Borges y Kazantzakis - Dos hombres y un laberinto



Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo es porteño de nacimiento, y autodefinido como Griego nacido en el destierro. Nace en Buenos Aires el 24 de agosto de 1899 y fallece en Ginebra, Suiza, el 14 de junio de 1986.

Nikos Kazantzakis por su parte es griego de nacimiento y universal por vocación pero marcado a fuego por su Creta natal donde nace en el Heraclion (bajo dominio otomano), el 18 de febrero de 1883. Kazantzakis fallece en Alemania en Friburg, el 26 de Octubre de 1957.

La obra de ambos autores es universal y está caracterizada por la diversidad y genialidad de sus escritos, por la excepcional riqueza y manejo idiomático, por la abstracción ficcional, por su polimórfica creatividad e infinita fantasía, sustentada en una verdadera erudición sobre los temas que desarrollan, donde cobran vida y se replantean axiomas filosóficos de los grandes pensadores que los influenciaron respectivamente: Homero, Anaxágoras, Heráclito, desde el pasado, u otros como Dante, Nietzsche, Bergson, Carlyle, Chesterton, más recientes.

El resultado de esta simbiosis de elementos, se traduce en la belleza de su poiesis, que permite definir a un estilo borgeano o kazantzakiano de expresion, que le es característico para cada uno, y del que surgen coincidentemente temas, similitudes a la distancia y situaciones compartidas.

Ambos se pueden definir como los más exquisitos exponentes de la literatura contemporánea, Borges en lengua hispana y Kazantzakis en lengua griega.

Borges, atrapa y deleita, asombra y confunde al mismo tiempo y nos pone una lupa amplificadora en la mano para investigar junto a él, para interpretar las diferentes visiones simultaneas, los devenires imposibles o posibles, los místicos y los mágicos, para descifrar los enigmas que propone y para desandar los caminos, buscando una salida hacia la liberación que de seguro no existe. Todo esto en el intento de reconocer aquella idea que deliberadamente esconde detrás del relato. La metáfora y el mensaje oculto.

Por su parte, Nikos Kazantzakis es el filósofo griego de nuestros tiempos. Si bien sigue los lineamientos del pensamiento occidental lo hace a través del prisma de su mirada abarcadora y amplia: la llamada mirada cretense, que define con despiadada claridad, los conceptos inherentes a la conducta humana.

Desde el implícito cuestionamiento existencial, busca dar respuesta al sentido de la vida y la misión del hombre en ella, desnudando las conductas humanas y las reglas de ética y moral impuestas por los hombres, que rigen el comportamiento individual, colectivo y social.

En esa búsqueda permanente, Kazantzakis, viaja al interior de la esencia humana, la identifica y la despoja de sus ataduras y le indica un camino posible hacia su redención, que tambien puede no existir, mas lo vale el intento. En ese camino, la meta permanente y suprema es el encuentro con la libertad a través de la superación permanente, el ascenso, la ascesis, la síntesis, la creación, el grito liberador.

Ambos, Borges y Kazantzakis atrapan al lector dentro de un laberinto de papel, letras y tinta y lo obligan a buscar las salidas, aunque las mismas en definitiva no existan.

Desafían y provocan nuestra inteligencia permanente e irremediablemente, atrapándonos en su propio laberinto ilimitado e infinito de múltiples salidas y múltiples re-entradas sucesivas a la largo del tiempo.

DOS HOMBRES Y UN LABERINTO

Borges y el laberinto

El símbolo del laberinto forma parte del folklore literario de muchas culturas. En algunas, responden a rituales iniciáticos y en otras su valor radica en la búsqueda de la espiritualidad a través de la repetición de las formas y la meditación. Sin embargo, son los griegos quienes les dan un significado mágico, metafísico, una especie de lugar de encuentro con uno mismo, con el monstruo interior, con la propia conciencia, delimitando espacios que contienen a otros espacios que conducen a nuevos espacios y asi indefinidamente.

Borges cuenta:

“Yo descubro los laberintos en un libro de la casa Garnier de Francia, que estaba en la biblioteca de mi padre. Era un grabado muy curioso, que ocupaba toda una página y representaba un edificio, semejante a un anfiteatro. Recuerdo que tenía grietas y que se le veía alto, más alto que los cipreses y que los hombres que lo circulaban. Mi vista no era óptima, ya era muy miope, pero pensaba que si me ayudaba con una lupa podría ver un Minotauro adentro. Era, además, un símbolo de perplejidad, un símbolo del estar perdido en la vida ...”. (Respuesta de Borges a Roberto Alifano)

El recorrido del laberinto propone la utilización de algo no tangible como es el tiempo. Requiere definición de tiempo, concepto. Para los antiguos griegos, el tiempo tenía una doble naturaleza: el tiempo efímero de la vida: aion y el tiempo universal infinito del Chronos que devora al hombre. Uno contenido en otro sucesiva y eternamente.

El tiempo en Borges, reformula reiteradamente, el pensamiento de Heráclito y el “Panta Rhei”: la fugacidad de lo temporal, Todo fluye y todo cambia. El Tiempo, como sueño y el tiempo como laberinto.

Representa al tiempo eterno, sin fin:

“y la noche de Dios es infinita. Tu materia es el tiempo,
el incesante tiempo. Eres cada solitario instante”. "El ápice" (J.L.B.)

“El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río, es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre. Es un fuego que me consume pero yo soy el fuego. El mundo desgraciadamente es real. Yo desgraciadamente soy Borges”. Otras Inquisiciones (J.L.B.)

A veces, es el tiempo como sueño, el tiempo que hipnotiza y aturde en el laberinto que fluye y nos arrastra como un río… que como el Aqueronte conduce a la muerte,

“Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor y un símbolo,

ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.

También es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable. "Arte Poética" (J.L.B.)

Museo Nikos Kazantzakis (Isla de Creta)


Por su parte, Nikos Kazantzakis utiliza el tiempo en el laberinto de la existencia de igual modo: sin principio ni fin, fluye. Lo refiere a su doble naturaleza, es decir “humana y divina”, vital o infinita, nuevamente el aion y el chronos para dar lugar a la vida, que Kazantzakis define como un efímero espacio de luz, ese mísero instante en el que debe el hombre cumplir su misión, entre dos abismos de oscuridad, que se desarrolla en un tiempo infinito.

“ Donde vamos, no preguntes. Asciende y desciende. No existe principio, no existe final. Existe solo este instante”. Ascética (N.K.)

“Fluye mi corazón. No solicito ni el principio ni el fin del mundo”. Ascética (N.K.)

"Venimos de un abismo oscuro, terminamos en un abismo oscuro. Al espacio de luz entre esos dos abismos lo llamamos Vida.

Así como nacemos, comienza nuestro regreso, al mismo tiempo, el inicio y el regreso, en cada instante morimos. Por eso muchos dijeron, el objetivo de la vida es la muerte.

Pero también, así al nacer, comienza el intento de crear, de componer, de transformar la materia en vida, en cada minuto nacemos. Por eso muchos dijeron: La misión de la vida efímera es la inmortalidad…

En nuestra corporalidad temporal, estas dos corrientes luchan: la ascendente, hacia la composición, la vida, la inmortalidad, y la descendente, hacia la descomposición, hacia la materia, hacia la muerte”. (Ascética, Salvatori Dei, N.K.)

“Vueltas el tiempo tiene y ruedas tiene el destino”. (Prólogo de Odisea, N.K.)


EL LABERINTO. EL TIEMPO COMO LABERINTO O EL LABERINTO DEL TIEMPO

El simbolismo y la metáfora del laberinto es un elemento recurrente tanto en la obra de Borges como en la de Kazantzakis. Una sucesión de pasadizos que se multiplican infinitamente uniéndose unos con otros que comunican hacia un falso núcleo central que vuelve a multiplicarse en tantos otros indefinidamente y que inclusive pueden multiplicarse en espejos.

Es el tiempo del viaje permanente y circular del Odiseo homérico en un mar que a manera de laberinto liquido, conduce infinitas veces al hombre-héroe, a infinitos y repetidos derroteros en la búsqueda de su destino (o sus destinos).

Los laberintos de ambos autores, podrán ser de piedra o de bronce, con o sin paredes. De aire, de agua o de fuego. Estrechos o amplios, tan amplios como el universo mismo, o tan vacíos como el desierto despoblado, o tan desordenados como el caos primitivo. También, inmensos e infinitos como el tiempo que atrapa a quien se atreva a entrar en él, en una especie de eterna espiral laberíntica. La magia se enciende al animarse a recorrerlos.

Borges nos dice en su cuento “Los dos reyes y los dos laberintos”:

"...Oh rey del tiempo y substancia y cifra del siglo! En Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros. Ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras a subir ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer ni muros que veden el paso. Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en la mitad del desierto donde murió de hambre y sed. La gloria sea con aquel que no muere". (J.L.B.)

"No habrá nunca una puerta. Estás dentro
Y el alcázar abarca el universo
Y no tiene ni anverso ni reverso
Ni externo muro ni secreto centro.
No esperes que el rigor de tu camino
Que tercamente se bifurca en otro
Que tercamente se bifurca en otro
Tendrá fin. Es de hierro tu destino
Como tu juez. No aguardes la embestida del toro
Que es un hombre y cuya extraña
Forma plural da horror a la maraña de interminable
Piedra entretejida
No existe. Nada esperes. Ni siquiera
En el negro crepúsculo la fiera". "Laberinto" (J.L.B.)


El laberinto en Kazantzakis:

Kazantzakis nació a escasos kilómetros de distancia del sitio arqueológico de Knosos en Creta, donde se desarrolla el mito.

En Kazantzakis, el laberinto adopta la característica de un laberinto ritual, sagrado que puede ser recorrido como una espiral concéntrica ascendente, que al igual que una danza griega va desde afuera hacia adentro y desde adentro hacia fuera para hallar en el centro mismo la explicación al misterio. Trayecto y recorrido se complotan para nunca dilucidar el misterio del laberinto, porque dilucidando el misterio, desaparece la intrincada trama.

En su tragedia Teseo (1953):

“Ariadna: Si desciendes estás perdido, mi bienamado. Estás perdido aunque aciertes a escapar de las mandíbulas de Dios, te extraviarás en los meandros del laberinto y no verás nunca jamás la luz.

(Silencio, Teseo toma la mano de Ariadna)

Teseo: Ariadna, Ariadna, tú que quieres ser mi compañera, escucha: un pájaro ha atravesado la mar y se ha posado en mi país. El pájaro me ha contado que tú posees una madeja mágica

Ariadna: No lo creas Teseo, es una fábula. Esa madeja mágica es mi cerebro. Yo lo devano y lo encuentro en el camino

Teseo: Toma mi mano Ariadna, devana tu cerebro y guíame”.

El hilo devanado del cerebro de Ariadna (¿su inteligencia, quizás?) arrastraba a Teseo al centro del laberinto y de allí hacia fuera como en una danza. Ariadna encabeza esta danza con un hilo conductor especial ya que tiene dos cabos intercambiables que pueden ser utilizados como principio y final.

Tal vez por eso, los cuentos griegos a modo del “había una vez”, de nuestros cuentos, comienzan diciendo fino hilo rojo atado….

EL MINOTAURO - EL MISTERIO Y EL HILO CONDUCTOR

Volviendo al comienzo del cuento griego….

…Fino hilo rojo que Ariadna entrega a Teseo, fino hilo rojo que Teseo ata a los cuernos del minotauro, ese fino y misterioso hilo rojo llega a manos de Borges que lo toma y continúa… con la historia que no tiene fin… nos dice en el "Hilo de la Fábula":

“El hilo que la mano de Ariadna dejó en la mano de Teseo (en la otra estaba la espada) para que éste se ahondara en el laberinto y descubriera el centro, el hombre con cabeza de toro o, como quiere Dante, el toro con cabeza de hombre, y le diera muerte y pudiera, ya ejecutada la proeza, destejer las redes de piedra y volver a ella, a su amor.

Las cosas ocurrieron así. Teseo no podía saber que del otro lado del laberinto estaba el otro laberinto, el de tiempo, y que en algún lugar prefijado estaba Medea.

El hilo se ha perdido; el laberinto se ha perdido también. Ahora ni siquiera sabemos si nos rodea un laberinto, un secreto cosmos, o un caos azaroso. Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo. Nunca daremos con el hilo; acaso lo encontramos y lo perdemos en un acto de fe, en una cadencia, en el sueño, en las palabras que se llaman filosofía o en la mera y sencilla felicidad”. Knosos, 1984.

El hilo asegura el recorrido con éxito del laberinto. El hilo asegura el encuentro con el monstruo que alberga en su interior y espera la redención:

La retención de la bestia-Minotauro es explicada por Borges en la "Casa de Asterión":

“Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor, Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió”.

Mientras que Kazantzakis lo redime de este modo en El palacio de Knosos:

“...Era un monstruo impresionante, que se encontraba prisionero desde épocas lejanas en el palacio. Su cuerpo era cuerpo de hombre, su cabeza sin embargo, era cabeza de toro. No comía nada todo el año, solo cada primavera tenían que traerle siete jóvenes muchachos y siete jóvenes doncellas. Luchaba con ellos, los atrapaba, los soltaba, los volvía a atrapar y jugaba como el gato con los ratones y finalmente se devoraba”.

“...El Minotauro lo miró con ojos enrojecidos, llenos de sangre. Dos cuernos retorcidos crecían entre sus cabellos y resplandecían a la luz del farol. Y su cuerpo no era un cuerpo de hombre, era verde e hinchado, como enfermo. Dos gruesas cadenas rodeaban sus tobillos hinchados. Por un momento Teseo dudó. “¿Es este el horrible monstruo? Se preguntó.- Este es un ser enfermo, feo, no es hombre ni es bestia-: Un sentimiento de piedad aplacó su corazón….-¿Puedes hablar? Horrible bestia, ¿puedes hablar?

Un ligero rugido se escuchó, como un lamento. Y se escucharon rechinar los dientes de la bestia….”


Apéndice:

Grecia para Borges

“Somos griegos nacidos en el destierro”.

De esta manera se autodefine Borges en una entrevista radial realizada en la Fm La Tribu por la periodista Gloria López, poco antes de su muerte:

“Mi padre decía que todos éramos griegos. Es verdad, somos griegos nacidos en el destierro”. Pero también los primeros filósofos de la Magna Grecia habían nacido en el destierro en el Asia Menor, en Sicilia. Ahí empezaron a pensar y ahí se inició esa aventura que es la historia de Occidente, de la cual nosotros somos una parte, una parte mínima, desde luego, pero una parte”.

Borges en Creta

Borges visita la isla de Creta, patria menor de Kazantzakis, en mayo de 1984, para recibir el título de Doctor Honoris Causa de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Creta. Sus autoridades y consejo académico ansiosos esperan conocer al gran escritor que ha indagado en el significado del destino del hombre utilizando entre otros elementos, los mitos griegos y en particular al mito cretense.

Borges, recibe la mención honorífica lamentándose específicamente por no hablar en griego, pero dedica en su discurso un lugar particular al recuerdo hacia su padre y la aporia de Zenón de Aquiles y la tortuga, y expresa su agradecimiento por estar en la misma tierra del laberinto que inspiró su obra y su vida.

La impresión que le genera el haber estado en esta tierra la refleja en su "Laberinto de Creta":

“Este es el laberinto de Creta. Este es el laberinto de Creta cuyo centro fue el Minotauro. Este es el laberinto de Creta cuyo centro fue el Minotauro que Dante imaginó como un toro con cabeza de hombre y en cuya red de piedra se perdieron tantas generaciones. Este es el laberinto de Creta cuyo centro fue el Minotauro que Dante imaginó como un toro con cabeza de hombre y en cuya red de piedra se perdieron tantas generaciones como María Kodama y yo nos perdimos. Este es el laberinto de Creta cuyo centro fue el Minotauro que Dante imaginó como un toro con cabeza de hombre y en cuya red de piedra se perdieron tantas generaciones como María Kodama y yo nos perdimos en aquella mañana y seguimos perdidos en el tiempo, ese otro laberinto.”


BORGES Y LA GRECIA DEL DESTIERRO (CON LOS GRIEGOS DE BUENOS AIRES)

En el salón de baile de Taki, en Montevideo 693 casi esquina Córdoba, en el corazón del centro porteño, Jorge Dermitzakis junto a su esposa Angélica, enseñaban danzas griegas a la esposa de Borges, María Kodama. Borges la acompañaba, se sentaba en el fondo del salón, solitario y en silencio apoyado sobre su bastón escuchaba la música. Su legendaria presencia, inspiraba respeto. La ceguera, lo obligaba a seguir en tinieblas los pasos de su querida María, que solo eran iluminados por su imaginación y acompasados por la mágica armonía de la música griega.

“Siempre llegaba temprano, hasta una hora antes, e impregnaba su espíritu con las notas del hasapiko”. Asi lo relata el maestro Dermitzakis quien no deja de comentar a quienes lo conocemos y admiramos, esta inolvidable experiencia que atesora…aunque lamentando no haber sacado nunca una foto que lo documente. La pasión del maestro Borges por la música griega se hace creciente. La melodía pone a danzar en su mente las palabras de aquel poema de Seferis que lo conmueven… “Donde quiera que vayas Grecia te hiere…”. Y él, como buen griego, en el destierro podía entender el significado de esta frase.

Dermitzakis se sigue lamentando por no tener esa foto. Lo que no se dio cuenta es que Borges, prefirió un recuerdo que podría ser compartido por ambos, en igualdad de condiciones, no una foto que impactara en las retinas, sino un poema que llegase al corazón. …Y nos deja este poema publicado el 11 de abril de 1985 en el diario Clarín:

"MÚSICA GRIEGA", de Jorge Luis Borges

“Mientras dure esta música,
seremos dignos del amor de Helena de Troya.
Mientras dure esta música,
seremos dignos de haber muerto en Arbela.
Mientras dure esta música,
creeremos en el libre albedrío,
esa ilusión de cada instante.
Mientras dure esta música,
seremos la palabra y la espada.
Mientras dure esta música,
seremos dignos del cristal y de la caoba,
de la nieve y del mármol.
Mientras dure esta música,
seremos dignos de las cosas comunes,
que ahora no lo son.
Mientras dure esta música,
seremos en el aire la flecha.
Mientras dure esta música,
creeremos en la misericordia del lobo
y en la justicia de los justos.
Mientras dure esta música,
mereceremos tu gran voz Walt Whitman.
Mientras dure esta música,
mereceremos haber visto,
desde una cumbre,
la tierra prometida”.




Autora: Dra. Cristina Tsardikos

Nota del editor: por el cumpleaños número 134 del escritor cretense y en memoria del insigne, reconocido maestro de las letras latinoamericanas, Jorge Luis Borges. 


Autores y Maestros Cristianos

Orígenes de Alejandría 



Fuente: Nicolás Zernov. Cristianismo Oriental. Oxford, 1961.

Autores y Maestros de la Iglesia en los Siglos II y III

Desde los primeros siglos conocemos dos tipos de caudillos eclesiásticos: los mártires, que dieron testimonio de su religión sufriendo, y los apologistas, que escribieron en defensa de sus creencias.

Entre los mártires, San Ignacio de Antioquía (muerto entre 107-117) es la más viva figura. Poco se sabe de sus orígenes, de su conversión e incluso de las circunstancias que condujeron a su arresto y condenación, pero todavía podemos oír su voz regocijándose al borde del martirio y poseemos en sus escritos una singular revelación del estado mental del mártir. El anciano obispo escribió siete epístolas durante su lento y doloroso viaje, preso en cadenas, de Antioquía, el lugar de su nacimiento en Cristo, a Roma, la escena de su muerte. Dirigió sus cartas a diferentes comunidades cristianas, exhortándolas a permanecer fieles al Evangelio y a obedecer y a venerar a sus maestros y pastores. En su Epístola a los Romanos dijo: "Escribo a todas las Iglesias y hago saber a todos mi última voluntad, que deseo morir libremente por Dios, si no lo evitáis al menos. Os suplico que no malgastéis condolencia alguna por mi causa. Dejadme ser cebo para los animales salvajes, al objeto de que me hallen como el puro pan de Cristo, o más bien que incite a los animales salvajes a convertirse en mi tumba, sin dejar que nada de mi cuerpo sea un peso para nadie después de mi muerte. Entonces seré discípulo de Jesucristo en el verdadero sentido de la palabra, cuando el mundo no vea ya ni siquiera mi cuerpo. Rogad por mí a Cristo, para que mediante estos instrumentos sea un grato sacrificio a Dios."

En la última parte de la misma epístola escribió: "De Siria a Roma lucho con los animales salvajes por tierra y mar, de noche y día, sujeto a diez leopardos, quiero decir a una banda de soldados que, aunque tratados con amistad, se hacen tanto más crueles. Sin embargo, por medio de estas injurias me estoy convirtiendo en un verdadero discípulo. Que nada visible o invisible me impida alcanzar a Jesucristo. Venid vosotros, el fuego, la cruz, la lucha con los animales salvajes, la cercenadura y el desplazamiento, la dislocación de huesos, la mutilación de mis miembros, la trituración de todo mi cuerpo; vengan sobre mí todos los perversos tormentos del diablo, pero dejadme gozar la presencia de Cristo."

La epístola de un testigo de vista, describiendo el martirio del más joven contemporáneo de San Ignacio, San Policarpo, obispo de Esmirna (muerto en 156), y algunos de sus compañeros, presenta un cuadro similar de exaltación y fortaleza. El autor anónimo escribió: "No se puede por menos que admirar su nobleza y resistencia y amor al Maestro. Hablo de los hombres a quienes de tal modo torturaron con el látigo, que sus cuerpos quedaron abiertos hasta las venas y arterias. Sin embargo, lo resistieron, hasta el punto de que todos los que estaban viéndoles se apiadasen y se lamentasen de su suerte. Ninguno de ellos suspiró ni gimió, pues el Señor se hallaba a su lado y les consolaba." Estos documentos contemporáneos revelan el dilema con que se enfrentaban las autoridades romanas, que deseaban desacreditar el cristianismo y afirmar el derecho del Estado a dominar las creencias de sus ciudadanos, pero nunca tuvieron intención de hacer héroes y mártires. En muchas ocasiones la persecución produjo resultados opuestos, elevando el prestigio de la nueva religión y atrayendo la atención hacia ella de círculos más dilatados.

La contienda entre los paganos y los cristianos no se limitó, sin embargo, al reino donde el verdugo y el carcelero tenían la última palabra. Los antagonistas chocaban también en la esfera del argumento intelectual. Varios autores cristianos trataron de explicar a los paganos eruditos el fundamento de su creencia en la Encarnación. Entre estos defensores del cristianismo los más destacados fueron Clemente de Alejandría (150-215) y Orígenes (185-253).

La última parte del siglo II y la primera mitad del III fueron épocas de una poderosa revivificación en la filosofía helenística. No obstante, había cambiado su temple, pues había adquirido una distinta inclinación religiosa, e incluso su mayor representante, Plotino (muerto en 270), se consideraba como maestro religioso. Al mismo tiempo el misticismo oriental conquistó a algunas de las mejores mentes. La India atrajo una curiosidad especial y muchos buscadores esperaban encontrar la iluminación en la tierra de los brahmanes y faquires.

Las cuestiones de que se preocupaban estos intelectuales se centraban en la naturaleza de Dios, en el fin del universo físico y en su relación con el invariable mundo espiritual. Su atención se dirigió también al problema del origen del mal y al destino del alma inmortal después de su separación del cuerpo mortal. Era popular el sincretismo y muchos autores trataron de conciliar el Antiguo Testamento con los escritos de Platón y Aristóteles. Un autor popular de esa época, Numenio, describió a Platón como a "Moisés hablando griego."

Esta revivificación religiosa y filosófica fortaleció la oposición pagana a la Iglesia. Un número de autores tales como Celso, Filostrato, Numenio y especialmente Plotino y su discípulo Porfirio atacaron a los cristianos basándose en su desviación del sano fundamento expuesto por los filósofos griegos y en su preferencia por los escritos de los oscuros profetas y maestros hebreos. El siglo ni vio el último y decidido asalto intelectual de la cultura clásica contra el cristianismo. En este difícil período, la Iglesia encontró un número de elocuentes campeones que no sólo defendían las enseñanzas del Evangelio con éxito, sino que contraatacaban también con vigor y convencimiento. Los enemigos paganos del cristianismo confiaban en su superioridad, pues basaban sus argumentos en ideas filosóficas y científicas contemporáneas. Los apologistas cristianos parecían anticuados, pero su independencia del pensamiento corriente resultó ser de provecho en muchas ocasiones. Por ejemplo, Plotino se burló de ellos por negar que el sol y las estrellas tenían una inteligencia más elevada que los hombres; tal actitud le parecía un evidente absurdo. Su defensa del politeísmo contra el monoteísmo también utilizaba argumentos que pronto perdieron su atracción.

El principal encuentro entre los filósofos cristianos y sus rivales paganos tuvo lugar en Alejandría, la ciudad más culta del Imperio. Sus academias y escuelas, el Museo, el Serapeum, el Sebastion atraían estudiantes de todas las partes del mundo donde eran estudiadas y admiradas la retórica y filosofía griegas. Además, hacía mucho tiempo que era centro de erudición judía. Filón (20 años antes de J.C.-50 de la era del Señor) y Josefo (37-100 de la era del Señor) trabajaron allí, y la traducción griega del Antiguo Testamento, la Versión de los Setenta, se había realizado en Alejandría. Los cristianos, siguiendo el ejemplo de los griegos y judíos, fundaron su famosa Escuela Catequística en esa célebre ciudad. Un número de destacados maestros, Panteno (200), Heracleo (247), Dionisio (265), Teognosto (280), Pierio (310), Pedro (311), Dídimo el Ciego (398) y Rodón mantuvieron un alto nivel de instrucción durante más de doscientos años. Pero Clemente y Orígenes fueron los más insignes de estos maestros.

Es probable que Clemente naciera alrededor del año 150 de la era del Señor Atenas, donde se crió como un devoto pagano y recibió una excelente educación. Hay cierta evidencia de que estaba relacionado con la familia imperial, como atestigua su nombre completo Tito Flavio Clemente. Se trasladó a Alejandría a la edad de treinta años, y allí comenzó ante su brillante carrera como principal apologista y cabeza de la Escuela Catequista algo después del año 190.

La persecución iniciada en 202 por Septimio Severo (193-211) le obligó a salir de Egipto. En el 211 apareció como maestro muy venerado en Capadocia, donde fue obispo uno de sus antiguos discípulos, Alejandro; murió allí alrededor del 215.

Clemente fue un autor perfecto, poéticamente dotado de un extraordinario alcance intelectual. No sabía latín, pero su griego era inmaculado. Aunque la mayoría de sus libros se han perdido o perviven en pequeños fragmentos, tres de sus principales obras están completas y nos ayudan a comprender el clima filosófico de Alejandría y la forma como Clemente presentaba el cristianismo a sus oyentes mundanos. En el primero de estos libros, el Protrepticos (Exhortación), expone la inconsistencia de la mitología pagana, y pide a sus lectores que escuchen al Dios vivo hablando por medio de los profetas y revelándose en el Logos Encarnado El segundo libro, Paidagogos (El Instructor), introduce a los lectores en la doctrina cristiana. El tercero, Stromateis (Miscelánea), inicia a los investigadores en los misterios de la Nueva Revelación.

Clemente amaba y respetaba la filosofía griega, consideraba a Platón como precursor de Cristo, citaba a Sócrates y a Pitágoras en apoyo de la verdad de la enseñanza cristiana, y consideraba la historia de los imperios orientales como una preparación providencial de la venida del Mesías. Pero estaba convencido de que las preguntas que formulaban los filósofos de la antigüedad únicamente podían hallar sus verdaderas respuestas en el mensaje del Evangelio, y que los viejos mitos y leyendas de Grecia se habían anticuado, a causa de la Revelación cristiana. "Ya se han anticuado las fábulas," escribió Clemente, "y ya no es Zeus una serpiente, ni es un cisne, ni un águila, ni un enamorado furioso. Ya no vuela, ni ama a los muchachos, ni besa, ni actúa con violencia." Aún estaba vivo el paganismo tradicional; se resistía ferozmente al avance cristiano; pero se había debilitado su vitalidad, pues la frivolidad moral y la inconsistencia de sus mitos le privaban de dignidad, autoridad y poder.

Clemente veía en el cristianismo la realización de todo lo que era mejor el mundo helenístico; consideraba al ser humano como el ser más perfecto creado por Dios. Escribió: "El hombre es un noble himno a Dios, inmortal, basado en la justicia. En él están grabados los oráculos de la verdad; pues si no es en el alma sabia, ¿dónde se pueden escribir la verdad, o el amor, o la reverencia, o la ternura? Los que llevan estos caracteres divinos inscritos y sellados en sus almas juzgan que tal sabiduría es un hermoso puerto de partida para cualquier viaje que emprenden y que esta sabiduría es también un puerto de paz y promesa de un seguro retorno."

Clemente consideraba "la vida como sacra festividad," pudiéndose considerar eso como un trasunto de su pensamiento. Es curioso que sonase esta nota optimista y valiente en el momento en que los cristianos de todo el Imperio se enfrentaban con el martirio.

Clemente estableció los fundamentos de la apologética cristiana, pero fue Orígenes quien completó su sistema, al sucederle en la Escuela Catequística. Orígenes nació en Alejandría en el año 185. Su padre, Leónidas, era griego, hombre de riqueza y erudición. Su madre era natural de Egipto, y ambos padres eran cristianos convencidos. La familia poseía una gran biblioteca que introdujo al joven Orígenes en el mundo de la cultura clásica. De muchacho, impresionaba a todos con sus inusitadas facultades intelectuales, la madurez de su juicio y su insaciable deseo de información. A la edad de diecisiete años, hizo frente a la gran crisis de su vida cuando su padre fue arrestado y martirizado, confiscada la magnífica biblioteca y arruinada la familia. Orígenes anhelaba compartir la corona de martirio de su padre, pero le perdonaron la vida. Comenzó a enseñar filosofía pagana y doctrina cristiana y a pesar de su juventud adquirió pronto reputación de ser un capacitado maestro. Continuó sus propios estudios y se unió a la escuela de Amonio Sacas, antiguamente cargador de muelle en Alejandría, más tarde convertido al cristianismo, si bien finalizaba su carrera como neoplatonista en oposición a la Iglesia. Amonio no ha dejado escritos, pero su excelencia como maestro se ve probada por el hecho de que dos de los más grandes pensadores religiosos del siglo, Orígenes y Plotino, fueron enseñados y adiestrados en su escuela y contrajeron una inextinguible deuda con él.

La creciente popularidad de Orígenes provocó celos locales y le obligó a salir de Alejandría en el año 231. Trasladó su escuela a Cesárea, donde continuó enseñando durante otro período de nueve años. En 240 le encarcelaron y le torturaron de una manera salvaje. Al final de la persecución le pusieron en libertad, pero su salud estaba agotada y murió en 253, a la edad de sesenta y ocho años, en Tiro.

Orígenes era hombre de asombrosa aplicación. Pasaba todas las noches escribiendo, y los días dando conferencias, ya que consideraba que la comunicación verbal era una forma eficaz en su tiempo para propagar sus ideas y en especial la Palabra de Dios. Se supone que escribió más de 6 000 libros (¡), preferentemente comentarios sobre las Sagradas Escrituras. Muchos de ellos fueron quemados durante las persecuciones y confiscaciones que sufrió en vida, a causa de las discrepancias por parte de sus opositores de las posiciones teológicas e ideas por él sostenidas. Fue el primer doctor bíblico, y durante veintiocho años trabajó constantemente en un examen crítico del Antiguo Testamento. Su dedicación, su perseverancia en la exégesis bíblica tuvo como resultado los cincuenta volúmenes de su Hexapla, que contenía seis textos paralelos del Antiguo Testamento en hebreo y en traducciones griegas. Su curiosidad, su ansia de saber y de interpretar la Palabra de Dios y adaptarla al contexto de su época no conocía límites. Sostenía que escribir era una forma de orar y de ejercer la propagación del mensaje bíblico, no solamente entre los intelectuales de la época sino también en el mismo pueblo. Le interesaban todos los aspectos de la vida cotidiana y todos los problemas filosóficos, exigiéndose de darse una respuesta a sí mismo y a las demandas que asiduamente le hacían. Sostenía que en la medida que él con fe se exigiera a sí mismo y diera resultados confiables ante las demandas probaría que la Gloria de Dios no eran elucubraciones teóricas sino la acción del Espíritu Divino que en él se manifestaba. Combinaba una intrépida honradez intelectual con una completa dedicación al cristianismo. Su ardiente naturaleza le impulsaba a extremos de mortificación propia; en un súbito impulso se castró (como un símbolo de su lucha contra los deseos sexuales y tentaciones mundanas) mientras se hallaba todavía en la flor de su juventud, acto que lamentó posteriormente en la vida y que fue utilizado en contra suya por sus críticos.

Orígenes era un original y poderoso pensador y podía discutir contra los enemigos del cristianismo con pleno conocimiento de la filosofía y ciencia griegas. Era también un destacado maestro y apologista que no sólo instruía, sino que también formaba las personalidades de sus discípulos. Por la influencia filosófica que había recibido de los griegos sostenía que la sabiduría no solamente había que amarla transmitiéndola en discursos o escritos, sino que había que buscarla incesantemente y aun más: había que ayudar a aquellos que le interesaban que se transformaran en maestros, es decir que aprendieran a pensar y a practicar lo que pensaban. Uno de los más ilustres de éstos, San Gregorio Taumaturgo, obispo de Neocesárea (213-70), describió los años que pasó en la escuela de su amado maestro, con profunda gratitud y ardiente afecto. Escribió: "Orígenes coleccionó, para nuestro provecho, todo lo que cada filósofo tenía que ofrecer en verdad y utilidad para la edificación de la humanidad. Pero no quería que nos encariñásemos con un solo maestro, por sabio que le considerasen los colegas de su época. Orígenes nos enseñó a adorar únicamente a Dios y a venerar a sus santos profetas."

En un pasaje del panegírico dedicado a Orígenes, se ocupó de la inspirada calidad de la interpretación que su maestro hacía de las Sagradas Escrituras: "El Rector Universal, que habla por medio de los profetas, amados de Dios, y que inspira todas las obras proféticas, todo discurso místico y divino, concedió a Orígenes el honor de ser su amigo y lo estableció como maestro. Aquellas cosas que Dios expresaba por medio de otros de un modo enigmático, las revelaba Orígenes de una manera clara e inteligible. Las interpretaciones que Orígenes hacía de las Escrituras eran inspiradas por el Espíritu Santo, pues nadie puede comprender plenamente la voz profética, a menos que le guíe y le ayude el mismo Espíritu que habló por medio del Profeta." Para su defensa del cristianismo Orígenes utilizó mucho de lo que habló en la filosofía griega, e incorporó a su sistema ideas que han permanecido fuera de la principal tradición de la Iglesia, como la preexistencia de todas las almas (influencia neoplatónica de las reminiscencias de las ideas y de las almas en otro mundo), que creía que fueron creadas iguales y eternas al mismo tiempo. Orígenes consideraba la vida terrenal del ser humano como un período de purificación y prueba para los espíritus celestiales que no habían hecho una clara elección entre el bien y el mal; también se aventuró a opinar que finalmente se salvarán todos los seres humanos.

El conocimiento sin par que tenía Orígenes de la filosofía clásica provocó ataques contra él desde dos lados. Los oponentes paganos del cristianismo, como Porfirio, se indignaron porque Orígenes, hombre de tanta erudición, fuese cristiano. Porfirio escribió: "Orígenes vivía como cristiano, pero pensaba como griego y aplicaba las artes griegas a una creencia extraña." Sus críticos cristianos objetaban que, siendo cristiano, tomaba demasiado de la filosofía pagana. Sin embargo, Orígenes pudo combinar, de un modo verdaderamente creador, su fe cristiana y su educación clásica.

Uno de sus más célebres libros fue la réplica a Celso (cerca del año 180), distinguido romano y decidido crítico de los cristianos. Celso era un hombre educado, que había estudiado literatura cristiana. Presentó un número de objeciones a la veracidad de los Evangelios, que repitieron muchos oponentes posteriores del cristianismo. Celso deploraba la difusión de la nueva religión: según él, había minado los cimientos del Imperio Romano. Ridiculizó el Antiguo Testamento diciendo que estaba lleno de milagros y fábulas increíbles. Negó el nacimiento virginal del Mesías e insistió en que la historia de la resurrección, inventada por mujeres histéricas, había sido hábilmente utilizada por los Apóstoles. Celso describía a los cristianos como agentes artificiosos y subversivos, que penetraban en las casas de los opulentos y seducían a las mujeres y a los niños con su pervertida fe cuando el dueño de la casa se hallaba lejos del hogar.

Se ha hecho clásica la réplica de Orígenes a estas acusaciones. Preguntó a Celso si los hombres que engañaban deliberadamente a otros estarían dispuestos a morir como mártires en testimonio de su propia mentira, y también cómo podría alterar una mentira las vidas de los hombres y elevarlos moral e intelectualmente a un nivel previamente inaccesible. Celso había terminado su tratado con una apelación dirigida a los cristianos para que renunciasen a su religión y se convirtiesen en leales ciudadanos del Imperio. Las últimas palabras de Orígenes expresan la esperanza de que los gobernantes del Estado romano se convertirán y reconocerán la supremacía de la Ley divina que reveló Cristo; este deseo se realizó unos setenta años más tarde.

La comunidad cristiana en el Oriente evolucionó intelectualmente bajo la enseñanza inspiradora de Orígenes. Más que ningún otro, preparó a sus miembros para las nuevas y más complejas tareas con que se enfrentaron después del reconocimiento de la Iglesia por el Imperio.

Atenas rinde tributo a Adriano

Retrato de Adriano fechado entre el 130 y el 140 d.C. y hallado en la avenida Syngrou de Atenas en 1933.


Por Alec Forssmann, 31 de enero de 2017

El Museo de la Acrópolis de Atenas rememora el comienzo del reinado de Adriano, quien fue un admirador y benefector de la ciudad griega

En agosto del año 117, hace casi 1.900 años, murió Trajano y Adriano se convirtió en el nuevo emperador romano. El Museo de la Acrópolis de Atenas rinde tributo a Adriano con motivo de esta efeméride. La exposición Retrato del emperador Adriano en el Museo de la Acrópolis, del 15 de enero al 31 de marzo, recuerda al emperador viajero, quien fue un admirador y benefactor de Atenas. La muestra presenta un magnífico retrato de Adriano fechado entre el 130 y el 140 d.C. y hallado en la avenida Syngrou de Atenas en 1933. Lleva una corona de hojas de roble con un águila en el centro que simboliza a Zeus, su mirada se dirige al cielo como si estuviera alejándose de la vida terrenal y luce una barba, emulando quizá a los filósofos griegos.

Adriano visitó Atenas durante su reinado y emprendió un programa constructivo para renovar y expandir la ciudad. La devoción de Adriano por Grecia y por Atenas significó el resurgimiento de la vida cultural griega en tiempos del Imperio romano. El Arco de Adriano aún sigue en pie en una antigua carretera que llevaba de la Acrópolis al Templo de Zeus Olímpico. Probablemente fue erigido para celebrar el adventus o llegada del emperador a la ciudad. El Templo de Zeus Olímpico, el doble de grande que el Partenón, se comenzó a construir en el siglo VI a.C., pero fue Adriano quien lo concluyó gracias a una generosa donación. Otro edificio importante que construyó fue el Panteón, cuyas ruinas han sido localizadas en la calle Adrianou, en el barrio de Plaka.


El emperador Adriano, un viajero incansable




Frontera del imperio romano. Adriano ordenó levantar, entre los años 122 y 132, en la frontera norte de Britania, un gigantesco muro para marcar los límites del imperio.


Dispuesto a inaugurar una época de paz, Adriano pasó más de la mitad de sus veintiún años de reinado visitando todos los rincones de su Imperio, desde Britania e Hispania hasta las ciudades del oriente griego, su verdadera patria adoptiva

Bajo su reinado, el imperio floreció en paz y prosperidad. Estimuló las artes, reformó las leyes, afirmó la disciplina militar y visitó todas las provincias en persona. Su enérgico y gran carácter atendió al conjunto y a los mínimos detalles de la política civil. Pero sus pasiones dominantes eran la curiosidad y la vanidad. Adriano era alternativamente un príncipe excelente, un sofista ridículo y un tirano celoso. El tenor de su conducta mereció alabanza por su equidad y moderación. Pero al principio de su reinado dio muerte a cuatro senadores consulares, considerados dignos del imperio. Al fin el tedio y una penosa enfermedad le hicieron irritable y cruel. El Senado dudó si debería considerarle un dios o un tirano y sólo gracias a las súplicas del piadoso Antonino le fueron otorgados los honores debidos».

Así resume Edward Gibbon los datos que dan Dión Casio y la Historia Augusta sobre Adriano, en un curioso retrato con luces y sombras. Durante algo más de veinte años Publio Elio Adriano ofreció al Imperio una próspera paz y una administración muy eficaz, «visitó todas las provincias» y fue, en definitiva, un «príncipe excelente». Se le reprochan sus manejos para eliminar a algunos rivales y su carácter esquivo, tiránico y extravagante.

Por eso, apenas murió, en el año 138, en Roma se alzaron insultos y protestas contra su memoria. Fue enterrado fuera de la ciudad casi en secreto y el Senado intentó prohibir su apoteosis, esto es, su proclamación póstuma como dios. Pero el tenaz empeño de su sucesor, el leal Antonino Pío, logró que se le ofrecieran dignos funerales; es decir, que fuera deificado con los mismos honores que otros emperadores. Sin duda, la impopularidad final en Roma contrastaba con el gran aprecio que Adriano había suscitado en Grecia y merecido en toda la zona oriental del Imperio, en correspondencia con el filohelenismo, la afición por la cultura griega, demostrado por él en su vida y sus viajes.

Adriano, que llegó al trono imperial con cuarenta años tras una larga carrera de cargos civiles y militares, impuso desde sus comienzos una propia línea política. Frenó la expansión territorial, renunciando a nuevas conquistas bélicas, reforzó las fronteras y promovió la idea de paz en todo el dominio romano. Luego recorrió las extensas tierras del Imperio como ningún emperador lo había hecho antes, no sólo para asegurar la justa administración en las provincias, sino también para mostrar la munificencia imperial, y construir carreteras, ciudades y monumentos, y aún más para conocer a sus gentes, sus problemas y ambiciones. Viajó sin cesar, unas veces guiado por la estrategia política y otras por su propio anhelo de ver mundo y aumentar su cultura personal. Y fue, de alguna manera, en algunos viajes que realizó a remotos confines de su imperio, en la época de una paz asegurada, un viajero sentimental. En los veintiún años de su reinado pasó más de doce fuera de Roma, más de la mitad del tiempo de su gobierno.

De Antioquía a Roma

Ya antes de llegar al trono, Adriano también había viajado mucho con varios destinos. Hizo muy joven su primer viaje a Itálica, la ciudad patria de su padre y también de Trajano, que visitó el año 90. Desde 95 a 101 marchó como tribuno y luego cuestor a Germania y Dacia, es decir, a las fronteras del Rin y del Danubio. Tras las guerras dácicas, en el año 105 fue destinado a la zona oriental, primero a Grecia (Nicópolis y luego Atenas), más tarde a Antioquía, Armenia y Siria. Allí fue, en Antioquía, en agosto de 117, ya como legado al frente de las legiones de Oriente, donde recibió la noticia de la muerte de Trajano, apenas dos días después de saberse designado como su sucesor. Fue aclamado como emperador por las legiones y como tal se encaminó a Roma, desde Asia Menor, cruzando con un fuerte ejército Tracia, Mesia, Dacia y Panonia. Llegó once meses después, ya en 118.

Allí se mantuvo hasta 121. En un viaje de inspección recorrió tierras de la Galia y Germania, y luego Britania, donde mandó construir el famoso muro que llevaría su nombre. Se dirigió luego a Hispania (la Tarraconense y la zona de León) y de allí pasó probablemente a Mauritania y a Siria. Tras recorrer Tracia y las ciudades costeras de Asia Menor llegó finalmente a Atenas. Permaneció en Grecia casi un año, hasta que a mediados de 125 volvió a Roma. Desde ésta, en 128 recorrió en campaña militar el agitado norte de África (Numidia y Mauritania).

Ya en 129 emprendería otro gran viaje hacia Oriente, con varias estancias en Atenas, desde donde viajó a las ciudades de Asia Menor (Éfeso, Mileto), Licia y luego Siria, Arabia y Judea, así como Egipto, regresando de las tierras del Nilo a Atenas ya en 132. Acaso tras una nueva rápida visita a Judea, donde continuaba la guerra contra los rebeldes israelitas, atravesó las tierras de Macedonia, Mesia, Dalmacia, Panonia hasta llegar a Roma, a mediados de 134. Allí, descansando en su retiro de Tívoli, en las afueras de la gran urbe, enfermo y melancólico, permaneció hasta su muerte, en Bayas, en julio del año 138.

Fundador de ciudades

En muchos de los lugares que visitó, Adriano inauguró edificios, monumentos, caminos y construcciones diversas. En las fronteras fijó con muros y fosos los límites duraderos del Imperio: una gran empalizada en Germania y en Retia (al sur de la actual Alemania), el perdurable muro en el norte de Britania y una amplia fosa (fossatum) en África. Fundó ciudades, a veces con su nombre, las dos Adrianópolis de la Cirenaica (actual Libia) y Tracia (región situada entre Grecia y Bulgaria), Adrianúteras, Adrianos y Adraneia en Asia Menor, así como Elia Capitolina, erigida sobre las ruinas de Jerusalén, en Judea. En honor de su amante Antínoo fundó Antinoópolis en Egipto. Alzó también grandes templos, como en la ciudad de Cízico (situada en la región de Misia, en Asia Menor) y en Atenas, donde destaca el magnífico santuario de Zeus Olímpico. Prodigó fiestas a su paso, dejando por doquier claras inscripciones con su nombre y muchas estatuas, de las que se conservan más de ciento cincuenta. Embelleció con teatros y obras de ingeniería muchas ciudades, como en el caso, muy significativo, de la hermosa Itálica, la ciudad de su familia y de la de Trajano.

Las visitas imperiales «a todas», o casi todas, las provincias eran algo excepcional. Otros emperadores habían viajado a unas u otras en caso de algún conflicto bélico o en campañas militares –como Augusto al norte de Hispania o Trajano en sus viajes a Oriente– o, en otros casos, para darse a conocer tras su proclamación; pero en Adriano esas visitas de inspección y festejos responden a su interés personal por el cuidado y mejora de las provincias, a un plan premeditado de mejorar las comunicaciones y, a la vez, conocer a sus gentes y su cultura.

El establecimiento de fronteras definitivas, la restauración de la disciplina militar y de la administración de la justicia, se enlazaban con una fuerte pasión constructiva y todo esto se combinaba muy bien con su sincero y tenaz filohelenismo. Esos empeños suyos respondían al anhelo de integrar mejor y reanimar la parte oriental del Imperio, por la que manifestó una singular atracción e incluso una personal simpatía espiritual. De ahí su afán de dar nuevo impulso económico y político a aquel ámbito cívico grecohablante y a su ejemplar cultura antigua y brillante, que Roma ya mucho antes había sometido y asimilado en su nivel más elevado. En fin, en ese siglo II, bajo la dinastía de los Antoninos, el renacer de la cultura y de la sociedad helenística fue espectacular. Tanto en Atenas, embellecida por las obras monumentales de Adriano –y de su amigo, el riquísimo Herodes Ático–, como en otras ciudades de la costa del Egeo, esa época fue un tiempo de esplendor.

También en Roma dejó Adriano notables muestras de su afán arquitectónico: reconstruyó el templo del Panteón, iniciado por Agripa, y edificó el templo de Venus, los jardines y el palacio de Tívoli, así como el enorme túmulo funerario para su sepulcro (que concluyó Antonino y actualmente es el castillo de Sant’Angelo), además de reformar los edificios del foro de Augusto y los mercados del campo de Marte. Celebró numerosos juegos en el circo y representaciones en los teatros, y diseñó su residencia palaciega en Tívoli con numerosas estatuas y pinturas que reproducían escenas y paisajes de sus lugares predilectos del oriente helénico: el Liceo y la Academia, el Pritaneo, Canope, la Estoa y Tempe.

Apasionado por lo griego

En su actitud pública, Adriano parecía querer ser visto como un nuevo Augusto: como él aseguró las fronteras, reconstruyó templos (como el Panteón en Roma y el de Augusto en Tarragona), y como él a su muerte dejó designado no sólo al buen Antonino como su sucesor inmediato, sino también a dos herederos de éste: Lucio Vero y Marco Aurelio. Por otra parte, también emulaba a Pericles, de modo que asumió, en Oriente, en 129, el título de Olímpico (Olimpios). Creó en Atenas un gran centro político, el Panhelenion, donde se reunirían los representantes de las ciudades griegas para diseñar una política común; a la vez que se empeñó en concluir de una vez el imponente templo de Zeus Olímpico. Hizo mucho por acreditar el prestigio cultural del mundo griego: en Roma fundó un centro llamado Ateneo, trató con los sofistas más notables de su tiempo e intentó helenizar a los judíos construyendo en las ruinas de Jerusalén, destruida por Tito, una nueva ciudad, Elia Capitolina, con templo y cultos paganos; una medida errónea, que suscitó una larga rebelión y una segunda guerra en Judea.

El amor a lo griego de Adriano venía ya de su juventud, cuando por sus lecturas y sus gustos fuera apodado Graeculus, «grieguillo», mote bastante despectivo en Roma. Su cordial filohelenismo aparecía a las claras en su rostro barbado, como el de un antiguo filósofo griego, en un notable contraste con los bien rasurados nobles romanos y los emperadores precedentes. Como al ocupar el trono la conservó, pronto se puso de moda la barba cuidada en todo el Imperio, y la llevaron, cortas o largas, numerosos emperadores, y no tan sólo los que, como Marco Aurelio, podían sentir alguna simpatía o admiración a los filósofos helénicos.

También puede notarse otro rasgo griego en su amor por el joven Antínoo, una pasión más comprendida en el mundo griego y oriental que en el ambiente romano. Al morir el bello muchacho en aguas del Nilo, el desolado Adriano fundó una ciudad con su nombre e hizo que se multiplicaran los retratos de su amado por múltiples ciudades. Hay que recordar que el enlace del emperador con Sabina, sobrina nieta de Trajano, fue una boda de conveniencia, planeada por la emperatriz Plotina, y acaso poco feliz.

Desde sus jardines y sus habitaciones con vistas, el melancólico Adriano sentía acercarse la muerte, e incluso intentó en vano suicidarse. Entre tanto en Roma crecía el resentimiento hacia su persona, refinada y voluble, misteriosa para muchos romanos.

Para saber más

Adriano. Anthony Birley. Gredos, Madrid, 2010.

Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar. Edhasa, Barcelona, 1998.

http://www.nationalgeographic.com.es/historia/actualidad/atenas-rinde-tributo-adriano-con-retrato-desconocido-del-emperador_11108

http://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/el-emperador-adriano_7196