi, acompañadas de las de la muerte de Lord Byron, sacudieron Europa justo cuando la presencia de la flota egipcia parecía significar el final cierto de la revolución.

En 1827 la flota combinada de Francia, Inglaterra y Rusia se enfrentó a la flota turco-egipcia en la batalla definitiva de la guerra de independencia de Grecia, la batalla de Navarino, en la actual Pilos.

Una extraña batalla naval, puesto que la gran mayoría de las naves que intervinieron en ella se encontraban ancladas dentro de la bahía de Navarino. Con la victoria de la flota combinada europea, las fuerzas navales otomanas abandonaron el país.

Las tropas terrestres aún continuaron desplegadas, pero en un país como Grecia, con un territorio agreste y en el que es imprescindible el movimiento por mar, la suerte estaba echada. Tan pronto como el ejército francés desembarcó en la Grecia continental, Turquía pidió la paz.

Tras la guerra

El Imperio otomano tuvo que aceptar las condiciones impuestas por las potencias europeas: independencia total para Grecia y libre tránsito por el Bósforo y los Dardanelos.

Grecia quedaba así bajo la protección de los tres países, Francia, Inglaterra y Rusia. Las divisiones internas en el país persistían y el vacío de poder provocó un periodo de anarquía, hasta que las tres potencias designaron un rey, Otón I.

Sin embargo su gestión no fue apoyada por el pueblo, y en 1862 fue depuesto por la Asamblea Nacional. Inglaterra designó entonces al príncipe Jorge de Dinamarca como nuevo rey, siendo coronado como Jorge I de Grecia al año siguiente.

Y así fue como, durante más de un siglo, una dinastía danesa reinó en Grecia, hasta la llegada de la república en 1973. Aunque ésa ya es otra historia.

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