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Borges y Kazantzakis - Dos hombres y un laberinto



Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo es porteño de nacimiento, y autodefinido como Griego nacido en el destierro. Nace en Buenos Aires el 24 de agosto de 1899 y fallece en Ginebra, Suiza, el 14 de junio de 1986.

Nikos Kazantzakis por su parte es griego de nacimiento y universal por vocación pero marcado a fuego por su Creta natal donde nace en el Heraclion (bajo dominio otomano), el 18 de febrero de 1883. Kazantzakis fallece en Alemania en Friburg, el 26 de Octubre de 1957.

La obra de ambos autores es universal y está caracterizada por la diversidad y genialidad de sus escritos, por la excepcional riqueza y manejo idiomático, por la abstracción ficcional, por su polimórfica creatividad e infinita fantasía, sustentada en una verdadera erudición sobre los temas que desarrollan, donde cobran vida y se replantean axiomas filosóficos de los grandes pensadores que los influenciaron respectivamente: Homero, Anaxágoras, Heráclito, desde el pasado, u otros como Dante, Nietzsche, Bergson, Carlyle, Chesterton, más recientes.

El resultado de esta simbiosis de elementos, se traduce en la belleza de su poiesis, que permite definir a un estilo borgeano o kazantzakiano de expresion, que le es característico para cada uno, y del que surgen coincidentemente temas, similitudes a la distancia y situaciones compartidas.

Ambos se pueden definir como los más exquisitos exponentes de la literatura contemporánea, Borges en lengua hispana y Kazantzakis en lengua griega.

Borges, atrapa y deleita, asombra y confunde al mismo tiempo y nos pone una lupa amplificadora en la mano para investigar junto a él, para interpretar las diferentes visiones simultaneas, los devenires imposibles o posibles, los místicos y los mágicos, para descifrar los enigmas que propone y para desandar los caminos, buscando una salida hacia la liberación que de seguro no existe. Todo esto en el intento de reconocer aquella idea que deliberadamente esconde detrás del relato. La metáfora y el mensaje oculto.

Por su parte, Nikos Kazantzakis es el filósofo griego de nuestros tiempos. Si bien sigue los lineamientos del pensamiento occidental lo hace a través del prisma de su mirada abarcadora y amplia: la llamada mirada cretense, que define con despiadada claridad, los conceptos inherentes a la conducta humana.

Desde el implícito cuestionamiento existencial, busca dar respuesta al sentido de la vida y la misión del hombre en ella, desnudando las conductas humanas y las reglas de ética y moral impuestas por los hombres, que rigen el comportamiento individual, colectivo y social.

En esa búsqueda permanente, Kazantzakis, viaja al interior de la esencia humana, la identifica y la despoja de sus ataduras y le indica un camino posible hacia su redención, que tambien puede no existir, mas lo vale el intento. En ese camino, la meta permanente y suprema es el encuentro con la libertad a través de la superación permanente, el ascenso, la ascesis, la síntesis, la creación, el grito liberador.

Ambos, Borges y Kazantzakis atrapan al lector dentro de un laberinto de papel, letras y tinta y lo obligan a buscar las salidas, aunque las mismas en definitiva no existan.

Desafían y provocan nuestra inteligencia permanente e irremediablemente, atrapándonos en su propio laberinto ilimitado e infinito de múltiples salidas y múltiples re-entradas sucesivas a la largo del tiempo.

DOS HOMBRES Y UN LABERINTO

Borges y el laberinto

El símbolo del laberinto forma parte del folklore literario de muchas culturas. En algunas, responden a rituales iniciáticos y en otras su valor radica en la búsqueda de la espiritualidad a través de la repetición de las formas y la meditación. Sin embargo, son los griegos quienes les dan un significado mágico, metafísico, una especie de lugar de encuentro con uno mismo, con el monstruo interior, con la propia conciencia, delimitando espacios que contienen a otros espacios que conducen a nuevos espacios y asi indefinidamente.

Borges cuenta:

“Yo descubro los laberintos en un libro de la casa Garnier de Francia, que estaba en la biblioteca de mi padre. Era un grabado muy curioso, que ocupaba toda una página y representaba un edificio, semejante a un anfiteatro. Recuerdo que tenía grietas y que se le veía alto, más alto que los cipreses y que los hombres que lo circulaban. Mi vista no era óptima, ya era muy miope, pero pensaba que si me ayudaba con una lupa podría ver un Minotauro adentro. Era, además, un símbolo de perplejidad, un símbolo del estar perdido en la vida ...”. (Respuesta de Borges a Roberto Alifano)

El recorrido del laberinto propone la utilización de algo no tangible como es el tiempo. Requiere definición de tiempo, concepto. Para los antiguos griegos, el tiempo tenía una doble naturaleza: el tiempo efímero de la vida: aion y el tiempo universal infinito del Chronos que devora al hombre. Uno contenido en otro sucesiva y eternamente.

El tiempo en Borges, reformula reiteradamente, el pensamiento de Heráclito y el “Panta Rhei”: la fugacidad de lo temporal, Todo fluye y todo cambia. El Tiempo, como sueño y el tiempo como laberinto.

Representa al tiempo eterno, sin fin:

“y la noche de Dios es infinita. Tu materia es el tiempo,
el incesante tiempo. Eres cada solitario instante”. "El ápice" (J.L.B.)

“El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río, es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre. Es un fuego que me consume pero yo soy el fuego. El mundo desgraciadamente es real. Yo desgraciadamente soy Borges”. Otras Inquisiciones (J.L.B.)

A veces, es el tiempo como sueño, el tiempo que hipnotiza y aturde en el laberinto que fluye y nos arrastra como un río… que como el Aqueronte conduce a la muerte,

“Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor y un símbolo,

ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.

También es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable. "Arte Poética" (J.L.B.)

Museo Nikos Kazantzakis (Isla de Creta)


Por su parte, Nikos Kazantzakis utiliza el tiempo en el laberinto de la existencia de igual modo: sin principio ni fin, fluye. Lo refiere a su doble naturaleza, es decir “humana y divina”, vital o infinita, nuevamente el aion y el chronos para dar lugar a la vida, que Kazantzakis define como un efímero espacio de luz, ese mísero instante en el que debe el hombre cumplir su misión, entre dos abismos de oscuridad, que se desarrolla en un tiempo infinito.

“ Donde vamos, no preguntes. Asciende y desciende. No existe principio, no existe final. Existe solo este instante”. Ascética (N.K.)

“Fluye mi corazón. No solicito ni el principio ni el fin del mundo”. Ascética (N.K.)

"Venimos de un abismo oscuro, terminamos en un abismo oscuro. Al espacio de luz entre esos dos abismos lo llamamos Vida.

Así como nacemos, comienza nuestro regreso, al mismo tiempo, el inicio y el regreso, en cada instante morimos. Por eso muchos dijeron, el objetivo de la vida es la muerte.

Pero también, así al nacer, comienza el intento de crear, de componer, de transformar la materia en vida, en cada minuto nacemos. Por eso muchos dijeron: La misión de la vida efímera es la inmortalidad…

En nuestra corporalidad temporal, estas dos corrientes luchan: la ascendente, hacia la composición, la vida, la inmortalidad, y la descendente, hacia la descomposición, hacia la materia, hacia la muerte”. (Ascética, Salvatori Dei, N.K.)

“Vueltas el tiempo tiene y ruedas tiene el destino”. (Prólogo de Odisea, N.K.)


EL LABERINTO. EL TIEMPO COMO LABERINTO O EL LABERINTO DEL TIEMPO

El simbolismo y la metáfora del laberinto es un elemento recurrente tanto en la obra de Borges como en la de Kazantzakis. Una sucesión de pasadizos que se multiplican infinitamente uniéndose unos con otros que comunican hacia un falso núcleo central que vuelve a multiplicarse en tantos otros indefinidamente y que inclusive pueden multiplicarse en espejos.

Es el tiempo del viaje permanente y circular del Odiseo homérico en un mar que a manera de laberinto liquido, conduce infinitas veces al hombre-héroe, a infinitos y repetidos derroteros en la búsqueda de su destino (o sus destinos).

Los laberintos de ambos autores, podrán ser de piedra o de bronce, con o sin paredes. De aire, de agua o de fuego. Estrechos o amplios, tan amplios como el universo mismo, o tan vacíos como el desierto despoblado, o tan desordenados como el caos primitivo. También, inmensos e infinitos como el tiempo que atrapa a quien se atreva a entrar en él, en una especie de eterna espiral laberíntica. La magia se enciende al animarse a recorrerlos.

Borges nos dice en su cuento “Los dos reyes y los dos laberintos”:

"...Oh rey del tiempo y substancia y cifra del siglo! En Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros. Ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras a subir ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer ni muros que veden el paso. Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en la mitad del desierto donde murió de hambre y sed. La gloria sea con aquel que no muere". (J.L.B.)

"No habrá nunca una puerta. Estás dentro
Y el alcázar abarca el universo
Y no tiene ni anverso ni reverso
Ni externo muro ni secreto centro.
No esperes que el rigor de tu camino
Que tercamente se bifurca en otro
Que tercamente se bifurca en otro
Tendrá fin. Es de hierro tu destino
Como tu juez. No aguardes la embestida del toro
Que es un hombre y cuya extraña
Forma plural da horror a la maraña de interminable
Piedra entretejida
No existe. Nada esperes. Ni siquiera
En el negro crepúsculo la fiera". "Laberinto" (J.L.B.)


El laberinto en Kazantzakis:

Kazantzakis nació a escasos kilómetros de distancia del sitio arqueológico de Knosos en Creta, donde se desarrolla el mito.

En Kazantzakis, el laberinto adopta la característica de un laberinto ritual, sagrado que puede ser recorrido como una espiral concéntrica ascendente, que al igual que una danza griega va desde afuera hacia adentro y desde adentro hacia fuera para hallar en el centro mismo la explicación al misterio. Trayecto y recorrido se complotan para nunca dilucidar el misterio del laberinto, porque dilucidando el misterio, desaparece la intrincada trama.

En su tragedia Teseo (1953):

“Ariadna: Si desciendes estás perdido, mi bienamado. Estás perdido aunque aciertes a escapar de las mandíbulas de Dios, te extraviarás en los meandros del laberinto y no verás nunca jamás la luz.

(Silencio, Teseo toma la mano de Ariadna)

Teseo: Ariadna, Ariadna, tú que quieres ser mi compañera, escucha: un pájaro ha atravesado la mar y se ha posado en mi país. El pájaro me ha contado que tú posees una madeja mágica

Ariadna: No lo creas Teseo, es una fábula. Esa madeja mágica es mi cerebro. Yo lo devano y lo encuentro en el camino

Teseo: Toma mi mano Ariadna, devana tu cerebro y guíame”.

El hilo devanado del cerebro de Ariadna (¿su inteligencia, quizás?) arrastraba a Teseo al centro del laberinto y de allí hacia fuera como en una danza. Ariadna encabeza esta danza con un hilo conductor especial ya que tiene dos cabos intercambiables que pueden ser utilizados como principio y final.

Tal vez por eso, los cuentos griegos a modo del “había una vez”, de nuestros cuentos, comienzan diciendo fino hilo rojo atado….

EL MINOTAURO - EL MISTERIO Y EL HILO CONDUCTOR

Volviendo al comienzo del cuento griego….

…Fino hilo rojo que Ariadna entrega a Teseo, fino hilo rojo que Teseo ata a los cuernos del minotauro, ese fino y misterioso hilo rojo llega a manos de Borges que lo toma y continúa… con la historia que no tiene fin… nos dice en el "Hilo de la Fábula":

“El hilo que la mano de Ariadna dejó en la mano de Teseo (en la otra estaba la espada) para que éste se ahondara en el laberinto y descubriera el centro, el hombre con cabeza de toro o, como quiere Dante, el toro con cabeza de hombre, y le diera muerte y pudiera, ya ejecutada la proeza, destejer las redes de piedra y volver a ella, a su amor.

Las cosas ocurrieron así. Teseo no podía saber que del otro lado del laberinto estaba el otro laberinto, el de tiempo, y que en algún lugar prefijado estaba Medea.

El hilo se ha perdido; el laberinto se ha perdido también. Ahora ni siquiera sabemos si nos rodea un laberinto, un secreto cosmos, o un caos azaroso. Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo. Nunca daremos con el hilo; acaso lo encontramos y lo perdemos en un acto de fe, en una cadencia, en el sueño, en las palabras que se llaman filosofía o en la mera y sencilla felicidad”. Knosos, 1984.

El hilo asegura el recorrido con éxito del laberinto. El hilo asegura el encuentro con el monstruo que alberga en su interior y espera la redención:

La retención de la bestia-Minotauro es explicada por Borges en la "Casa de Asterión":

“Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor, Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió”.

Mientras que Kazantzakis lo redime de este modo en El palacio de Knosos:

“...Era un monstruo impresionante, que se encontraba prisionero desde épocas lejanas en el palacio. Su cuerpo era cuerpo de hombre, su cabeza sin embargo, era cabeza de toro. No comía nada todo el año, solo cada primavera tenían que traerle siete jóvenes muchachos y siete jóvenes doncellas. Luchaba con ellos, los atrapaba, los soltaba, los volvía a atrapar y jugaba como el gato con los ratones y finalmente se devoraba”.

“...El Minotauro lo miró con ojos enrojecidos, llenos de sangre. Dos cuernos retorcidos crecían entre sus cabellos y resplandecían a la luz del farol. Y su cuerpo no era un cuerpo de hombre, era verde e hinchado, como enfermo. Dos gruesas cadenas rodeaban sus tobillos hinchados. Por un momento Teseo dudó. “¿Es este el horrible monstruo? Se preguntó.- Este es un ser enfermo, feo, no es hombre ni es bestia-: Un sentimiento de piedad aplacó su corazón….-¿Puedes hablar? Horrible bestia, ¿puedes hablar?

Un ligero rugido se escuchó, como un lamento. Y se escucharon rechinar los dientes de la bestia….”


Apéndice:

Grecia para Borges

“Somos griegos nacidos en el destierro”.

De esta manera se autodefine Borges en una entrevista radial realizada en la Fm La Tribu por la periodista Gloria López, poco antes de su muerte:

“Mi padre decía que todos éramos griegos. Es verdad, somos griegos nacidos en el destierro”. Pero también los primeros filósofos de la Magna Grecia habían nacido en el destierro en el Asia Menor, en Sicilia. Ahí empezaron a pensar y ahí se inició esa aventura que es la historia de Occidente, de la cual nosotros somos una parte, una parte mínima, desde luego, pero una parte”.

Borges en Creta

Borges visita la isla de Creta, patria menor de Kazantzakis, en mayo de 1984, para recibir el título de Doctor Honoris Causa de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Creta. Sus autoridades y consejo académico ansiosos esperan conocer al gran escritor que ha indagado en el significado del destino del hombre utilizando entre otros elementos, los mitos griegos y en particular al mito cretense.

Borges, recibe la mención honorífica lamentándose específicamente por no hablar en griego, pero dedica en su discurso un lugar particular al recuerdo hacia su padre y la aporia de Zenón de Aquiles y la tortuga, y expresa su agradecimiento por estar en la misma tierra del laberinto que inspiró su obra y su vida.

La impresión que le genera el haber estado en esta tierra la refleja en su "Laberinto de Creta":

“Este es el laberinto de Creta. Este es el laberinto de Creta cuyo centro fue el Minotauro. Este es el laberinto de Creta cuyo centro fue el Minotauro que Dante imaginó como un toro con cabeza de hombre y en cuya red de piedra se perdieron tantas generaciones. Este es el laberinto de Creta cuyo centro fue el Minotauro que Dante imaginó como un toro con cabeza de hombre y en cuya red de piedra se perdieron tantas generaciones como María Kodama y yo nos perdimos. Este es el laberinto de Creta cuyo centro fue el Minotauro que Dante imaginó como un toro con cabeza de hombre y en cuya red de piedra se perdieron tantas generaciones como María Kodama y yo nos perdimos en aquella mañana y seguimos perdidos en el tiempo, ese otro laberinto.”


BORGES Y LA GRECIA DEL DESTIERRO (CON LOS GRIEGOS DE BUENOS AIRES)

En el salón de baile de Taki, en Montevideo 693 casi esquina Córdoba, en el corazón del centro porteño, Jorge Dermitzakis junto a su esposa Angélica, enseñaban danzas griegas a la esposa de Borges, María Kodama. Borges la acompañaba, se sentaba en el fondo del salón, solitario y en silencio apoyado sobre su bastón escuchaba la música. Su legendaria presencia, inspiraba respeto. La ceguera, lo obligaba a seguir en tinieblas los pasos de su querida María, que solo eran iluminados por su imaginación y acompasados por la mágica armonía de la música griega.

“Siempre llegaba temprano, hasta una hora antes, e impregnaba su espíritu con las notas del hasapiko”. Asi lo relata el maestro Dermitzakis quien no deja de comentar a quienes lo conocemos y admiramos, esta inolvidable experiencia que atesora…aunque lamentando no haber sacado nunca una foto que lo documente. La pasión del maestro Borges por la música griega se hace creciente. La melodía pone a danzar en su mente las palabras de aquel poema de Seferis que lo conmueven… “Donde quiera que vayas Grecia te hiere…”. Y él, como buen griego, en el destierro podía entender el significado de esta frase.

Dermitzakis se sigue lamentando por no tener esa foto. Lo que no se dio cuenta es que Borges, prefirió un recuerdo que podría ser compartido por ambos, en igualdad de condiciones, no una foto que impactara en las retinas, sino un poema que llegase al corazón. …Y nos deja este poema publicado el 11 de abril de 1985 en el diario Clarín:

"MÚSICA GRIEGA", de Jorge Luis Borges

“Mientras dure esta música,
seremos dignos del amor de Helena de Troya.
Mientras dure esta música,
seremos dignos de haber muerto en Arbela.
Mientras dure esta música,
creeremos en el libre albedrío,
esa ilusión de cada instante.
Mientras dure esta música,
seremos la palabra y la espada.
Mientras dure esta música,
seremos dignos del cristal y de la caoba,
de la nieve y del mármol.
Mientras dure esta música,
seremos dignos de las cosas comunes,
que ahora no lo son.
Mientras dure esta música,
seremos en el aire la flecha.
Mientras dure esta música,
creeremos en la misericordia del lobo
y en la justicia de los justos.
Mientras dure esta música,
mereceremos tu gran voz Walt Whitman.
Mientras dure esta música,
mereceremos haber visto,
desde una cumbre,
la tierra prometida”.




Autora: Dra. Cristina Tsardikos

Nota del editor: por el cumpleaños número 134 del escritor cretense y en memoria del insigne, reconocido maestro de las letras latinoamericanas, Jorge Luis Borges. 


Los Santos Padres de la Iglesia Griega

 

Por Jrisí Athiná Tefarikis

Importante resulta dar a conocer, a mi juicio, a los llamados "Santos Padres de la Iglesia" cuya influencia personal y teológica configuran en gran parte a la Iglesia cristiana de Oriente más conocida como Iglesia Ortodoxa. Muchos la denominan erróneamente como Iglesia Griega porque esos fueron sus orígenes ya que nació en el seno del imperio Bizantino. Sin embargo, en la actualidad, la Iglesia Ortodoxa se difunde a través de numerosos pueblos de Occidente, entre ellos en todas las naciones que emergieron después de la disolución de la Unión Soviética, como Rusia, Georgia, Ucrania, por mencionar algunas y en países de la Europa oriental como Bulgaria y Rumania, además de ser rectora del cristianismo en algunos países árabes y en el Oriente en general. Comencemos entonces por reseñar a los "Santos Padres Griegos" que existieron en los períodos grecorromanos y en la época bizantina. El más antiguo de ellos fue Eusebio, obispo de Cesarea, del siglo III de la Era cristiana, al cual se tuvo como el hombre más sabio de su tiempo y quien fue el primero en escribir "Historias eclesiásticas". Su estilo era de una gran erudición. San Atanasio, del siglo IV, obispo de Alejandría, sostuvo empeñadas polémicas con los Arrianos y fue perseguido por estos heresiarcas. Se sabe de él que fue un orador bastante notable. Escribió algunas apologías, una "Vida de San Antonio Abad" que nos da una idea perfecta de la vida ascética y cenobítica en el desierto, además de sus célebres "Cartas". San Basilio, obispo de Capadocia, llamado el Grande, fue contemporáneo de San Atanasio, siendo por su talento, instrucción y virtud, uno de los más preclaros Padres de la Iglesia griega. Su oratoria subyugaba a las masas por la fluidez de su lenguaje y la oportunidad de sus imágenes. Su mejor obra es "La creación en seis días". San Gregorio, el Nazianceno, nació el año 328 y murió el 389. Fue obispo de Sácimo en la Capadocia, y por algún tiempo de Bizancio. Aunque su vocación lo llamaba desde muy joven al estado eclesiástico, frecuentó las escuelas donde con más fruto se enseñaba la Literatura y la Filosofía, como eran las de Atenas. Allí se hizo amigo de san Basilio, amistad que les ligó toda la vida y los emuló al estudio y a la práctica de la virtud. San Gregorio, además de ser un teólogo profundo, fue un gran orador, llegando algunos a considerarlo como el primero de su tiempo, y poseyó, como pocos, su lengua, por estudiarla a través de los mejores modelos que encontró. Esto, no obstante, no pudo librarse del mal gusto retórico que reinaba entonces, y por eso le censuraron tantas antítesis, paréntesis y alusiones que quitan claridad a los asuntos. Sus escritos principales son: panegíricos, discursos, cartas y poesías. Como fondo aprovechó las teorías sobre la divinidad, sobre el amor y sobre la filantropía de la Escuela Neoplatónica. San Juan Crisóstomo, arzobispo de Bizancio, el orador más elocuente de todos los Padres de la Iglesia, nació en el año 344 y murió en el 407. En su largo apostolado, y no obstante haber reprendido con dureza los vicios del pueblo y de la corte, gozó de gran respeto entre sus contemporáneos y gobernaba a su antojo, y en la corte, aunque no se lo miraba con buenos ojos, no se atrevían a atacarlo directamente. Pero, finalmente, creció de tal forma la enemistad en su contra, sobre todo por parte de la emperatriz Eudoxia, a la cual se refirió en un sermón por su desmedida vanidad, que fue arrancado de su diócesis con violencia y murió en el destierro. Sus obras principales son: "Comparación de un rey y un monje", "Libro de la Viginidad", "Tratado de la Providencia", entre otras. Teodoreto, que murió a fines del siglo V se encontró de lleno con la herejía de los nestorianos, y aun se dice que fue amigo de Nestorio, pero que le abandonó al reconocer su error y lo condenó como a los demás heterodoxos. Nestorio, dicho sea de paso, fue un heresiarca, nacido en Siria, a fines del siglo IV, patriarca de Constantinopla en el 428, depuesto por el Concilio de Éfeso en el 431 y muerto en el desierto de Libia. Su doctrina, como la mencionábamos antes, el nestorianismo, distinguía dos personas en Jesucristo. Teodoreto adquirió posteriormente gran reputación de orador sagrado y consiguió grandes triunfos gracias a su facilidad de palabra, pues teniendo a su cargo una diócesis donde abundaban los herejes y cristianos tibios, convirtió a varios y avivó el celo de los demás. Se conservan de Teodoreto diez discursos "Sobre la Providencia", "Comentario a la Escritura", una "Historia Eclesiástica" y doce discursos en contra del romano Juliano el Apóstata, nombre con el que designaron al ilustre Emperador Filósofo y que la historia le ha conservado a través del tiempo. San Cirilo, llamado el Alejandrino por haber sido patriarca de Alejandría, fue uno de los primeros que impugnó las teorías heréticas de Nestorio. Con poderes del pontífice San Celestino celebró el Concilio de Éfeso, donde fue condenado el heresiarca. Sus principales escritos se fundan en la refutación de Nestorio. Se nota en ellos, a la par que una inmensa fe, difusión, obscuridad y bastantes incorrecciones. Otro de los más acérrimos enemigos de Nestorio fue San Proclo, el cual lo combatió personalmente desde el púlpito, pues siendo Nestorio patriarca de Constantinopla, echó a volar sus teorías en plena iglesia y San Proclo se opuso. Utilizaba una dicción pura, pero no poseía nervio para la oratoria. Con San Juan Damasceno se cierra el ciclo de los Padres de la Iglesia Griega del período bizantino, dignos de ser mencionados. El fue autor de una obra intitulada "De la fe ortodoxa", que compuso para metodizar la ciencia eclesiástica, aplicando a ella la forma silogística de Aristóteles. Como orador han quedado de él algunos discursos sobre la "Santísima Virgen", uno sobre la "Transfiguración" y un panegírico sobre San Juan Crisóstomo. Como poeta dejó toda la parte lírica de la mayor parte del oficio divino de la Iglesia griega. En el período grecorromano y fuera de Bizancio, encontramos tres escritores eclesiásticos: San Justino, Orígenes y Flavio Clemente. San Justino nació en Siquea el año 103. Desde su infancia tuvo gran afición por los estudios filosóficos, para lo cual recorrió sucesivamente las cátedras de un filósofo estoico, de un peripatético (aristotélico) y de un platónico. Habiendo leído las Sagradas Escrituras, se apasionó por la religión de Cristo, incipiente en aquella época y se convirtió a ella, pero sin dejar por ello la práctica de las teorías filosóficas, por lo cual le fue posible enseñar la filosofía cristiana, como se hacía, como las demás. Según cuenta Orosio, historiador del siglo V, presentó al emperador Antonino Pío una apología del Cristianismo, escrita por él, con tanta abundancia de razones favorables a la nueva idea, que aquel César ordenó que se cesase la persecución anticristiana. Esto no obstante, en bastantes provincias continuó el ensañamiento contra los cristianos, debido al fanatismo de sus habitantes y a la crueldad personal de los gobernadores. También presentó otra apología al emperador Marco Aurelio. Estas dos apologías han llegado hasta nosotros, como asimismo una parte de su tratado "De la Monarquía o de la unidad de Dios", dos "discursos a los gentiles" y un "diálogo". El estilo de San Justino es bastante desligado y a veces hace disgresiones a veces no muy oportunas. Flavio Clemente nació en el año 216 A.C. y aun cuando se le suele llamar Alejandrino, no se sabe con certeza si nació en Alejandría pero sí es efectivo que residió en ella la mayor parte de su vida. Catequizado por San Panteno, abandonó el paganismo y se convirtió a la fe cristiana, en la cual hizo tan prodigiosos progresos que a la muerte de San Panteno quedó como sucesor suyo en Alejandría dirigiendo la escuela catequística. Flavio Clemente escribió obras muy apreciables, como el "Pedagogo", en el cual figura tomar a su cargo un niño al cual instruye para el camino al cielo, y le hace pasar del estado de infante al de hombre perfecto; sus "Estromatas", pensamientos religiosos sin orden ni método; y la "Hipotiposis", de la cual únicamente quedan unos pocos fragmentos.. El estilo de este autor es más ático que el de San Justino y apropiado a cada género de asunto. La Iglesia lo santificó y es conocido con el nombre de San Clemente de Aejandría. En el fondo se trata de un filósofo de un inmenso corazón. El, más que nadie, introdujo los principios de la Escuela Neoplatónica en el Cristianismo, amoldándolos a los nuevos dogmas. Era tan humano y caritativo, que concebía a Dios como Amor y Sabiduría, creyendo que todos al final de los tiempos se salvarían, no pudiendo ser las penas eternas, dado que existe un Dios infinitamente misericordioso. Hasta el Diablo se convertiría el último, y sería perdonado de su rebelión celeste. Orígenes es el más famoso de los tres. Nació en Alejandría en el año 185 a.C., y siendo muy joven, tomando al pie de la letra lo que se dice de los que se hacen eunucos para alcanzar el reino de los cielos, expresado en sentido figurado en el Evangelio, se castró. Este hecho estuvo oculto durante muchos años, pero habiéndose ordenado a los cuarenta y cinco, en Palestina, Demetrio, obispo de dicha comarca, que había tenido conocimiento de ello, disgustado de que hubiese hablado de religión siendo aún seglar, envidioso al fin, y pretextando haber encontrado algunos errores en sus obras, le delató ante un Concilio, le excomulgó y le hizo expulsar de Alejandría. En esta ciudad había desempeñado el cargo de catequista, con tanto éxito que sus discípulos se contaban por centenares. Orígenes está reputado como uno de los talentos más extraordinarios de la antigüedad. De Orígenes nos quedan fragmentos de homilías, apologías y comentarios, es decir, quizás sólo una centésima parte de lo que escribiera.


VIAJES CULTURALES NOSTOS A GRECIA 2017



ESTIMADOS,

ENVIAMOS EN ADJUNTO LAS DOS PROPUESTAS QUE HEMOS ORGANIZADO ESTE AÑO PARA VIAJAR EN NUESTROS TRADICIONALES VIAJES CULTURALES A GRECIA, QUE SE REALIZAN POR DÉCIMO AÑO CONSECUTIVO.


GRECIA Y EL CORAZÓN HELÉNICO DE ITALIA - NOSTOS 2017

VIAJE DORADO NOSTOS JUNIO 2017


ESPERANDO NOS ACOMPAÑEN, LES AGRADECEMOS TAMBIÉN LA DIFUSIÓN DEL PRESENTE ENTRE SUS CONOCIDOS Y AMIGOS QUE PUEDAN INTERESARSE.

SALUDOS CORDIALES



Asociación Cultural Helénica Nostos 

Centro Cultural Nostos: Juncal 2481/85 C.A.B.A.

Telefonos : 4639-4765 / 4343-4713 / 4826-2777 

facebook: nostos.argentina
email: nostosargentina@gmail.com
BUENOS AIRES
ARGENTINA



San Cirilo y San Metodio

 

El idioma y la escritura son una parte imprescindible de la identidad de un pueblo, así que se puede afirmar que los Estados eslavos deben su propia existencia a los santos Cirilo y Metodio, quienes crearon un alfabeto común que hizo posible representar por escrito los sonidos de los dialectos eslavos locales y elaborar una lengua literaria estandarizada: el eslavo antiguo.

Cirilo y Metodio tradujeron textos religiosos (evangelios seleccionados, epístolas de los Apóstoles y el Libro de los Salmos, entre otros) del griego al eslavo antiguo, con lo que contribuyeron a introducir y expandir los oficios religiosos en eslavo.

Artículo original

Vida de los santos

Cirilo (su nombre laico era Constantino, 827-869) y Metodio (Mijaíl, 815-885) fueron dos hermanos de una familia hacendada de siete hijos de la ciudad de Tesalónica, en el Imperio bizantino: Constantino era el menor y Mijaíl, el mayor. Se desconocen sus orígenes: una versión asegura que eran eslavos, otra dice que eran "protobúlgaros", es decir, búlgaros antiguos. Una tercera versión afirma que eran de origen griego.

Fueran cuales fueran sus raíces, de lo que no cabe duda alguna es de que desde la infancia hablaban varias lenguas. En aquella época, Tesalónica era el centro cultural de Macedonia y una ciudad multicultural y multilingüe, donde, además del idioma griego, estaba muy difundido el idioma protoeslavo, aunque carecía de forma escrita.

Al llegar a la mayoría de edad, Mijaíl optó por la carrera militar, y alcanzó el puesto de stratego (general) de la provincia macedonia de Slavinia.

Mientras tanto, Constantino recibió clases de Filosofía, Geometría, Retórica, Astronomía y lenguas extranjeras. Al terminar sus estudios, recibió las órdenes y obtuvo un puesto de gran prestigio: custodio de la biblioteca de la catedral de Santa Sofía en Constantinopla. Sin embargo, al cabo de un tiempo prefirió retirarse y, al dejar el puesto, partió a uno de los monasterios de la costa del mar Negro.

Las autoridades eclesiásticas no pudieron conformarse con tal decisión y pronto lo requirieron en Constantinopla. Le encomendaron las clases de Filosofía en la misma universidad donde había estudiado.

En 850 el emperador bizantino Miguel III envió a Constantino a Bulgaria en misión evangelizadora. En 851 se trasladó a Mileto, una ciudad griega de la costa occidental de Anatolia (en la actual provincia de Aydin, Turquía), para continuar ahí con la misma misión.

Por su parte, Mijaíl dejó su carrera militar. En 856 un amigo de la familia que le había ayudado a obtener el puesto de general, fue asesinado, y sus “aliados” fueron perseguidos. Para no arriesgar su vida, Mijaíl dejó el puesto y se ordenó monje. Se enclaustró en un monasterio en el monte Olimpo.

En 860 el rey de Bulgaria, Borís I, abrazó el cristianismo y se bautizó con el nombre de Mijaíl y con ello empezó la segunda etapa de la misión búlgara de Constantino. Aquella vez ya estaba acompañado por su hermano mayor.

En 862, Cirilo y Metodio, apoyados por sus discípulos, compusieron un alfabeto que correspondía a los sonidos del habla eslava y tradujeron del griego numerosos textos religiosos.

Sin embargo, algunos expertos opinan que los apóstoles no pudieron contribuir tanto a la expansión del cristianismo en Bulgaría, y que tampoco compusieron el alfabeto en el territorio de ese país, dado que aquel tiempo estarían ya al cargo de la misión morava.

La misión en Moravia (región de la actual República Checa) nace a raíz de que en 862 el soberano moravo Rostislav enviase a sus embajadores al emperador bizantino, solicitando que les mandase maestros para que los instruyeran en su lengua natal en los dogmas del cristianismo, que profesaban ya en aquella época.

En Moravia Cirilo y Metodio siguieron traduciendo la literatura eclesiástica del griego al eslavo antiguo, enseñaron a los eslavos a leer y escribir, y oficiaron en esa lengua.

Tras la muerte de Cirilo el 14 de febrero de 869, Metodio prosiguió únicamente con la misión. Pero la situación política en la región cambió drásticamente. Llegó al poder un nuevo soberano, Sviatopolk, que, bajo la fuerte influencia del clero alemán, prohibió la liturgia en eslavo antiguo.

Metodio fue perseguido por el clero alemán latino y durante tres años incluso permaneció "recluido" en un monasterio. Entre los años 881 y 883, Metodio residió en Constantinopla invitado por el emperador Basilio I y después volvió a Moravia. Entre sus labores más destacadas de la época está la traducción al eslavo del Antiguo Testamento. Murió el 6 de abril de 885.

El alfabeto cirílico y el glagolítico

Sin embargo, a día de hoy los especialistas siguen sin llegar a un acuerdo sobre cuál de los dos alfabetos eslavos, el glagolítico o el cirílico, fue el que compuso Cirilo. Los dos se distinguían exclusivamente por el trazo de las letras. Durante cierto tiempo se pensó que el alfabeto original fue el cirílico, mientras que el glagolítico sería una forma de escritura clandestina, inventada después de que en 885 el papa prohibiera el uso del eslavo antiguo en el servicio religioso y de que más tarde las autoridades moravas prohibieran la escritura cirílica.

Actualmente, prevalece la versión de que el alfabeto glagolítico fue el original, mientras que el cirílico fue creado por la escuela literaria búlgara: muchos científicos lo asocian con san Clemente de Ojri, uno de los discípulos de los hermanos Cirilo y Metodio.



Autores y Maestros Cristianos

Orígenes de Alejandría 



Fuente: Nicolás Zernov. Cristianismo Oriental. Oxford, 1961.

Autores y Maestros de la Iglesia en los Siglos II y III

Desde los primeros siglos conocemos dos tipos de caudillos eclesiásticos: los mártires, que dieron testimonio de su religión sufriendo, y los apologistas, que escribieron en defensa de sus creencias.

Entre los mártires, San Ignacio de Antioquía (muerto entre 107-117) es la más viva figura. Poco se sabe de sus orígenes, de su conversión e incluso de las circunstancias que condujeron a su arresto y condenación, pero todavía podemos oír su voz regocijándose al borde del martirio y poseemos en sus escritos una singular revelación del estado mental del mártir. El anciano obispo escribió siete epístolas durante su lento y doloroso viaje, preso en cadenas, de Antioquía, el lugar de su nacimiento en Cristo, a Roma, la escena de su muerte. Dirigió sus cartas a diferentes comunidades cristianas, exhortándolas a permanecer fieles al Evangelio y a obedecer y a venerar a sus maestros y pastores. En su Epístola a los Romanos dijo: "Escribo a todas las Iglesias y hago saber a todos mi última voluntad, que deseo morir libremente por Dios, si no lo evitáis al menos. Os suplico que no malgastéis condolencia alguna por mi causa. Dejadme ser cebo para los animales salvajes, al objeto de que me hallen como el puro pan de Cristo, o más bien que incite a los animales salvajes a convertirse en mi tumba, sin dejar que nada de mi cuerpo sea un peso para nadie después de mi muerte. Entonces seré discípulo de Jesucristo en el verdadero sentido de la palabra, cuando el mundo no vea ya ni siquiera mi cuerpo. Rogad por mí a Cristo, para que mediante estos instrumentos sea un grato sacrificio a Dios."

En la última parte de la misma epístola escribió: "De Siria a Roma lucho con los animales salvajes por tierra y mar, de noche y día, sujeto a diez leopardos, quiero decir a una banda de soldados que, aunque tratados con amistad, se hacen tanto más crueles. Sin embargo, por medio de estas injurias me estoy convirtiendo en un verdadero discípulo. Que nada visible o invisible me impida alcanzar a Jesucristo. Venid vosotros, el fuego, la cruz, la lucha con los animales salvajes, la cercenadura y el desplazamiento, la dislocación de huesos, la mutilación de mis miembros, la trituración de todo mi cuerpo; vengan sobre mí todos los perversos tormentos del diablo, pero dejadme gozar la presencia de Cristo."

La epístola de un testigo de vista, describiendo el martirio del más joven contemporáneo de San Ignacio, San Policarpo, obispo de Esmirna (muerto en 156), y algunos de sus compañeros, presenta un cuadro similar de exaltación y fortaleza. El autor anónimo escribió: "No se puede por menos que admirar su nobleza y resistencia y amor al Maestro. Hablo de los hombres a quienes de tal modo torturaron con el látigo, que sus cuerpos quedaron abiertos hasta las venas y arterias. Sin embargo, lo resistieron, hasta el punto de que todos los que estaban viéndoles se apiadasen y se lamentasen de su suerte. Ninguno de ellos suspiró ni gimió, pues el Señor se hallaba a su lado y les consolaba." Estos documentos contemporáneos revelan el dilema con que se enfrentaban las autoridades romanas, que deseaban desacreditar el cristianismo y afirmar el derecho del Estado a dominar las creencias de sus ciudadanos, pero nunca tuvieron intención de hacer héroes y mártires. En muchas ocasiones la persecución produjo resultados opuestos, elevando el prestigio de la nueva religión y atrayendo la atención hacia ella de círculos más dilatados.

La contienda entre los paganos y los cristianos no se limitó, sin embargo, al reino donde el verdugo y el carcelero tenían la última palabra. Los antagonistas chocaban también en la esfera del argumento intelectual. Varios autores cristianos trataron de explicar a los paganos eruditos el fundamento de su creencia en la Encarnación. Entre estos defensores del cristianismo los más destacados fueron Clemente de Alejandría (150-215) y Orígenes (185-253).

La última parte del siglo II y la primera mitad del III fueron épocas de una poderosa revivificación en la filosofía helenística. No obstante, había cambiado su temple, pues había adquirido una distinta inclinación religiosa, e incluso su mayor representante, Plotino (muerto en 270), se consideraba como maestro religioso. Al mismo tiempo el misticismo oriental conquistó a algunas de las mejores mentes. La India atrajo una curiosidad especial y muchos buscadores esperaban encontrar la iluminación en la tierra de los brahmanes y faquires.

Las cuestiones de que se preocupaban estos intelectuales se centraban en la naturaleza de Dios, en el fin del universo físico y en su relación con el invariable mundo espiritual. Su atención se dirigió también al problema del origen del mal y al destino del alma inmortal después de su separación del cuerpo mortal. Era popular el sincretismo y muchos autores trataron de conciliar el Antiguo Testamento con los escritos de Platón y Aristóteles. Un autor popular de esa época, Numenio, describió a Platón como a "Moisés hablando griego."

Esta revivificación religiosa y filosófica fortaleció la oposición pagana a la Iglesia. Un número de autores tales como Celso, Filostrato, Numenio y especialmente Plotino y su discípulo Porfirio atacaron a los cristianos basándose en su desviación del sano fundamento expuesto por los filósofos griegos y en su preferencia por los escritos de los oscuros profetas y maestros hebreos. El siglo ni vio el último y decidido asalto intelectual de la cultura clásica contra el cristianismo. En este difícil período, la Iglesia encontró un número de elocuentes campeones que no sólo defendían las enseñanzas del Evangelio con éxito, sino que contraatacaban también con vigor y convencimiento. Los enemigos paganos del cristianismo confiaban en su superioridad, pues basaban sus argumentos en ideas filosóficas y científicas contemporáneas. Los apologistas cristianos parecían anticuados, pero su independencia del pensamiento corriente resultó ser de provecho en muchas ocasiones. Por ejemplo, Plotino se burló de ellos por negar que el sol y las estrellas tenían una inteligencia más elevada que los hombres; tal actitud le parecía un evidente absurdo. Su defensa del politeísmo contra el monoteísmo también utilizaba argumentos que pronto perdieron su atracción.

El principal encuentro entre los filósofos cristianos y sus rivales paganos tuvo lugar en Alejandría, la ciudad más culta del Imperio. Sus academias y escuelas, el Museo, el Serapeum, el Sebastion atraían estudiantes de todas las partes del mundo donde eran estudiadas y admiradas la retórica y filosofía griegas. Además, hacía mucho tiempo que era centro de erudición judía. Filón (20 años antes de J.C.-50 de la era del Señor) y Josefo (37-100 de la era del Señor) trabajaron allí, y la traducción griega del Antiguo Testamento, la Versión de los Setenta, se había realizado en Alejandría. Los cristianos, siguiendo el ejemplo de los griegos y judíos, fundaron su famosa Escuela Catequística en esa célebre ciudad. Un número de destacados maestros, Panteno (200), Heracleo (247), Dionisio (265), Teognosto (280), Pierio (310), Pedro (311), Dídimo el Ciego (398) y Rodón mantuvieron un alto nivel de instrucción durante más de doscientos años. Pero Clemente y Orígenes fueron los más insignes de estos maestros.

Es probable que Clemente naciera alrededor del año 150 de la era del Señor Atenas, donde se crió como un devoto pagano y recibió una excelente educación. Hay cierta evidencia de que estaba relacionado con la familia imperial, como atestigua su nombre completo Tito Flavio Clemente. Se trasladó a Alejandría a la edad de treinta años, y allí comenzó ante su brillante carrera como principal apologista y cabeza de la Escuela Catequista algo después del año 190.

La persecución iniciada en 202 por Septimio Severo (193-211) le obligó a salir de Egipto. En el 211 apareció como maestro muy venerado en Capadocia, donde fue obispo uno de sus antiguos discípulos, Alejandro; murió allí alrededor del 215.

Clemente fue un autor perfecto, poéticamente dotado de un extraordinario alcance intelectual. No sabía latín, pero su griego era inmaculado. Aunque la mayoría de sus libros se han perdido o perviven en pequeños fragmentos, tres de sus principales obras están completas y nos ayudan a comprender el clima filosófico de Alejandría y la forma como Clemente presentaba el cristianismo a sus oyentes mundanos. En el primero de estos libros, el Protrepticos (Exhortación), expone la inconsistencia de la mitología pagana, y pide a sus lectores que escuchen al Dios vivo hablando por medio de los profetas y revelándose en el Logos Encarnado El segundo libro, Paidagogos (El Instructor), introduce a los lectores en la doctrina cristiana. El tercero, Stromateis (Miscelánea), inicia a los investigadores en los misterios de la Nueva Revelación.

Clemente amaba y respetaba la filosofía griega, consideraba a Platón como precursor de Cristo, citaba a Sócrates y a Pitágoras en apoyo de la verdad de la enseñanza cristiana, y consideraba la historia de los imperios orientales como una preparación providencial de la venida del Mesías. Pero estaba convencido de que las preguntas que formulaban los filósofos de la antigüedad únicamente podían hallar sus verdaderas respuestas en el mensaje del Evangelio, y que los viejos mitos y leyendas de Grecia se habían anticuado, a causa de la Revelación cristiana. "Ya se han anticuado las fábulas," escribió Clemente, "y ya no es Zeus una serpiente, ni es un cisne, ni un águila, ni un enamorado furioso. Ya no vuela, ni ama a los muchachos, ni besa, ni actúa con violencia." Aún estaba vivo el paganismo tradicional; se resistía ferozmente al avance cristiano; pero se había debilitado su vitalidad, pues la frivolidad moral y la inconsistencia de sus mitos le privaban de dignidad, autoridad y poder.

Clemente veía en el cristianismo la realización de todo lo que era mejor el mundo helenístico; consideraba al ser humano como el ser más perfecto creado por Dios. Escribió: "El hombre es un noble himno a Dios, inmortal, basado en la justicia. En él están grabados los oráculos de la verdad; pues si no es en el alma sabia, ¿dónde se pueden escribir la verdad, o el amor, o la reverencia, o la ternura? Los que llevan estos caracteres divinos inscritos y sellados en sus almas juzgan que tal sabiduría es un hermoso puerto de partida para cualquier viaje que emprenden y que esta sabiduría es también un puerto de paz y promesa de un seguro retorno."

Clemente consideraba "la vida como sacra festividad," pudiéndose considerar eso como un trasunto de su pensamiento. Es curioso que sonase esta nota optimista y valiente en el momento en que los cristianos de todo el Imperio se enfrentaban con el martirio.

Clemente estableció los fundamentos de la apologética cristiana, pero fue Orígenes quien completó su sistema, al sucederle en la Escuela Catequística. Orígenes nació en Alejandría en el año 185. Su padre, Leónidas, era griego, hombre de riqueza y erudición. Su madre era natural de Egipto, y ambos padres eran cristianos convencidos. La familia poseía una gran biblioteca que introdujo al joven Orígenes en el mundo de la cultura clásica. De muchacho, impresionaba a todos con sus inusitadas facultades intelectuales, la madurez de su juicio y su insaciable deseo de información. A la edad de diecisiete años, hizo frente a la gran crisis de su vida cuando su padre fue arrestado y martirizado, confiscada la magnífica biblioteca y arruinada la familia. Orígenes anhelaba compartir la corona de martirio de su padre, pero le perdonaron la vida. Comenzó a enseñar filosofía pagana y doctrina cristiana y a pesar de su juventud adquirió pronto reputación de ser un capacitado maestro. Continuó sus propios estudios y se unió a la escuela de Amonio Sacas, antiguamente cargador de muelle en Alejandría, más tarde convertido al cristianismo, si bien finalizaba su carrera como neoplatonista en oposición a la Iglesia. Amonio no ha dejado escritos, pero su excelencia como maestro se ve probada por el hecho de que dos de los más grandes pensadores religiosos del siglo, Orígenes y Plotino, fueron enseñados y adiestrados en su escuela y contrajeron una inextinguible deuda con él.

La creciente popularidad de Orígenes provocó celos locales y le obligó a salir de Alejandría en el año 231. Trasladó su escuela a Cesárea, donde continuó enseñando durante otro período de nueve años. En 240 le encarcelaron y le torturaron de una manera salvaje. Al final de la persecución le pusieron en libertad, pero su salud estaba agotada y murió en 253, a la edad de sesenta y ocho años, en Tiro.

Orígenes era hombre de asombrosa aplicación. Pasaba todas las noches escribiendo, y los días dando conferencias, ya que consideraba que la comunicación verbal era una forma eficaz en su tiempo para propagar sus ideas y en especial la Palabra de Dios. Se supone que escribió más de 6 000 libros (¡), preferentemente comentarios sobre las Sagradas Escrituras. Muchos de ellos fueron quemados durante las persecuciones y confiscaciones que sufrió en vida, a causa de las discrepancias por parte de sus opositores de las posiciones teológicas e ideas por él sostenidas. Fue el primer doctor bíblico, y durante veintiocho años trabajó constantemente en un examen crítico del Antiguo Testamento. Su dedicación, su perseverancia en la exégesis bíblica tuvo como resultado los cincuenta volúmenes de su Hexapla, que contenía seis textos paralelos del Antiguo Testamento en hebreo y en traducciones griegas. Su curiosidad, su ansia de saber y de interpretar la Palabra de Dios y adaptarla al contexto de su época no conocía límites. Sostenía que escribir era una forma de orar y de ejercer la propagación del mensaje bíblico, no solamente entre los intelectuales de la época sino también en el mismo pueblo. Le interesaban todos los aspectos de la vida cotidiana y todos los problemas filosóficos, exigiéndose de darse una respuesta a sí mismo y a las demandas que asiduamente le hacían. Sostenía que en la medida que él con fe se exigiera a sí mismo y diera resultados confiables ante las demandas probaría que la Gloria de Dios no eran elucubraciones teóricas sino la acción del Espíritu Divino que en él se manifestaba. Combinaba una intrépida honradez intelectual con una completa dedicación al cristianismo. Su ardiente naturaleza le impulsaba a extremos de mortificación propia; en un súbito impulso se castró (como un símbolo de su lucha contra los deseos sexuales y tentaciones mundanas) mientras se hallaba todavía en la flor de su juventud, acto que lamentó posteriormente en la vida y que fue utilizado en contra suya por sus críticos.

Orígenes era un original y poderoso pensador y podía discutir contra los enemigos del cristianismo con pleno conocimiento de la filosofía y ciencia griegas. Era también un destacado maestro y apologista que no sólo instruía, sino que también formaba las personalidades de sus discípulos. Por la influencia filosófica que había recibido de los griegos sostenía que la sabiduría no solamente había que amarla transmitiéndola en discursos o escritos, sino que había que buscarla incesantemente y aun más: había que ayudar a aquellos que le interesaban que se transformaran en maestros, es decir que aprendieran a pensar y a practicar lo que pensaban. Uno de los más ilustres de éstos, San Gregorio Taumaturgo, obispo de Neocesárea (213-70), describió los años que pasó en la escuela de su amado maestro, con profunda gratitud y ardiente afecto. Escribió: "Orígenes coleccionó, para nuestro provecho, todo lo que cada filósofo tenía que ofrecer en verdad y utilidad para la edificación de la humanidad. Pero no quería que nos encariñásemos con un solo maestro, por sabio que le considerasen los colegas de su época. Orígenes nos enseñó a adorar únicamente a Dios y a venerar a sus santos profetas."

En un pasaje del panegírico dedicado a Orígenes, se ocupó de la inspirada calidad de la interpretación que su maestro hacía de las Sagradas Escrituras: "El Rector Universal, que habla por medio de los profetas, amados de Dios, y que inspira todas las obras proféticas, todo discurso místico y divino, concedió a Orígenes el honor de ser su amigo y lo estableció como maestro. Aquellas cosas que Dios expresaba por medio de otros de un modo enigmático, las revelaba Orígenes de una manera clara e inteligible. Las interpretaciones que Orígenes hacía de las Escrituras eran inspiradas por el Espíritu Santo, pues nadie puede comprender plenamente la voz profética, a menos que le guíe y le ayude el mismo Espíritu que habló por medio del Profeta." Para su defensa del cristianismo Orígenes utilizó mucho de lo que habló en la filosofía griega, e incorporó a su sistema ideas que han permanecido fuera de la principal tradición de la Iglesia, como la preexistencia de todas las almas (influencia neoplatónica de las reminiscencias de las ideas y de las almas en otro mundo), que creía que fueron creadas iguales y eternas al mismo tiempo. Orígenes consideraba la vida terrenal del ser humano como un período de purificación y prueba para los espíritus celestiales que no habían hecho una clara elección entre el bien y el mal; también se aventuró a opinar que finalmente se salvarán todos los seres humanos.

El conocimiento sin par que tenía Orígenes de la filosofía clásica provocó ataques contra él desde dos lados. Los oponentes paganos del cristianismo, como Porfirio, se indignaron porque Orígenes, hombre de tanta erudición, fuese cristiano. Porfirio escribió: "Orígenes vivía como cristiano, pero pensaba como griego y aplicaba las artes griegas a una creencia extraña." Sus críticos cristianos objetaban que, siendo cristiano, tomaba demasiado de la filosofía pagana. Sin embargo, Orígenes pudo combinar, de un modo verdaderamente creador, su fe cristiana y su educación clásica.

Uno de sus más célebres libros fue la réplica a Celso (cerca del año 180), distinguido romano y decidido crítico de los cristianos. Celso era un hombre educado, que había estudiado literatura cristiana. Presentó un número de objeciones a la veracidad de los Evangelios, que repitieron muchos oponentes posteriores del cristianismo. Celso deploraba la difusión de la nueva religión: según él, había minado los cimientos del Imperio Romano. Ridiculizó el Antiguo Testamento diciendo que estaba lleno de milagros y fábulas increíbles. Negó el nacimiento virginal del Mesías e insistió en que la historia de la resurrección, inventada por mujeres histéricas, había sido hábilmente utilizada por los Apóstoles. Celso describía a los cristianos como agentes artificiosos y subversivos, que penetraban en las casas de los opulentos y seducían a las mujeres y a los niños con su pervertida fe cuando el dueño de la casa se hallaba lejos del hogar.

Se ha hecho clásica la réplica de Orígenes a estas acusaciones. Preguntó a Celso si los hombres que engañaban deliberadamente a otros estarían dispuestos a morir como mártires en testimonio de su propia mentira, y también cómo podría alterar una mentira las vidas de los hombres y elevarlos moral e intelectualmente a un nivel previamente inaccesible. Celso había terminado su tratado con una apelación dirigida a los cristianos para que renunciasen a su religión y se convirtiesen en leales ciudadanos del Imperio. Las últimas palabras de Orígenes expresan la esperanza de que los gobernantes del Estado romano se convertirán y reconocerán la supremacía de la Ley divina que reveló Cristo; este deseo se realizó unos setenta años más tarde.

La comunidad cristiana en el Oriente evolucionó intelectualmente bajo la enseñanza inspiradora de Orígenes. Más que ningún otro, preparó a sus miembros para las nuevas y más complejas tareas con que se enfrentaron después del reconocimiento de la Iglesia por el Imperio.

Atenas rinde tributo a Adriano

Retrato de Adriano fechado entre el 130 y el 140 d.C. y hallado en la avenida Syngrou de Atenas en 1933.


Por Alec Forssmann, 31 de enero de 2017

El Museo de la Acrópolis de Atenas rememora el comienzo del reinado de Adriano, quien fue un admirador y benefector de la ciudad griega

En agosto del año 117, hace casi 1.900 años, murió Trajano y Adriano se convirtió en el nuevo emperador romano. El Museo de la Acrópolis de Atenas rinde tributo a Adriano con motivo de esta efeméride. La exposición Retrato del emperador Adriano en el Museo de la Acrópolis, del 15 de enero al 31 de marzo, recuerda al emperador viajero, quien fue un admirador y benefactor de Atenas. La muestra presenta un magnífico retrato de Adriano fechado entre el 130 y el 140 d.C. y hallado en la avenida Syngrou de Atenas en 1933. Lleva una corona de hojas de roble con un águila en el centro que simboliza a Zeus, su mirada se dirige al cielo como si estuviera alejándose de la vida terrenal y luce una barba, emulando quizá a los filósofos griegos.

Adriano visitó Atenas durante su reinado y emprendió un programa constructivo para renovar y expandir la ciudad. La devoción de Adriano por Grecia y por Atenas significó el resurgimiento de la vida cultural griega en tiempos del Imperio romano. El Arco de Adriano aún sigue en pie en una antigua carretera que llevaba de la Acrópolis al Templo de Zeus Olímpico. Probablemente fue erigido para celebrar el adventus o llegada del emperador a la ciudad. El Templo de Zeus Olímpico, el doble de grande que el Partenón, se comenzó a construir en el siglo VI a.C., pero fue Adriano quien lo concluyó gracias a una generosa donación. Otro edificio importante que construyó fue el Panteón, cuyas ruinas han sido localizadas en la calle Adrianou, en el barrio de Plaka.


El emperador Adriano, un viajero incansable




Frontera del imperio romano. Adriano ordenó levantar, entre los años 122 y 132, en la frontera norte de Britania, un gigantesco muro para marcar los límites del imperio.


Dispuesto a inaugurar una época de paz, Adriano pasó más de la mitad de sus veintiún años de reinado visitando todos los rincones de su Imperio, desde Britania e Hispania hasta las ciudades del oriente griego, su verdadera patria adoptiva

Bajo su reinado, el imperio floreció en paz y prosperidad. Estimuló las artes, reformó las leyes, afirmó la disciplina militar y visitó todas las provincias en persona. Su enérgico y gran carácter atendió al conjunto y a los mínimos detalles de la política civil. Pero sus pasiones dominantes eran la curiosidad y la vanidad. Adriano era alternativamente un príncipe excelente, un sofista ridículo y un tirano celoso. El tenor de su conducta mereció alabanza por su equidad y moderación. Pero al principio de su reinado dio muerte a cuatro senadores consulares, considerados dignos del imperio. Al fin el tedio y una penosa enfermedad le hicieron irritable y cruel. El Senado dudó si debería considerarle un dios o un tirano y sólo gracias a las súplicas del piadoso Antonino le fueron otorgados los honores debidos».

Así resume Edward Gibbon los datos que dan Dión Casio y la Historia Augusta sobre Adriano, en un curioso retrato con luces y sombras. Durante algo más de veinte años Publio Elio Adriano ofreció al Imperio una próspera paz y una administración muy eficaz, «visitó todas las provincias» y fue, en definitiva, un «príncipe excelente». Se le reprochan sus manejos para eliminar a algunos rivales y su carácter esquivo, tiránico y extravagante.

Por eso, apenas murió, en el año 138, en Roma se alzaron insultos y protestas contra su memoria. Fue enterrado fuera de la ciudad casi en secreto y el Senado intentó prohibir su apoteosis, esto es, su proclamación póstuma como dios. Pero el tenaz empeño de su sucesor, el leal Antonino Pío, logró que se le ofrecieran dignos funerales; es decir, que fuera deificado con los mismos honores que otros emperadores. Sin duda, la impopularidad final en Roma contrastaba con el gran aprecio que Adriano había suscitado en Grecia y merecido en toda la zona oriental del Imperio, en correspondencia con el filohelenismo, la afición por la cultura griega, demostrado por él en su vida y sus viajes.

Adriano, que llegó al trono imperial con cuarenta años tras una larga carrera de cargos civiles y militares, impuso desde sus comienzos una propia línea política. Frenó la expansión territorial, renunciando a nuevas conquistas bélicas, reforzó las fronteras y promovió la idea de paz en todo el dominio romano. Luego recorrió las extensas tierras del Imperio como ningún emperador lo había hecho antes, no sólo para asegurar la justa administración en las provincias, sino también para mostrar la munificencia imperial, y construir carreteras, ciudades y monumentos, y aún más para conocer a sus gentes, sus problemas y ambiciones. Viajó sin cesar, unas veces guiado por la estrategia política y otras por su propio anhelo de ver mundo y aumentar su cultura personal. Y fue, de alguna manera, en algunos viajes que realizó a remotos confines de su imperio, en la época de una paz asegurada, un viajero sentimental. En los veintiún años de su reinado pasó más de doce fuera de Roma, más de la mitad del tiempo de su gobierno.

De Antioquía a Roma

Ya antes de llegar al trono, Adriano también había viajado mucho con varios destinos. Hizo muy joven su primer viaje a Itálica, la ciudad patria de su padre y también de Trajano, que visitó el año 90. Desde 95 a 101 marchó como tribuno y luego cuestor a Germania y Dacia, es decir, a las fronteras del Rin y del Danubio. Tras las guerras dácicas, en el año 105 fue destinado a la zona oriental, primero a Grecia (Nicópolis y luego Atenas), más tarde a Antioquía, Armenia y Siria. Allí fue, en Antioquía, en agosto de 117, ya como legado al frente de las legiones de Oriente, donde recibió la noticia de la muerte de Trajano, apenas dos días después de saberse designado como su sucesor. Fue aclamado como emperador por las legiones y como tal se encaminó a Roma, desde Asia Menor, cruzando con un fuerte ejército Tracia, Mesia, Dacia y Panonia. Llegó once meses después, ya en 118.

Allí se mantuvo hasta 121. En un viaje de inspección recorrió tierras de la Galia y Germania, y luego Britania, donde mandó construir el famoso muro que llevaría su nombre. Se dirigió luego a Hispania (la Tarraconense y la zona de León) y de allí pasó probablemente a Mauritania y a Siria. Tras recorrer Tracia y las ciudades costeras de Asia Menor llegó finalmente a Atenas. Permaneció en Grecia casi un año, hasta que a mediados de 125 volvió a Roma. Desde ésta, en 128 recorrió en campaña militar el agitado norte de África (Numidia y Mauritania).

Ya en 129 emprendería otro gran viaje hacia Oriente, con varias estancias en Atenas, desde donde viajó a las ciudades de Asia Menor (Éfeso, Mileto), Licia y luego Siria, Arabia y Judea, así como Egipto, regresando de las tierras del Nilo a Atenas ya en 132. Acaso tras una nueva rápida visita a Judea, donde continuaba la guerra contra los rebeldes israelitas, atravesó las tierras de Macedonia, Mesia, Dalmacia, Panonia hasta llegar a Roma, a mediados de 134. Allí, descansando en su retiro de Tívoli, en las afueras de la gran urbe, enfermo y melancólico, permaneció hasta su muerte, en Bayas, en julio del año 138.

Fundador de ciudades

En muchos de los lugares que visitó, Adriano inauguró edificios, monumentos, caminos y construcciones diversas. En las fronteras fijó con muros y fosos los límites duraderos del Imperio: una gran empalizada en Germania y en Retia (al sur de la actual Alemania), el perdurable muro en el norte de Britania y una amplia fosa (fossatum) en África. Fundó ciudades, a veces con su nombre, las dos Adrianópolis de la Cirenaica (actual Libia) y Tracia (región situada entre Grecia y Bulgaria), Adrianúteras, Adrianos y Adraneia en Asia Menor, así como Elia Capitolina, erigida sobre las ruinas de Jerusalén, en Judea. En honor de su amante Antínoo fundó Antinoópolis en Egipto. Alzó también grandes templos, como en la ciudad de Cízico (situada en la región de Misia, en Asia Menor) y en Atenas, donde destaca el magnífico santuario de Zeus Olímpico. Prodigó fiestas a su paso, dejando por doquier claras inscripciones con su nombre y muchas estatuas, de las que se conservan más de ciento cincuenta. Embelleció con teatros y obras de ingeniería muchas ciudades, como en el caso, muy significativo, de la hermosa Itálica, la ciudad de su familia y de la de Trajano.

Las visitas imperiales «a todas», o casi todas, las provincias eran algo excepcional. Otros emperadores habían viajado a unas u otras en caso de algún conflicto bélico o en campañas militares –como Augusto al norte de Hispania o Trajano en sus viajes a Oriente– o, en otros casos, para darse a conocer tras su proclamación; pero en Adriano esas visitas de inspección y festejos responden a su interés personal por el cuidado y mejora de las provincias, a un plan premeditado de mejorar las comunicaciones y, a la vez, conocer a sus gentes y su cultura.

El establecimiento de fronteras definitivas, la restauración de la disciplina militar y de la administración de la justicia, se enlazaban con una fuerte pasión constructiva y todo esto se combinaba muy bien con su sincero y tenaz filohelenismo. Esos empeños suyos respondían al anhelo de integrar mejor y reanimar la parte oriental del Imperio, por la que manifestó una singular atracción e incluso una personal simpatía espiritual. De ahí su afán de dar nuevo impulso económico y político a aquel ámbito cívico grecohablante y a su ejemplar cultura antigua y brillante, que Roma ya mucho antes había sometido y asimilado en su nivel más elevado. En fin, en ese siglo II, bajo la dinastía de los Antoninos, el renacer de la cultura y de la sociedad helenística fue espectacular. Tanto en Atenas, embellecida por las obras monumentales de Adriano –y de su amigo, el riquísimo Herodes Ático–, como en otras ciudades de la costa del Egeo, esa época fue un tiempo de esplendor.

También en Roma dejó Adriano notables muestras de su afán arquitectónico: reconstruyó el templo del Panteón, iniciado por Agripa, y edificó el templo de Venus, los jardines y el palacio de Tívoli, así como el enorme túmulo funerario para su sepulcro (que concluyó Antonino y actualmente es el castillo de Sant’Angelo), además de reformar los edificios del foro de Augusto y los mercados del campo de Marte. Celebró numerosos juegos en el circo y representaciones en los teatros, y diseñó su residencia palaciega en Tívoli con numerosas estatuas y pinturas que reproducían escenas y paisajes de sus lugares predilectos del oriente helénico: el Liceo y la Academia, el Pritaneo, Canope, la Estoa y Tempe.

Apasionado por lo griego

En su actitud pública, Adriano parecía querer ser visto como un nuevo Augusto: como él aseguró las fronteras, reconstruyó templos (como el Panteón en Roma y el de Augusto en Tarragona), y como él a su muerte dejó designado no sólo al buen Antonino como su sucesor inmediato, sino también a dos herederos de éste: Lucio Vero y Marco Aurelio. Por otra parte, también emulaba a Pericles, de modo que asumió, en Oriente, en 129, el título de Olímpico (Olimpios). Creó en Atenas un gran centro político, el Panhelenion, donde se reunirían los representantes de las ciudades griegas para diseñar una política común; a la vez que se empeñó en concluir de una vez el imponente templo de Zeus Olímpico. Hizo mucho por acreditar el prestigio cultural del mundo griego: en Roma fundó un centro llamado Ateneo, trató con los sofistas más notables de su tiempo e intentó helenizar a los judíos construyendo en las ruinas de Jerusalén, destruida por Tito, una nueva ciudad, Elia Capitolina, con templo y cultos paganos; una medida errónea, que suscitó una larga rebelión y una segunda guerra en Judea.

El amor a lo griego de Adriano venía ya de su juventud, cuando por sus lecturas y sus gustos fuera apodado Graeculus, «grieguillo», mote bastante despectivo en Roma. Su cordial filohelenismo aparecía a las claras en su rostro barbado, como el de un antiguo filósofo griego, en un notable contraste con los bien rasurados nobles romanos y los emperadores precedentes. Como al ocupar el trono la conservó, pronto se puso de moda la barba cuidada en todo el Imperio, y la llevaron, cortas o largas, numerosos emperadores, y no tan sólo los que, como Marco Aurelio, podían sentir alguna simpatía o admiración a los filósofos helénicos.

También puede notarse otro rasgo griego en su amor por el joven Antínoo, una pasión más comprendida en el mundo griego y oriental que en el ambiente romano. Al morir el bello muchacho en aguas del Nilo, el desolado Adriano fundó una ciudad con su nombre e hizo que se multiplicaran los retratos de su amado por múltiples ciudades. Hay que recordar que el enlace del emperador con Sabina, sobrina nieta de Trajano, fue una boda de conveniencia, planeada por la emperatriz Plotina, y acaso poco feliz.

Desde sus jardines y sus habitaciones con vistas, el melancólico Adriano sentía acercarse la muerte, e incluso intentó en vano suicidarse. Entre tanto en Roma crecía el resentimiento hacia su persona, refinada y voluble, misteriosa para muchos romanos.

Para saber más

Adriano. Anthony Birley. Gredos, Madrid, 2010.

Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar. Edhasa, Barcelona, 1998.

http://www.nationalgeographic.com.es/historia/actualidad/atenas-rinde-tributo-adriano-con-retrato-desconocido-del-emperador_11108

http://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/el-emperador-adriano_7196



La formación del pensamiento helénico cristiano

 


Demetrios Constantelos

Adaptación pedagógica: Dr. Carlos Etchevarne, Bach. Teol.

Traducido del inglés al español por Joaquín Cortés Belenguer joaquincortesb@terra.es. Extraído de su libro: Christian Hellenism. Essays and Studies in Continuity and Change. Editorial Aristide D. Caratzas, New Rochelle, Nueva York y Atenas. ISBN: 0-89241-588-6

Decidle al rey; la corte decorada se ha derrumbado, Febo ya no tiene celda, ni laurel, ni profecía, ni fuente barboteante; incluso el agua parloteante se ha secado. Anónimo, Siglo IV



El pensamiento griego medieval o "bizantino" fue el resultado de la fusión de varias tradiciones intelectuales, culturales y religiosas de la antigüedad, como la griega, la romana, la hebrea, la iraní y la cristiana. Pero fueron el pensamiento humanístico de la antigua Hélade y la fe cristiana quienes contribuyeron en mayor medida a la génesis, formación y evolución del pensamiento bizantino. El pensamiento de los antiguos griegos gozó de una gran vitalidad durante la época bizantina ya que los clásicos griegos — literatura, filosofía, historia, arte, educación e incluso mitología — constituyeron el plan de estudios durante todo el milenio bizantino. Dado que la época bizantina fue profundamente religiosa, el futuro del patrimonio cultural de los antiguos griegos — en particular la literatura y la filosofía — en el Imperio Bizantino estuvo marcado ante todo por la actitud de la Iglesia hacia la enseñanza laica.

I

Para valorar el lugar que los clásicos ocupaban en el estado bizantino, conviene comprender la naturaleza del conflicto entre el pensamiento griego y la doctrina cristiana tal y como evolucionó en los primeros siglos del cristianismo. El encuentro entre el cristianismo y la paideia (educación) clásica dio como resultado las fuerzas que fijaron el futuro del pensamiento greco-bizantino.

Ya en tiempos de los Apóstoles encontramos los primeros intentos por presentar el nuevo credo en un modo comprensible para los que no eran judíos. San Juan escribió el cuarto Evangelio para gente de educación griega. Las palabras introductorias de Juan "Al principio existía la Palabra (Logos)," así como su terminología meditativa, mística, simbólica y filosófica no son más que préstamos de Heráclito, de los estoicos, y del pensamiento helénico en general. Sus bien elegidos términos logos, luz, tinieblas, carne, nacimiento, hijo, vida, vida eterna, pan de vida, agua de vida, señal, espíritu, resurrección, y muchos más tenían la intención de recalcar no sólo la preexistencia de Logos Cristo, sino también la implicación de Dios en la historia más allá del antiguo Israel. La consecuencia era que el Dios de Israel era el Dios de los griegos, de los romanos, de los escitas, y de otros, y que no existía un conflicto esencial entre el pensamiento griego y la doctrina cristiana.

Esta línea de pensamiento fue desarrollada más a fondo por pensadores cristianos que habían estudiado los clásicos, como fue el caso de algunos de los Padres Apostólicos. Por ejemplo, Justino el filósofo y mártir (m. aprox. 165) enseñó que se puede descubrir a Dios a través de los escritos de los filósofos griegos. La verdad acerca de la naturaleza y los atributos de Dios la establecieron los griegos mediante la aplicación de la razón (logos), en particular gracias a Heráclito y Sócrates. Justino recalcó que todos participan en Cristo, ya sean cristianos, judíos, griegos o romanos. "Todo el que vive con arreglo a la razón es cristiano, incluso aunque se le pudiera clasificar como ateo." Subrayó que las enseñanzas de Platón o la doctrina de los estoicos, los poetas y los autores de prosa de la antigüedad griega no eran contrarias a las de Cristo. "Ya que, mediante su participación en el Logos espermático, todos hablaban bien. ... Todo lo que cualquier hombre ha dicho correctamente nos pertenece a los cristianos." (1) Una parte del cristianismo occidental adoptó una línea de pensamiento distinta; por ejemplo, Tertuliano, el apologista cristiano del siglo II satirizaba con desdén a quienes "eran partidarios de un cristianismo estoico, platónico o dialéctico (aristotélico)." El cristianismo latino se esforzó durante varios siglos por resolver la cuestión tertuliana ¿Que tiene que ver Atenas con Jerusalén?" (2) El cristianismo griego había logrado desde época temprana un equilibrio entre la sabiduría de las dos ciudades: la thyrathen, o helénica y la sagrada, o hebrea. El cristianismo recibió el pensamiento griego como un regalo de la Divina Providencia.

La postura que Occidente adoptó frente a las humanidades clásicas estuvo determinada por el nivel cultural imperante en el Oeste tras las invasiones bárbaras. Si bien el cristianismo había progresado poco entre la aristocracia romana en el Imperio Romano de Occidente, y las clases cultivadas manifestaban una fuerte resistencia frente al nuevo credo, la gente corriente que se había convertido al cristianismo consideraba sin embargo el contacto con la educación clásica como peligroso; su estudio era, si no pecaminoso, jugar con fuego. Este temor, que se correspondía con la mentalidad de los romanos más conservadores y tradicionales (en contraste con los griegos más inquietos y curiosos) influyó incluso a los cristianos cultos que habían logrado conciliar la nueva fe con la cultura clásica.

Dos anécdotas importantes sirven para ilustrar este punto. Jerónimo, una de las mentes más brillantes de la cristiandad occidental, disfrutaba con la lectura de Cicerón. Pero cada vez que leía a su autor favorito, se sentía culpable. En vano había intentado convencerse de que lo que hacía no era pecaminoso. En un sueño trató de convencer a Cristo de que era un fiel cristiano, pero el Juez Celestial, frente al alegato "Soy cristiano" (Christianus sum) lo reprimió con un "Sí eres ciceroniano, pero no cristiano" (Ciceronianus es, non Christianus). (3) A finales del s. VI, el papa Gregorio Magno (590-604) reprendió amargamente al obispo de Viena por enseñar literatura. Gregorio afirmó: "Una boca no puede contener alabanzas a Cristo y alabanza a Júpiter." (4) Se oponía duramente a la enseñanza de los clásicos pese a resultar ser un papa progresista y reformador.

El que algunos papas romanos desconfiaban de los clérigos que habían estudiado a los clásicos queda de nuevo reflejado por otra historia del s. VII. Teodoro de Tarsos había recibido una excelente educación clásica tanto en Tarsos como en Atenas. Cuando fue nombrado Arzobispo de Canterbury, el papa Vitaliano, que lo consagró en 688, manifestó su temor y preocupación sobre la ortodoxia de Teodoro. El romano pontífice ordenó al abad Hadrian que acompañara a Teodoro a Gran Bretaña y que "vigilara atentamente a Teodoro para que no enseñara nada que fuese contrario a la fe verdadera según el modo de los griegos." (5) Gilbert Highet relata que "siempre hubo una fuerte oposición en la Iglesia (Occidental) a cualquier tipo de estudio de la civilización clásica, porque fue el producto de un mundo corrupto, pagano, muerto y maldito." (6) A pesar de ello, por lo menos los clásicos romanos se preservaron en Occidente, mediante su estudio y transcripción en algunas comunidades monásticas de la Iglesia Occidental.

Pero volvamos al este. Además de Justino el filósofo, Arístides y Atenagoras de Atenas y más tarde Clemente y Origen de Alejandría se esforzaron enormemente por presentar las enseñanzas cristianas en un lenguaje y estilo comprensibles para los gentiles cultos. Durante los primeros siglos del cristianismo y, concretamente, en los siglos IV y V, intelectuales cristianos, como Basilio el Grande, Gregorio de Nazianzos, y Gregorio de Nisa observaron que muchos aspectos del pensamiento, la filosofía y la ética clásicos, y en concreto el pensamiento de Platón eran bastante cercanos a la doctrina cristiana. De este modo, la filosofía, la antropología, el pensamiento político, la ética y la psicología griegas fueron puestos al servicio de la teología cristiana. La literatura clásica dejó de estar considerada como inapropiada para la fe cristiana. "Como una abeja reuniré todo lo que sea conforme a la verdad, incluso sirviéndome de lo que escribieron nuestros enemigos (autores paganos)," (7) afirmó el teólogo del siglo VIII Juan de Damasco.

Cuando los paganos cultos empezaron a convertirse al cristianismo y cuando los cristianos cultos empezaron a ahondar en el estudio de los clásicos griegos, se consiguió combinar los clásicos griegos con la doctrina cristiana. El estudió de los clásicos se aseguró a consecuencia de la adopción de opiniones como la del influyente Basilio el Grande, expuestos en el tratado "Exhortación a jóvenes sobre el modo de aprovechar mejor los escritos de autores paganos." (8)

La Iglesia Griega llegó a la conclusión de que el estudio de la sabiduría helénica era útil y deseable, siempre que el cristiano rechazara lo malo y se quedara con lo bueno y verdadero. El cristianismo fue bautizado en la corriente griega de lenguaje y pensamiento, en el ambiente cultural griego y en el marco histórico helenístico. En conjunto, los Padres de la Iglesia Griega no pretendieron sacar ni esencia ni contenido del antiguo pensamiento griego, ya que las Sagradas Escrituras ya les habían provisto de ello. Pretendían adoptar las metodologías, los medios técnicos, la terminología, y las estructuras lógicas y gramaticales con el objetivo de construir el edificio cristiano de la teología, de la doctrina y del pensamiento. No obstante, en esta tentativa la revelación cristiana no pudo evitar la infiltración del pensamiento griego, y las influencias culturales e intelectuales griegas se entrelazaron con la fe cristiana. Se consiguió una convergencia armoniosa entre la fe cristiana y el pensamiento griego, y hasta el día de hoy en la Iglesia Oriental se impuso un equilibrio. Cierto es que hubo intentos de desequilibrar la situación. Por ejemplo, el Emperador Juliano (360-363) trató por todos los medios de reintroducir no sólo la educación clásica sino también las divinidades olímpicas. Juan Italos en el siglo XI y Jorge Plethon Gemistos en el XV sostenían que la religión clásica y la tradición intelectual ofrecían todo lo que se necesita saber y poseer, y en mayor medida que el cristianismo. Otros eclesiásticos, como Epifanio de Chipre y Anastasio de Sinaí, consideraban que el cristianismo era autosuficiente y que por ello no había lugar a ningún tipo de reconciliación con la tradición clásica. Pero el caso es que no prevalecieron ni los enemigos del cristianismo ni los adversarios de la antigüedad clásica. Apolinario el Joven estableció el equilibrio al afirmar que "el bien allí donde se encuentre es una propiedad de la verdad." (9) Es en este principio donde la Iglesia reconoció el legado de los griegos clásicos, y los unió a la tradición cristiana. De este modo podemos ver en la época bizantina la continuidad del pasado griego, la herencia helenística junto al nuevo elemento de la fe cristiana.

Tanto en el siglo V, como en el IX o en el XII, los profesores y los eruditos cristianos escribían tanto sobre temas cristianos como sobre temas clásicos. El núcleo del currículum lo componían el estudio de las Sagradas Escrituras así como las obras de los poetas, historiadores, retóricos, filósofos y literatos de la Grecia clásica. Los mismos profesores que se encargaban de supervisar los estudios clásicos escribían también tratados sobre teología cristiana y exégesis bíblica. La paideia bizantina era la paideia helénica cristiana. Debido a la supervivencia de la tradición clásica, podemos encontrar en la época griega medieval individuos que se atrevieron a cuestionar no sólo opiniones teológicas sino incluso dogmas, y unas cuantas mentes inquietas se aventuraron incluso a emular la mentalidad especulativa de los antiguos. Por supuesto recibieron la calificación de "herejes." Herejía deriva del griego "hairesis" que significa elección, y había lugar para las elecciones intelectuales y religiosas.

Es cada vez mayor el número de intelectuales e historiadores culturales y sociales que se dan cuenta de que la sociedad bizantina no era tan conservadoramente rígida o inmóvil en su ideología o ceñida por sus dogmas religiosos como se mantuvo en el pasado. Cierto es que para los bizantinos la teología era el estudio interno superior, pero el externo, o enseñanza "laica" nunca fue descuidado, ya que formaba parte esencial de su paideia. Sirva como ejemplo el caso de Eustaquio, Metropolita de Salónica del siglo XII, quien no dudó en escribir comentarios sobre Homero y no tenía miedo de citar pasajes de Safo. Juan Mauropous, el obispo de Eucaita, rezó especialmente a Cristo para que aceptara a Platón y a Plutarco en su reino, porque se diferenciaban muy poco, o nada, de los profetas del Antiguo Testamento. En el siglo XIV, Jorge de Pelagonia usó más material de la sabiduría griega que de las Escrituras cristianas en su composición de la vida del Emperador San Juan Vatatzes. Debido a su apego por la educación griega y por su amplitud de criterio, la Iglesia Griega y Bizancio fueron acusados por el Oeste latino de ser "mundanos," "herejes" y "cismáticos."

El Occidente latino cristiano durante varios siglos, en concreto desde finales del siglo VI hasta la época de Tomás de Aquino, había proscrito el helenismo profano. Incluso aunque algunas mentes importantes, como Macrobio y Jerónimo habían intentado salvar el vacío entre el Helenismo cristiano y el pagano, la vida monástica del Oeste contribuyó a la drástica decadencia del pensamiento griego en la cultura occidental durante cuatro siglos (600-1000). Los paladines del pensamiento griego como Boecio se arriesgaban a ser acusados de herejes y magos. En ocasiones incluso costumbres civilizadas introducidas por el Este griego fueron condenadas por ser pecaminosas. Por ejemplo, la Princesa bizantina Teofano, esposa de Otón II (973-983) y regente de Otón III (983-1002) y una de las emperatrices más hábiles que jamás haya gobernado Alemania, fue vista tras su muerte por una monja visionaria ardiendo en el Infierno por su costumbre de tomar baños; la muerte prematura de su prima María Argira, la esposa del Doge de Venecia, fue igualmente considerada por Pedro Damián como merecedora de castigo divino por haber introducido María el uso de los tenedores en las mesas venecianas. (10) En el Este griego, las herejías y las sectas religiosas eran formas disidentes que surgían de la corriente principal de la vida intelectual y espiritual del momento, o nacían de la fusión o unión de la cristiandad judeo-helénica y del pensamiento griego. El hecho cierto de que muchos de ellos no dejaran de aflorar en el transcurso de más de diez siglos es indicativo de un fondo intelectual fértil y de una atmósfera religiosa tolerante. El clima espiritual y religioso tolerante y variante fue el que convirtió los problemas antiguos — teológicos, filosóficos, judíos, griegos u orientales — en cualquier cosa menos obsoletos o académicos en cualquier siglo.

La mentalidad griega cristiana acerca del lugar de los clásicos en la Iglesia puede ilustrarse mediante otro texto conservado en un cuestionario atribuido a Anastasio de Sinaí (m. h. 700 d.C.). La pregunta era la siguiente: "¿Los cristianos deben rezar por la salvación de los paganos (Helenos) muertos con anterioridad a la llegada de Cristo, o han de anatemizarlos?" (11) La respuesta de Anastasio fue que los fieles deben ciertamente rezar por ellos y no condenar a ninguno de ellos porque tanto Juan el Bautista como el mismo Cristo habían descendido al Hades y habían predicado el evangelio de la salvación a todos aquellos que habían muerto antes de la era cristiana (I Pedro 3:19).

Eran habituales los ataques que intelectuales cristianos recibían por su gran apego por la sabiduría clásica. Por ejemplo, en el siglo XV el prefecto de Constantinopla, Kyros Panopolites, quien escribió bonitas letras de canciones, fue expulsado de Constantinopla por "Heleno." Pero a pesar de ser acusado de paganismo, fue ordenado Obispo de Kotyaion, una diócesis remota en Frigia. Durante el reinado de Teófilo (829-842), León el Matemático, catedrático de la Universidad de Constantinopla, fue acusado de paganismo por su apego a la antigua tradición. Al erudito y diplomático del siglo X León Choirosphaktes, lo asaltó una devoción por el drama y la música antiguos y una inclinación por la cultura clásica. Ello no obstante, muy raramente un intelectual fue llevado a la hoguera por su amor por la cultura clásica. Muchas de tales acusaciones tenían una motivación política y resultaron ser inocuas. El estudio del pensamiento de la Grecia antigua era una tradición demasiado larga en el tiempo para que envidias personales pudieran con ello. Incluso a los monjes, que constituían el elemento más conservador de la sociedad bizantina, se le recomendaba el estudio de obras antiguas o laicas. Nicolás Kabasilas, un místico del siglo XIV, sostenía que incluso los santos eran unos personajes incompletos si carecían de una instrucción suficiente en literatura profana o mundana.

Además los retos intelectuales a la fe y la tradición establecidas eran algo común en el este griego e incluso el dogma nunca fue algo petrificado y sofocante. Había crecimiento y desarrollo. La revelación divina se veía no como una iluminación celestial repentina o como un rayo impredecible, sino como un sol cósmico, que nace lentamente con el origen del hombre, que alcanza su punto culminante en la persona de Cristo, y continúa bajo la guía del Paráclito (Espíritu Santo); es decir, creían en una revelación cuyos rayos penetraban muchas mentes y pensamientos a través de varios caminos y canales.

El equilibrio entre el pensamiento griego y la fe cristiana era cada vez más precario tras el siglo XI. Pero fue después del siglo XIII cuando los intelectuales trataron de dar al traste con el equilibrio al recalcar el significado del conocimiento griego sobre el dogma cristiano.

Hubo otros que rechazaron tanto la filosofía como la teología. El resurgimiento de las obras de los escépticos Pirro de Elis y de Sexto Empírico reforzó la creencia de que tanto la filosofía como la teología, es decir, la fe cristiana y el pensamiento griego eran fútiles ejercicios abstractos. (12)

El renacer de los clásicos griegos, de interés erudito y artístico en el siglo XIII alcanzó su máximo grado en el siglo XV. Jorge Pletón Gemistos fue el más arduo representante de la educación griega. Trató abiertamente de romper el equilibrio entre pensamiento griego y dogma cristiano. Pletón no sólo abogó por "la nación griega y el desarrollo del nacionalismo griego," sino que en sus últimos años pidió el resurgimiento de la antigua religión griega para sustituir al cristianismo tradicional. Pletón debe haber sido el primero en cuestionar las afirmaciones del cristianismo después de Celsio (siglo II) y del Emperador Juliano (siglo IV). La disputa de Platón con los teólogos contemporáneos, Gennadios Scholarios en particular, constituye la última fase importante del conflicto entre el pensamiento griego y la Ortodoxia cristiana, al menos por lo que se refiere a las épocas antigua y medieval. (13)

II

Pero, ¿qué parte en concreto de la tradición clásica sobrevivió en la Edad Media griega o bizantina y contribuyó por tanto a la formación del pensamiento bizantino? Prácticamente todo. Los bizantinos se enorgullecían de ser los herederos y custodios de la tradición clásica helénica. La bizantina era una sociedad culta, y su cultura se basaba sobre dos pilares, el griego y el cristiano. El primero incluía, por supuesto, la lengua griega, que era el idioma oficial del imperio. De hecho, muchos intelectuales bizantinos apreciaban la lengua griega de tal modo que trataban de imitar el lenguaje de los antiguos. Los historiadores bizantinos imitaban a Tucídides, Jenofonte y Herodoto. Los hagiógrafos imitaban a Plutarco, y los autores de drama religioso emulaban a los grandes trágicos. Dicho en otras palabras, la continuidad con el helenismo pagano continuaba viva, y la instrucción pública estaba en manos de los laicos. El renacer de actividades humanísticas y clásicas tenía su origen tanto en la educación patrocinada por la iglesia como por aquella pública.

En el siglo XI, Constantinopla disponía de tres centros destinados a la enseñanza superior donde se enseñaba medicina, botánica, zoología, matemáticas, filosofía, derecho, retórica y otras materias. Pero la tradición clásica se enseñaba incluso en la educación primaria y secundaria. En el programa de estudios eran habituales la gramática, la sintaxis, la lectura, la escritura, la aritmética, la geometría, la música, la anatomía y la astrología. Después del siglo VI, la mayor parte de los hijos de hombres libres recibían su educación en centros gratuitos de titularidad estatal o en escuelas de la iglesia o monásticas. Las escuelas estatales estaban abiertas a todos los niños, independientemente de su nacionalidad o clase social.

Al igual que sucedía en la Grecia antigua, donde los alumnos tenían que leer a Homero y los poemas de los buenos poetas y aprenderlos de memoria, también en la época bizantina se obligaba a los estudiantes a leer a Homero (y más tarde la epopeya de Digenis Akritas) así como la Biblia. Las fábulas de Esopo se memorizaban a la edad de 14 años o más tarde, y los estudiantes debían de memorizar a Homero por entero. Empezaban por memorizar cinco líneas de la Odisea, y tras aprenderse la totalidad de la Odisea, pasaban a la Iliada.

El arte de la oratoria requería el estudio de grandes retóricos, en concreto Esquines, Isócrates y Demóstenes. La educación se dirigía a ambos sexos. Hubo mujeres que destacaron en el campo de las letras y la historia así como en la política. Atenais-Eudokia, la mujer de Teodosio II (408-450), fue una renombrada estudiosa de los clásicos. En el siglo VIII, Irene, quien prefería el título masculino de Basileus, fue la primera mujer de la era cristiana en llegar al cargo de emperador, mientras que Anna Komnene en el siglo XII fue una destacada historiadora de la Edad Media. Entre las mujeres había médicos e incluso figuras literarias prominentes. Pese a ello, la educación que recibía la mujer bizantina solía ser mediocre e incluso pobre, llegando hasta la edad de catorce años.

La educación mediante a través de tutores era muy usual, pero encontramos escuelas privadas hasta en pueblos remotos de Capadocia. Por ejemplo, sabemos que para San Teodoro de Siceón, el hecho de ser hijo extramatrimonial no constituyó obstáculo para recibir su primera educación en su pueblo natal en Asia Menor central, en la eparquía de Galatia. La educación superior era disponible en varias academias muy conocidas. Atenas, Alejandría, Antioquia, Beirut, Gaza, Constantinopla, Salónica, Mistra, Nicea, Nicomedea y Trebisonda eran los centros de educación superior más importantes. Algunos de ellos, por supuesto, fueron conquistados por los árabes en el primer cuarto del siglo VII.

Los emperadores que no apoyaban la educación superior constituían una excepción. En esta tarea de patrocinio ocupan un lugar destacado Constantino el Grande (307-337), Teófilo (829-842), Constantino IX (1042-1055), los emperadores Komnenoi, Juan III Doukas Vatatzes (1221-1254), Miguel VIII Paleólogos (1259-1282), y Andrónicos II (1282-1328).

El siglo V marcó definitivamente un momento decisivo en la educación superior bizantina. Teodosio II fundó en 425 una gran universidad con 31 cátedras para derecho, filosofía, medicina, aritmética, geometría, astronomía, música, retórica y otras materias. 15 cátedras estaban asignadas para latín y 16 para griego. Miguel III (842-867) reorganizó la universidad, que mantuvo su esplendor hasta el siglo XIV. El siglo IX tuvo mayor importancia para el futuro de los clásicos que cualquier siglo precedente. Tuvo lugar una reorganización de la universidad así como un renacimiento categórico y serio de la educación clásica. Y dado que los límites entre el ámbito de interés de lo laico y lo cristiano eran inexistentes, se logró unir la educación clásica y la cristiana.

Desde mediados del siglo IX tenemos varias figuras que contribuyeron a la supervivencia y a la efectiva promulgación de los clásicos griegos, como el Patriarca Focio, Juan Geometres, León el Matemático, Aretas de Cesarea, León Choirosphaktes, Miguel Psellos, Juan Italos, Juan Mavropous, Eustatio de Salónica, Anna Komnene, Teodoro Lasaris, Teodoro Metochites, Pletón Gemistos y Jorge Scholarios.

Hemos de advertir en este punto que el término "renacimiento" no significa que el estudio de los clásicos estuviera muerto durante los tres siglos anteriores. El este griego no experimentó algo similar al Renacimiento de Occidente porque la tradición clásica era un componente de la educación bizantina, y el estudio de lo griego no estaba reducido a algunas comunidades monásticas aisladas. Se enseñaba en Constantinopla, en Salónica, en Nicea, en Mistra y en otras partes. Incluso la controversia iconoclasta demuestra la existencia de la educación griega, ya que la victoria de los iconófilos se vio como una victoria de la mentalidad griega sobre la semítica.

Focio en el siglo IX era un profundo conocedor de los autores clásicos, incluidos los que trataban sobre los mitos. Myriobiblos es una colección suya de anotaciones sobre diversos libros clásicos leídos por sí mismo, por sus alumnos y por sus amigos. Focio dio preferencia a Aristóteles en la filosofía y a los oradores e historiadores atenienses en literatura. A diferencia de Focio y su escuela, hubo otros que leían y sentían admiración por Platón, los neoplatónicos, como Plotino, y los trágicos y poetas líricos.

Juan Geometres constituye un ejemplo admirable del erudito que logró armonizar lo sagrado y lo profano. "Habla de los griegos paganos con la misma frecuencia con la que habla de los santos cristianos." (14) Sus poemas están llenos de referencias a autores clásicos: Jenofonte, Sófocles, Homero, Esquilo, Eurípides y otros. Platón es "el maestro de la inmortalidad" y Aristóteles "quien estableció los límites entre espíritu y naturaleza." (15)

Aretas de Cesárea, quien vivió en el siglo X, hizo copiar todo tipo de manuscritos, incluyendo Euclides, Platón, Luciano y Arístides, y estudió muchos autores clásicos antiguos.

Juan Mavropous, uno de los intelectuales más destacados del siglo XI y eminente profesor de retórica en Constantinopla, constituye un ejemplo brillante de un hombre que logró un equilibrio entre su educación sagrada y la clásica. En sus escritos cita a la Biblia y a los Padres de la Iglesia, pero también tiene mucho de Epicuro, Píndaro, Platón, Plutarco y otros. En uno de sus poemas hizo hincapié en la afinidad entre Platón y la moral de Cristo, sosteniendo que tanto Platón como Plutarco eran cristianos en sus fundamentos. Rezaba: "Cristo mío, si quisieras librar a algún pagano de tus amenazas, elige por mí a Platón y a Plutarco. Porque ambos en pensamiento y obra demostraron lo cerca que estaban de tus leyes. Quizás no hayan sabido que tú eres el Dios de todos, pero no es más que otra petición de tu misericordia, el don mediante el cual deseas salvar a toda la humanidad." (16)

Miguel Psellos, quien vivió en el siglo XI puede no haber sido una excepción en su conocimiento de ciertos autores clásicos. Cuando era aún un muchacho, ya sabía de memoria la Iliada en su totalidad. Psellos incitaba a sus alumnos a imitar la laboriosidad y el ejemplo de Platón y Pitágoras, y él mismo emuló el estilo de Demóstenes y Tucídides. Cuando comparaba el pasado con el presente, Psellos encontraba en la antigua Grecia todas las virtudes que deseaba ver en sus alumnos. Adoraba a Platón en particular. Durante una disputa con el Patriarca, su antiguo amigo, Juan Xiphilinos, Miguel gritó. "Su santidad y gran sabio: ¡Platón es mío, claro que es mío!" (17)

Anna Komnene confirma la gran vigencia que el saber clásico gozaba en el siglo XII. Ella fue instruida en él de modo excelente. "No ignoraba las letras puesto que había llevado mi estudio del griego a su punto más elevado . . . ¡Estudié con detenimiento las obras de Aristóteles y los diálogos de Platón, y enriquecí mi mente con la "cuaternidad" de enseñanza! (18) Anna cita con profusión a Platón, Demóstenes, Aristóteles, y sobre todo, a Homero. Eustaquio de Salónica, quien vivió en el siglo XII, era el erudito greco-cristiano ideal. Sin lugar a dudas un cristiano devoto, era así mismo un gran especialista en los clásicos, una autoridad en Homero, sobre cuyas obras épicas escribió monumentales comentarios, como ya mencionamos con anterioridad. El énfasis en la herencia cultural clásica se pronunció más durante los últimos siglos del Imperio Bizantino. El saber clásico había sido la base de la educación bizantina. Los Padres de la Iglesia debían mucho a la tradición no cristiana y "no podemos dejar de destacar que el criterio de la erudición bizantina era el uso acertado de todas las fuentes del saber." (19)

La supervivencia de la tradición clásica griega se refleja no sólo en el pensamiento filosófico o en la enseñanza de la lengua griega sino también en el arte seglar e incluso religioso de la época. Estaba de moda decorar ánforas, cubos de vidrio y otros artículos con escenas mitológicas y con imágenes de influencia clásica. Losas de mármol y mosaicos en los suelos también representaban tales temas seglares.

Incluso los antiguos conceptos y prácticas religiosos griegos sobrevivieron en la cristiana Edad Media. En la antigüedad griega, la deidad circulaba libremente y la religión constituía una auténtica fuerza. En la Edad Media griega, la religión tenía una importancia vital para el estado así como para la vida cotidiana del individuo. En la antigüedad griega los templos, los bosques sagrados y las estatuas se hallaban dispersas por todas partes, recordando a la gente la cercanía de lo sobrenatural. En Bizancio, las iglesias, las casas, los edificios públicos y las puertas de las ciudades estaban decoradas con iconos de Cristo y símbolos de santos, para recordar constantemente la presencia de Dios y de lo sagrado. También el antiguo misticismo religioso griego influyó sobre el misticismo cristiano. La enseñanza relativa a la theosis es un tema recurrente en los escritos de los Padres Griegos de la época bizantina. Según la teología bizantina, el destino último del creyente es alcanzar la theosis (deificación, divinidad), que es la vida eterna en Dios (pero no absorbido y aniquilado por Dios, como sucede en el panteísmo). La theosis se convirtió en sinónimo de salvación, y la salvación no es más que el estado en que los humanos viven eternamente en presencia de Dios; la condenación significaba la ausencia de Dios de la vida de los humanos. Para la teología bizantina, la theosis del ser se alcanza mediante la experiencia religiosa.

La idea de theosis, sin embargo, no era extraña al pensamiento griego no cristiano; el estado de theosis se alcanzaba no mediante la teología sino a través de la filosofía, la paideia, la askesis filosófica y el desarrollo intelectual. Para el pensamiento griego, la filosofía es el camino, la anábasis (ascensión) a la theosis. Platón escribe que el hombre recto no será abandonado por Dios, y que el hombre "con el ejercicio de la virtud se unirá a Dios en la medida de lo posible para el hombre." Los neoplatónicos se hacen eco de las enseñanzas de Platón. Amonios de Alejandría escribe que "la filosofía es semejanza a Dios en cuanto en la medida de lo posible para el hombre." En el siglo IV, el filósofo Temistios afirma que "la filosofía no es más que asimilación a Dios en la medida de lo posible para el hombre." (20)

Por último, aunque no por ello menos importante, la supervivencia y la contribución de los clásicos griegos al desarrollo de la mentalidad bizantina puede ser deducido del hecho que había muchas bibliotecas repletas de libros conteniendo el saber clásico. Por ejemplo, la Biblioteca Imperial de Constantinopla en 475 poseía 120.000 volúmenes, incluyendo el famoso pergamino, de 120 pies de largo, sobre el que estaban inscritas la Iliada y la Odisea de Homero. La biblioteca fue destruida por el fuego pero fue reconstruida en el siglo VI.

En el siglo VIII, la biblioteca del Oikoumenikon Didaskaleion, que fue destruida en el incendio de 726, incluía "muchos y buenos libros" tanto sobre teología cristiana como de clásicos griegos. (21) Pero el Imperio Bizantino tenía otras bibliotecas estatales, de los monasterios de la Iglesia y privadas, repletas con numerosos manuscritos de las obras de los autores clásicos. Muchos de ellos fueron destruidos y muchos fueron llevados a las capitales de la Europa occidental tras la catastrófica Cuarta Cruzada, y tras la caída de Constantinopla en manos de los turcos. Las bibliotecas mantuvieron la tradición literaria griega que contribuyó al desarrollo del pensamiento bizantino. En palabras de Sócrates, historiador eclesiástico del siglo IV: "La literatura griega ciertamente nunca fue reconocida por Cristo o por sus apóstoles como inspirada por Dios, pero por otra parte tampoco fue totalmente rechazada como perniciosa. Y esto no lo hicieron, me imagino, desconsideradamente. Porque había muchos filósofos entre los griegos que no estaban lejos del saber de Dios . . . por estos motivos son también útiles para todos los que aman la auténtica piedad." (22)

En la sociedad bizantina, en las familias más pudientes la educación era algo que se daba por sentado. La educación era accesible tanto a clérigos como a laicos por igual. Había escuelas y academias de la iglesia del mismo modo que existían escuelas y universidades laicas. Había profesores particulares tanto públicos como privados, así como benefactores seglares y clérigos de la enseñanza. Incluso en sus peores días, los bizantinos nunca perdieron su orden de prioridades. Se debían construir bibliotecas junto a hospitales, hospicios, orfelinatos, asilos y otras instituciones públicas. Los bizantinos sobresalieron en el campo de la historiografía, la poesía eclesiástica, de las obras litúrgicas, de las exposiciones doctrinales y espirituales, en el arte y los mosaicos. La mentalidad bizantina era dinámica, cambiando y desarrollándose durante los diez siglos de su existencia. En el arte, la música, la espiritualidad, la literatura y el saber de todas sus épocas, incluyendo algunos años después de la caída de Constantinopla, encontramos nueva vida junto a la continuidad de la tradición establecida.

Además, en su organización y administración política y militar el Imperio Bizantino hizo gala de una enorme capacidad para adaptarse y expandirse. En el último periodo incluso emperadores como Juan VIII Paleólogos (1425-1448) abogaba por la discusión y la libertad de expresión. Los métodos griegos, como los comités, las votaciones y el diálogo contradicen a aquellos que sostienen que la presión del emperador constituía una restricción permanente a esta libertad. Problemas económicos, intereses sociales y cambios administrativos indican claramente que la historia interna del mundo griego medieval estaba lejos de ser algo uniforme y estático. Efectivamente, existía una continuidad con el pensamiento griego, con la literatura, la historia y la cultura de los antiguos, pero la civilización griega medieval era una nueva síntesis, algo vivo, orgánico, cambiante de siglo en siglo, incluso de generación en generación y de lugar a lugar. Por ejemplo, hay una fuerte continuidad entre la lengua, la literatura y la cultura del Ponto y la del Peloponeso, pero también hay muchas diferencias. Al igual que sucedía con los griegos antiguos, la civilización griega medieval se caracterizaba por ser una unidad de diversidad. (23)

El término paideia significa tanto civilización como educación. Cuando Werner Jaeger usó el término paideia para describir los ideales de la cultura griega, lo que pretendía señalar era que los griegos creían que los hombres progresaban en civilización no adquiriendo poder o riqueza, sino adquiriendo educación. (24) Es un hecho conocido que los bizantino preferían la negociación a la confrontación, y que muchas de sus guerras fueron defensivas. Medían sus logros y su status internacional no por su poder o su riqueza sino por sus valores espirituales y su educación. Los grandes libros de la antigüedad así como su propia historia, poesía, obras teológicas, tratados filosóficos y discursos tenían como finalidad educar a sus lectores. Los bizantinos no hacían literatura o arte sin más. Ambos iban dirigidos a educar a su gente.

De este modo lo mejor de la literatura clásica se transformó con la adición del pensamiento cristiano para servir las necesidades intelectuales y espirituales. La mente bizantina era ante todo una mente espiritual. El libro definitivo sobre la mentalidad bizantina aún no ha sido escrito. No obstante, percibo que a los bizantinos les interesaba la civilización, y la civilización no tiene que ver necesariamente con la riqueza, el poder o las posesiones sino más bien con la educación de la mente humana y con el refinamiento de la psique humana. Según esta definición, el estado más rico del mundo, una sociedad con riqueza y bienestar ilimitados no sería sin embargo una "civilización." Un estado similar sería lo que Platón describió como "una ciudad de cerdos, comiendo, bebiendo, apareándose y durmiendo hasta que mueren." (25)

La civilización bizantina era ante todo una civilización espiritual activa en la cultura y en la salvación de la persona. Se orientaba por el principio según el cual era deber de toda persona no ampliar su poder o multiplicar su riqueza más allá de lo necesario sino más bien enriquecer la mente y salvar su alma. Lo primero lo proporcionaban los clásicos griegos y lo segundo lo prometía la fe cristiana. Por esta razón, las humanidades clásicas griegas y la doctrina cristiana constituyeron los dos elementos más importantes del pensamiento bizantino.





Notas.

1. Justin, Apologia Ι.46, II.13, ed. Bibliotheke Hellenon Pateron, vοl. 3 (Atenas, 1955), 186, 207.

2. Tertullian, De Praescriptione haereticorum VIII. 9-11, ed. R. F. Refaule and P. De Labriolle, Sources Chrétiennes (París, 1957), 98.

3. Jerome, Ep., ΧΧII,30.

4. Gregory the Great, Ep., ΧΙ. 34.

5. Venerable Bede, Ecclesiestical History, 4.1, ed. Β. Colgrave and R. Mynors (Oxford, 1969).

6. Gilbert Highet, The Classical Tradition (Oxford University Press, 1957), 8.

7. John of Damascus, De Fide Orthodoxa, PG, 94, 524-5.

8. Basil the Great "Exhortation tο Young Men ..." PG 31, 563-590.

9. Socrates Scholastikos, Historia Ecclesiastica, 3.16, PG 67.

10. Steven Runciman, "Byzantium and the Renaissance" Tbe University of Arizona Bulletin, (1970), 506.

11. Anastasios of Sinai, "Questions," Νο. 3, PG 89, 764.

12. Donald Μ. Nicol, "The Byzantine Church and Hellenic Learning in the Fourteenth Century," SChH, 5 (1969), 23-57.

13. D.J. Constantelos, "The Last Phase of the Conflict between Greek Thought and Christian Orthodoxy in the Greek Middle Ages" Alumni Lectures 2. (Hellenic College, Brookline, Mass. 1972), 9-18.

14. J. Μ. Hussey, Church and Learning in tbe Byzantine Empire, 867-1185 (New York, 1963 reprint of 1937 edition), 33-36.

15. John Geometres, "Carmina νaria," PG 106, 917, esp. poems 13 and 14.

16. P. De Lagarde, Editor, Iohannis Euchaitorum metropolitae (Gottingen, 1882), p. 24; also in PG, 120, Poem 43.

17. Michael Psellos, Epistulae, ed. Sathas, ΜΒ, 5,444 and Hussey, οp.cit., 86.

18. Anna Comnena, Alexiad, Prologue, tr. E.R.A. Sewter, The Alexiad of Anna Comnena (Harmondsworth, 1969), 17

19. Hussey, οp.cit., 106-07.

20. Plato, Republic, Χ.12.613; Porphyry, Isagogen sive V νοces, ed. by A. Busse,Commen. in Artist. Græca IV, pt.III, (Berlin, 1891); Themistius, Orationes quae supersunt 21.32d, ed. N. Schenkl, G.Downey, and A.F.Norman (Leipzig, 1965-74), 43. 6-7.

21. Konstantinos Manaphes, Hai en Konstantinoupolei Bibliothekai (Atenas, 1972), 25-31.

22. Socrates Scholasticos, Historia Ecclesiastica, 3.16, PG 67.

23. Cf. J.Μ. Hussey, "Gibbon Re-written: Recent Trends in Byzantine Studies" in Re-Discovering Eastern Christendom, eds. A.N. Armstrong and E.J.Β. Fry (Londres, 1963), 95-105.

24. Werner, Jaeger, Paideia: The Ideals of Greek Culture, tr. Gilbert Highet, νοl. 1 (Oxford, 1946), xiii-xxiv.

25. Platο, Republic 372, 4; Gilbert Highet, The Classical Tradition, οp.cit., 546-49.

CE, 2005.


Fuente: http://www.holytrinitymission.org/