El mito y lo deforme

Mitología



RESUMEN

El objetivo del presente trabajo es el estudio de los antiguos mitos, de la creación del mundo, como el paso de caos al cosmos, los cuales son simbolizados por las aguas y por el desierto donde toda forma parece diluirse.

Las aguas del mar, las arenas del desierto son metáforas de la nada, de la ausencia de toda forma. Crear un mundo es, entonces, formarlo, darle coherencia, es decir pasar de los informe a lo formado.

EL MITO Y LO DEFORME


Los antiguos mitos hablan de la creación del mundo como el paso del caos al cosmos, es a menudo simbolizado por las aguas ; también puede serlo por el desierto, donde toda forma parece diluirse. Las aguas del mar, las arenas del desierto son metáforas de la nada, de la ausencia de toda forma. Crear un mundo es, entonces, formarlo, darle coherencia, pasar de lo informe a lo formado.

En la versión cristiana del Libro de Gènesis Cap. 1ª vers. 1 y 2 puede leerse “Al principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra estaba confusa y vacía y las tinieblas cubrían la faz del abismo, pero el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas”. Abismo, vacío, aguas, confusión y oscuridad son nombres de lo informe, de la ausencia. Dice el Popol Vuj en su libro que contiene la cosmogonía , la mitología, la relación de las migraciones y la crónica de los reyes del pueblo quiché. Este libro fue encontrado en Guatemala a fines del siglo XV por un fraile dominico: Francisco Jiménez , quien lo tradujo al español: “No había un hombre, ni un animal. No habìa aves o pájaros, ni peces, ni cangrejos. No había maderas, ni piedras, ni pantanos, ni barrancos, ni vegetación, ni ciénagas, …” El rostro de la tierra no podía ser visto. Sólo el tranquilo mar y la extensión del cielo”.

Estas historias, sagradas para sus pueblos, muestran a un Dios, que es la plenitud del ser, enfrentado con la nada, nombrada de muchas maneras.

El Dios puede llamarse Jeovhá o Javé Eloim , el Altísimo, o el único, o puede ser Marduk Dios que mata a la antigua diosa Tiamat, la gran serpiente marina de cuyo cuerpo descuartizado saldrá el mundo, o como lo dice el Popol Vuj: “El creador y Hacedor, La Madre, el Padre de la Vida y de la existencia”. Sea uno o múltiple, lo divino está siempre en el origen de las formas.

Para los indios de América del Norte , sin embargo, el mundo es creado por el pensamiento y el deseo de un Dios. Encontramos en el Timeo, mito en el deseo de un Dios. Encontramos en el Timeo, mito en el que Platón relata la formación del mundo mediante el modelo de formas perfectas, subsistentes por sí mismas, incorruptibles y eternas, cito pág. 765 , de las Obras Completas dice : “en cuanto al universo que llamamos cielo o con cualquiera otro nombre, lo primero que debemos averiguar es aquello por lo que, según hemos dicho, debe comenzarse en todos los casos, a saber: si ha existido siempre, no habiendo tenido principio, o si habiendo tenido principio , no ha existido siempre. El mundo ha tenido principio, en efecto, el mundo es visible, tangible, corporal, todo lo que tiene estas cualidades es sensible y está sometido a la opinión acompañada de la sensación , nace y es engendrado” Pero el demiurgo, tiene que contar también con la Thorá , libro de la Ley de los judíos, especie de materia indócil, cuya dificultad y ambigüedad en las traducciones nos sugiere su parentesco con la nada y lo informe. De esta conjunción resulta que las formas creadas, las que constituyen nuestro mundo sensible sean imperfectas, limitadas, cambiantes y perecederas.

En términos más propios de la filosofía podría decirse que lo relatan estos mitos cosmogónicos es que de la conjunción del ser con la nada surge el ente. El ente es la determinación del ser, las formas que adquiere en el tiempo, y que formas significa límite, modo específico, determinación.

Para los pueblos arcaicos todas las cosas tienen su arquetipo mítico. También todos los actos importantes del hombre: el nacimiento, la alimentación, el trabajo, el sexo y la muerte. El mito cosmogónico tiene una importancia fundamental en las sociedades primitivas. Está presente en numerosos rituales: todo comienzo, toda fundación debe actualizar el acto primordial de la creación del mundo.

El tiempo debe regenerarse para reconquistar su condición primera, también los chamanes utilizan el mito cosmogónico en sus curaciones para hacer retroceder al hombre en el tiempo y conquistar su estado primitivo. Y hasta los poetas lo utilizan para recuperar la inspiración perdida. En la tradición de los mitos mesopotámicos el hombre presenta una condición dual: modelado en arcilla su cuerpo es amasado con la sangre de un Dios sacrificado. En el Enuma Elish se cuenta que Marduk condenò al rebelde dios Kingu a ser sacrificado y prosigue: “Lo ataron teniéndolo asido en presencia de dios Ea, cargaron sobre él, el peso de su culpa y le abrieron los vasos de su sangre. De su sangre fabricaron la humanidad” Este carácter dual de la condición humana según los textos citados, origina inesperadas consecuencias, como por ejemplo rebelión y angustia. Adan y Eva, comen el fruto prohibido del árbol del conocimiento del bien y del mal y son arrojados del Paraíso. Por su parte Gilgamesh, el héroe mesopotámico, descubre la muerte con carácter ineluctable de todo lo viviente: al morir su amigo y compañero Enkidu llora la pérdida y al mismo tiempo conciencia de su propia finitid. Desde entonces todas sus acciones sólo tienen por objeto conseguir el secreto de la inmortalidad. Lo descubre y lo pierde porque no es un dios. Todo lo que se aleja de la vida cotidiana, en suma lo deforme. Sin embargo, el soplo divino, los griegos dirían el “tojaion neuma” o la sangre de un dios que está en el hombre, lo convierte en un co-creador del mundo. Aparecen nuevas formas creadas por el hombre, bajo su poder la naturaleza se transforma. Las aguas de los grandes ríos discurren obedientemente por los canales, los barcos surcan el mar, los cereales se siembran, los animales son domesticados, se levantan palacios y templos, cambia el paisaje donde el hombre construye su morada. Imitando su modelo divino el hombre crea nuevas formas donde transcurre su existencia. Es decir, actúa conforme a su modelo. También los mitos le proporcionan paradigmas de conducta, originan normas para actuar conforme a las acciones de los dioses, los héroes civilizadores, los antepasados míticos de sus pueblos.

Pero si bien la forma en que el hombre actúa debe ser conforme a sus modelos sagrados ocurre que esos mismos modelos realizan actos que no coinciden con las costumbres y posibilidades de los seres humanos. En el mito tiene cabida lo maravilloso, lo sobrenatural. Lo incita a superar el curso ordinario de las cosas y buscar lo extraordinario, en suma deformar las formas habituales. En el mito del héroe se nos dice que si el hombre siente ese llamado misterioso y lo asume, comienza una aventura que lo llevará lejos de sus afanes cotidianos. Tendrá que vencer terribles pruebas, encontrarà ayuda sobrenatural, penetrará en un mundo de horror y fascinación. Su triunfo será la sabiduría y el deber de enseñarle a su pueblo. El regreso del héroe tiene tantas dificultades como su partida. Él trae lo nuevo y los hombres están apegados a las formas más fáciles, más conocidas. A menudo su mensaje no es comprendido de inmediato y el héroe debe morir, después de su triunfo a manos de aquellos a los que quiere salvar. “El mito de la caverna” de Platón da el ejemplo para una historia semejante.

El contacto con lo sagrado produce maravilla y terror, significa penetrar en un mundo cuyas formas no coinciden con las que contemplamos habitualmente con nuestros ojos. Entonces ¿cómo decir o representar lo que se conoce por esas experiencias extraordinarias? Porque si bien Dios es creador de formas que conocemos ¿cuál es su forma, si es que la tiene? Y si es que tiene forma igual que todo lo que nos rodea o que nosotros mismos, ¿como representarlo? ¿cómo imaginar sus actos? El hombre entonces, recurre a lo inaudito, a lo insólito, a lo desmesurado, en suma a lo deforme.

Y así el arte nos muestra imágenes de ángeles, de figuras danzantes sobre cráneos humanos, de una serpiente desplumada, en el centro de una cruz, de gigantes con un solo ojo, de monstruos y quimeras, de ángeles y demonios.

Joseph Campbell habla de las máscaras de Dios, de un rostro de que oculta y reaparece continuamente en diversas formas, a través del espacio y el tiempo. Conocerlo en su plenitud estaría más allá de las posibilidades humanas. La tradición bíblica dice que aquel que ve a Dios cara a cara, desde aquí abajo, muere instantáneamente. En consecuencia cada cultura sería una perspectiva de lo divino. En ese bosque de símbolos que es el mito aparecen señales, mensajes cifrados. Pero el misterio no termina de desvanecerse. Esta historicidad de las manifestaciones, de lo sagrado, nos hace pensar en cierta relatividad de opciones, tales como deformidad, conformidad, belleza. También los mitos nos muestran costumbres extrañas a nuestra sensibilidad y nos exigen a veces un gran esfuerzo para descubrir su significado. Es cierto que el investigador actual dispone de una serie de aportes metodológicos que ayudan a su tarea, pero además del bagaje teórico los mitos nos reclaman una actitud de apertura espiritual, de simpatía intelectual, del recuero a nuestra propia experiencia para tratar de comprender la razón del otro.

Pero también los mitos pueden deformarse a través del paso del tiempo. En este caso uso el tèrmimo “deformarse” en su sentido “peyorativo”, no como una ruptura de las formas en busca de la trascendencia . Un ejemplo lo encontramos en la formación de los aztecas, siendo el Dios que instruyó a los hombres en la agricultura y en las artes de gobernar. Guerreros, bárbaros al conquistar pueblos antiguos de refinada cultura, tergiversan el sentido de la tradición tolteca. La “guerra florida” que significa la lucha del hombre consigo mismo para destruir sus tendencias negativas y quemar sus cobardías y bajezas , se convierte en conquista militar para conseguir prisioneros de guerra y sacrificarlos a sus dioses. De esa manera se degrada el sentido del sacrificio religioso como donación libre y voluntaria del hombre a la divinidad.

Perder el sentido de los símbolos puede ser peligroso para una cultura, también lo es el manejarlos en provecho propio. Es lo que ocurre a veces en nuestro tiempo a partir de los ámbitos sociales. De esa manera se degrada, por ejemplo el mito del héroe, en la búsqueda del poder y las riquezas materiales. El mito, tantas veces olvidado, despreciado o deformado, aún no ha perdido su poder.


Autora: María Alejandra Crespín Argañaraz


Bibliografía

*Cambell, Joseph.- El héroe de las mil caras. F.C.E. , Mèxico 1959
*Frazer, James George.- La rama dorada F.C.E. México 1996
*Platón. Obras Completas. Tomo II Omeba, Argentina 1967
*La Sagrada Biblia. Nacar Fuster y A. Colunga, Madrid 1965




A Virgilio

Virgilio


Tal vez nadie alcanzó lo que quisiste
suscitar con tus versos, ¡Oh Mantuano!
Quizás un alma sola, oscura y triste
Captó a fondo tu verbo soberano
Variados rumbos toma tu lectura.
Te piensan ya mesiánico, ya abstruso
Los ecos - dicen - de tu voz tan pura
Vienen de un mundo excéntrico y recluso.
Pitagorismos arduos te atribuye
El humanista en cuyo esquema cupo
El número perfecto al que confluye
tu poesía. Admítanme en el grupo
Que te ama humilde y discutir rehuye
Si eras sabio gentil que todo supo.

Autor: Gerardo H. Pagés

SOBRE EL AUTOR DR GERARDO PAGÉS

Nacido en Buenos Aires el 26 de octubre de 1920, se graduó con medalla de oro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Becado en Francia, recorrió Europa y a su regreso ingresó como profesor de latín en el Colegio Nacional de Buenos Aires, al que le dedicó sus esfuerzos y se convirtió en su segundo hogar. Allí fue jefe de departamento, vicerrector y rector.

Ejerció la docencia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, de la que fue director del Departamento de Lenguas y Literaturas Clásicas y decano. Apasionado por su actividad, los sábados hacía abrir la Facultad una hora antes, a las 7, para dar más tiempo de clases. Fue, además, profesor emérito de la Universidad, miembro de número de la Academia Argentina de Letras y recibió el premio Konex en Educación. Pagés era un humanista integral, de inmenso saber, que siguió cultivando aún después de su jubilación, hace 15 años. Concurría diariamente a la Biblioteca del Colegio Nacional de Buenos Aires y permanecía dispuesto a la frecuente consulta de autoridades, colegas y alumnos.

Murió en junio de 1999.

Tres poemas de Crespin Argañaraz


Ariadna

Te extraño, imperturbable
Sobreviviente de mi naufragio
Dios de nuestra isla,
Habitante de lugares lejanos
Teseo de regiones encantadas.
A veces sueño que te veré a mi lado
Que escucharé tu voz, dando aliento a mi pena.
¿Sabes que sufro mucho?
¿Sabes que este lugar se ha vuelto insoportable?
Daría mi vida por sentirte,
Por tener tu mirada sobre mi pelo,
Tu voz acariciando mi dolor,
Tu mano fuerte en mi mano solitaria.
Estás en mi recuerdo,
No quiero años, sin ti
No quiero este río de minutos sin tus palabras,
Tengo miedo de que me devore el minotauro,
Miedo de ofrecerme en sacrificio,
Miedo de que me abandones…
Sólo tú puedes llegar aquí,
Sólo tu calidez y tu deseo,
Pueden darme esperanzas.

Profundidad

Necesito que algo me impulse
Como el viento al velero;
Tus ojos, por ejemplo,
Esos ojos que miran para dentro
Y se hunden en la profundidad del sueño.

O tu paso,
Con algo de misterioso apuro,
Paso sin huella,
Con el eco sutil de los recuerdos.

O tu risa,
Cascabel sonoro,
Juego de luces en tu rostro,
Melódica cadencia,
Donde navega tu alegría de vivir...

O tu mano,
La que pliega el contenido de las horas
Para que sirvan de señal al libro
Donde el tiempo escribió nuestro destino.

Algo,
O todo me impulsará mañana
Como el viento al velero,
Hasta el puerto
Seguro de tus brazos
O hasta el mar sin riberas del olvido....

Belleza

La belleza está en todos lados,
En el viento que agita las hojas,
En la rama desnuda.
En el musgo de las rocas,
En la gota de rocío
Que estremece sus luces,
En el campo aterciopelado
De los pétalos de las flores.

Está en los jardines
En las sienes de plata,
Y en los ojos que se pierden
En el horizonte lejano del recuerdo....

Está en el suspiro que salta
Las barreras del olvido,
En el grito que desborda
En el sollozo,

En la mirada que acaricia suavemente,
En el leve parpadeo de la estrella,
En la mano que se tiende sin recelos,
Y en la página del libro
Que espera
El roce de los ojos
Para darnos su mensaje.......

Autora: María Alejandra Crespín Argañaraz

El mito de las Moiras en Borges

Jorge Luis Borges
Jorge Luis Borges

Resumen

En el marco del movimiento modernista, Jorge Luis Borges desarrolla en su obra “El Otro, el Mismo” una elaboración de numerosos elementos literarios, míticos históricos y filosóficos de la cultura helénica. Esta ponencia muestra algunos aspectos del trabajo poético de ese autor argentino, en su libro “El Otro, el Mismo” aparece la actividad de cada una de las Moiras: Cloto, Láquesis y Atropos. Las alusiones eruditas a personajes, obras, lugares y ciertos caracteres del vocabulario se consideran como emergentes superficiales de una actitud profunda del poeta frente al fenómeno cultural griego, que invita y exhorta a la creación de nuevas formas de belleza inspiradas en las que se dieron en aquel contexto.

El tratamiento lírico de episodios míticos y la transposición de arte son dos procedimientos de Borges que merecen aquí una atención especial, utiliza distintas características de las Moiras contempladas por el mito, pero realiza innovaciones. Una de las más interesantes es la inversión de dicho mito, mediante la transferencia de aquellos atributos que hacen a esas diosas poderosas divinidades del destino a un objeto que, en la mitología griega no sólo no es divino, sino que tiene un autor humano: el laberinto. Es interesante la equiparación de las Moiras con el hombre en general y el poeta en particular a través del único atributo divino que aquéllas no pierden y el laberinto no tiene ni recibe por transferencia: la facultad creadora.

El mito de las Moiras en “El Otro, el Mismo”; de Jorge Luis Borges

En el marco del movimiento modernista, Jorge Luis Borges desarrolla en su obra “El Otro, el Mismo” una elaboración de numerosos elementos literarios, míticos históricos y filosóficos de la cultura helénica. Esta ponencia muestra algunos aspectos del trabajo poético de ese autor argentino, en su libro “El Otro, el Mismo” aparece la actividad de cada una de las Moiras: Cloto, Láquesis y Atropos. Las alusiones eruditas a personajes, obras, lugares y ciertos caracteres del vocabulario se consideran como emergentes superficiales de una actitud profunda del poeta frente al fenómeno cultural griego, que invita y exhorta a la creación de nuevas formas de belleza inspiradas en las que se dieron en aquel contexto.

En primer lugar, se analizarán las expresiones en las cuales la figura de las Moiras aparece insinuada por verbos referentes al tejido.

En el “Poema conjetural”, la presencia de las Moiras es sugerida por el verbo “tejieron” que además de hacer referencia a la actividad de estas divinidades, exige, por estar conjugado en tercera persona del plural, su sujeto múltiple (las Moiras son tres). El sustantivo que cumple esta función es “días”; no son las Moiras las que tejieron, sino los días. El adjetivo posesivo “mis” aparece como modificador que circunscribe la temporalidad generalizada o indefinida del sustantivo a la temporalidad del yo lírico, haciéndola más personal. Si se agrega a esto el circunstancial de tiempo “desde un día de la niñez”, queda aún más limitada esta temporalidad a la duración de la vida de ese yo. En el mundo greco-latino esa duración es regulada por las Parcas mediante el hilado.

Hay una coincidencia entre mito y poema en lo que respecta a la actividad de las Moiras, pero el modo de actuar de éstas en el mito es externo al hombre, mientras que en el poema, adquiere un carácter mucho más personal mediante el reemplazo de la mención de estas divinidades por el sujeto “mis días”.

En “A un poeta menor de la Antología”, se encuentran también el verbo “tejieron” y el sustantivo “días”, cumpliendo las funciones antes señaladas, sólo que, en este caso, los días no pertenecen al yo lírico, sino al poeta menor; no obstante, se observa el mismo carácter personal dado por el adjetivo posesivo (en este caso “tuyos”). Pero hay una diferencia profunda entre los dos poemas: en éste, el objeto directo es “dicha y dolor'“, dos ingredientes habituales de la vida que podrían ser tejidos por las Moiras; no hay ruptura respecto del mito. En cambio, en el “Poema conjetural”, el objeto directo es “laberinto múltiple de pasos”, algo no considerado por el mito dentro de las posibilidades de las Moiras; hay un entrecruzamiento con otro mito perteneciente al mundo greco-latino. En “A un poeta menor de la Antología”, la imagen del laberinto es sugerida por el sustantivo “red”. Se considerará este aspecto mas adelante.

En “Límites” reaparece el verbo tejer en tercera persona del plural, pero hay variantes con el objeto directo y en el sujeto. Este está compuesto de tres sustantivos (concuerda, en este sentido, con el mito, puesto que tres son las Moiras) que nombran objetos intangibles (“sombras”, “sueños”, “formas”) y que, por esta característica, se oponen a todo lo que pueda sugerir el sustantivo del objeto directo (“vida”). Este sustantivo está modificado por el adjetivo demostrativo “esta”, que le da concreción e impide toda relación con algún otro tipo de vida que pudieran sugerir los tres sustantivos del sujeto. Estos realizan la misma actividad que las Moiras en el mito (hilar el destino), pero en el poema lo hacen con un dinamismo mayor, que se logra por la inclusión del verbo “destejen” junto a “tejen”. No obstante, no hay una simple traslación del plano mítico al poema, ya que el reemplazo de las Moiras por “las sombras, los sueños y las formas”, da a la acción y a su producto características no contempladas por el mito.

La relación de las Moiras con la actividad creadora del hombre se observa también en el sujeto (“el sueño [o el terror]”) y el objeto directo (“mitologías y cosmogonías”) del verbo “tejiera” que aparece en el poema “El mar”. Allí, lo humano queda empequeñecido por la comparación con uno de los elementos de la naturaleza: el mar existía antes que los sueños y el terror, las mitologías y las cosmogonías. La comparación transfiere el poder que las Moiras tienen en el mito, no a la actividad del hombre (que, en este caso, mediante el verbo “tejiera”, sólo comparte el aspecto laborioso y creativo de estas diosas), sino al mar, que adquiere mediante los verbos (“estaba”, “era”) y adverbios (“siempre”, “ya”), las características propias del Ser parmenídeo: unión de esencia y existencia, inmovilidad, eternidad.

En “El Golem” hay otro verbo que hace alusión a la tarea de las Moiras: “devanar”. Específicamente, ésta es la actividad de una de ellas, Cloto. Hay, por lo tanto, una selección dirigida hacia una acción que, en principio, no tiene límites temporales, puesto que no están las otras dos Moiras para establecerlos. Dicha carencia de límites adquiere un carácter de intemporalidad mediante el circunstancial “en lo eterno”, en el cual hay un entrecruzamiento de lugar y tiempo; lo eterno es el ámbito donde se devana; esto indica una universalidad témporo-espacial. Hay también una intensificación del dinamismo de la acción, que es el resultado de la ubicación de ésta en el plano de la eternidad; el devanar es continuo.

El sujeto de “se devana” es “la vana madeja”; hay correspondencia con el mito en cuanto a la actividad, pero la figura de Cloto queda desplazada por un sujeto cuya acción recae sobre sí: el pronombre reflejo “se” da a “madeja” un carácter de autosuficiencia que, sumado al circunstancial “en lo eterno”, se acerca a la omnipotencia (la madeja única, en lo eterno, se devana a sí misma). El adjetivo “vana” que modifica a “madeja” extiende, semánticamente, su influencia hacia el verbo: la vanidad de la madeja hace vano el devanar. La omnipotencia antes señalada, queda relativizada por este adjetivo que además ocupa, por el hiperbaton, un lugar predominante.

Respecto de la actividad y la omnipotencia de la Moira existe concordancia entre mito y poema. La diferencia reside en el elemento con el cual realiza el tejido. En el mito, el hilo que tejen las Moiras es el destino de cada ser humano. En cambio, el poema habla de un “tejido de hombres”; los hombres mismos pasan a ser hilos que “la mano” entrecruza para formar la batalla. Cada hombre pierde su individualidad, pues pasa a ser un mero elemento del tejido. Ahora bien, tampoco adquieren relevancia por su existencia conjunta, puesto que, como tejido, han sido creados y serán dirigidos por “la mano”. La omnipotencia de ésta subraya la insignificancia y la dependencia de aquellos.

En el poema “A quien está leyéndome” el verbo “rigen” sugiere la acción de las Moiras que, en este caso, son reemplazadas por el sujeto “los númenes”, si se considera la versión que aparece en las Obras Completas del autor y “los números” en la versión posterior que figura en la Obra Poética. Al sujeto se transfiere la omnipotencia que implica el hecho de regir el destino del hombre. En ese aspecto coinciden mito y poema. En este último, se hace mucho más personal la acción que en aquél realizan las Parcas por la presencia del adjetivo posesivo “tu” que modifica a “destino”; no es cualquier destino el que los números o los númenes rigen, sino el de cada lector, el verbo de la oración (“han dado”) acentúa la limitación de este frente a aquellos, al ubicarlos, respectivamente, en un plano de receptor y dadores. Por último, el objeto directo agudiza el contraste de ambos al reducir al hombre (o, más concretamente, al lector del poema) a la nada (“certidumbre de polvo”).

Hasta el momento se han considerado los poemas en los cuales las Moiras aparecen sugeridas por verbos. Se analizará, ahora, su presencia a través de otras alusiones.

El sustantivo “suerte” aparece en dos poemas que llevan el mismo nombre, “Buenos Aires” y en “A un poeta menor de la Antología”, designando aquello que en el mito personifican las Moiras; la suerte de cada individuo, la parte que le corresponde en este mundo. A esto, en “Buenos Aires” se agrega otra función; acompaña al sustantivo la aposición “esas cosas que la muerte apaga”, que indica la presencia y la acción de una de las Moiras, Láquesis, aquella que, en el mito, corta el hilo cuando la vida de un hombre llega a su fin.

En “La noche cíclica” y “El Golem” se encuentra el sustantivo “madeja” acompañado del adjetivo “vana”. En el primero de los poemas se aclara de qué está hecha la madeja; los hilos son las calles con los nombres de los antecesores del yo lírico; este carácter personal y concreto se refuerza con el adjetivo demostrativo “esta”, que acompaña a “vana madeja”. Toda la expresión “esta vana madeja / De calles que repiten los pretéritos nombres / De mi sangre: Laprida, Cabrera, Soler, Suárez...”, es objeto directo de una oración en la cual la palabra “tiempo” aparece en lugar de las Moiras: “El tiempo que a los hombres / Trae el amor o el oro, a mí apenas me deja / (...) esta vana madeja / “. Aquello que le corresponde a cada cual es dado, en el mito, por la Moira y, en el poema, por el tiempo. La parte que le ha tocado al yo lírico es, justamente, la madeja, el elemento con el cual tendrían que trabajar las Parcas. Hay aquí un nuevo desplazamiento respecto del mito: aquello con lo cual las Parcas tendrían que tejer el destino, pasa a ser, en el poema, el destino que le es dado al yo lírico, sin tejer todavía. Las posibilidades implícitas en este hecho quedan anuladas por el adjetivo “vana” que modifica a “madeja” y también por el modificador indirecto “de calles” que, por su contenido semántico (algo ya hecho), no deja margen a la acción del yo; por otra parte, la posibilidad de construir o descubrir algo transitando esas calles; queda trunca por la expresión “que repiten los nombres de mi sangre”, que da carácter acabado y circular a toda la oración y se acerca a la imagen del laberinto.

En “El Golem”, no se especifica ningún aspecto acerca de la “madeja”, salvo su vanidad. Además, no hay ninguna expresión que se refiera a algo concreto, o cercano al yo lírico como en el poema anterior; la “madeja” aparece como única, por la presencia del artículo “la” y el número singular del sustantivo y el adjetivo. Esta madeja, con sus peculiares características, cumple en esta obra la función (devanar) de una de las Moiras (Cloto) en el mito.

En el mismo poema aparece otro sustantivo que, en algunos aspectos (no de manera explícita sino, como se ha visto hasta el momento, sugerida), se asemeja al mito de las Moiras, y en otros, introduce modificaciones; es el sustantivo “red”. La “red” es el producto, por así decirlo, de la tarea de tejer y, en ese sentido, se puede considerar como la vida del hombre, que es aquello que las Moiras regulan con su tarea. Sin embargo, una red no es un tejido cualquiera, puesto que su función es atrapar. Hay, entonces, una variación respecto del mito. En “El Golem”, esa función queda subrayada por el participio “aprisionado”. Quien está aprisionado es el Golem, un muñeco que, según el poema, es “aprendiz de hombre”. En consecuencia, puede decirse que es el mismo hombre quien está atrapado en la red, y el poema lo expresa con una construcción comparativa: “Gradualmente se vio (como nosotros) aprisionado en esta red sonora”. El participio y el sustantivo sugieren la imagen del laberinto, con lo cual se produce un nuevo entrecruzamiento de este mito con el de las Moiras. La figura del laberinto queda reforzada, en el poema, en una estrofa posterior, cuando se dice que los ojos del Golem seguían a su creador “por la dudosa / Penumbra de las piezas del encierro”. El sustantivo “red” está acompañado de modificadores; por un lado, el adjetivo demostrativo “esta”, que lo hace concreto y cercano; por otra parte, el adjetivo “sonora”, seguido de un modificador indirecto compuesto por nombres propios (vocablos que adquieren tal carácter en el poema por estar escritos con mayúsculas). Esto indica que los elementos que componen la red son palabras que ubican al Golem en una serie de relaciones temporales (antes, después, ayer, mientras, ahora), espaciales (derecha, izquierda) y personales (yo, tú, aquellos, otros). Esas relaciones constituyen la red, pero están, por su parte, constituidas por palabras; por ello, la red es “sonora”. La importancia de aquéllas se refuerza por el hecho de estar escritas con mayúsculas.

En “A un poeta menor de la Antología” el sustantivo “red” cumple la función de predicativo (“los días son una red de triviales miserias”); se equipara “días” a “red”. Con anterioridad, en el mismo poema, aparecen los días del poeta menor como tejedores de dicha y dolor; ahora hay una visión más generalizada; no se especifica a quién pertenecen los días. Además, el dinamismo de la acción de éstos, implícito en el verbo “tejieron”, se diluye en el verbo “son”; el uso del tiempo presente en éste, en contraposición con el pretérito perfecto simple en aquél, indica la desaparición de esa realidad y la permanencia de ésta; los días que tejieron ya no existen (“¿Dónde está la memoria de los días ...?”); los días son, ahora, el producto de esa tarea de tejer: una red. El modificador indirecto que acompaña a este sustantivo (“de triviales miserias”) subraya solamente el aspecto negativo del objeto directo del verbo “tejieron” (dicha y color) y le añade un matiz de insignificancia.

En “Mateo XXV, 30”, hay una alusión directa al laberinto en relación con el mito de las Moiras: “Fragor de trenes que tejían laberintos de hierro”. Habitualmente los trenes transitan por carriles de hierros, ya formados; en cambio, ejercen la misma tarea que las Moiras en el mito. Ahora bien, con ese hierro que habitualmente es material de sus vías, los trenes elaboran algo que se opone a los caminos, ya que los laberintos no conducen, sino que confunden a los que transitan en ellos, los aprisionan. El modificador “de hierro”, por la dureza, frialdad y solidez que indica, da al laberinto un carácter más opresor aún.

En “Jonathan Edward (1703-1785)” reaparece la imagen de prisión y, por lo tanto, se entrecruzan, una vez más, el mito de las Moiras y el del laberinto. En este caso, el sustantivo no es “red”, sino “maraña”, lo cual acentúa el aspecto de confusión, de complejidad (podría decirse, de “laberinto”). El prisionero está ubicado con precisión: “en el centro puntual de la maraña”; esto ofrece una variante respecto de los poemas anteriores y, al mismo tiempo, un acercamiento mayor al mito del laberinto. La “Araña”, a posición de “Dios”, ocupa en el poema la función de las Moiras en el mito, pues su tarea es tejer; aparece aquí atrapada en el centro de lo que ella misma ha creado. Esta imagen está, en cierto modo, anticipada en “Mateo XXV, 30”, donde los trenes construyen aquello que los atrapa: laberintos de hierro. Sin embargo, en el poema que ahora consideramos, la figura del creador adquiere mayor importancia por el uso de mayúsculas, el agregado de una aposición y la presencia del circunstancial de lugar. Hay, nuevamente un alejamiento respecto del mito de las Moiras y un acercamiento al del laberinto (sugerido por el adjetivo “prisionero”). El creador de la maraña que aprisiona al hombre es, junto con éste, prisionero. Pero existe una diferencia significativa, en tanto que el hombre depende de su creador, el creador de aquél laberinto está atrapado por su criatura.

Ahora bien, a la inversa de lo que ocurre en otros poemas (“El mar”, “Poema del cuarto elemento”, “El Golem”, “Fragmento”), donde se otorgan a aquellos elementos que cumplen la función de las Moiras en el mito atributos propios de la divinidad, en “Jonathan Edwards (1703-1785)”, ésta es mencionada explícitamente, pero aparece sin ninguno de los poderes que le son propios, excepto el de crear. Las características que las Moiras tienen en el mito han sido transferidas al laberinto de la poesía: ésta es fuerte, poderosa, perdurable; puede decirse que es divina. El poeta es prisionero de esa divinidad y es divino él mismo, únicamente porque puede crearla. La criatura supera al creador.

En “El Otro, el Mismo”, de Jorge Luis Borges, se sugiere la presencia y la acción de las Moiras mediante verbos y sustantivos que aluden a la tarea que éstas realizan en el mito (tejer) y a su resultado. Aunque éste es el aspecto en el cual se pone el énfasis, todas las particularidades contempladas por el mito son tomadas en este libro: aparece la actividad de cada una de Las Moiras, Atropo, Cloto y Láquesis se considera también su acción conjunta como diosas del destino humano; por momentos, surgen como aquella parte que a cada uno le toca en la vida e incluso se las ve como las fuerzas elementales del mundo.

No obstante la existencia de similitud con respecto al mito, hay variaciones introducidas por el autor. Las mismas, se señalan a continuación.

La principal actividad que realizan las Moiras en el mito es el único aspecto que comparten con los hombres en el poema: el hombre también puede tejer, ya sea su propia vida (“Poema conjetura)”, “A un poeta menor de la Antología”, “Composición escrita de un ejemplar de la Gesta de Beowulf”), mitologías y cosmogonías (“El mar”) o poemas ( “A un poeta sajón”, “Jonathan Edwards (1703-1785)”, “Edgar Allan Poe”). Esa única aptitud que tiene es común con las Moiras (la posibilidad de crear), es, al mismo tiempo, el único atributo divino que éstas conservan en “El otro, el mismo”: en la medida en que es creador, el hombre adquiere una condición divina, aunque, como las Moiras, cree un laberinto, un destino en el cual quede atrapado; aunque, como poeta, quede aprisionado en su obra.

En síntesis, en “El otro, el mismo”, Jorge Luis Borges utiliza las distintas características de las Moiras contempladas por el mito, pero realiza, asimismo, innovaciones. Una de las más interesantes es la inversión de dicho mito, mediante la transferencia de aquellos atributos que hacen a esas diosas poderosas divinidades del destino a un objeto que, en la mitología griega, no sólo no es divino, sino que tiene un autor humano: el laberinto. Otra modificación importante es la figura de un laberinto constituido por palabras, con lo cual hace imprecisos los límites entre obra literaria y vida, así como considera difusa la frontera entre el sueño y la vigilia. Por último, resulta original la equiparación de las Moiras con el hombre en general y el poeta en particular a través del único atributo divino que aquéllas no pierden y el laberinto no tiene ni recibe por transferencia: la facultad creadora.

Autora: María Alejandra Crespín Argañaraz

BIBLIOGRAFÍA

• GRIMAL, Pierre. Diccionario de la Mitología Griega y Romana. Barcelona. Labor. 1965.
• OTTO, Walter F. Los dioses de Grecia. La imagen de lo divino ala luz del espíritu griego. Buenos Aires. Editorial Universitaria de Buenos Aires. 1973
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• SPITZER, Leo. Estilo Y estructura en la literatura española. Barcelona. Crítica. 1980.

El nacimiento de Grecia

  Imagen de National Geographic










La invasión doria
Tras el final del mundo micénico, hacia 1200 a.C., Grecia se adentró en la Edad Oscura, época en la que tuvieron lugar cambios culturales decisivos atribuidos a la invasión de un pueblo del norte: los dorios. Pero hoy en día los estudiosos dudan de que tal invasión se hubiera producido.

Guerras, hambres y revueltas destruyeron en torno a 1200 a.C. la espléndida civilización micénica. Sobre sus ruinas surgió un nuevo mundo que preparó el apogeo de la Grecia clásica. Los griegos de la llamada «Edad Oscura» nunca olvidaron el brillo del mundo que había desaparecido con la gran destrucción, entre los siglos XIII y XII a.C., cuando fueron devastadas las ciudadelas de Tirinto, Pilos y la propia Micenas. Rememoraban la época micénica como un pasado glorioso, un tiempo de empresas extraordinarias y semidioses magnánimos; el símbolo de ese esplendor era el bronce, el metal de las armas que blandían los campeones micénicos. Así se refleja en el mito de las edades, que refiere Hesíodo en ‘Trabajos y días’, obra compuesta a finales del siglo VIII a.C. En la actualidad muchos historiadores consideran que la causa principal del hundimiento fue interna: el lento y fatal declive de las ciudades, a pesar de sus fuertes muros, una época de hambrunas y tal vez alguna epidemia de peste. Es indudable, en efecto, que plagas, sequía y guerras marcaron la agonía de la sociedad micénica. Los relatos sobre la guerra de Troya y el asedio de Tebas se vinculan a una época de crisis que vio el derrumbe de los espléndidos palacios en los que se basaba el mundo micénico. Los historiadores griegos de la época clásica, como Heródoto y Tucídides, atribuyeron la destrucción del mundo micénico a una invasión violenta, la de los dorios. Según esta versión tradicional, los dorios eran un conjunto de belicosas tribus procedentes de zonas nórdicas y hablantes de un dialecto griego, que en el siglo XII a.C. conquistaron las ciudades y las ciudadelas fortificadas de los aqueos o micénicos. Los historiadores actuales creen que los dorios no llegaron como conquistadores, sino como inmigrantes pacíficos que colonizaron el territorio de forma paulatina. Lo que es seguro es que los invasores dorios no tenían grandes reyes, ni construían palacios, ni poseían cortes con funcionarios, impuestos y tributos. Tampoco practicaban el comercio marítimo. Eran gentes rudas que labraron sus tierras, cuidaron sus rebaños y establecieron nuevos núcleos de población. Desde el siglo X a.C., sucesivas oleadas de emigrantes hicieron de la costa de Asia Menor un país griego, el más próspero y culturalmente avanzado del mundo helénico. Mitos como el de la guerra de Troya evocaban para los hombres de la Edad Oscura un pasado heroico y trágico, en contraste con la mísera y vulgar Edad de Hierro en la que vivían. En definitiva, en la Edad Oscura se forjó el principio de una comunidad política realizada con éxito en muchas ciudades autónomas y pujantes, abiertas al intercambio y ansiosas de renombre, que fueron cobrando prosperidad en la época arcaica.

Fuente: Historia de National Geographic


Una postal de Grecia

Cariátides
Las Cariátides


El Erectéion es un templo muy elegante y está construido sobre un desnivel. Por tal motivo no es simétrico. Es de estilo jónico, como sus columnas. Allí se encuentran las famosas Cariátides o muchachas de Cariés, que era una ciudad cercana a Esparta, conquistada por los atenienses en la antigüedad. Estas muchachas, luego de la conquista de su ciudad, fueron tomadas como esclavas por los atenienses. Las cariátides eran tan bellas y hermosas que los atenienses, cuando veían a una mujer parecida a ellas en belleza, le decían "cariátides".

Los atenienses, al construir el Erectéion, llamaron a las estatuas de mujeres construidas en él, Cariátides, por su gran belleza. De tal forma que las Cariátides ocupan el lugar de seis columnas y se encuentran justamente sosteniendo el techo del templo con sus cuerpos, lo que simboliza el duro peso de la esclavitud.