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Homero, el poeta eterno

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 Prof. Rosana Gallo (1)

Mucho se ha dicho en todos los tiempos acerca de Homero, el poeta, el rapsoda, el aedo, que Grecia le dio a la humanidad. Su legado fue enorme, A veces me pregunto: ¿Qué hubiera sido del mundo sin él? Es menester recalcar y recordar que sus famosos poemas fueron la paidea de la educación griega de la antigüedad y posteriormente de la romana.

Cualquier hombre que deseaba ser considerado “culto y civilizado” en la antigua Grecia y en Roma debía aprender de memoria los versos de sus poemas. Y, en el caso de los romanos, debían hacerlo en su lengua original, el griego. Así arrancaba la educación en esos tiempos lejanos, era la base de ella; luego se incorporarían otros poetas, filósofos, y los diversos conocimientos con los que se completaba una buena educación.

Entre los griegos de la antigüedad la existencia de Homero fue indiscutida; recién en la época alejandrina, esto es, entre los siglos III al II a. C., comenzó a dudarse.

Homero fue un aedo, un rapsoda, que recitó sus poemas de pueblo en pueblo, al igual que cualquier otro hombre dedicado a lo mismo, sólo que él logró destacarse por sobre los demás, fue el elegido.

Lo que sí fue dudoso es dónde nació. Diversos sitios se atribuyeron su lugar de nacimiento: Quíos, Colofón, Cumas, Itaca, Argos, Atenas, Esmirna. No es para menos, ya que todos querían tenerlo como el gran hijo nacido en su tierra. Si tomamos los dichos del “Padre de la Historia”, Herodoto, fue jónico, muy posiblemente de Esmirna. Sostie-ne que nació en el siglo IX a. C.; mientras que otras fuentes disienten con esto y dicen que su siglo fue el VIII a. C. Su nombre verdadero era Melasígenes.

Su madre fue Creteida, huérfana natural de Cumas (Asia Menor). Se desconoce la pater-nidad de nuestro poeta. Desde pequeño demostró condiciones para el arte, a tal punto, que un maestro de escuela, llamado Femio, se encargó de su educación.

En cierta ocasión, un patrón de nave cuyo nombre era Mente le comentó a Melasígenes sobre la importancia de recorrer el mundo, llevándoselo con él.

Conoció Iberia e Italia. Cuando arribaron a la isla de Itaca, en ese afán de recorrerlo todo, el joven enfermó de la vista. Mente continuó su viaje sin Melasígenes. Mientras éste se recuperaba de su enfermedad, adquirió noticias de las aventuras de Odiseo.

Luego regresó con Mente, continuando su viaje; pero, al llegar a Colofón quedó ciego en forma definitiva. A raíz de esto se estableció en Esmirna, dedicándose a la poesía, llevando una vida errante por ciudades y puertos de las cercanías.

(1) Abogada y Procuradora egresada de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Profesora Adjunta Regular de Derecho Comercial por concurso de oposición en la Facultad de Derecho de la UBA. Doctoranda en la misma institución. Profesora Adjunta de la Universidad Abierta Interamericana. Investigadora Adscripta al Instituto A. Gioja (Rectorado UBA).  Coordinadora del Seminario Permanente de Investigación “Helenismo y Derecho: aportes, debates y tendencias” en el Instituto de Investigaciones A. Gioja. Directora de proyectos de investigación Decyt en la Facultad de Derecho de la UBA. Escritora.

En Cumas intentó que el erario público le mantuviera como “aedo oficial”, pero no obtuvo lo esperado. El argumento que rechazó su petición fue el siguiente:”si se le concedía a un ciego (omeros) habría que hacerlo con todos los de la ciudad”. Desde entonces se lo llamó Homero, es decir, el ciego.

Luego prestó servicios como preceptor de los hijos de un terrateniente de Quíos. En lo personal, Homero pudo acumular una pequeña fortuna, contrajo nupcias y tuvo dos hijas.

Deseoso de conocer Atenas, llegó a Samos, posteriormente a la isla de Ios, lugar en donde falleció. Fue enterrado en la misma playa.

En cuanto a sus obras, hay una corriente que afirma que la Ilíada y la Odisea, serían de diferentes autores. Pero bien pueden pertenecer al mismo poeta y que las compusiera en distintas épocas de su vida.

Como sabemos, la Ilíada nos narra la guerra entre los griegos y los troyanos; comenzando el poema con el último año de los diez que duró el sitio de Troya; mientras que la Odisea es el regreso de Odiseo –Ulises para los romanos- desde la caída de Troya hasta su hogar situado en la isla de Itaca, y de todos los infortunios y aventuras que durante esos diez años le sucedieron.

Además de estas dos grandes obras, se le atribuyeron los denominados Himnos homéricos. Son dedicados a los dioses griegos a modo de elogio o a fin de implorar su protección. Su autoría también es discutible. En un total suman 33 himnos.

Y aún tenemos otra obra más que en la antigüedad también se la atribuyó a nuestro poeta: Batracomiomaquía. En ella se narra la lucha entre los ratones y las ranas. Posteriormente se desechó la autoría de Homero, pero no obstante ello, la siguen editando aún en la actualidad con su nombre.

Los poemas homéricos, esto es, la Ilíada y la Odisea, fueron recopilados y escritos por un grupo de poetas jonios, contratados a tal fin por Pisístrato, tirano de Atenas, en el siglo VI a. C. Cabe destacar que entre los tiranos era muy común que fomentaran el desarrollo de la cultura y las artes en todas sus manifestaciones. El mejor ejemplo de esto fue Pisístrato.

Podemos afirmar que, si por un lado, le debemos al gran Homero sus extraordinarias obras que fueron no sólo como se ha dicho antes la paidea de la educación greco- romana, sino también fuente de inspiración para los poetas que vinieron después; por otro lado, también debemos agradecerle al tirano de Atenas el haber recopilado y plasmado por escrito estas obras, que de lo contrario muy probablemente se hubieran perdido con el correr de los siglos, y que merced a esto, todos podemos tener al presente estos poemas inmortales y seguir aprendiendo de ellos, tal como lo hizo el hombre de la antigüedad.

Por otra parte, estos poemas, en especial la Ilíada, es muy importante desde la óptica jurídica, ya que nos aporta datos sobre el prederecho, las normas consuetudinarias que regían en la época en que sucedió el asedio y caída de Troya, el intercambio de bienes, cómo era interpretada e impartida la justicia, la función de los basileus, y la forma en que se dirimían los conflictos en materia penal.

Por todo ello, no le cabe a nuestro gran Homero sostener que fue, es y será el “poeta eterno”.

Bibliografía consultada:

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