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Ritos funerarios de la Grecia Clásica

Caronte, el barquero del Hades


La muerte en Grecia, como en todas las sociedades antiguas, tenía especial importancia en el grupo familiar. Para los atenienses era fundamental ser enterrados en su tierra natal; por ello se intentaba siempre recuperar los cadáveres de los soldados muertos en campañas lejanas.

Los ritos funerarios debían ser ejecutados por las personas adecuadas: los parientes, especialmente los hijos, que estaban obligados a asumir los gastos funerarios. Las mujeres de la familia, muy allegadas al difunto o, en su caso, de más de sesenta años, debían preparar el cuerpo: bañarlo, ungirlo con aceite, envolverlo en un sudario que dejara el rostro al descubierto y adornarlo con coronas, cintas y joyas. La ley prohibía enterrar a un hombre con más de tres prendas, pero se solía poner en la boca del difunto una moneda, con la que éste pagaría al barquero Caronte la travesía del río del Infierno. Al día siguiente el cadáver se exponía (prothesis) en la casa del fallecido o de un pariente próximo, con los pies dirigidos hacia la puerta, en donde se velaba por uno o dos días. Podía acudir cualquier hombre, pero estaba restringida la presencia de las mujeres a las de parentesco más próximo. La prothesis servía para confirmar la muerte y daba lugar al lamento funerario, protagonizado por las mujeres, que vestidas de negro y con el pelo recogido, se golpeaban el pecho y cantaban el lamento ritual, aunque a menudo se contrataban plañideras profesionales para el treno fúnebre. Delante de la casa se colocaba un vaso de agua lustral traída de una vivienda vecina porque la de la casa propia se consideraba contaminada. Con esa agua se rociaba los que salían del velatorio para purificarse, y el propio vaso situado en la puerta avisaba del fallecimiento.

Al tercer día, antes de la salida del sol, se celebraba la procesión (ecforá) hacia la sepultura, que la ley obligaba a celebrar sin grandes ostentaciones, por calles secundarias: Para que la muerte no mancillara la luz del sol y porque los ciudadanos no debían intentar sobresalir ni en vida ni en la muerte por sus recursos económicos. Se llevaba al muerto sobre el mismo lecho en el que había estado expuesto, en hombros de sus familiares o en un carro. Al frente del cortejo va una mujer portadora de un vaso para libaciones, luego los hombres y tras ellos las mujeres, cuyo atuendo estaba determinado por la ley (luto negro, gris o blanco). El cortejo fúnebre llegaba hasta la tumba, siempre fuera de las murallas de la ciudad, o en las posesiones familiares. Allí se inhumaba el cuerpo o se quemaba en una hoguera (según la condición social familiar, ya que la cremación resultaba costosa) recogiéndose las cenizas en una vasija, sin apenas ceremonia, porque la ley prohibía los sacrificios en las sepulturas. Sólo se purificaba la tierra y se hacían libaciones, tras lo cual la comitiva regresaba a la casa donde se celebraban largas ceremonias de purificación, pues la impureza provocada por el contacto con la muerte era la peor de todas. Los parientes del muerto se lavaban todo el cuerpo y luego participaban en la comida fúnebre. Al día siguiente, con agua del mar, se purificaba la casa. Tras todo ello se sucedían los banquetes al tercer día, al noveno, al trigésimo después de los funerales y los días de aniversario.

El lugar del enterramiento se marcaba con un elemento que sobresalía del suelo: desde un simple montón de tierra, una construcción de piedra o ladrillo o, más frecuentemente, una estela que tendía a representar la forma humana o representar al muerto. Así se conseguía recordar al difunto y evitar la violación de la tumba. Un elemento característico de los enterramientos griegos eran los epitafios, pequeños poemas de elevada calidad literaria que informaban al caminante sobre la personalidad del difunto, la forma de su muerte y la huella que había dejado entre los vivos.

Fuente:
Antonio Ballester Montesinos (Clásicas)



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