Ir al contenido principal

Monasterio de Agia Lavra

Monasterio de Agia Lavra (Foto: Napoleon Vier)

Monasterio de Agia Lavra

Te escribo desde una  habitación en el Peloponeso, la enorme isla en la que nació Despula Arfanis, quien no sabía que sería mi madre.

Asistí a misa, nada habitual en mí. Hace minutos terminó la liturgia.
Me asignaron la misma habitación que alojó a mi tío Nikiforos, y  en la cual murió hace ya tres años.

Aquí estoy, cansado e inmensamente conmovido. Te pienso sin distancia.

Aún está clara la noche tardía y veo el valle como lo describe la alta literatura: dorado de maduros trigos, montañas de color magenta y cipreses orgullosos de su altura. Calor intenso. La naturaleza es extraña. De pronto, el aguacero golpea con fuerza los cristales de la única ventana del cuarto. Una línea imaginaria dibuja en ella su  simetría. Como en el escudo de Aquiles, la dualidad divide el paisaje en lluvias y  sequías.

Detrás de las montañas el cielo se abre dorado. Sí, dorado.

Los últimos, no débiles, rayos de sol, perforan las nubes de azul oscuro. En el alféizar se detiene una paloma. La lluvia agota su magia.

Todo transcurre en segundos y siento: Dios existe.

Años pasaron para comprender que esa luz es frecuente, que la felicidad lo es.

Los pueblos son invisibles de humildad, de bellos, de gente sumamente hospitalaria. En cada  monasterio, al ingresar, las cúpulas celestes me reciben como pequeños cielos protectores con estrellas amarillas, que asoman pintadas como por niños y alumbradas por candelas y  perfumadas de incienso.  Hay música en la voz de los monjes, una que otra frase en griego bíblico y comprensible,  expresan el mensaje de Dios, un destino superior. Puedo sentir beatitud. Necesito retener este sentimiento.

Al salir a la explanada abierta a la montaña, otra es mi mirada: rocas de aridez ambarina, olivos, perfumes de  retamas y amapolas de intenso color kókino y  la luminosidad única del cielo de Grecia, me despiden.

El reflejo de la Naturaleza como espejo de la mirada, es la revelación.
Estoy cansado de caminar, de belleza, de novedad. Siento el cuerpo débil. El deseo apaciguado, una fuerza extraña en el corazón: la Vida.

Hace días que no paro de  beber café. Me gusta el café griego.
Te quiero. ¿Podemos vernos en el café de la calle Adrianou? Así me lo dictaron los dioses.

Autor: Jorge Anagnostópulos

Comentarios

Entradas populares de este blog

La tragedia Agamenón de Esquilo

Esta temible tragedia griega se representó en el año 458 a.C. en las fiestas Dionisias de Atenas, donde obtuvo el primer premio. Pertenece a la trilogía llamada la Orestíada; aunque en principio era una tetralogía, pues contaba con el drama satírico Proteo.

Su argumento es el siguiente:

Un atalaya que custodia el palacio real de Agamenón en Argos, lleva aguardando mucho tiempo por la señal luminosa que le transmitirán otros vigías; haciéndole saber no solamente a él sino a todos los argivos, los ciudadanos de Argos, si la ciudad de Troya ha sido tomada ya por los aqueos, quienes hace 10 años salieron en la expedición para vengar la afrenta que recibieran ellos por causa del príncipe Paris, quien con el consentimiento de Helena, esposa de Menelao y reina de Esparta, decide llevársela consigo a Troya, por lo que se origina toda la guerra y el conflicto bélico entre griegos y troyanos.

El episodio del décimo año de esta guerra nos es narrado por Homero en la Ilíada.

Clitemnestra será …

Civilización Micénica

La civilización micénica es una civilización prehelénica del Heládico reciente (final de la Edad del Bronce). Obtiene su nombre de la villa de Micenas, situada en el Peloponeso.


Tabla de Contenidos

Historia del descubrimiento
Cronología
Origen de los micénicos
Organización política
El mundo micénico
Los estados de Pilos y Cnosos
Sociedad
Economía
Agricultura
Industria
Comercio
Religión
Arquitectura
Las fortalezas
Hábitat
Los palacios micénicos
Arte y artesanía
Cerámica
Escultura
Pintura
Armas
Prácticas funerarias
Decadencia
Bibliografía

Historia del descubrimiento Esta civilización fue descubierta a finales del siglo XIX por Heinrich Schliemann quien hizo excavaciones en Micenas (1874) y Tirinto (1886). Schliemann cree haber encontrado el mundo descrito por las epopeyas de Homero, la ''Ilíada'' y la ''Odisea''. En una tumba micénica descubre una máscara que denomina «máscara de Agamenón». Igualmente se bautiza como «palacio de N…

Origen de la Barbarie