Ir al contenido principal

Impiedad, soberbia y catástrofe en Áyax de Sófocles

Ayax
Áyax el Grande

Autor: José Antonio Gutiérrez Alcoba 

NOTAS SOBRE AYANTE TELAMÓN DE SÓFOCLES

Esta obra constituye una de las más bellas tragedias de Sófocles, y deja al lector en un estado de contemplación y letargo reflexivo, que le obliga a meditar largamente antes de articular una opinión. En efecto, comprenderla exige un acto de madurez interpretativa cada vez más profundo, sin que pueda agotarse la plenitud de sentido allí contenida. Por ello al intentar construir una visión sobre el Ayante, se tiene la sensación de emitir una aserción siempre apresurada, cual si levantásemos con sin igual atrevimiento, los sellos secretos de una escritura venerable como sagrada.

¿Por dónde comenzar a analizar una obra que parece principiar en muchos lugares simultáneos como un diamante cuyas caras refulgen con incomparable brillo?


Ayax, hijo de Telamón y Eribea, reyes de la isla de Salamina, “fuerte antemural de los aqueos” como lo describiera Helena en la Iliada, el único quien, mediante la asignación que le concediera un sorteo, contendiera victoriosamente en combate singular contra Héctor, y alcanzara el más valioso honor militar al rechazar con valiente arrojo a este y a sus tropas cuando estuvieron a punto de prender fuego a las cóncavas naves aqueas surtas en las playas troyanas.

Ayax, obtuvo a Tecmesa, hija del frigio (troyano) Teleutante como botín de guerra y madre de su hijo Eurisaces; y viene a ser mediohermano de Teucro pues éste, siendo al mismo tiempo hijo de su mismo padre Telamón, fue concebido en el vientre de una reina, hija de Laomedonte [1] obtenida como efecto de conquistar un primer premio bélico.

Tal es el héroe sobre el cual recaerá la profunda ignominia de la locura.
Habían pasado para entonces pocos años de la caída de Troya, pues aún los
ejércitos aqueos no iniciaban el regreso, encontrándose acampado en las llanuras de Ilión (cuestión que se deduce del hecho de que siendo Tecmesa un botín de guerra frigio, se la puede suponer obtenida después de la victoria, y luego por el hecho de que Eurisaces ya era un niño).

Tal es el momento que por vía de hipótesis se puede colegir que el poeta eligió para iniciar esta obra.

Ayax, poseído por el furor de venganza al perder, durante un certamen que supone amañado por Agamenón y Menelao, la adjudicación de las armas de Aquiles que en justicia le correspondían, enceguece de ira al ver que “los crueles atridas” las otorgan al pérfido Odiseo, su mortal enemigo a quien aborrece llamándole “laertiada criminal”, “zupia inmunda del ejército”, “astuto zorro”, “odiosa escoria”.

De esta suerte, Ayax, fuera de sí por completo, inicia una cacería nocturna, busca a sus enemigos quienes duermen en sus tiendas y arrebatado por la locura, cegado por la ira que perturba sus facultades, dirige equivocadamente su mortífera y reconocidísima furia contra unas vacas en las que personifica a Odiseo, Agamenón y Menelao, en una sangrienta carnicería contra los establos del ejército y contra sus pastores.

No deja de sorprender en este punto la simetría narrativa en la que el poeta se funda para iniciar su tragedia. Como sabemos, ya en la Ilíada Homero canta a la ira de Aquiles y uno no puede dejar de apuntar que la ira del héroe se encuentra precedida de la ira del dios Apolo. En ambos casos el premio justo se usurpa a quien lo merece: Criseida a Apolo (la historia de Casandra, sacerdotisa del dios robada a este por Agamenón, mostrará con cuánto celo criminal castiga aquel a quienes osan desafiar sus mandatos) en la escena homérica la deidad ofendida inicia la devastación terrible de las tropas griegas mediante pestes y flechas hasta tanto no le sea restituida su sacerdotisa en una clara hecatombe de vidas humanas. De modo similar, la ira de Aquiles causada por la pérdida injusta de Briseida implicará la derrota paulatina del ejército hasta su destrucción completa de no mediar el hecho de la muerte sobrevenida a Patroclo por manos de Héctor, cual si en un orden descendente pudiera decirse que el castigo divino, precisamente por provenir del Olimpo se ejerza con mayor fuerza y rapidez (Apolo-Criseida), disminuyendo a medida que la escala ordenada del cosmos homérico se aproxima a los hombres. Así, la resistencia pasiva aquilea al no combatir (Aquiles-Briseida) desplazándose hasta el conflicto con un héroe semidivino, hasta que la guerra, al convertirse en supresión intolerable para el general mirmidón; recupera un nivel sagrado por la intervención de su deidad madre (Tetis-Aquiles) produciendo una carnicería.

Ayax no es un semidiós, sobre él no pesa un oráculo que, como en el caso de Edipo le condene a unas acciones predeterminadas, ni pretende dar nada a los hombres cual un Prometeo; a lo sumo desea ser reconocido por su valor indiscutible. Forma parte de su ethos familiar obtener con su esfuerzo los premios que este le acredita. No de otro modo Telamón obtuvo a la hija de Laomedonte, no de otro modo obtuvo las primeras armas de Héctor. La ausencia en el ser de Ayante de presencias divinas cual se observan en Homero, en Esquilo y en el mismo Sófocles por vía de las genealogías sagradas, muestran un evidente esfuerzo humanizador de la figura del héroe quien esta vez luchará en un campo de batalla completamente distinto: el hombre a sus solas fuerzas enfrentado con un dios.

Las tragedias, cuyo comienzo suele tomarse por el autor trágico “in media res”, según la acertada observación del escritor romano Horacio, irradian hacia los diversos tiempos, se inician en varios lugares simultáneos a medida que asistimos a su despliegue y se desarrollan en una sola corriente de sentido. Es oportuno entonces intentar unir sus varios aspectos en un esfuerzo analítico.

La “hybris”, insolencia y desmesura de Ayante se funda en la soberbia de un hombre que, confiando a sus solas fuerzas el resultado de sus empresas guerreras, deja de lado el auxilio de los dioses en actitud sacrílega que llamaríamos “impiedad”. Así, los dioses atentos a las ofensas que les infieren los mortales, están prestos a castigar sus faltas.

Es así como sabemos por boca del mensajero que ya en Salamina, es decir antes de la guerra troyana, desoyó el consejo de Telamón: “Hijo mío, con tu lanza has de procurar vencer; pero siempre con el favor de los dioses” a lo que necia y soberbiamente respondió este: “Padre, con el favor de los dioses hasta el hombre más inútil alcanza el triunfo; pero yo, aún sin ellos, creo que alcanzaré esa gloria” recordará también el mensajero que durante los combates troyanos dirigió similares palabras a Atenea cuando esta excitaba el valor de los aqueos ante las irresistibles acometidas de Héctor: “Reina, vete a exhortar a los demás aquivos, que por mi parte jamás declinará la lucha”.

Ayante, quien ha sido usurpado de las armas de Aquiles, usurpa él mismo el lugar de los dioses al no permitirles actuar en el campo de sus competencias propias y, tratándose la guerra de un asunto divino, se advierte allí una actitud desacralizadora en la que esta vez un mortal, no un semidiós les expulsa de su vivir, pues Ayante quiere él, actuar como un dios. Así, se puede observar que Ayante es un “antiteísta”; es decir, en palabras de Lang, un negador de los dioses del estado, no un ateo propiamente pues éste aunque los desprecie, sabe de su presencia.

Resulta sorprendente que el conflicto trágico aquí, verificándose solamente en relación con Atenea, se proyecta hacia todo el panteón griego considerado en su conjunto, de modo que aunque Penteo en “Las Bacantes” se niega a obedecer a Dionisos, Hipólito a Afrodita, Eteocles aplaza los sacrificios, Prometeo a Zeus etc, existe en ellos un reconocimiento de las divinidades adversarias que son, en su conjunto, completamente negadas por Ayante. Por el contrario, y como intento de acentuar la disimetría de los caracteres, a Odiseo, el máximo antagonista recordará Atenea al comienzo del drama: “No profieras nunca palabra orgullosa contra los dioses, ni dejes que te hinche la soberbia” cosa que este acepta de buen grado.

La tragedia de Ayante consiste un tanto en que los dioses, sabedores de su mal espiritual, le dejan proseguir en él, concediéndole las glorias propias de su jerarquía heroica hasta llegar el momento en que este, con prometeica actitud, rozó hirientemente las competencias de lo sagrado haciéndose él mismo un dios.

Ayante, no solamente se niega el auxilio de las divinidades; sino que en un nivel de paroxismo demencial efectúa una matanza que posee las características rituales de una hecatombe.

El acto sacrificial griego consta de algunos rasgos destacables en este punto. Así, en el canto I de La Iliada, el sacrificio de bueyes se realiza para aplacar la ira del dios Apolo (sacrificio cruento), y se le ofrecen ricos presentes que lleva Crises en desagravio (sacrificio incruento). En conjunto puede decirse que en la Iliada la ira divina era tan peligrosa para el ejército expedicionario, como la destrucción de sus medios de subsistencia alimentaria. Allí sólo de modo excepcional se sacrifican víctimas animales como efecto de eventos extraordinarios y, en el transcurso de estos rituales los hombres se nutren de los muslos dejando para los dioses las grasas y los huesos que son quemados sobre un altar preparado para ello, así en la escena referida, así en los funerales de Patroclo. En situaciones normales, la ira de los dioses es aplacada por este medio y en casos donde la insolencia acumulada por generaciones resulta mayor a las propiciaciones rituales el sacrificio fracasa y los linajes marchan hacia su perdición sin término, contexto en el que es posible comprender el fracaso de la manía inmolatoria de Agamenón con sus reiterados intentos de evitar el miasma sobrevenido contra la casa de Atreo, su padre. Es pertinente advertir aquí el hecho de que las sustituciones del ritual que conduciendo desde el sacrificio humano más primitivo, pasando por la inmolación animal, hasta llegar al sacrificio incruento; revela estructuralmente su naturaleza más profunda, entre las cuales destacan particularmente las señaladas por Eurípides en “Ifigenia en Áulide” (inmolación de la doncella), en “Ifigenia en el País de los Tauros” (sustitución de la víctima humana por una animal) por Eurípides También en los sacrificios ofrecidos a Artemis en “Hipólito” (incruentos), comparables dentro de la tradición religiosa hebrea con la sustitución de la víctima humana por la animal durante el así llamado sacrificio de Isaac.

El sacrificio se inicia como producto de una crisis: en esta, el orden divino ha sido violentado por los hombres al no obedecer, al no cumplir el orden humano sancionado por los dioses. En este orden, el significado de la palabra “crisis” del Griego “krino” , discriminación, discernimiento, implicaría en el acto sagrado, religioso propio del rito, la objetivación exterior del orden cósmico en su pureza y la comparación con el momento actual de la crisis desacralizadora, es decir; la actualización del mito. De tal modo puede atribuirse una función a las sucesivas repeticiones del momento primordial en la literatura griega y sus consecuentes gradaciones: despojado Apolo, despojado Agamenón, despojado Aquiles de Briseida como de Patroclo, todas las iras humanas y divinas exigen reparación, satisfacción, devolución y reapropiación del bien usurpado u otro equivalente y, aún cuando el bien comprometido se obtenga por medios lícitos, aún allí el hombre debe ceder la autoridad a los dioses. Es así como en actitud suplicante obtiene Príamo el cadáver de su hijo Héctor. Aquello que pertenece a los dioses, no pertenece a los hombres, y, en todos los casos, al violentar esta justicia, el exceder el campo de competencia propio de los antagonistas divinos o humanos en una tragedia, desencadena a esta.

A la ira se sigue la violencia, prácticamente en todos los conflictos trágicos existe este elemento fundamental.

De modo completamente desconcertante, la ira de Ayante se desata; no por una noble cautiva en disputa, no por amados despojos mortales, no por una crisis conyugal; sino por unas armas emblemáticas.

El tema de las armas aquileas tiene, en la versión homérica, una doble vertiente: sus primeras armas son capturadas por Héctor al dar muerte a Patroclo, y luego; las segundas construidas por Hefesto constituyen un bien muy preciado; por ellas no solamente Ayante contenderá con Odiseo y los atridas, sino que por este mismo motivo odiará a estos y a Neoptólemo, hijo de Aquiles, en la versión sofoclea del Filoctetes.

La diosa Atenea no tienta la pérdida de Ayante porque este le haya quitado un bien sagrado y si Homero cantó a la ira de un ser semidivino como a la de un dios; Sófocles canta aquí a la ira de un mortal insensato.[2]

La consumación de la violencia como sustitución victimaria se constata aquí siempre que se advierta que su acumulación se produce por una impiedad creciente en Ayante que, sin duda, debió desairar frecuentemente a los nexos sociales como religiosos conformadores de la cohesión común del ejército griego. Ayante no solamente desconoce a los dioses, desconoce completamente a los hombres, actitud completamente distinta de Antígona, la cual, si bien desafiaba la autoridad del tirano Creonte y las leyes de la polis, reconocía hasta la muerte el orden divino.

Al sacrificar a su propia ira los rebaños sagrados del ejército aqueo, el telamoníada incurre en impureza y roza la zona sagrada reservada a los dioses. Ayante, de modo sorprendente no les rinde homenaje alguno y purga su ira inmolando a su propio ego [3], rasgo al parecer compartido con su medio hermano Teucro, quien a la muerte de aquel, obvia por completo toda referencia numinosa. Aún en el caso de lo que podríamos llamar “iniciación guerrera de Eurisaces” que hace Ayante de su hijo, no lo consagra a otro númen más que a sí mismo.

La locura sobrevenida constituye una impureza, un tabú. Ayante, contaminado por “hybris” por orgullo, insolencia e impiedad, esparce su miasma destructor por todo el campamento salaminio. El coro advierte la pronta llegada de los atridas prestos a la venganza. La vuelta a la cordura de su rey le plantea problemas éticos de lealtad insoslayable, deberan combatir por su caudillo, entregarle, o aceptar que él tome la decisión final.

Ayante mismo, ahora poseído por un sentimiento de vergüenza, deshonrado; no consigue salir de su abatimiento. Su feroz como desmesurado individualismo le convierte en una amenaza para la supervivencia política del ejército. Si ya era peligroso en su locura, lo es más en su cordura que al recuperar le confirma en su ceguera inicial. Completamente separado de los hombres cuyas jerarquías desconoce, se convierte en un ácrata, en un anarquista incapaz de vivir en comunidad. Por ello quizás, con imperturbable desfachatez renuncie a los compromisos familiares que lo ligan a la sociedad y rechaza reiteradamente las sugestiones que en sentido opuesto le suplica Tecmesa, mujer única en quien Sófocles hace residir la sensatez.

Finge el héroe retirarse para deliberar consigo mismo, finge aceptar el mando de los atridas. Podría en este punto emprender una fuga, pero la vergüenza está ante él. Su orgullo tan duramente construido hasta hacerse como un dios se ve aniquilado, vencido en el combate contra unas vacas. Burla del ejército, escarnio de los salaminios, mirmidones e itacenses; decide morir.

Con el acto del suicidio, el dramaturgo dibuja el arco completo de la caída ignominiosa del héroe. En efecto siendo éste la suprema expresión de la virilidad y del valor épico, no pertenecía a su ethos la posibilidad de suicidarse. El suicidio es, en la Grecia del S. V. un hecho típicamente femenino, en la perspectiva de que las Erinias, diosas vengadoras de los más débiles, perseguirían a los culpables reales o supuestos de aquella muerte y Ayax, encarnación del tipo heroico más puro desciende aquí al nivel de la mayor debilidad.

Con su muerte, desplaza también hacia otros la culpa que habrá de otorgar un bien inmerecido. No solamente deja en el desamparo a Teucro su medio hermano, a Tecmesa su mujer, a su hijo Eurisaces, sino que también a un padre en el lejano pueblo de Salamina quien al retorno de estos podría sospechar, en ausencia del conocimiento de los hechos, que Teucro le ha dejado morir para apropiarse injustamente la herencia de su reino, de modo que visto en la perspectiva de Teucro esto significa una pesada carga y la fuente de futuras angustias en la que se advierte el tema trágico del conflicto entre hermanos.[4]

Se siguen luego las escenas tópicas de las honras fúnebres negadas que asumen Agamenón y Menelao contra la posición opuesta de Teucro percibiéndose en este punto una reedición del combate verbal entre Agamenón y Aquiles hablándose con “zahirientes palabras” suspendidas en el límite que la violencia amenaza desatarse entre ellos.

A cada paso de esta lectura, es imposible sustraerse al profundo trabajo renovador de los mitos efectuados por Sófocles. En efecto, sería simplificador indicar aquí la presencia de Atenea aconsejando esta vez a Teucro el no irse a las manos con los hijos de Atreo, pero se la supone inmiscuida implícitamente. El torrente violento a punto de salir fuera de cauce, se sustituye por una poderosa profusión verbal, no otra vía puede, en medio del conflicto dirimir la ira y aplacarla: el conflicto se hace logos, propiamente de esto se trata, de una logomaquia. Irónicamente, será Odiseo, el protegido de Atenea y encarnizado enemigo de Ayante, quien hará de apaciguador.

Los atridas tienen especial temor a las armas manejadas por Teucro, bien saben cuánto daño les han inferido las de Apolo “el flechador”, Odiseo posee un cerval pavor en Filoctetes a las flechas de Hércules, y si a cada arma corresponde una distinta divinidad, hemos de suponer que tras la logomaquia aquí señalada se desenvuelve a un nivel más profundo, una auténtica teomaquia con Apolo antagonista con Atenea. La toma de Troya, es decidida en la versión sofoclea por las armas de Filoctetes (allí dirá Odiseo que Teucro sabe también manejar las flechas hercúleas). Dibujado pues, con insuperable simetría, el poder de los adversarios en pugna, tornan estos a discutir la nobleza de sus respectivos linajes.

En este punto, aparecen señalados rasgos hasta entonces desconocidos sobre la maldición adquirida por la casa de Micenas. Asumíamos hipotéticamente que esta provendría de la culpa adquirida por Atreo al dar de comer a su hermano Tiestes a sus propios hijos en un festín sangriento. Pero he aquí que Sófocles revela por boca de Teucro que Agamenón y Menelao son hijos de una esclava cretense quien fuera condenada a morir por Atreo al sorprenderla en adulterio. Que son nietos de Pélope (bárbaro frigio) por lo cual luego, habrían luchado en Troya contra sus propios descendientes; salvando con esto un vacío hermenéutico de la interpretación histórica, al introducir el miasma maldito de la cultura minoico-cretense otrora dominante sobre la cultura micénica y predecesora de esta, según investigaciones recientes han podido comprobar.

Sabemos que los mitos griegos no poseen la inamovilidad de un canon, sino la ductilidad plástica que les confiere la creación poética. Señalemos así la linea investigativa que uniendo el hecho anterior con el robo de la esposa que hace Atreo en perjuicio de su hermano Tiestes para comprender que siendo esta madre de Egisto como de Agamenón y Menelao, para colegir que Egisto, quien vengará tales atrocidades tomando la vida de Agamenón, viene a ser mediohermano de los dos atridas.

De resultar ello cierto, por vía mítica se devela en esta obra de Sófocles la arqueología secreta que forma los estratos sucesivos amasados por la cultura micénica cantada por Homero y una confirmación de las modernas tesis históricas sobre aquel periodo.

El mal de Ayante surgió de él mismo, combatiendo al poder de los dioses.

El mal de los atridas consiste en una culpa adquirida y, al oficiar la sepultura de su hermano, Teucro purificará de impiedad al linaje de Telamón.

Aristocracia contra aristocracia, es Teucro quien vence. Todavía faltará mucho para que los atridas purguen el suyo.


Autor: José Antonio Gutiérrez



REFERENCIAS


[1] En la reinterpretación literaria romana sobre el linaje de Teucro, Virgilio en “La Eneida” dirá por boca de Dido que él “vuestro enemigo se ensalzaba con grandes alabanzas a los teucros y se decía oriundo de la antigua estirpe troyana”
[2] “...Medea como Ayax nos llevan nuevamente a la más elemental verdad de la violencia. Cuando no se la satisface, la violencia continúa almacenándose hasta el momento en que se desborda y se propaga a los alrededores con los más desastrosos efectos; el sacrificio intenta en la “buena dirección” los desplazamientos y las sustituciones espontáneas que se operan entonces...En el Ayante de Sófocles, ciertos detalles subrayan el estrecho parentesco entre la sustitución humana y la sustitución animal, antes de acometer a los rebaños Ayante manifiesta por un instante la intención de sacrificar a su propio hijo. La madre no toma esta amenaza a la ligera y se apresura a poner a salvo al niño...” GIRARD, RENE. “La violencia y lo sagrado” Ed. Biblioteca Universidad Central de Venezuela. Caracas 1980 p 17
[3] En el Himno a Hermes que leemos en “La Batracomiomaquia” aparece esto por vez única en la literatura griega. Allí Hermes, después de robar del establo las vacas sagradas de Apolo, las inmola, autoconsagrándose dios. Apuntaremos sin embargo que este hecho, al suceder en la realidad divina de los olímpicos; no constituye una transgresión.
[4] Esta será en efecto una de las versiones del mito de Ayante recogida por Pausanias dos siglos después “...Además está en el Pireo, junto al mar, el Freatis donde los fugitivos, si cuando han marchado a otra parte, les sobreviene una acusación, se defienden desde una barca ante los que escuchan desde tierra. Fue Teucro el primero de quien nos habla la leyenda que se defendió de este modo ante Telamón de no haber tomado parte en la muerte de Ayax. He querido decir todo esto para los que tengan interés en conocer lo relativo a los tribunales...” Pausanias. “Descripción de Grecia” 28,10.