Combate singular de Héctor y Ayante. LA ILÍADA




CANTO VII
Combate singular de Héctor y Ayante
Levantamiento de los cadáveres
LA ILÍADA
Trad. Luis Segalá y Estalella

1 Dichas estas palabras, el esclarecido Héctor y su hermano Alejandro traspusieron las puertas, con el ánimo impaciente por combatir y pelear. Como cuando un dios envía próspero viento a navegantes que lo anhelan porque están cansados de romper las olas, batiendo los pulidos remos, y tienen relajados los miembros a causa de la fatiga, así, tan deseados, aparecieron aquéllos a los troyanos. 

8 Paris mató a Menestio, que vivía en Arna y era hijo del rey Areítoo, famoso por su pica, y de Filomedusa, la de ojos de novilla; y Héctor con la puntiaguda lanza tiró a Eyoneo un bote en la cerviz, debajo del casco de bronce, y dejóle sin vigor los miembros. Glauco, hijo de Hipóloco y príncipe de los licios, arrojó en la reñida pelea un dardo a Ifínoo Dexíada cuando subía al carro de corredoras yeguas, y le acertó en la espalda: Ifínoo cayó al suelo y sus miembros se relajaron. 

17 Cuando Atenea, la diosa de ojos de lechuza, vio que aquéllos mataban a muchos argivos en el duro combate, descendiendo en raudo vuelo de las cumbres del Olimpo, se encaminó a la sagrada Ilión. Pero, al advertirlo Apolo desde Pérgamo, fue a oponérsele, porque deseaba que los troyanos ganaran la victoria. Encontráronse ambas deidades junto a la encina; y el soberano Apolo, hijo de Zeus, habló primero diciendo: 

24 -¿Por qué, enardecida nuevamente, oh hija del gran Zeus, vienes del Olimpo? ¿Qué poderoso afecto te mueve? ¿Acaso quieres dar a los dánaos la indecisa victoria? Porque de los troyanos no te compadecerías, aunque estuviesen pereciendo. Si quieres condescender con mi deseo -y sería lo mejor-, suspenderemos por hoy el combate y la pelea; y luego volverán a batallar hasta que logren arruinar a Ilión, ya que os place a vosotras, las inmortales, destruir esta ciudad. 

33 Respondióle Atenea, la diosa de ojos de lechuza: 

34 -Sea así, oh tú que hieres de lejos, con este propósito vine del Olimpo al campo de los troyanos y de los aqueos. Mas ¿por qué medio has pensado suspender la batalla? 

37 Contestó el soberano Apolo, hijo de Zeus: -Hagamos que Héctor, de corazón fuerte, domador de caballos, provoque a los dánaos a pelear con él en terrible y singular combate; e indignados los aqueos, de hermosas grebas, susciten a alguien para que luche con el divino Héctor. 

43 Así dijo; y Atenea, la diosa de ojos de lechuza, no se opuso. Héleno, hijo amado de Príamo, comprendió al punto lo que era grato a los dioses, que conversaban, y, llegándose a Héctor, le dirigió estas palabras: 

47 -¡Héctor, hijo de Príamo, igual en prudencia a Zeus! ¿Querrás hacer lo que te diga yo, que soy tu hermano? Manda que suspendan la batalla los troyanos y los aqueos todos, y reta al más valiente de éstos a luchar contigo en terrible combate, pues aún no ha dispuesto el hado que mueras y llegues al término fatal de tu vida. He oído sobre esto la voz de los sempiternos dioses. 

54 Así dijo. Oyóle Héctor con intenso placer, y, corriendo al centro de ambos ejércitos con la lanza cogida por el medio, detuvo las falanges troyanas, que al momento se quedaron quietas. Agamenón contuvo a los aqueos, de hermosas grebas; y Atenea y Apolo, el del arco de plata, transfigurados en buitres, se posaron en la alta encina del padre Zeus, que lleva la égida, y se deleitaban en contemplar a los guerreros cuyas densas filas aparecían erizadas de escudos, cascos y lanzas. Como el Céfiro, cayendo sobre el mar, encrespa las olas, y el ponto negrea; de semejante modo sentáronse en la llanura las hileras de aqueos y troyanos. Y Héctor, puesto entre unos y otros, dijo: 

67 -¡Oídme, troyanos y aqueos, de hermosas grebas, y os diré lo que en el pecho mi corazón me dicta! El excelso Cronida no ratificó nuestros juramentos, y seguirá causándonos males a unos y a otros, hasta que toméis la torreada Ilión o sucumbáis junto a las naves, surcadoras del ponto. Entre vosotros se hallan los más valientes aqueos; aquél a quien el ánimo incite a combatir conmigo adelántese y será campeón con el divino Héctor. Propongo lo siguiente y Zeus sea testigo: Si aquél con su bronce de larga punta consigue quitarme la vida, despójeme de las armas, lléveselas a las cóncavas naves, y entregue mi cuerpo a los míos para que los troyanos y sus esposas lo suban a la pira; y, si yo lo matare a él, por concederme Apolo tal gloria, me llevaré sus armas a la sagrada Ilión, las colgaré en el templo de Apolo, que hiere de lejos, y enviaré el cadáver a las naves de muchos bancos, para que los aqueos, de larga cabellera, le hagan exequias y le erijan un túmulo a orillas del espacioso Helesponto. Y dirá alguno de los futuros hombres, atravesando el vinoso mar en una nave de muchos órdenes de remos: «Ésa es la tumba de un varón que peleaba valerosamente y fue muerto en edad remota por el esclarecido Héctor.» Así hablará, y mi gloria no perecerá jamás. 

92 Así dijo. Todos enmudecieron y quedaron silenciosos, pues por vergüenza no rehusaban el desafío y por miedo no se decidían a aceptarlo. Al fin levantóse Menelao, con el corazón afligidísimo, y los apostrofó de esta manera: 

96 -¡Ay de mí, hombres jactanciosos; aqueas que no aqueos! Grande y horrible será nuestro oprobio si no sale ningún dánao al encuentro de Héctor. Ojalá os volvierais agua y tierra ahí mismo donde estáis sentados, hombres sin corazón y sin honor. Yo seré quien me arme y luche con aquél, pues la victoria la conceden desde lo alto los inmortales dioses. 

103 Esto dicho, empezó a ponerse la magnífica armadura. Entonces, oh Menelao, hubieras acabado la vida en manos de Héctor, cuya fuerza era muy superior, si los reyes aqueos no se hubiesen apresurado a detenerte. El mismo Agamenón Atrida, el de vasto poder, asióle de la diestra exclamando: 

109 -¡Deliras, Menelao, alumno de Zeus! Nada te fuerza a cometer tal locura. Domínate, aunque estés afligido, y no quieras luchar por desahogo con un hombre más fuerte que tú, con Héctor Priámida, que a todos amedrenta y cuyo encuentro en la batalla, donde los varones adquieren gloria, causaba horror al mismo Aquiles, que lo aventaja tanto en bravura. Vuelve a juntarte con tus compañeros, siéntate, y los aqueos harán que se levante un campeón tal, que, aunque aquél sea intrépido e incansable en la pelea, con gusto, creo, se entregará al descanso si consigue escapar de tan fiero combate, de tan terrible lucha. 

120 Así dijo; y el héroe cambió la mente de su hermano con la oportuna exhortación. Menelao obedeció; y sus servidores, alegres, quitáronle la armadura de los hombros. Entonces levantóse Néstor, y arengó a los argivos diciendo: 

124 -¡Oh dioses! ¡Qué motivo de pesar tan grande le ha llegado a la tierra aquea! ¡Cuánto gemiría el anciano jinete Peleo, ilustre consejero y arengador de los mirmidones, que en su palacio se gozaba con preguntarme por la prosapia y la descendencia de los argivos todos! Si supiera que éstos tiemblan ante Héctor, alzaría las manos a los inmortales para que su alma, separándose del cuerpo, bajara a la mansión de Hades. Ojalá, ¡padre Zeus, Atenea, Apolo!, fuese yo tan joven como cuando, encontrándose los pilios con los belicosos arcadios al pie de las murallas de Fea, cerca de la corriente del Járdano, trabaron el combate a orillas del impetuoso Celadonte. Entre los arcadios aparecía en primera línea Ereutalión, varón igual a un dios, que llevaba la armadura del rey Areítoo; del divino Areítoo, a quien por sobrenombre llamaban el macero así los hombres como las mujeres de hermosa cintura, porque no peleaba con el arco y la formidable lanza, sino que rompía las falanges con la férrea maza. Al rey Areítoo matólo Licurgo, no empleando la fuerza, sino la astucia, en un camino estrecho, donde la férrea pica no podía librarlo de la muerte: Licurgo se le adelantó, envasóle la lanza en medio del cuerpo, hízolo caer de espaldas, y despojóle de la armadura, regalo del broncíneo Ares, que llevaba en las batallas. Cuando Licurgo envejeció en el palacio, entregó dicha armadura a Ereutalión, su escudero querido, para que la usara; y éste, con tales armas, desafiaba entonces a los más valientes. Todos estaban amedrentados y temblando, y nadie se atrevía a aceptar el reto; pero mi ardido corazón me impulsó a pelear con aquel presuntuoso -era yo el más joven de todos- y combatí con él y Atenea me dio gloria, pues logré matar a aquel hombre gigantesco y fortísimo que tendido en el suelo ocupaba un gran espacio. Ojalá me rejuveneciera tanto y mis fuerzas conservaran su robustez. ¡Cuán pronto Héctor, el de tremolante casco, tendría combate! ¡Pero ni los que sois los más valientes de los aqueos todos, ni siquiera vosotros, estáis dispuestos a ir al encuentro de Héctor! 

161 De esta manera los increpó el anciano, y nueve por junto se levantaron. Levantóse, mucho antes que los otros, el rey de hombres, Agamenón; luego el fuerte Diomedes Tidida; después, ambos Ayantes, revestidos de impetuoso valor; tras ellos, Idomeneo y su escudero Meriones, que al homicida Enialio igualaba; en seguida Eurípilo, hijo ilustre de Evemón; y, finalmente, Toante Andremónida y el divino Odiseo: todos éstos querían pelear con el ilustre Héctor. Y Néstor, caballero gerenio, les dijo: 

171 -Echad suertes, y aquél a quien le toque alegrará a los aqueos, de hermosas grebas, y sentirá regocijo en el corazón si logra escapar del fiero combate, de la terrible lucha. 

175 Así dijo. Los nueve señalaron sus respectivas tarjas, y seguidamente las metieron en el casco de Agamenón Atrida. Los guerreros oraban y alzaban las manos a los dioses. Y alguno exclamó, mirando al anchuroso cielo: 

179 -¡Padre Zeus! Haz que le caiga la suerte a Ayante, al hijo de Tideo, o al mismo rey de Micenas, rica en oro. 

181 Así decían. Néstor, caballero gerenio, meneaba el casco, hasta que por fin saltó la tarja que ellos querían, la de Ayante. Un heraldo llevóla por el concurso y, empezando por la derecha, la enseñaba a los próceres aqueos, quienes, al no reconocerla, negaban que fuese suya; pero, cuando llegó al que la había marcado y echado en el casco, al ilustre Ayante, éste tendió la mano, y aquél se detuvo y le entregó la contraseña. El héroe la reconoció, con gran júbilo de su corazón, y, tirándola al suelo, a sus pies, exclamó: 

191 -¡Oh amigos! Mi tarja es, y me alegro en el alma porque espero vencer al divino Héctor. ¡Ea! Mientras visto la bélica armadura, orad al soberano Zeus Cronión, mentalmente, para que no lo oigan los troyanos; o en alta voz, pues a nadie tememos. No habrá quien, valiéndose de la fuerza o de la astucia, me ponga en fuga contra mi voluntad; porque no creo que naciera y me criara en Salamina, tan inhábil para la lucha. 

200 Tales fueron sus palabras. Ellos oraron al soberano Zeus Cronión, y algunos dijeron, mirando al anchuroso cielo:
 
202 -¡Padre Zeus, que reinas desde el Ida, gloriosísimo, máximo! Concédele a Ayante la victoria y un brillante triunfo; y, si amas también a Héctor y por él te interesas, dales a entrambos igual fuerza y gloria. 

206 Así hablaban. Púsose Ayante la armadura de luciente bronce; y, vestidas las armas en torno de su cuerpo, marchó tan animoso como el terrible Ares cuando se encamina al combate de los hombres, a quienes el Cronión hace venir a las manos por una roedora discordia. Tan terrible se levantó Ayante, antemural de los aqueos, que sonreía con torva faz, andaba a paso largo y blandía enorme lanza. Los argivos se regocijaron grandemente, así que lo vieron, y un violento temblor se apoderó de los troyanos; al mismo Héctor palpitóle el corazón en el pecho; pero ya no podía manifestar temor ni retirarse a su ejército, porque de él había partido la provocación. Ayante se le acercó con su escudo como una torre, broncíneo, de siete pieles de buey, que en otro tiempo le hiciera Tiquio, el cual habitaba en Hila y era el mejor de los curtidores. Éste formó el manejable escudo con siete pieles de corpulentos bueyes y puso encima, como octava capa, una lámina de bronce. Ayante Telamonio paróse, con el escudo al pecho, muy cerca de Héctor; y, amenazándolo, dijo: 

226 -¡Héctor! Ahora sabrás claramente, de solo a solo, cuáles adalides pueden presentar los dánaos, aun prescindiendo de Aquiles, que rompe filas de guerreros y tiene el ánimo de un león. Mas el héroe, enojado con Agamenón, pastor de hombres, permanece en las corvas naves surcadoras del ponto, y somos muchos los capaces de pelear contigo. Pero empiece ya la lucha y el combate.

233 Respondióle el gran Héctor, el de tremolante casco: 

234 -¡Ayante Telamonio, del linaje de Zeus, príncipe de hombres! No me tientes cual si fuera un débil niño o una mujer que no conoce las cosas de la guerra. Versado estoy en los combates y en las matanzas de hombres; sé mover a diestro y a siniestro la seca piel de buey que llevo para luchar denodadamente; sé lanzarme a la pelea cuando en prestos carros se batalla, y sé deleitar al cruel Ares en el estadio de la guerra. Pero a ti, siendo cual eres, no quiero herirte con alevosía, sino cara a cara, si puedo conseguirlo. 

244 Dijo, y blandiendo la enorme lanza, arrojóla y atravesó el bronce que cubría como octava capa el gran escudo de Ayante formado por siete boyunos cueros: la indomable punta horadó seis de éstos y en el séptimo quedó detenida. Ayante, del linaje de Zeus, tiró a su vez su luenga lanza y dio en el escudo liso del Priámida, y la robusta lanza, pasando por el terso escudo, se hundió en la labrada coraza y rasgó la túnica sobre el ijar; inclinóse el héroe, y evitó la negra muerte. Y arrancando ambos las luengas lanzas de los escudos, acometiéronse como carniceros leones o puercos monteses, cuya fuerza es inmensa. El Priámida hirió con la lanza el centro del escudo de Ayante, y el bronce no pudo romperlo porque la punta se torció. Ayante, arremetiendo, clavó la suya en el escudo de aquél, a hizo vacilar al héroe cuando se disponía para el ataque; la punta abrióse camino hasta el cuello de Héctor, y en seguida brotó la negra sangre. Mas no por esto cesó de combatir Héctor, el de tremolante casco, sino que, volviéndose, cogió con su robusta mano un pedregón negro y erizado de puntas que había en el campo; lo tiró, acertó a dar en el bollón central del gran escudo de Ayante, de siete boyunas pieles, a hizo resonar el bronce que lo cubría. Ayante entonces, tomando una piedra mucho mayor, la despidió haciéndola voltear con una fuerza inmensa. La piedra torció el borde inferior del hectóreo escudo, cual pudiera hacerlo una muela de molino, y chocando con las rodillas de Héctor lo hizo caer de espaldas asido al escudo; pero Apolo en seguida lo puso en pie. Y ya se hubieran atacado de cerca con las espadas, si no hubiesen acudido dos heraldos, mensajeros de Zeus y de los hombres, que llegaron respectivamente del campo de los troyanos y del de los aqueos, de broncíneas corazas: Taltibio a Ideo, prudentes ambos. Éstos interpusieron sus cetros entre los campeones, e Ideo, hábil en dar sabios consejos, pronunció estas palabras: 

279 -¡Hijos queridos! No peleéis ni combatáis más; a entrambos os ama Zeus, que amontona las nubes, y ambos sois belicosos. Esto lo sabemos todos. Pero la noche comienza ya, y será bueno obedecerla. 

282 Respondióle Ayante:

283 -¡Ideo! Ordenad a Héctor que lo disponga, pues fue él quien retó a los más valientes. Sea el primero en desistir; que yo obedeceré, si él lo hiciere. 

287 Díjole el gran Héctor, el de tremolante casco: 

288 -¡Ayante! Puesto que los dioses te han dado corpulencia, valor y cordura, y en el manejo de la lanza descuellas entre los aqueos, suspendamos por hoy el combate y la lucha, y otro día volveremos a pelear hasta que una deidad nos separe, después de otorgar la victoria a quien quisiere. La noche comienza ya, y será bueno obedecerla. Así tú regocijarás, en las naves, a todos los aqueos y especialmente a tus amigos y compañeros; y yo alegraré, en la gran ciudad del rey Príamo, a los troyanos y a las troyanas, de rozagantes peplos, que habrán ido a los sagrados templos a orar por mí. ¡Ea! Hagámonos magníficos regalos, para que digan aqueos y troyanos: «Combatieron con roedor encono, y se separaron unidos por la amistad.» 

303 Cuando esto hubo dicho, entregó a Ayante una espada guarnecida con argénteos clavos, ofreciéndosela con la vaina y el bien cortado ceñidor; y Ayante regaló a Héctor un vistoso tahalí teñido de púrpura. Separáronse luego, volviendo el uno a las tropas aqueas y el otro al ejército de los troyanos. Éstos se alegraron al ver a Héctor vivo, y que regresaba incólume, libre de la fuerza y de las invictas manos de Ayante, cuando ya desesperaban de que se salvara; y lo acompañaron a la ciudad. Por su parte, los aqueos, de hermosas grebas, llevaron a Ayante, ufano de la victoria, a la tienda del divino Agamenón.

313 Así que estuvieron en ella, Agamenón Atrida, rey de hombres, sacrificó al prepotente Cronión un buey de cinco años. Al instante lo desollaron y prepararon, lo partieron todo, lo dividieron con suma habilidad en pedazos muy pequeños, lo atravesaron con pinchos, lo asaron cuidadosamente y lo retiraron del fuego. Terminada la faena y dispuesto el festín, comieron sin que nadie careciese de su respectiva porción; y el poderoso héroe Agamenón Atrida obsequió a Ayante con el ancho lomo. Cuando hubieron satisfecho el deseo de beber y de comer, el anciano Néstor, cuya opinión era considerada siempre como la mejor, comenzó a darles un consejo. Y, arengándolos con benevolencia, así les dijo: 

327 -¡Atrida y demás príncipes de los aqueos todos! Ya que han muerto tantos melenudos aqueos, cuya negra sangre esparció el cruel Ares por la ribera del Escamandro de límpida corriente y cuyas almas descendieron a la mansión de Hades, conviene que suspendas los combates, y mañana, reunidos todos al comenzar del día, traeremos los cadáveres en carros tirados por bueyes y mulos, y los quemaremos cerca de los bajeles para llevar sus cenizas a los hijos de los difuntos cuando regresemos a la patria tierra! Erijamos luego con tierra de la llanura, amontonada en torno de la pira, un túmulo común; edifiquemos en seguida a partir del mismo una muralla con altas torres, que sea un reparo para las naves y para nosotros mismos; dejemos puertas que se cierren con bien ajustadas tablas, para que pasen los carros, y cavemos delante del muro un profundo foso, que detenga a los hombres y a los caballos si algún día no podemos resistir la acometida de los altivos troyanos. 

344 Así habló, y los demás reyes aplaudieron. Reuniéronse los troyanos en la acrópolis de Ilión, cerca del palacio de Príamo, y la junta fue agitada y turbulenta. El prudente Anténor comenzó a arengarles de esta manera: 

348 -¡Oídme, troyanos, dárdanos y aliados, y os manifestaré lo que en el pecho mi corazón me dicta! Ea, restituyamos la argiva Helena con sus riquezas y que los Atridas se la lleven. Ahora combatimos después de quebrar la fe ofrecida en los juramentos, y no espero que alcancemos éxito alguno mientras no hagamos lo que propongo. 

354 Dijo, y se sentó. Levantóse el divino Alejandro, esposo de Helena, la de hermosa cabellera, y, dirigiéndose a aquél, pronunció estas aladas palabras: 

357 -¡Anténor! No me place lo que propones y podías haber pensado algo mejor. Si realmente hablas con seriedad, los mismos dioses te han hecho perder el juicio. Y a los troyanos, domadores de caballos, les diré lo siguiente: Paladinamente lo declaro, no devolveré la mujer, pero sí quiero dar cuantas riquezas traje de Argos y aun otras que añadiré de mi casa. 

365 Dijo, y se sentó. Levantóse Príamo Dardánida, consejero igual a los dioses, y les arengó con benevolencia diciendo: 

368 -¡Oídme, troyanos, dárdanos y aliados, y os manifestaré lo que en el pecho mi corazón me dicta! Cenad en la ciudad, como siempre; acordaos de la guardia, y vigilad todos; al romper el alba, vaya Ideo a las cóncavas naves; anuncie a los Atridas, Agamenón y Menelao, la proposición de Alejandro, por quien se suscitó la contienda, y háganles esta prudente consulta: Si quieren, que se suspenda el horrísono combate para quemar los cadáveres; y luego volveremos a pelear hasta que una deidad nos separe y otorgue la victoria a quien le plazca. 

379 Así dijo; ellos lo escucharon y obedecieron, tomando la cena en el campo sin romper las filas, y, apenas comenzó a alborear, encaminóse Ideo a las cóncavas naves y halló a los dánaos, servidores de Ares, reunidos en junta cerca de la nave de Agamenón. El heraldo de voz sonora, puesto en medio, les dijo: 

385 -¡Atrida y demás príncipes de los aqueos todos! Mándanme Príamo y los ilustres troyanos que os participe, y ojalá os fuera acepta y grata, la proposición de Alejandro, por quien se suscitó la contienda. Ofrece dar cuantas riquezas trajo a Ilión en las cóncavas naves -¡así hubiese perecido antes!- y aun añadir otras de su casa; pero se niega a devolver la legítima esposa del glorioso Menelao, a pesar de que los troyanos se lo aconsejan. Me han ordenado también que os haga esta consulta: Si queréis, que se suspenda el horrísono combate para quemar los cadáveres; y luego volveremos a pelear hasta que una deidad nos separe y otorgue la victoria a quien le plazca. 

398 Así habló. Todos enmudecieron y quedaron silenciosos. Pero al fin Diomedes, valiente en la pelea, dijo: 

400 -No se acepten ni las riquezas de Alejandro, ni a Helena tampoco; pues es evidente, hasta para el más simple, que la ruina pende sobre los troyanos. 

403 Así se expresó; y todos los aqueos aplaudieron, admirados del discurso de Diomedes, domador de caballos. Y el rey Agamenón dijo entonces a Ideo: 

406 -¡Ideo! Tú mismo oyes las palabras con que responden los aqueos; ellas son de mi agrado. En cuanto a los cadáveres, no me opongo a que sean quemados, pues ha de ahorrarse toda dilación para satisfacer prontamente a los que murieron, entregando sus cuerpos a las llamas. Zeus tonante, esposo de Hera, reciba el juramento. 

412 Dicho esto, alzó el cetro a todos los dioses; a Ideo regresó a la sagrada Ilión, donde lo esperaban, reunidos en junta, troyanos y dárdanos. El heraldo, puesto en medio, dijo la respuesta. En seguida dispusiéronse unos a recoger los cadáveres, y otros a ir por leña. A su vez, los argivos salieron de las naves de muchos bancos, unos para recoger los cadáveres, y otros para ir por leña. 

421 Ya el sol hería con sus rayos los campos, subiendo al cielo desde la plácida y profunda corriente del Océano, cuando aqueos y troyanos se mezclaron unos con otros en la llanura. Difícil era reconocer a cada varón; pero lavaban con agua las manchas de sangre de los cadáveres y, derramando ardientes lágrimas, los subían a los carros. El gran Príamo no permitía que los troyanos lloraran: éstos, en silencio y con el corazón afligido, hacinaron los cadáveres sobre la pira, los quemaron y volvieron a la sacra Ilión. Del mismo modo, los aqueos, de hermosas grebas, hacinaron los cadáveres sobre la pira, los quemaron y volvieron a las cóncavas naves. 

433 Cuando aún no despuntaba la aurora, pero ya la luz del alba se difundía, un grupo escogido de aqueos se reunió en torno de la pira. Erigieron con tierra de la llanura un túmulo común; construyeron a partir del mismo una muralla con altas torres, que sirviese de reparo a las naves y a ellos mismos; dejaron puertas, que se cerraban con bien ajustadas tablas, para que pudieran pasar los carros, y cavaron delante del muro un gran foso profundo y ancho, que defendieron con estacas. 

442 De tal suerte trabajaban los melenudos aqueos; y los dioses, sentados junto a Zeus fulminador, contemplaban la grande obra de los aqueos, de broncíneas corazas. Y Poseidón, que sacude la tierra, empezó a decirles:

446 -¡Padre Zeus! ¿Cuál de los mortales de la vasta tierra consultará con los dioses sus pensamientos y proyectos? ¿No ves que los melenudos aqueos han construido delante de las naves un muro con su foso, sin ofrecer a los dioses hecatombes perfectas? La fama de este muro se extenderá tanto como la luz de la aurora; y se echará en olvido el que labramos yo y Febo Apolo cuando con gran fatiga construimos la ciudad para el héroe Laomedonte.

454 Zeus, que amontona las nubes, respondió muy indignado: 

455 -¡Oh dioses! ¡Tú, prepotente batidor de la tierra, qué palabras proferiste! A un dios muy inferior en fuerza y ánimo podría asustarle tal pensamiento; pero no a ti, cuya fama se extenderá tanto como la luz de la aurora. Ea, cuando los aqueos, de larga cabellera, regresen en las naves a su patria tierra, derriba el muro, arrójalo entero al mar, y enarena otra vez la espaciosa playa para que desaparezca la gran muralla aquea. 

464 Así éstos conversaban. Al ponerse el sol los aqueos tenían la obra acabada; inmolaron bueyes y se pusieron a cenar en las respectivas tiendas, cuando arribaron, procedentes de Lemnos, muchas naves cargadas de vino que enviaba Euneo Jasónida, hijo de Hipsípile y de Jasón, pastor de hombres. El hijo de Jasón mandaba separadamente, para los Atridas, Agamenón y Menelao, mil medidas de vino. Los melenudos aqueos acudieron a las naves; compraron vino, unos con bronce, otros con luciente hierro, otros con pieles, otros con vacas y otros con esclavos; y prepararon un festín espléndido. Toda la noche los melenudos aqueos disfrutaron del banquete, y lo mismo hicieron en la ciudad los troyanos y sus aliados. Toda la noche estuvo el próvido Zeus meditando cómo les causaría males y tronando de un modo horrible: el pálido temor se apoderó de todos, derramaron a tierra el vino de las copas, y nadie se atrevió a beber sin que antes hiciera libaciones al prepotente Cronión. Después se acostaron y el don del sueño recibieron.

PRÓXIMO CAPÍTULO

Coloquio de Héctor y Andrómaca. LA ILÍADA



CANTO VI
Coloquio de Héctor y Andrómaca
LA ILÍADA
Trad. Luis Seagalá y Estalella

1 Quedaron solos en la batalla horrenda troyanos y aqueos, que se arrojaban broncíneas lanzas; y la pelea se extendía, acá y acullá de la llanura, entre las corrientes del Simoente y del Janto.

5 Ayante Telamonio, antemural de los aqueos, rompió el primero la falange troyana a hizo aparecer la aurora de la salvación entre los suyos, hiriendo de muerte al tracio más denodado, al alto y valiente Acamante, hijo de Eusoro. Acertóle en la cimera del casco guarnecido con crines de caballo, la lanza se clavó en la frente, la broncínea punta atravesó el hueso y las tinieblas cubrieron los ojos del guerrero.

12 Diomedes, valiente en el combate, mató a Axilo Teutránida, que, abastado de bienes, moraba en la bien construida Arisbe; y era muy amigo de los hombres, porque en su casa, situada cerca del camino, a todos les daba hospitalidad. Pero ninguno de ellos vino entonces a librarlo de la lúgubre muerte, y Diomedes le quitó la vida a él y a su escudero Calesio, que gobernaba los caballos. Ambos penetraron en el seno de la tierra.

20 Euríalo dio muerte a Dreso y Ofeltio, y fuese tras Esepo y Pédaso, a quienes la náyade Abarbárea había concebido en otro tiempo del eximio Bucolión, hijo primogénito y bastardo del ilustre Laomedonte (Bucolión apacentaba ovejas y tuvo amoroso consorcio con la ninfa, la cual quedó encinta y dio a luz a los dos mellizos): el Mecisteida acabó con el valor de ambos, privó de vigor a sus bien formados miembros y les quitó la armadura de los hombros.

29 El belicoso Polipetes dejó sin vida a Astíalo; Odiseo, con la broncínea lanza, a Pidites percosio; y Teucro, a Aretaón divino. Antíloco Nestórida mató con la pica reluciente a Ablero; Agamenón, rey de hombres, a Élato, que habitaba en la excelsa Pédaso, a orillas del Satnioente, de hermosa corriente; el héroe Leito, a Fílaco mientras huía; y Eurípilo, a Melantio.

37 Menelao, valiente en la pelea, cogió vivo a Adrasto, cuyos caballos, corriendo despavoridos por la llanura, chocaron con las ramas de un tamarisco, rompieron el corvo carro por el extremo del timón, y se fueron a la ciudad con los que huían espantados. El héroe cayó al suelo y dio de boca en el polvo junto a la rueda; acercósele Menelao Atrida con la ingente lanza, y aquél, abrazando sus rodillas, así le suplicaba:

46 -Hazme prisionero, hijo de Atreo, y recibirás digno rescate. Muchas cosas de valor tiene mi opulento padre en casa: bronce, oro, hierro labrado; con ellas te pagaría inmenso rescate, si supiera que estoy vivo en las naves aqueas.

51 Así dijo, y le conmovió el corazón. E iba Menelao a ponerlo en manos del escudero, para que lo llevara a las veleras naves aqueas, cuando Agamenón corrió a su encuentro y lo increpó diciendo:

55 -¡Ah, bondoso! ¡Ah, Menelao! ¿Por qué así te apiadas de estos hombres? ¡Excelentes cosas hicieron los troyanos en tu casa! Ninguno de los que caigan en nuestras manos se libre de tener nefanda muerte, ni siquiera el que la madre lleve en el vientre, ni ése escape! ¡Perezcan todos los de Ilión, sin que sepultura alcancen ni memoria dejen!

61 Así diciendo, cambió la mente de su hermano con la oportuna exhortación. Repelió Menelao al héroe Adrasto, que, herido en el ijar por el rey Agamenón, cayó de espaldas. El Atrida le puso el pie en el pecho y le arrancó la lanza.

66 Néstor, en tanto, animaba a los argivos, dando grandes voces:

67 -¡Oh queridos, héroes dánaos, servidores de Ares! Nadie se quede atrás para recoger despojos y volver, llevando los más que pueda, a las naves; ahora matemos hombres y luego con más tranquilidad despojaréis en la llanura los cadáveres de cuantos mueran.

72 Así diciendo les excitó a todos el valor y la fuerza. Y los troyanos hubieran vuelto a entrar en Ilión, acosados por los belicosos aqueos y vencidos por su cobardía, si Heleno Priámida, el mejor de los augures, no se hubiese presentado a Eneas y a Héctor para decirles:

77 -¡Eneas y Héctor! Ya que el peso de la batalla gravita principalmente sobre vosotros entre los troyanos y los licios, porque sois los primeros en toda empresa, ora se trate de combatir, ora de razonar, quedaos aquí, recorred las filas, y detened a los guerreros antes que se encaminen a las puertas, caigan huyendo en brazos de las mujeres y sean motivo de gozo para los enemigos. Cuando hayáis reanimado todas las falanges, nosotros, aunque estamos muy abatidos, nos quedaremos aquí a pelear con los dánaos porque la necesidad nos apremia. Y tú, Héctor, ve a la ciudad y di a nuestra madre que llame a las venerables matronas; vaya con ellas al templo dedicado a Atenea, la de ojos de lechuza, en la acrópolis; abra con la llave la puerta del sacro recinto; ponga sobre las rodillas de la deidad, de hermosa cabellera, el peplo que mayor sea, más lindo le parezca y más aprecie de cuantos haya en el palacio, y le vote sacrificar en el templo doce vacas de un año, no sujetas aún al yugo, si apiadándose de la ciudad y de las esposas y tiernos niños de los troyanos, aparta de la sagrada Ilión al hijo de Tideo, feroz guerrero, cuya bravura causa nuestra derrota y a quien tengo por el más esforzado de los aqueos todos. Nunca temimos tanto ni al mismo Aquiles, príncipe de hombres, que es, según dicen, hijo de una diosa. Con gran furia se mueve el hijo de Tideo y en valentía nadie le iguala.

102 Así dijo; y Héctor obedeció a su hermano. Saltó del carro al suelo sin dejar las armas; y, blandiendo dos puntiagudas lanzas, recorrió el ejército por todas partes, animólo a combatir y promovió una terrible pelea. Los troyanos volvieron la cara y afrontaron a los argivos; y éstos retrocedieron y dejaron de matar, figurándose que alguno de los inmortales habría descendido del estrellado cielo para socorrer a aquéllos; de tal modo se volvieron. Y Héctor exhortaba a los troyanos diciendo en alta voz:

111 -¡Animosos troyanos, aliados de lejanas tierras venidos! Sed hombres, amigos, y mostrad vuestro impetuoso valor, mientras voy a Ilión y encargo a los respetables próceres y a nuestras esposas que oren y ofrezcan hecatombes a los dioses.

116 Dicho esto, Héctor, el de tremolante casco, partió; y la negra piel que orlaba el abollonado escudo como última franja le batía el cuello y los talones.

119 Glauco, vástago de Hipóloco, y el hijo de Tideo, deseosos de combatir, fueron a encontrarse en el espacio que mediaba entre ambos ejércitos. Cuando estuvieron cara a cara, Diomedes, valiente en la pelea, dijo el primero:

123-¿Cuál eres tú, guerrero valentísimo, de los mortales hombres? Jamás te vi en las batallas, donde los varones adquieren gloria, pero al presente a todos los vences en audacia cuando te atreves a esperar mi fornida lanza. ¡Infelices de aquéllos cuyos hijos se oponen a mi furor! Mas si fueses inmortal y hubieses descendido del cielo, no quisiera yo luchar con dioses celestiales. Poco vivió el fuerte Licurgo, hijo de Driante, que contendía con las celestes deidades: persiguió en los sacros montes de Nisa a las nodrizas de Dioniso, que estaba agitado por el delirio báquico, las cuales tiraron al suelo los tirsos al ver que el homicida Licurgo las acometía con la aguijada; el dios, espantado, se arrojó al mar, y Tetis le recibió en su regazo, despavorido y agitado por fuerte temblor por la amenaza de aquel hombre; pero los felices dioses se irritaron contra Licurgo, cególe el hijo de Crono y su vida no fue larga, porque se había hecho odioso a los inmortales todos. Con los bienaventurados dioses no quisiera combatir; pero, si eres uno de los mortales que comen los frutos de la tierra, acércate para que más pronto llegues al término de tu perdición.

144 Respondióle el preclaro hijo de Hipóloco:

145 -¡Magnánimo Tidida! ¿Por qué me interrogas sobre el abolengo? Cual la generación de las hojas, así la de los hombres. Esparce el viento las hojas por el suelo, y la selva, reverdeciendo, produce otras al llegar la primavera: de igual suerte, una generación humana nace y otra perece. Pero ya que deseas saberlo, te diré cuál es mi linaje, de muchos conocido. Hay una ciudad llamada Éfira en el riñón de Argos, criadora de caballos, y en ella vivía Sísifo Eólida, que fue el más ladino de los hombres. Sísifo engendró a Glauco, y éste al eximio Belerofonte, a quien los dioses concedieron gentileza y envidiable valor. Mas Preto, que era muy poderoso entre los argivos, pues Zeus los había sometido a su cetro, hízole blanco de sus maquinaciones y lo echó de la ciudad. La divina Antea, mujer de Preto, había deseado con locura juntarse clandestinamente con Belerofonte; pero no pudo persuadir al prudente héroe, que sólo pensaba en cosas honestas, y mintiendo dijo al rey Preto: 

164 «¡Preto! Ojalá te mueras, o mata a Belerofonte, que ha querido juntarse conmigo, sin que yo lo deseara.» 

166 -Así dijo. El rey se encendió en ira al oírla; y, si bien se abstuvo de matar a aquél por el religioso temor que sintió su corazón, le envió a la Licia; y, haciendo mortíferas señales en una tablita que se doblaba, entrególe los perniciosos signos con orden de que los mostrase a su suegro para que éste le hiciera perecer. Belerofonte, poniéndose en camino debajo del fausto patrocinio de los dioses, llegó a la vasta Licia y a la corriente del Janto: el rey recibióle con afabilidad, hospedóle durante nueve días y mandó matar otros tantos bueyes; pero, al aparecer por décima vez la Aurora, la de rosáceos dedos, lo interrogó y quiso ver la nota que de su yerno Preto le traía. Y así que tuvo la funesta nota, ordenó a Belerofonte que lo primero de todo matara a la ineluctable Quimera, ser de naturaleza no humana, sino divina, con cabeza de león, cola de dragón y cuerpo de cabra, que respiraba encendidas y horribles llamas; y aquél le dio muerte, alentado por divinales indicaciones. Luego tuvo que luchar con los afamados sólimos, y decía que éste fue el más recio combate que con hombres sostuvo. En tercer lugar quitó la vida a las varoniles amazonas. Y, cuando regresaba a la ciudad, el rey, urdiendo otra dolosa trama, armóle una celada con los varones más fuertes que halló en la espaciosa Licia; y ninguno de éstos volvió a su casa, porque a todos les dio muerte el eximio Belerofonte. Comprendió el rey que el héroe era vástago ilustre de alguna deidad y lo retuvo a11í, lo casó con su hija y compartió con él la dignidad regia; los licios, a su vez, acotáronle un hermoso campo de frutales y sembradío que a los demás aventajaba, para que pudiese cultivarlo. Tres hijos dio a luz la esposa del aguerrido Belerofonte: Isandro, Hipóloco y Laodamia; y ésta, amada por el próvido Zeus, dio a luz al deiforme Sarpedón, que lleva armadura de bronce. Cuando Belerofonte se atrajo el odio de todas las deidades, vagaba solo por los campos de Alea, royendo su ánimo y apartándose de los hombres; Ares, insaciable de pelea, hizo morir a Isandro en un combate con los afamados sólimos, y Artemisa, la que usa riendas de oro, irritada, mató a su hija. A mí me engendró Hipóloco -de éste, pues, soy hijo- y envióme a Troya, recomendándome muy mucho que descollara y sobresaliera siempre entre todos y no deshonrase el linaje de mis antepasados, que fueron los hombres más valientes de Éfira y la extensa Licia. Tal alcurnia y tal sangre me glorío de tener. 

212 Así dijo. Alegróse Diomedes, valiente en el combate; y, clavando la pica en el almo suelo, respondió con cariñosas palabras al pastor de hombres:

213 -Pues eres mi antiguo huésped paterno, porque el divino Eneo hospedó en su palacio al eximio Belorofonte, le tuvo consigo veinte días y ambos se obsequiaron con magníficos presentes de hospitalidad. Eneo dio un vistoso tahalí teñido de púrpura, y Belerofonte una áurea copa de doble asa, que en mi casa quedó cuando me vine. A Tideo no lo recuerdo; dejóme muy niño al salir para Tebas, donde pereció el ejército aqueo. Soy, por consiguiente, tu caro huésped en el centro de Argos, y tú lo serás mío en la Licia cuando vaya a tu pueblo. En adelante no nos acometamos con la lanza por entre la turba. Muchos troyanos y aliados ilustres me restan, para matar a quien, por la voluntad de un dios, alcance en la carrera; y asimismo te quedan muchos aqueos, para quitar la vida a quien te sea posible. Y ahora troquemos la armadura, a fin de que sepan todos que de ser huéspedes paternos nos gloriamos.

232 Habiendo hablado así, descendieron de los carros y se estrecharon la mano en prueba de amistad. Entonces Zeus Cronida hizo perder la razón a Glauco; pues permutó sus armas por las de Diomedes Tidida, las de oro por las de bronce, las valoradas en cien bueyes por las que en nueve se apreciaban.

237 Al pasar Héctor por la encina y las puertas Esceas, acudieron corriendo las esposas a hijas de los troyanos y preguntáronle por sus hijos, hermanos, amigos y esposos; y él les encargó que unas tras otras orasen a los dioses, porque para muchas eran inminentes las desgracias.

242 Cuando llegó al magnífico palacio de Príamo, provisto de bruñidos pórticos (en él había cincuenta cámaras de pulimentada piedra, seguidas, donde dormían los hijos de Príamo con sus legítimas esposas; y enfrente, dentro del mismo patio, otras doce construidas igualmente con sillares, continuas y techadas, donde se acostaban los yernos de Príamo y sus castas mujeres), le salió al encuentro su alma madre que iba en busca de Laódice, la más hermosa de las princesas; y, asiéndole de la mano, le dijo:

254 -¡Hijo! ¿Por qué has venido, dejando el áspero combate? Sin duda los aqueos, de aborrecido nombre, deben de estrecharnos, combatiendo alrededor de la ciudad, y tu corazón te ha impulsado a volver con el fin de levantar desde la acrópolis las manos a Zeus. Pero, aguarda, traeré vino dulce como la miel para que primeramente lo libes al padre Zeus y a los demás inmortales, y luego te aproveche también a ti, si bebes. El vino aumenta mucho el vigor del hombre fatigado y tú lo estás de pelear por los tuyos.

263 Respondióle el gran Héctor, el de tremolante casco:

264 -No me des vino dulce como la miel, veneranda madre; no sea que me enerves y me prives del valor, y yo me olvide de mi fuerza. No me atrevo a libar el negro vino en honor de Zeus sin lavarme las manos, ni es lícito orar al Cronión, el de las sombrías nubes, cuando uno está manchado de sangre y polvo. Pero tú congrega a las matronas, llévate perfumes, y, entrando en el templo de Atenea, que impera en las batallas, pon sobre las rodillas de la deidad de hermosa cabellera el peplo mayor, más lindo y que más aprecies de cuantos haya en el palacio; y vota a la diosa sacrificar en su templo doce vacas de un año, no sujetas aún al yugo, si, apiadándose de la ciudad y de las esposas y tiernos niños de los troyanos, aparta de la sagrada Ilión al hijo de Tideo, feroz guerrero, cuya valentía causa nuestra derrota. Encamínate, pues, al templo de Atenea, que impera en las batallas, y yo iré a la casa de Paris a llamarlo, si me quiere escuchar. ¡Así la tierra se lo tragara! Criólo el Olímpico como una gran plaga para los troyanos y el magnánimo Príamo y sus hijos. Creo que, si le viera descender al Hades, mi alma se olvidaría de los enojosos pesares.

286 Así dijo. Hécuba, volviendo al palacio, llamó a las esclavas, y éstas anduvieron por la ciudad y congregaron a las matronas; bajó luego al fragante aposento donde se guardaban los peplos bordados, obra de las mujeres que se había llevado de Sidón el deiforme Alejandro en el mismo viaje por el ancho ponto en que se llevó a Helena, la de nobles padres; tomó, para ofrecerlo a Atenea, el peplo mayor y más hermoso por sus bordaduras, que resplandecía como un astro y se hallaba debajo de todos, y partió acompañada de muchas matronas.

297 Cuando llegaron a la acrópolis, abrióles las puertas del templo de Atenea Teano, la de hermosas mejillas, hija de Ciseo y esposa de Anténor, domador de caballos, a la cual habían elegido los troyanos sacerdotisa de Atenea. Todas, con lúgubres lamentos, levantaron las manos a la diosa. Teano, la de hermosas mejillas, tomó el peplo, lo puso sobre las rodillas de Atenea, la de hermosa cabellera, y orando rogó así a la hija del gran Zeus:

305 -¡Veneranda Atenea, protectora de la ciudad, divina entre las diosas! ¡Quiébrale la lanza a Diomedes y concédenos que caiga de pechos en el suelo, ante las puertas Esceas, para que te sacrifiquemos en este templo doce vacas de un año, no sujetas aún al yugo, si de este modo te apiadas de la ciudad y de las esposas y tiernos niños de los troyanos!

311 Así dijo rogando, pero Palas Atenea no accedió. Mientras invocaban de este modo a la hija del gran Zeus, Héctor se encaminó al magnífico palacio que para Alejandro había labrado él mismo con los más hábiles constructores de la fértil Troya; éstos le hicieron una cámara nupcial, una sala y un patio, en la acrópolis, cerca de los palacios de Príamo y de Héctor. A11í entró Héctor, caro a Zeus, llevando una lanza de once codos, cuya broncínea y reluciente punta estaba sujeta por áureo anillo. En la cámara halló a Alejandro que acicalaba las magníficas armas, escudo y coraza, y probaba el corvo arco; y a la argiva Helena, que, sentada entre sus esclavas, ocupábalas en primorosas labores. Y en viendo a aquél, increpólo con injuriosas palabras:

326 -¡Desgraciado! No es decoroso que guardes en el corazón ese rencor. Los hombres perecen combatiendo al pie de los altos muros de la ciudad; el bélico clamor y la lucha se encendieron por tu causa alrededor de nosotros, y tú mismo reconvendrías a quien cejara en la pelea horrenda. Ea, levántate. No sea que la ciudad llegue a ser pasto de las voraces llamas.

332 Respondióle el deiforme Alejandro:

333 -¡Héctor! Justos y no excesivos son tus baldones, y por lo mismo voy a contestarte. Atiende y óyeme. Permanecía aquí, no tanto por estar airado o resentido con los troyanos, cuanto porque deseaba entregarme al dolor. En este instante mi esposa me exhortaba con blandas palabras a volver al combate; y también a mí me parece preferible, porque la victoria tiene sus alternativas para los guerreros. Ea, pues, aguarda, y visto las marciales armas; o vete y te sigo, y creo que lograré alcanzarte.

342 Así dijo. Héctor, el de tremolante casco, nada contestó. Y Helena hablóle con dulces palabras:

344 -¡Cuñado mío, de esta perra maléfica y abominable! ¡Ojalá que, cuando mi madre me dio a luz, un viento tempestuoso me hubiese llevado al monte o al estruendoso mar, para hacerme juguete de las olas, antes que tales hechos ocurrieran! Y ya que los dioses determinaron causar estos males, debió tocarme ser esposa de un varón más fuerte, a quien dolieran la indignación y los muchos baldones de los hombres. Éste ni tiene firmeza de ánimo ni la tendrá nunca, y creo que recogerá el debido fruto. Pero entra y siéntate en esta silla, cuñado, que la fatiga te oprime el corazón por mí, perra, y por la falta de Alejandro; a quienes Zeus nos dio mala suerte a fin de que a los venideros les sirvamos de asunto para sus cantos.

359 Respondióle el gran Héctor, el de tremolante casco:

360-No me ofrezcas asiento, Helena, aunque me aprecies, pues no lograrás persuadirme: ya mi corazón desea socorrer a los troyanos que me aguardan con impaciencia. Pero tú haz levantar a ése y él mismo se dé prisa para que me alcance dentro de la ciudad, mientras voy a mi casa y veo a los criados, a la esposa querida y al tierno niño; que ignoro si volveré de la batalla, o los dioses dispondrán que sucumba a manos de los aqueos.

369 Apenas hubo dicho estas palabras, Héctor, el de tremolante casco, se fue. Llegó en seguida a su palacio, que abundaba de gente, mas no encontró a Andrómaca, la de níveos brazos, pues con el niño y la criada de hermoso peplo estaba en la torre llorando y lamentándose. Héctor, como no hallara dentro a su excelente esposa, detúvose en el umbral y habló con las esclavas:

376 -¡Ea, esclavas, decidme la verdad! ¿Adónde ha ido Andrómaca, la de níveos brazos, desde el palacio? ¿A visitar a mis hermanas o a mis cuñadas de hermosos peplos? ¿O, acaso, al templo de Atenea, donde las troyanas, de lindas trenzas, aplacan a la terrible diosa?

381 Respondióle con estas palabras la fiel despensera:

382 -¡Héctor! Ya que tanto nos mandas decir la verdad, no fue a visitar a tus hermanas ni a tus cuñadas de hermosos peplos, ni al templo de Atenea, donde las troyanas, de lindas trenzas, aplacan a la terrible diosa, sino que subió a la gran torre de Ilión, porque supo que los troyanos llevaban la peor parte y era grande el ímpetu de los aqueos. Partió hacia la muralla, ansiosa, como loca, y con ella se fue la nodriza que lleva el niño.

390 Así habló la despensera, y Héctor, saliendo presuroso de la casa, desanduvo el camino por las bien trazadas calles. Tan luego como, después de atravesar la gran ciudad, llegó a las puertas Esceas -por a11í había de salir al campo-, corrió a su encuentro su rica esposa Andrómaca, hija del magnánimo Eetión, que vivía bajo el boscoso Placo, en Tebas de Hipoplacia, y era rey de los cilicios. Hija de éste era, pues, la esposa de Héctor, de broncínea armadura, que entonces le salió al camino. Acompañábale una sirvienta llevando en brazos al tierno infante, al Hectórida amado, parecido a una hermosa estrella. a quien su padre llamaba Escamandrio y los demás Astianacte, porque sólo por Héctor se salvaba Ilión. Vio el héroe al niño y sonrió silenciosamente. Andrómaca, llorosa, se detuvo a su lado, y asiéndole de la mano le dijo:

407 -¡Desgraciado! Tu valor te perderá. No te apiadas del tierno infante ni de mí, infortunada, que pronto seré tu viuda; pues los aqueos te acometerán todos a una y acabarán contigo. Preferible sería que, al perderte, la tierra me tragara, porque si mueres no habrá consuelo para mí, sino pesares, que ya no tengo padre ni venerable madre. A mi padre matólo el divino Aquiles cuando tomó la populosa ciudad de los cilicios, Tebas, la de altas puertas: dio muerte a Eetión, y sin despojarlo, por el religioso temor que le entró en el ánimo, quemó el cadáver con las labradas armas y le erigió un túmulo, a cuyo alrededor plantaron álamos las ninfas monteses, hijas de Zeus, que lleva la égida. Mis siete hermanos, que habitaban en el palacio, descendieron al Hades el mismo día; pues a todos los mató el divino Aquiles, el de los pies ligeros, entre los flexípedes bueyes y las cándidas ovejas. A mi madre, que reinaba al pie del selvoso Placo, trájola aquél con otras riquezas y la puso en libertad por un inmenso rescate; pero Ártemisa, que se complace en tirar flechas, hirióla en el palacio de mi padre. Héctor, tú eres ahora mi padre, mi venerable madre y mi hermano; tú, mi floreciente esposo. Pues, ea, sé compasivo, quédate aquí en la torre -¡no hagas a un niño huérfano y a una mujer viuda!- y pon el ejército junto al cabrahígo, que por a11í la ciudad es accesible y el muro más fácil de escalar. Los más valientes -los dos Ayantes, el célebre Idomeneo, los Atridas y el fuerte hijo de Tideo con los suyos respectivos- ya por tres veces se han encaminado a aquel sitio para intentar el asalto: alguien que conoce los oráculos se lo indicó, o su mismo arrojo los impele y anima.

440 Contestóle el gran Héctor, el de tremolante casco:

441 Todo esto me da cuidado, mujer, pero mucho me sonrojaría ante los troyanos y las troyanas de rozagantes peplos, si como un cobarde huyera del combate; y tampoco mi corazón me incita a ello, que siempre supe ser valiente y pelear en primera fila entre los troyanos, manteniendo la inmensa gloria de mi padre y de mí mismo. Bien lo conoce mi inteligencia y lo presiente mi corazón: día vendrá en que perezcan la sagrada Ilión, Príamo y su pueblo, armado con lanzas de fresno. Pero la futura desgracia de los troyanos, de la misma Hécuba, del rey Príamo y de muchos de mis valientes hermanos que caerán en el polvo a manos de los enemigos, no me importa tanto como la que padecerás tú cuando alguno de los aqueos, de broncíneas corazas, se te lleve llorosa, privándote de libertad, y luego tejas tela en Argos, a las órdenes de otra mujer, o vayas por agua a la fuente Meseide o Hiperea, muy contrariada porque la dura necesidad pesará sobre ti. Y quizás alguien exclame, al verte derramar lágrimas: «Ésta fue la esposa de Héctor, el guerrero que más se señalaba entre los troyanos, domadores de caballos, cuando en torno de Ilión peleaban.» Así dirán, y sentirás un nuevo pesar al verte sin el hombre que pudiera librarte de la esclavitud. Pero ojalá un montón de tierra cubra mi cadáver, antes que oiga tus clamores o presencie tu rapto.

466 Así diciendo, el esclarecido Héctor tendió los brazos a su hijo, y éste se recostó, gritando, en el seno de la nodriza de bella cintura, por el terror que el aspecto de su padre le causaba: dábanle miedo el bronce y el terrible penacho de crines de caballo, que veía ondear en lo alto del yelmo. Sonriéronse el padre amoroso y la veneranda madre. Héctor se apresuró a dejar el refulgente casco en el suelo, besó y meció en sus manos al hijo amado, y rogó así a Zeus y a los demás dioses:

476-¡Zeus y demás dioses! Concededme que este hijo mío sea, como yo, ilustre entre los troyanos a igualmente esforzado; que reine poderosamente en Ilión; que digan de él cuando vuelva de la batalla: «¡Es mucho más valiente que su padre!»; y que, cargado de cruentos despojos del enemigo a quien haya muerto, regocije el alma de su madre.

482 Esto dicho, puso el niño en brazos de la esposa amada, que, al recibirlo en el perfumado seno, sonreía con el rostro todavía bañado en lágrimas. Notólo el esposo y compadecido, acaricióla con la mano y le dijo:

486 -¡Desdichada! No en demasía tu corazón se acongoje, que nadie me enviará al Hades antes de lo dispuesto por el destino; y de su suerte ningún hombre, sea cobarde o valiente, puede librarse una vez nacido. Vuelve a casa, ocúpate en las labores del telar y la rueca, y ordena a las esclavas que se apliquen al trabajo; y de la guerra nos cuidaremos cuantos varones nacimos en Ilión, y yo el primero.

494 Dichas estas palabras, el preclaro Héctor se puso el yelmo adornado con crines de caballo, y la esposa amada regresó a su casa, volviendo la cabeza de cuando en cuando y vertiendo copiosas lágrimas. Pronto llegó Andrómaca al palacio, lleno de gente, de Héctor, matador de hombres; halló en él a muchas esclavas, y a todas las movió a lágrimas. Lloraban en el palacio a Héctor vivo aún, porque no esperaban que volviera del combate librándose del valor y de las manos de los aqueos.

503 Paris no demoró en el alto palacio; pues, así que hubo vestido las magníficas armas de labrado bronce, atravesó presuroso la ciudad haciendo gala de sus pies ligeros. Como el corcel avezado a bañarse en la cristalina corriente de un río, cuando se ve atado en el establo, come la cebada del pesebre y rompiendo el ronzal sale trotando por la llanura, yergue orgulloso la cerviz, ondean las crines sobre su cuello, y ufano de su lozanía mueve ligero las rodillas encaminándose a los acostumbrados sitios donde los caballos pacen; de aquel modo, Paris, hijo de Príamo, cuya armadura brillaba como un sol, descendía gozoso de la excelsa Pérgamo por sus ágiles pies llevado. Alejandro alcanzó en seguida a su hermano el divino Héctor cuando éste regresaba del lugar en que había pasado el coloquio con su esposa, y fue el primero en hablar diciendo:

518 -¡Mi buen hermano! Mucho te hice esperar deteniéndote, a pesar de tu impaciencia; pues no he venido oportunamente, como ordenaste.

520 Respondióle Héctor, el de tremolante casco:

521 -¡Querido! Nadie que sea justo reprenderá tu trabajo en el combate, porque eres valiente; pero a veces te complaces en desalentarte y no quieres pelear, y mi corazón se aflige cuando oigo que te baldonan los troyanos que tantos trabajos sufren por ti. Pero. vámonos y luego lo arreglaremos todo, si Zeus nos permite ofrecer en nuestro palacio la cratera de la libertad a los celestes sempiternos dioses, por haber echado de Troya a los aqueos de hermosas grebas.




Esquilo - Las suplicantes






Esquilo
Las suplicantes
Título original: Ικέτιδες
Esquilo, 490 a. C.

Traducción: José Alsina

Las suplicantes
PERSONAJES DEL DRAMA
CORO DE LAS DANAIDES
DÁNAO, Padre de las Danaides
PELASGO, el rey de los argivos
HERALDO


La acción, en Argos. Al fondo de la orquéstra, una colina con estatuas de los
dioses agorales.
(Entra el CORO y se detiene al pie de una colina con altares y estatuas de
dioses. Primero, evoluciona. Luego, se dirige a los dioses y la tierra de Argos,
a la que acaban de arribar).
CORO. Que Zeus Suplicante benévolo mire nuestra naval hueste que un día
zarpara de la fina arena del delta del Nilo. Tras haber dejado de Zeus la provincia,
vecina de Siria, al exilio huimos; no es que, condenadas por popular voto, en pago de
un crimen, la patria dejemos; es que nuestro pecho, por naturaleza, al macho
aborrece, y así ha rechazado bodas con los hijos de Egipto, y su insania.
Dánao, mi padre y mi consejero, autor de mi intriga, sopesando todas las suertes
del juego, esto ha decidido, que mi honor protege: huir velozmente por la ola marina,
y arribar a Argólide, de donde procede toda nuestra estirpe, que, un día, se jacta,
nació de la vaca que un tábano pica, al tacto y al hálito de Zeus, nuestro Padre. ¿A
qué territorio llegar, pues, podemos más benigno que este, con el brazo armado de
arma suplicante, la rama ceñida de albísima lana?
¡Que esta ciudadela, que este territorio, que sus aguas puras, que los altos dioses y
los subterráneos que ocupan sus tumbas, que Zeus salvador, en lugar tercero, que el
hogar protege de los hombres puros, acojan benévolos a este equipo nuestro hecho de
mujeres, con el aire suave propio de esta tierra; mas que el macho enjambre lleno de
insolencia, nacido de Egipto, antes de que ponga su pie en esta tierra!
ESTROFA 6.a Tales son los tristes dolores que proclamo en mis cantos agudos,
graves, lacrimosos, ¡ay, ay!, idóneos para el fúnebre lamento. Viva, con mis propios
gemidos me enaltezco.
EFIMNIO 1.° ¡Séme propicia, oh tú, montaña de Apis! ¿Comprendes, tierra, mi
bárbaro lenguaje? Una vez y otra vez me precipito sobre mi velo de Sidón
desgarrándole el lino.
ANTÍSTROFA 6.a Hacia los dioses corren votos y sacrificios de acción de
gracias, cuando la muerte acecha. ¡Ay, ay!, vientos inciertos, ¿a dónde ha de
llevarme este oleaje?
EFIMNIO 1° ¡Séme propicia, oh tú, montaña de Apis! ¿Comprendes, tierra, mi
bárbaro lenguaje? Una vez y otra vez me precipito sobre mi velo de Sidón
desgarrándole el lino.
ESTROFA 7.a El remo, ciertamente, y la encordada casa hecha de leño y que del
mar protege, hasta aquí me han traído, parejas con los vientos. no puedo quejarme.
Pero un final feliz, que el Padre que todo lo contempla establezca en el curso de los
tiempos.
EFIMNIO 2.° ¡Que la semilla de mi augusta madre del lecho del varón, oh, oh,
pueda escapar sin bodas y sin yugo!
ANTÍSTROFA 7.a Y que en este intercambio de deseos, vuelva a mí su mirada la
casta hija de Zeus, con sus augustos ojos, firmemente, con todas sus fuerzas irritada
por tanto hostigamento indomada, sea de mí, indomada, la salvadora.
EFIMNIO 2° ¡Que la semilla de mi augusta madre del lecho del varón, oh, oh,
pueda escapar sin bodas y sin yugo!
ESTROFA 8.a Si no, esta estirpe, ennegrecida a los rayos del sol, al subterráneo,
al Zeus hospitalario que acoge a los difuntos, con nuestros ramos nos presentaremos,
tras buscar nuestra muerte en unos lazos, si no hallamos favor entre los dioses del
Olimpo
EFIMNIO 3.° ¡Ah, Zeus, io. Es contra Ío esta divina cólera que azuza! Harto sé
del triunfo de una esposa en el Olimpo. Y de fuerte vendaval la tempestad arranca.
ANTÍSTROFA 8.a Y, entonces, Zeus habrá de verse envuelto en voces que
proclaman la injusticia, por haber deshonrado al hijo de la vaca al que él mismo dio
vida, y ahora vuelve el rostro ante los ruegos. Que oiga desde la altura nuestras
preces.
EFIMNIO 3.° ¡Ah, Zeus, io. Es contra Ío esta divina cólera que azuza! Harto sé
del triunfo de una esposa en el Olimpo. Y de fuerte vendaval la tempestad arranca.
DÁNAO. Hijas, prudencia, que hasta aquí llegasteis con vuestro anciano padre,
un fiel piloto. Ahora hay que estudiar con gran cuidado lo que pueda ocurrir en esta
tierra. Grabad, pues, mis palabras en la mente. Veo polvo, de hueste mudo heraldo.
Los cubos en el eje no enmudecen. Un gentío, de escudos protegido, y blandiendo la
pica, con caballos y con curvados carros estoy viendo. Seguro que los reyes de esta
tierra hacia aquí se dirigen para vernos por un correo puestos sobre aviso. Y tanto si
aquí viene en son de paz, como si ha puesto en armas a esta tropa por cruel ira
aguzado, es preferible hijas, sentarse cabe estas deidades de la colina. Más que torre
es fuerte siempre un altar, escudo indestructible. Subid, pues, con presteza, y
sosteniendo piadosamente con la mano izquierda las blancas ramas, signo suplicante,
y el orgullo de Zeus, dios del respeto, dirigid, cual conviene, a vuestro huésped
palabras reverentes, suplicantes, llenas de angustia, y le informáis al punto que este
destierro vuestro no es por sangre. No acompañe la audacia a las palabras ante todo;
que vanidad ninguna en vuestros rostros de modesta frente, en vuestros calmos ojos
se refleje. Y no seas prolija ni ardorosa en tu lenguaje: que aquí son muy sensibles.
Debes saber ceder: que eres extraña y fugitiva y necesitas de ellos. Que lengua audaz
al débil no le cuadra.
CORIFEO. Hablas, sensato, a quienes son sensatas, y he de tener presente a todas
horas este noble consejo, padre mío. ¡Zeus, dios de nuestra raza, nos contemple!
DÁNAO. ¡Que nos contemple con benignos ojos!
CORIFEO. Todo ha de acabar bien, si Él lo desea.
DÁNAO. No te retrases; triunfe mi designio.
CORIFEO. Quisiera junto a ti tener mi asiento. Ten compasión, oh Zeus, de
nuestra pena, antes de que la muerte nos dé alcance.
DÁNAO. Al que es hijo de Zeus también invoca.
CORIFEO. Del Sol el rayo salvador yo invoco.
DÁNAO. Y al Santo Apolo, dios que del Olimpo viose también, un día,
desterrado.
CORIFEO. Si conoce este sino, ya no hay duda: sentirá compasión por los
mortales.
DÁNAO. Sí, que la sienta; y que él a nuestro lado, en su bondad, quiera tener su
asiento.
CORIFEO. ¿A qué otro dios he de invocar ahora?
DÁNAO. Veo un tridente, de un dios símbolo claro.
CORIFEO. ¡Quien por mar nos guiara lo haga en tierra!
DÁNAO. El otro es Hermes, hecho al modo griego.
CORIFEO. Sea de libertad, pues, su mensaje.
DÁNAO. El ara honrad común de estas deidades, y asentaos en un lugar sagrado,
al igual que bandada de palomas por miedo al gavilán de igual plumaje, hermanos
enemigos de su raza que pretenden manchar su propia estirpe. Ave que ha devorado a
sus hermanas, ¿cómo puede ser pura? ¿Y cómo puro el que a mujer desposa en contra
del padre y en contra de ella misma? Ni en el Hades una vez muerto se hurtará a un
proceso por su lascivia, si esta acción comete. Porque, se dice, juzga allí las culpas
entre los muertos otro Zeus, en juicio inapelable ya. Mirad, por tanto, y responded del
modo que os he dicho, si queréis que se imponga vuestra causa.
(Aparece el REY, en su carro, con una escolta armada).
REY. ¿De dónde llega el corro ataviado tan poco al modo griego, y fastuoso con
sus ropas de bárbaro y sus cintas? ¿A quién hablamos? Esta vestimenta de mujer no
es argólica ni griega, lo que más sorprende es que llegasteis a este país sin que os
asalte el miedo, sin protector, sin guía y sin heraldo. Bien es verdad que, al modo
suplicante, al pie de estas deidades agorales depositasteis ramas: solo en eso podrá la
tierra griega comprenderos, podría yo hacer mil conjeturas si tú, que aquí te
encuentras, no tuvieras las palabras que pueden explicarlo.
CORIFEO. Sobre mi indumentaria no has mentido. Pero ¿a quién hablo yo? ¿A
un ciudadano? ¿Quizá a un custodio con su sacra vara? ¿O al que de esta ciudad es el
caudillo?
REY. Puedes hablar con toda confianza sobre esto, y preguntar: Yo soy Pelasgo,
retoño de Palecton, que brotara un día de la Tierra. Y soy monarca de este país. De
mí, su rey, el nombre tomó el pueblo pelasgo, el que cosecha los frutos de esta tierra.
Las regiones que el sagrado Estrimón recorre enteras del lado de Occidente yo
gobierno. En mi dominio incluyo el territorio de los perrebos, y, del Pindó allende,
junto al pueblo peonio, las montañas de Dodona; y el límite se extiende hasta el
sagrado mar: este es mi reino. Esta tierra, de antiguo, ha recibido el nombre de Apis,
en recuerdo eterno de un héroe sanador. Un día, Apis, médico-sacerdote, hijo de
Apolo, llegó hasta aquí, viniendo de Naupacto, y el país liberó de aquellos monstruos
homicidas, que, un día, por la sangre vertida antiguamente, mancillada, en su furor
hizo brotar la Tierra, hostil colonia, nido de serpientes.
Apis, de un modo irreprochable, entonces, remedios encontró para esta tierra de
Argos, cortantes y liberadores; a cambio, en nuestras preces lo mentamos.
(Pausa).
Ya que sobre mí tienes noticias, dime tu raza y cuéntame ya el resto: mas no gusta
mi patria de retóricas.
CORIFEO. Clara y concisa será mi respuesta: nos gloriamos de ser de argiva
raza, de la fecunda vaca descendientes. Mi discurso dirá si todo es cierto.
REY. Increíble, en verdad, oh forasteras, es cuanto me decís: ¡Que sois argivas! A
mujeres de Libia parecidas más bien sois que a mujeres de esta tierra. También el
Nilo pudo haber criado igual retoño; y el estilo ciprio que en femenino molde el
macho imprime es semejante al vuestro. Tengo oído también que hay indias nómadas
que montan en camellos, cual si fueran caballos, en su silla, y recorren las regiones
vecinas del país de los etíopes. También podría, si llevarais arco, creer que sois
aquellas Amazonas sin esposo y que comen carne cruda. Si tú me informas yo podré
entender cómo es tu linaje argivo y tu simiente.
CORIFEO. ¿NO dicen, pues, que de Hera, en esta tierra de Argos, sacerdotisa
fuera Ío?
REY. LO fue, y la tradición se ha difundido.
CORIFEO. ¿Y que, aunque era mujer, Zeus poseyola?
REY. Y que Hera no ignoró estas relaciones.
CORIFEO. ¿Cómo acabó la divinal porfía?
REY. Vaca hizo a la mujer la diosa de Argos.
CORIFEO. Y, ¿no se acercó Zeus a esa ternera?
REY. Bajo forma de toro, según cuentan.
CORIFEO. ¿Qué hizo de Zeus la contumaz esposa?
REY. Apostó ante la vaca al que ve todo.
CORIFEO. ¿Quién era ese pastor omnividente que apacentaba a una ternera sola?
REY. Argos, hijo de Ge, a quien mató Hermes.
CORIFEO. Y, ¿qué más inventó contra la vaca?
REY. Un insecto que azuza a la ternera.
CORIFEO. «Tábano» junto al Nilo se le llama.
REY. La expulsa de su tierra a la carrera.
CORIFEO. También en lo que dices coincidimos.
REY. Finalmente, llegó a Cánobo y Menfis.
CORIFEO. Y con su mano Zeus engendró un hijo.
REY. ¿Qué hijo de Zeus nació de esa ternera?
CORIFEO. Epafo se le llama por su parto.
REY. .....................
CORIFEO. Libia, que es la región más dilatada.
REY. ¿Qué otra cría nació de la ternera?
CORIFEO. Belo, padre de padre, y sus dos hijos.
REY. Dime ahora ese nombre tan sapiente.
CORIFEO. Dánao, y su hermano con cincuenta hijos.
REY. Dime también su nombre, sin reparos.
CORIFEO. Egipto. Y sabedor de mi linaje trata ya como argivas a estas gentes.
REY. Creo que perteneces desde antiguo a esta mi tierra. Empero, ¿cómo osasteis
dejar vuestra morada? ¿Qué os indujo?
CORIFEO. Señor de los pelasgos, es muy vario el humano infortunio. En parte
alguna verás de la desgracia igual plumaje. Pues ¿quién pudo pensar que en esta
huida inesperada iba a arribar a Argos una antigua familia emparentada, impelida por
odio hacia una boda?
REY. ¿Qué pides a estos dioses agorales con blancas ramas poco ha cortadas?
CORIFEO. De los egipcios nunca ser esclavas.
REY. ¿ES por odio? ¿O es que hablas de una infamia?
CORIFEO. ¿Quién, para amarlo, comprará a su dueño?
REY. ASÍ se fortalecen los linajes.
CORIFEO. ¡Del infeliz librarse es fácil cosa!
REY. ¿Cómo podré ser pío con vosotras?
CORIFEO. Por más que me reclamen, no me entregues.
REY. ¡Qué horrible, provocar nuevos embates!
CORIFEO. La Justicia protege a su aliado.
REY. Sí, si desde un principio tuvo parte.
CORIFEO. ¡Respeta a la ciudad así engalanada!
REY. Temo viendo el altar ensombrecido.
CORIFEO. ¡Dura es la ira de Zeus, el Suplicante!
CORO.
ESTROFA 1.a ¡Escucha, oh hijo de Palecton, con corazón benigno, rey de los
pelasgos! Vuelve tus ojos hacia esta fugitiva que anda errante, cual ternera
perseguida del lobo, entre peñascos abruptos, desde donde segura del refugio muge
contando sus penas a su madre.
REY. A la sombra de ramos que, hace poco, fueron cortados, joven grupo veo
delante de estos dioses agorales. ¡No traiga males el comportamiento de esas extrañas
que son ciudadanas! No caiga de improviso y sin pensarlo mal sobre la ciudad: no lo
precisa.
CORO.
ANTÍSTROFA 1.a Que mire a este destierro que no daña Temis suplicadora, hija
de Zeus que el destino reparte. Aprende, aun siendo viejo, del que es joven. Serás
feliz si acoges a aquel que a ti se vuelve. La voluntad divina acepta las ofrendas de
hombre puro.
REY. No es el hogar de mi palacio donde estáis sentadas. Si en común se pierde
la ciudad, debe el pueblo hallar remedio en común: no me atrevo a hacer promesas
sin consultar los hechos con mi pueblo.
CORO.
ESTROFA 2.a El estado eres tú, tú eres el pueblo; señor no sometido a juez
alguno, tú eres rey del altar, del hogar de esta tierra. Solo con el sufragio de tu
frente, y solo con el cetro de tu trono tú lo decides todo. ¡Evita el sacrilegio!
REY. Sobre mi enemigo caiga el sacrilegio. Mas no os puedo ayudar sin daño
alguno, pero tampoco es sabio no atenderte. No sé qué hacer; el miedo me domina.
¿Obrar? ¿No obrar? ¿O tentaré el destino?
CORO.
ANTÍSTROFA 2.a Contempla a quien nos mira desde lo alto, custodio del sufrido
mortal, que, de rodillas ante el semejante, no obtiene la justicia de las leyes. Mas de
Zeus suplicante la ira aguarda al que no atiende el grito del que sufre.
REY. Si los hijos de Egipto poder tienen sobre ti, cuando alegan que, por ley, son
tus parientes próximos, ¿quién puede oponerse? En tu defensa debes demostrar que
esas leyes no te atañen.
CORO.
ESTROFA 3.a Que no caiga jamás bajo las garras poderosas del macho. Un
remedio tan solo vislumbrar puedo contra ese infortunado matrimonio: la fuga entre
los astros de la noche. Tomando por aliada a la justicia juzga a favor de la piedad
divina.
REY. No es fácil decidir en este lance. No me elijas por juez. Ya te lo dije: yo
nada haré sin consultar al pueblo. Nunca pueda decir, si un mal ocurre. «Honrando a
extraños la ciudad perdiste».
CORO.
ANTÍSTROFA 3.a Pariente, por la sangre, de ambos bandos, Zeus contempla el
debate equitativamente, y, como es justo, premia con castigo al malvado, y con
piedad al justo. Si todo está con equidad pesado, ¿para qué ese temor de hacer
justicia?
REY. Necesito una idea salvadora, profunda; al modo de los buzos, que descienda
hasta el abismo un ojo claro, no en exceso embriagado, y que, primero, no cause la
cuestión a mis estados daño alguno, y que, luego, bien termine para nosotros mismos:
que una guerra de desquite no nos alcance a todos, o que, si yo os entrego,
arrodilladas como estáis frente al ara de los dioses, no vaya yo a instalar en nuestra
patria al vengador, al dios de la ruina, que ni en el Hades al difunto suelta. ¿No urge
una idea salvadora, y honda?
CORO.
ESTROFA 4.a Reflexiona y sé, pues, justamente, un anfitrión piadoso. No, no
traiciones a esta fugitiva a la que impío exilio de lejos ha lanzado hacia esta tierra.
ANTÍSTROFA 4.a No quieras vernos arrancadas de este sagrado asilo, ¡oh tú,
que aquí dominas! Del varón reconoce la soberbia. Guárdate de la cólera que sabes.
ESTROFA 5.a No quieras, no, ver a esta suplicante de este altar arrancada, en
contra del querer de la justicia, cual una yegua, por las bandas de variados colores,
ni cómo echan las manos sobre mi vestimenta.
ANTÍSTROFA 5.a Porque lo has de saber: sobre tus hijos, sobre tu casa, según la
decisión que hayas tomado, a Ares has de pagar, un día, estricta recompensa.
Piénsalo bien: porque el poder de Zeus es justiciero.
REY. LO pensé ya, y aquí encalla mi barca: con unos o con otros me es preciso
promover dura guerra. Ya la quilla clavada está como si hubiera sido por fuertes
cabrestantes arrastrada. Mas sin dolor no hay solución posible: privada ya la casa de
sus bienes, mayores que las pérdidas, podrían —por bendición de Zeus dador de
bienes— venir otros a compensar la carga. Si una lengua dispara inoportuno dardo
que el corazón llena de pena, palabras con palabras se conjuran. Pero para evitar la
sangre hermana es fuerza que ofrezcamos sacrificios, ofrecer muchas reses a los
dioses, remedio a la desgracia, o es que yo estoy muy desviado del debate. Pero
prefiero ser un mal profeta a un profeta verídico de males. ¡Que acabe bien aun
contra lo que pienso!
CORIFEO. Oye mis muchas voces suplicantes.
REY. Escucho. Y habla, que no se me escapa.
CORIFEO. Poseo ceñidores y refajos, con los cuales abrocho mis vestidos.
REY. Debe ser adecuado a las mujeres.
CORIFEO. Pues sabe que eso me será un remedio.
REY. Dime cuál es la frase que meditas.
CORIFEO. Si no haces a este corro la promesa...
REY. ¿... qué vas a hacer con esos ceñidores?
CORIFEO. ... con raras tablas ornaré esas tallas.
REY. Oscura es tu palabra: habla más claro.
CORIFEO. Me colgaré, al instante, de estos dioses.
REY. Lo que escucho fustiga mis entrañas.
CORIFEO. Comprendiste: tus ojos he aclarado.
REY. ¡Por doquier hallo escollos insalvables! Sobre mí avanza un río de
desgracias: estoy en mar profundo de infortunios difícil de cruzar ¡y aquí no hay
puerto! Pues si esta deuda no te satisfago me amenazas con manchas imborrables; si a
los hijos de Egipto, tus parientes, de pie ante la muralla yo hago frente, ¿no es trance
amargo que unos hombres deban mojar de sangre el suelo por mujeres? Es fuerza,
empero, respetar las iras de Zeus que vela por los suplicantes, el supremo temor entre
los hombres.
Así que, anciano padre de estas vírgenes, coge al punto en tus brazos estos ramos
y colócalos ante otros altares de este país; y así los ciudadanos el signo podrán ver de
lo que pides y no rechazarán mis peticiones: criticar al poder le gusta al pueblo. Y
acaso ante esta escena brote un punto de compasión y todos aborrezcan la violencia
sin freno de estos machos. Que el pueblo os ha de ver con buenos ojos, y siempre hay
compasión para el más débil.
DÁNAO. Es ya para nosotros importante hallar un anfitrión que nos respete. Pero
dame una tropa y unos guías para hallar los altares de los dioses de la ciudad y su
asiento hospitalario. Que a nuestro paso por la villa hallemos seguridad. Pues la
naturaleza no nos dio el mismo porte, y no es pareja la raza que han criado Nilo e
Ínaco. No levantes temores con tu audacia, que se puede matar a un buen amigo por
ignorar quién es.
REY. ¡Id, pues, soldados! Tiene razón el extranjero. Al punto guiadle hacia las
aras de la villa, asiento de los dioses, y no es cosa de hablar con quien te vayas
encontrando mientras a este marino, suplicante de los dioses, guiáis.
(Sale DÁNAO y su acompañamiento).
CORIFEO. Ya le has hablado, ya, instruido por ti, puede marcharse. Mas yo, ¿qué
haré? ¿Me das tú garantías?
REY. (Señalando el altar). Pon aquí el ramo, signo de tu pena.
CORIFEO. Lo confío a tu mano, a tu palabra:
REY. Desciende, ahora, a este recinto abierto.
CORIFEO. ¿Cómo puede salvarme si está abierto?
REY. NO te expondré a las aves de rapiña.
CORIFEO. ¡Quizás a algo peor que cruel serpiente!
REY. ¡Habla un lenguaje santo, si así te hablan!
CORIFEO. El temor de mi espíritu me ha hecho susceptible en verdad, y ello no
es raro.
REY. Y que un rey tema, siempre ha sido extraño.
CORIFEO. ¡Dame fe con palabras y con obras!
REY. No va a dejarte sola largo tiempo tu padre. Y mientras tanto yo a las gentes
me marcho a convocar de mis estados, para hacerte propicia la asamblea, e indicar las
palabras que tu padre debe pronunciar. Así que espera e implora con tus preces a los
dioses de este país lo que alcanzar deseas. Pues yo me voy a disponerlo todo. ¡Que
Suerte y Persuasión vayan conmigo!
(El REY deja la escena acompañado de su escolta. LAS SUPLICANTES
colocan sus ramos en el suelo y bajan a la orquéstra).
CORO.
ESTROFA 1.a ¡Rey de reyes, beato entre beatos, oh supremo poder entre todo
Poder, Zeus bienaventurado! Atiende mi plegaria, y de tu raza aleja la violencia de
estos machos, indignado, y en el purpúreo vértice sumerge los tenebrosos bancos de
esa peste.
ANTÍSTROFA 1.a Propicio a la causa femenina, vuelve tus ojos hacia nuestra
raza, a nuestra antigua raza, y renueva la piadosa leyenda de esa amada mujer, mi
antecesora. Recuerda, tú que a Ío tocaste; De Zeus por el linaje nos gloriamos;
colonos somos, salidos un día de esta tierra.
ESTROFA 2.a He acudido a una huella muy antigua, al pastizal florido en donde
alimentaban a mi madre, a un prado que a una vaca apacentaba, desde donde Ío por
tábano azuzada huyera, enloquecida, cruzando muchos pueblos y hendiendo, por
orden del destino, el estrecho que azotan las olas, dejando atrás los lindes de unas
tierras que encaradas están una con otra.
ANTÍSTROFA 2.a Por las tierras de Asia marcha a la carrera, la Frigia
cruzando, madre de corderos; deja atrás la misia ciudad de Teutrante, de Lidia los
valles, los montes cilicios, la Panfilia cruza, los ríos que fluyen sin pararse nunca, y
la ilustre tierra que da tanto trigo, la tierra de Cipris.
ESTROFA 3.a Por el dardo azuzada de aquel boyero alado, llega de Zeus al
próspero recinto al prado que las nieves alimentan y que recorre de Tifón la furia; y
a las aguas del Nilo, que los morbos no tocan, enloquecida por los sufrimientos que
no merece, y el aguijón de Hera, hecha una furia.
ANTÍSTROFA 3.a Los hombres que habitaban esas tierras, pálidos de temor,
temblaron todos, ante la escena insólita: veían una bestia repulsiva, mezcla de vaca y
hombre —parte ternera, y parte con femeninas formas—. se admiraron ante aquel
portento. Y, ¿quién fue, entonces, el mago que logró sanar a Ío errante y miserable,
por cruel aguijón enfurecida?
ESTROFA 4.a El que reina por tiempos infinitos y con su fuerza que no causa
estragos, con su divino soplo, pone fin a sus penas. Y ella, entonces, doloroso pudor
vierte de lágrimas. Y, pues de Zeus el peso recibiera, según una leyenda que no
miente, dio a luz a un niño irreprochable.
ANTÍSTROFA 4.a que iba a ser muy feliz por largo tiempo, entonces proclamó la
tierra entera: «Este brote vivífico, sin duda, ha nacido de Zeus». ¿Quién pudo, pues,
calmar aquel delirio traicionero de Hera? ¡Zeus es su autor! Y si proclamas que tal
linaje de Épafo desciende, no cometes error.
ESTROFA 5.a ¿A qué dios, con razón, por más justas acciones podría yo invocar
en este instante? Al mismo antecesor de mi linaje, que mi brote plantó con propia
mano, al gran artífice sapiente de mi raza, y mi único remedio, a Zeus, dios de los
vientos.
ANTÍSTROFA 5.a No humillado al poder de otro monarca, reina sobre los
fuertes. No tiene nadie arriba al que postrarse desde abajo. La acción, tal una orden,
a sus órdenes siempre está sumisa para cumplir lo que su mente ordena.
(Aparece DÁNAO).
DÁNAO. Hijas, valor, el pueblo es favorable: la Asamblea ha votado por
nosotros.
CORIFEO. Salud, anciano, amado mensajero. Mas cuéntame el sufragio. ¿De qué
modo la mano popular logró el triunfo?
DÁNAO. Argos lo decidió sin titubeos, de modo que, a mi edad, me he vuelto
mozo. El aire se ha erizado con los brazos del pueblo que aprobó estas decisiones:
«Tendremos residencia en esta tierra, libres, sin gajes, con derecho a asilo. Y nadie
del país podrá prendernos ni venido de fuera. Y que si intenta imponernos la fuerza,
quien no corra en nuestra ayuda, de los habitantes, la infamia sufrirá y duro
destierro». Tal fue la solución que el rey Pelasgo respecto a nuestro caso les propuso.
Les convenció y a la ciudad invitaba a no engordar para el tiempo futuro la cólera de
Zeus, el Suplicante. «Porque esta doble mancha —les decía— extraña y ciudadana,
apareciendo en la ciudad, podría convertirse en yesca inevitable de desgracias». Las
razones oyendo, el pueblo argivo decretó, a mano alzada, que así fuera, sin esperar a
que el heraldo hablara, así el pueblo pelasgo los meandros escuchó del discurso
persuasivos. Pero fue Zeus quien diole cumplimiento.
CORO. Ea, pues, dirijamos sobre este pueblo de Argos nuestros votos, en pago a
su servicio, que Zeus que protege al extranjero a unos labios extraños conceda, con
verdad, un cumplimiento irreprochable en todo.
ESTROFA 1.a Ahora, sí, es el momento, oh dioses de Zeus nacidos, de escuchar
las bendiciones que para el pueblo pedimos: Que Ares, el incontinente, que pone fin
a las danzas, nunca a la tierra pelasga pueda envolver con sus llamas, Ares, que en
campos ajenos, a los mortales guadaña. Pues tuvieron compasión de nosotras, y
votaron con un voto favorable, y a este rebaño atendieron que de Zeus es suplicante.
ANTÍSTROFA 1.a No votaron con los machos humillando a las mujeres y a su
causa, por respeto a aquel que en su mano tiene de Zeus la dura venganza. ¿Qué
casa puede, si viene, sostenerlo en su tejado? Con su peso lo arruina. Pues como a
hermanas honraron a este corro suplicante de Zeus santo, que en altares de pureza
los favores de los númenes alcancen.
ESTROFA 2.a Que salgan, pues, volando, de mis labios sombreados, los votos
que por su gloria hacemos: jamás la peste pueda la ciudad vaciar de sus varones;
jamás el extranjero consiga ensangrentar el suelo patrio con sangre ciudadana. Que
permanezca intacta la flor de sus mozuelos ni Ares el sanguinario, amante de
Afrodita, pueda agostar su suelo.
ANTÍSTROFA 2.a Que de ofrendas flameen, bien repletas, las aras do el anciano
se guarece. Conozca su ciudad un buen gobierno, pues al gran Zeus respetan, y de
forma especial al que da asilo, que, con su vieja ley, rige los hados, que nazcan de
esta tierra sin cesar, nuevos rectores; este es el voto que hacemos, que de los partos
cuide la diosa Ártemis-Hécate.
ESTROFA 3.a Y que no acuda la asesina peste a diezmar esta villa, armando a
Ares —el dios que odia las danzas y la cítara, y padre del gemido— y a la guerra que
enfrenta a los hermanos. Que el enjambre odioso de los morbos se asiente lejos de
los ciudadanos, que el licio Apolo sea benévolo con todos sus mancebos.
ANTÍSTROFA 3.a Y que Zeus con un signo de su testa fértil haga a esta tierra
con cosechas que duren todo el año. ¡Que el ganado que pace en sus praderas
fecundo sea! Y que el favor del cielo lo haga todo fecundo. Junto al altar cante el
poeta cantos de vida, y de los puros labios que brote la melodía que ama la lira.
ESTROFA 4.a Conserve sin temores el Consejo guardián de la ciudad sus
atributos, providente poder que atiende a todos. Que ofrezca al extranjero, antes de
armar los brazos del dios Ares, sesudos arbitrajes sin agravios.
ANTÍSTROFA 4.a Y a los dioses nativos de esta tierra honren constantemente
con las labores ya tradicionales, sacrificios de bueyes, de laurel coronados. Que el
honor a los padres tercer lugar ocupa en las disposiciones que impone la Justicia
veneranda.
DÁNAO. Hijas, alabo estos prudentes votos.
(Procurando ocultar su emoción).
Y ahora no tembléis si de los labios oís de vuestro padre una noticia inesperada y
nueva: ya la nave, desde esta almena acogedora, veo. Se destaca muy bien. No se me
escapan ni el velamen ni la elevada borda del bajel, ni la proa que señala, de lejos, el
camino, con sus ojos, bien sumisa al timón que, por la parte trasera el barco guía —
¡harto sumisa, en verdad para quien es su enemigo! De entre las blancas túnicas
destacan los negros miembros de los marineros. Son visibles también las otras naves
y la dotación toda. Ante la costa, la capitana ya ha amainado velas y la empujan los
remos con presteza. Pero con calma y claridad de mente hay que mirar la cosa, de
estos dioses sin olvidaros. Parto; a mi regreso traeré campeones y asesores. Que es
posible que arribe algún heraldo o una embajada con la pretensión de aprehenderos
como a cosa suya. Mas nada ocurrirá. No hay que temerlos. Pero mejor será que, si
tardamos en llegar con la ayuda, no olvidéis la protección que este recinto os presta.
¡Valor! Que, con el tiempo, y en la fecha fijada, el que a los númenes desprecia ha de
sufrir, al fin, justo castigo.
(Desciende del montículo).
CORIFEO. Padre, me asusto, sí. ¡Con qué presteza avanzan esas naves! ¡Ya no
hay tiempo!
CORO.
ESTROFA 1.a Hórrido espanto que invade en verdad. ¿De qué ha servido esta
loca carrera hacia el destierro? Estoy muerta de miedo, padre mío.
DÁNAO. Valor, hijitas, ya que el voto argivo se ha de cumplir, por ti irán a la
guerra. Lo sé muy bien.
CORIFEO. Maldito es el linaje impúdico de Egipto, y de combate insaciable. Lo
digo a quien lo sabe.
CORO.
ANTÍSTROFA 1.a Con naves de madera de azul rostro hasta aquí han navegado
en su arrebato, con numerosa hueste de hombres negros.
DÁNAO. A muchos hallarán que, en pleno día, el sol les ha quemado los dos
brazos.
CORIFEO. No me abandones, padre, te lo ruego, que, sola, una mujer no puede
nada: el dios Ares en ella no reside.
CORO.
ESTROFA 2.a Son pérfidos, malvados, de corazón impuro, y, cual los cuervos,
desprecian los altares.
DÁNAO. ¡Qué buena coyuntura, hija querida, que se ganen tu horror y el de los
dioses!
CORIFEO. ¡Oh! No será el temor a estos tridentes ni la magnificencia de estos
dioses lo que su mano aparte, padre mío.
CORO.
ANTÍSTROFA 2.a Son soberbios, su espíritu es impuro y, audaces como perros,
no escuchan a los dioses.
DÁNAO. Más fuertes que los perros son los lobos, —dicen— más que el papiro
lo es la espiga.
CORIFEO. Y pues tienen instintos de insensato e impío aborto, hay que guardarse
de ellos.
DÁNAO. Es muy lento el atraque de una escuadra y el anclaje también, cuando a
la costa hay que fijar los cables protectores. Ni cuando están anclados se confían los
pastores de naves, sobre todo al llegar a un país sin puerto alguno y cuando el sol se
aleja hacia la noche: ¡la noche pare angustia al buen piloto! No puede, pues, haber
buen desembarco si el ancla no asegura, antes, la nave.
(Pausa).
Mas procura que, en ti, ese desespero no provoque el olvido de los dioses tras
conseguir su ayuda. Y esta tierra no ha de execrar de un mensajero anciano, que es
joven por su espíritu elocuente.
CORO. (En tono de desesperación).
ESTROFA 1.a ¡Io, tierra montañosa que en justicia venero! ¿Qué será de
nosotras? ¿Adonde, de la tierra de Apis, puedo escapar, si es que aún existe un
oscuro escondrijo? ¡Ah, si pudiera en negruzca humareda convertirme vecina del
dios Zeus y de las nubes! ¡Que entonces, esfumada del todo, como el polvo invisible
en un vuelo sin alas, yo muriera!
ANTÍSTROFA 1.a Libre de miedo ya no está mi alma: mi corazón palpita,
ennegrecido. Lo que mi padre viera es mi ruina. ¡Estoy muerta de miedo! Quisiera
disponer de un fatal nudo y pender de una soga, antes de ver que un hombre al que
aborrezco roza mi piel. Mil veces preferible que, muertas, nos señoree el Hades.
ESTROFA 2.a Y, ¿dónde hallar un sitial etéreo contra el que, entrechocando, se
convierte en nieve el agua de las nubes? ¿Dónde erosionada roca que, sin cabras,
invisible y altiva, y suspendida, nido de buitres, testimonio diera de mi caída en un
profundo abismo, antes que padecer brutales bodas que violentan mi espíritu?
ANTÍSTROFA 2.a Así no me opondría a convertirme en pasto de los perros y en
festín de las aves de esta tierra: morir libera de llorosas penas. ¡La muerte antes que
el lecho de un esposo! ¿Qué otra ruta alcanzar para mi huida que de este
matrimonio me libere?
ESTROFA 3.a Lanza gemidos que hasta el cielo alcancen, preces que escuchen
númenes y diosas. Pero ¿cómo obtener su cumplimiento? Dirige, padre mío, hacia
nosotras, mirada combativa y salvadora, y contempla con ojos enemigos, como es
justo, estos actos de violencia. No rechaces a quienes te suplican, de la tierra señor,
rey prepotente.
ANTÍSTROFA 3.a Que la raza de Egipto, en su insufrible soberbia, me persigue
con varonil acoso, y a mí, aquí cobijada, violentamente, con lúbrico alarido,
pretende hacerme suya. Tuyo es, empero, el fiel de la balanza. ¿Qué, sin Ti, ven
cumplido los mortales?
(Coro de DANAIDES y EGIPCIOS).
DANAIDES. ¡O, O, O, a, a! ¡Mira el raptor! ¡en barco, en tierra ya; antes, raptor
perezcas! iof, om, de nuevo... Un grito lanzo de horror. Estoy viendo ya el preludio
del dolor que me espera. ¡Eé, eé! Busca en la huida tu amparo. La soberbia campea,
insoportable, en tierra y mar. ¡Dame tu protección, dios de esta tierra!
EGIPCIOS. Arriba, arriba, al barco a toda prisa. Si no, si no, ¡cabellos
arrancados, estigmas en la frente, sangrientos y asesinos degüellos has de ver! Presto,
presto, a la nave, que muerte has de tener ignominiosa.
DANAIDES.
ESTROFA 1.a Ojalá hubieras muerto, mientras el mar cruzabas salado, y sus
corrientes, tú y la soberbia de tus amos, junto con el leño con clavos reforzado.
EGIPCIOS. Ante la fuerza deja cualquier empeño, y la ceguera ante razón; lo
ordeno, ¡Io, io! Abandona ese templo, dirígete a la nave; tu piedad en esta tierra es
cosa impía.
DANAIDES.
ANTÍSTROFA 1.a ¡Que jamás vuelvas a ver las prolíficas linfas de ciue se nutre
y crece la sangre que da vida, entre los hombres!
EGIPCIOS.
Pero tú al punto has de embarcar en la nave, sí, en la nave, tanto si quieres como
si no quieres; por la fuerza, por la fuerza...
DANAIDES.
ESTROFA 2.a ¡Ay, ay, ay, ay! ¡Así hallaras la muerte sin mano que te auxilie, en
las corrientes del salobre prado, junto a la tumba, que la arena cubre, de Sarpedón,
errante, juguete de los vientos!
HERALDO. Implora, gime y a los dioses llama: No podrás escapar del barco
egipcio. Gime y grita con voces más amargas.
DANAIDES.
ANTÍSTROFA 2.a ¡Oi, oi, oi, oi! presumes... El caudaloso Nilo que contempla tu
insufrible insolencia ¡lejos te arroje!
HERALDO. Sube, te ordeno, al barco bien cercado, con presteza, y que nadie se
retrase; la fuerza no se arredra ante las trenzas.
DANAIDES.
ESTROFA 3.a Ay, padre mío, postrarme ante esta estatua me ha perdido. Me
arrastra, cual araña, paso a paso, negra, sí, negra pesadilla. ¡Otototooi! ¡Oh, Ma,
Tierra, Tierra, aparta ese alarido horrendo, oh Padre, Zeus, hijo de Ga!
HERALDO. Yo no temo a los dioses de esta tierra; ni son ellos los que me
alimentaron, ni con sus curas yo he llegado a viejo.
DANAIDES.
ANTÍSTROFA 3.a Junto a mí brinca bípeda serpiente. Cual un áspid a mi...
¿Qué? ¡Otototoi! ¡Oh, Ma, Tierra, Tierra, aparta ese alarido horrendo, oh Padre,
Zeus, hijo de Ga!
HERALDO. Si no vienes al barco y te resignas, rasgaré tus vestidos sin recato.
CORIFEO. Perdida estoy. Señor, ¡qué impiedades!
HERALDO. Señores ya verás, y muchos, pronto; a los hijos de Egipto. Por
carencia de señores no habrás de preocuparte.
CORIFEO. ¡Io! Caudillos de este pueblo. ¡Me subyugan!
HERALDO. Os tendré que arrastrar por el cabello, parece. No atendéis a mis
razones.
(El HERALDO, con su hueste, intenta arrastrarlas. Aparece el REY con
sus tropas).
REY. ¿Qué estás haciendo, tú? ¿Con qué soberbia injurias al país de los pelasgos?
¿Te crees ante un pueblo de mujeres? Presumes demasiado ante los griegos, tú, un
bárbaro sin más. Mucho has errado sin haber acertado un solo blanco.
HERALDO. ¿Qué derecho conculco con mis actos?
REY. No sabes proceder como extranjero.
HERALDO. ¿Y cómo no, si encuentro lo perdido?
REY. ¿Qué patrón del lugar has consultado?
HERALDO. A Hermes, el gran patrón de quienes buscan.
REY. Aunque invocas a un dios, tú los deshonras.
HERALDO. Yo respeto a los númenes del Nilo.
REY. Los de aquí nada son, por lo que escucho.
HERALDO. Si alguien no me las quita, me las llevo.
REY. Vas a llorar muy pronto, si las tocas.
HERALDO. Palabras oigo nada hospitalarias.
REY. Yo no acojo al que expolia a las deidades.
HERALDO. Iré a decirlo a los hijos de Egipto.
REY. Esto a mi corazón no le da pábulo.
HERALDO. Pues, para que, enterado, hable más claro —la claridad es del
heraldo emblema—, ¿cómo debo expresarme? ¿Quién me ha hurtado, diré al llegar,
el corro de sus primas? No es con testigos como juzga el lance de este tipo el dios
Ares; con dinero tampoco lo resuelve. Antes, caídas de guerreros se dan, y muchas
muertes.
REY. ¿A qué darte mi nombre? Con el tiempo has de saberlo y quienes te
acompañan. A estas mujeres, si están bien dispuestas, puedes llevarte, y las has
convencido. Que el unánime voto de este pueblo ha decidido no entregar por fuerza el
femenino corro. Y este clavo se ha clavado muy bien: fijo ha quedado. No es un
decreto escrito en una tabla, ni en pliegues de papiro se ha grabado: lo oyes bien
claramente de unos labios que aman la libertad. ¡Vete enseguida!
HERALDO. Sabe que has elegido guerra incierta. ¡Que sea la victoria para el
macho!
REY. Machos también aquí podrás hallarlos, entre los habitantes de mi tierra, y
que no beben vino de cebada. Y vosotras, con vuestras servidoras, valor, y a la ciudad
encaminaros cerrada y protegida por sus torres. En ella hay muchos edificios
públicos. Con mano avara no erigí yo el mío. Casas allí hallaréis para instalaros y
convivir con otras. Y si os place aún más, habitaréis estancias solo para vosotras.
Escoged, sois libres, lo que os sea más cómodo y más grato. Los ciudadanos todos, y
yo mismo, garantes somos de lo que, con votos, aprobó la ciudad. ¿Otros más dignos
esperas encontrar que esos que os digo?
CORO. A cambio de estos bienes con tus bienes prosperes siempre, divinal
Pelasgo. Y, benévolo, manda hacia aquí a nuestro padre osado, mentor y consejero.
Es él quien debe decidir en dónde he de instalar mi hogar, y si es propicio. Siempre se
está dispuesto hacia la crítica del que habla otro lenguaje. ¡Que sea lo mejor para mi
caso!
(Se va el REY).
Para nuestro buen nombre, para que hablen bien de nosotras quienes aquí viven,
colocaos, sirvientas, en el orden en que Dánao asignara a cada una la esclava que por
dote le tocara.
(El CORO se reorganiza en la misma forma en que entró en escena).
DÁNAO. Hijas, debemos dirigir las preces, los sacrificios y las libaciones a los
argivos, cual si dioses fueran: ¡sin duda han sido nuestros salvadores! Los hechos
escucharon de mis labios con el amor debido a unos parientes, con acritud respecto a
vuestros primos. Para mí dispusieron esta guardia de armas, para tener un privilegio
que me honra, y no cayera, sin preverlo, herido por el hado de una pica, lo que fuera
un baldón para esta tierra.
A cambio del favor, debo ofrecerles un rendido favor, aún más honroso. Y, junto,
ahora, a los demás consejos de vuestro padre, y que están ya archivados, escribid el
siguiente: solo el tiempo prueba a la gente extraña; todo el mundo tiene presto el
rumor contra el meteco, y una calumnia se levanta pronto. Yo os invito, por tanto, a
no afrentarme, pues que tenéis el joven atractivo, que hace volver la vista. El fruto
tierno no es fácil de guardar, y lo apetecen los hombres y las fieras (¿o no es cierto?)
sean bestias aladas o terrestres. Cipris pregona el fruto sazonado.
Y así también sobre la delicada beldad de una doncella el viandante manda el
dardo hechicero de sus ojos por el amor vencido. Así que, alerta, no vaya esto a
ocurriros después que por ello tanto esfuerzo y tanto ponto hemos arado. Que eso
nunca cause mi infamia y el placer del enemigo. Casa, ya la tenéis, el doble incluso:
una Pelasgo os da, la otra os da el pueblo, para habitar sin renta. Así de fácil. Guarda
solo el consejo de tu padre y honra la castidad más que tu vida.
CORIFEO. Que en lo demás nos den suerte los dioses; sobre mi flor puedes estar
tranquilo, padre. Pues, si los dioses no han dispuesto otra cosa, no voy a desviarme de
la ruta que un día me enseñaste.
(Coro de DANAIDES y SIRVIENTAS).
DANAIDES.
ESTROFA 1.a Venid, pues, a dar lustre a los dioses dichosos de esta tierra, y a
aquellos que cabe la antigua corriente del Erásino residen. Proseguid nuestro canto,
esclavas mías. Sea el pueblo pelasgo objeto de mi elogio sin acordarme nunca en mis
himnos jamás del río Nilo.
ANTÍSTROFA 1.a Pero sí de los ríos que esta tierra van recorriendo, con sus
muchos hijos, mientras sobre ella vierten apacible bebida, y con sus pingües aguas el
suelo fertilizan. Que Ártemis pura su mirada vuelva, llena de compasión, hacia mi
corro, sin que venga de Cipris la violencia a imponerme unas bodas. Para mis
enemigos reservo yo este empeño.
CORO DE SIRVIENTAS.
ESTROFA 2.a No, no descuidará mi voz a Cipris. Unida a Hera, es su poder tan
fuerte como el de Zeus. La diosa de mudables deseos es honrada por su acción
sacrosanta. A su lado, a su madre asistiendo, se halla Deseo, y la que nunca ha visto
rechazado su empeño, Persuasión hechicera. Harmonía también recibe parte de la
diosa Afrodita, y los Amores con su dulce trato.
ANTÍSTROFA 2.a Para estas fugitivas yo temo malos vientos, dolores sin
entrañas y sangrientos combates. ¿Por qué tan favorable travesía para el rápido
curso de una persecución? Sin duda, ocurrirá lo que está escrito. No puede
quebrantarse el pensamiento de Zeus, augusto, impenetrable. Que este caso podría
rematarse al igual que las bodas de múltiples mujeres del pasado.
ESTROFA 3.a
DANAIDES. ¡Que Zeus augusto las bodas con los hijos de Egipto, aleje, sí, de
mi persona!
SIRVIENTAS. Mas fuera lo mejor, seguramente.
DANAIDES. ¿Pretendes domeñar a una indomable?
SIRVIENTAS. Tú, ciertamente, ignoras el futuro.
ANTÍSTROFA 3.a
DANAIDES. Y yo, ¿por qué tendría que sondear de Zeus la mente impenetrable?
SIRVIENTAS. Dirige una plegaria comedida.
DANAIDES. ¿Qué plegaria oportuna me aconsejas?
SIRVIENTAS. «Nada en exceso», incluso con los dioses.
ESTROFA 4.a
DANAIDES. Que Zeus, nuestro señor, quiera alejar de mí estas bodas crueles
con macho aborrecible, como salvara a Ío de sus penas tocándola con mano
salvadora y ejerciendo una dulce violencia.
ANTÍSTROFA 4.a Y que conceda el triunfo a las mujeres. El mal menor acepto, y
los dos tercios de la suprema dicha. Y que mi pleito siga un justo proceso, cual
suplican mis oraciones, gracias al recurso salvador de que un dios dispone siempre.
(Poco a poco, van abandonando la escena).

}ESQUILO (Eleusis, actual Grecia, 525 a.C. - Gela, Sicilia, 456 a.C.). Trágico griego.
Esquilo vivió en un período de grandeza para Atenas, tras las victorias contra los
persas en las batallas de Maratón y Salamina, en las que participó directamente. Tras
su primer éxito, Los persas (472 a.C.), Esquilo realizó un viaje a Sicilia, llamado a la
corte de Hierón, adonde volvería unos años más tarde para instalarse definitivamente.
De las noventa obras que escribió Esquilo, sólo se han conservado completas siete,
entre ellas una trilogía, la Orestíada (Agamenón, Las coéforas y Las Euménides, 478
a.C.). Se considera a Esquilo el fundador del género de la tragedia griega, a partir de
la lírica coral, al introducir un segundo actor en escena, lo cual permitió independizar
el diálogo del coro, aparte de otras innovaciones en la escenografía y la técnica
teatral.

Esquilo llevó a escena los grandes ciclos mitológicos de la historia de Grecia, a través
de los cuales reflejó la sumisión del hombre a un destino superior incluso a la
voluntad divina, una fatalidad eterna (moira) que rige la naturaleza y contra la cual
los actos individuales son estériles, puro orgullo (hybris, desmesura) abocado al
necesario castigo. En sus obras, el héroe trágico, que no se encuentra envuelto en
grandes acciones, aparece en el centro de este orden cósmico; el valor simbólico pasa
a primer término, frente al tratamiento psicológico.

El género trágico representó una perfecta síntesis de las tensiones culturales que vivía
la Grecia clásica entre las creencias religiosas tradicionales y las nuevas tendencias
racionalistas y democráticas. Amén de las citadas, las obras de Esquilo que se han
conservado son Las suplicantes (c. 490), Los siete contra Tebas (467) y Prometeo
encadenado
, obra sobre cuya autoría existen aún dudas.