Los griegos - H.D.F. Kitto (Introducción)


 
Nota: 

Recomendamos ampliamente la lectura completa del libro de H.D.F. Kitto, Los griegos, aquí solamente podrán leer su introducción, este material es de primera calidad y es lectura obligatoria en las distintas Escuelas de Letras de Venezuela y de otras partes del mundo, además de necesaria, para adentrarse en el conocimiento del mundo de los griegos, y para darse cuenta del porqué esta sociedad continúa dando mucho de qué hablar. 

Capítulo I


INTRODUCCIÓN


El lector debe aceptar por el momento como razonable la afirmación empírica según la cual en una parte del mundo, beneficiada durante siglos por un intenso proceso civilizador, surgió poco a poco un pueblo, no muy numeroso, ni tampoco temible por su poder, ni por cierto bien organizado, que forjó una concepción absolutamente nueva sobre la vida humana y que mostró, por vez primera, cuál debía ser la función del espíritu. Esta proposición será ampliada, y espero que también justificada, en las páginas siguientes. Podemos empezar ahora mismo esta ampliación observando que los propios griegos se sintieron, de un modo simple y natural, diferentes de los otros pueblos por ellos conocidos. Los griegos, por lo menos los del período clásico, dividían habitualmente la familia humana en helenos y bárbaros(1). Un griego preclásico, Homero por ejemplo, no se refiere a los "bárbaros" de esta manera, y no porque fuese más cortés que sus descendientes, sino porque esa diferencia no se había aún manifestado en toda su fuerza.
 

El hombre participaba en la administración pública -la democracia, según el griego la entendió, llegó a ser una forma de gobierno que el mundo moderno no ha conocido ni puede conocer-; mas si no llenaba esa exigencia, él, por lo menos, se convertía en "miembro" y no en súbdito dentro del sistema y los principios por los cuales éste se regía eran conocidos. El gobierno arbitrario constituía para el griego una ofensa que lo hería en lo más íntimo. Por eso cuando consideraba los países orientales, más ricos y civilizados, veía en realidad cómo un régimen de palacio, encabezado por un rey absoluto, gobernaba no según las normas de los primitivos monarcas griegos, normas procedentes de Temis o que respondían a una ley derivada del Cielo, sino de acuerdo con su voluntad personal, la cual no era responsable ante los dioses, porque él mismo resultaba dios. El súbdito de tal amo vivía en la condición de esclavo.
 

Pero eleuthería -de la cual "libertad" es solo una traducción incompleta- encerraba una concepción más amplia que la que da a entender esta palabra moderna, aun cuando ella significa mucho. La esclavitud y el despotismo constituyen estados que mutilan el alma, pues, como dice Homero, "Zeus despoja al hombre de la mitad de su hombría, si llega para él el día de la servidumbre". La modalidad oriental de la obediencia chocaba al griego como algo no eléutheron; como algo que a sus ojos afrentaba la dignidad humana. Incluso ante los dioses oraba el griego erguido como un hombre, aunque conocía tan bien como cualquiera la diferencia entre lo divino y lo humano. Sabía que no era dios, pero tenía, por lo menos, conciencia de ser hombre. Sabía que los dioses se hallaban siempre dispuestos a castigar implacablemente al hombre que imitase a la divinidad y que entre las cualidades humanas les complacían sobre todo la modestia y la veneración. Recordaba, sin embargo, que el dios y el hombre tenían la misma prosapia: "Una es la raza de los dioses y de los hombres; de una sola madre(2) obtenemos ambos nuestro aliento. Pero nuestros poderes son polos separados, pues nosotros no somos nada y para ellos el refulgente cielo brinda por siempre segura morada".


Así dice Píndaro en un admirable pasaje, a veces mal traducido por los eruditos que deberían conocerlo mejor, y que le hacen decir: "Una es la raza de los dioses y otra la de los hombres." Pero el pensamiento fundamental de Píndaro es aquí la dignidad y la fragilidad del hombre, lo cual constituye el origen primordial de esta nota trágica que resuena a lo largo de toda la literatura griega clásica. Y esta conciencia de la dignidad de ser hombre es lo que infunde tal impulso y tal intensidad a la palabra que impropiamente traducimos por "libertad".
 

Pero hay algo más. Existían otros bárbaroi además de los que vivían bajo el despotismo oriental. Estaban, por ejemplo, los pueblos del Norte, que vivían en tribus, estado del que no hacía mucho habían salido los propios griegos. ¿En qué residía, entonces, la gran diferencia entre tales bárbaroi y los griegos, si ello no se basaba en la superior cultura de éstos?
 

Era la siguiente: los griegos habían desarrollado una forma de comunidad que grosera y erróneamente traducimos por "ciudad-estado", debido a que ninguna lengua moderna puede hacerlo mejor. La pólis estimulaba y satisfacía a la vez los más elevados instintos y aptitudes del hombre. Mucho tendremos que decir sobre la "ciudad-estado"; baste señalar aquí que éste, en su origen una asociación local para la seguridad común, se convirtió en el centro de la vida moral, intelectual, estética, social y práctica de un nuevo hombre, aspectos que desarrolla y enriquece como ninguna sociedad lo hizo antes o después. Ha habido otras formas de sociedad política de tipo estable; la "ciudad-estado" fue el medio por el cual los griegos se esforzaron en hacer la vida de la comunidad y del individuo más excelente que antes.
 

Lo que un griego antiguo hubiese puesto en primer término entre los descubrimientos de sus conciudadanos era, por cierto, que ellos habían hallado el mejor modo de vivir. Aristóteles en todo caso pensaba así, pues la frase suya que habitualmente se traduce por "El hombre es un animal político", quiere en realidad decir: "El hombre es un animal cuya esencia es vivir en la "ciudad-estado". Si no vivía así, el ser humano se colocaba muy por debajo de su verdadera condición en cuanto tiene de más elevado y característico. Los bárbaros no alcanzaron este nivel de existencia; en ello residía la valla que separaba ambas concepciones.
 

Al compilar esta reseña de un pueblo sobre el que tantas cosas pueden decirse, me he permitido el lujo de escribir acerca de algunos puntos que me interesan personalmente, en lugar de intentar abarcar el ámbito total de un modo sistemático y tal vez apresurado. Además, me he detenido en Alejandro Magno, es decir, en el período de declinación de la ciudad-estado. Esto no se debe a que considere a La Grecia de las centurias siguientes como carente de significación, sino por el contrario, a que la creo demasiado importante para resumirla en un somero capítulo final, tal como suele hacerse por lo general. Si los dioses me son propicios, me referiré a la Grecia helenística y romana en el segundo volumen.


Me he esforzado en hacer hablar a los griegos por sí mismos, siempre que me ha sido posible, y espero que del conjunto ofrecido surja un cuadro claro y ecuánime. No he querido idealizar, aunque me refiero más a los grandes hombres que a los pequeños y trato preferentemente con los filósofos y no con pícaros. Los panoramas deben divisarse desde las cumbres; los bribones, por lo demás, son casi iguales en todas partes, si bien en la índole del pícaro griego la dosis de malignidad parece haber sido superior a la de estupidez.
 

(1) Usaré el término "clásico" para designar el período que va aproximadamente desde la mitad del siglo VII antes de Cristo hasta las conquistas de Alejandro en la última parte del siglo IV. 

(2) "La Madre Tierra."

 

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