La mujer en la Grecia clásica - Claude Mossé

Hipatia de Alejandría



Tenemos a las hetairas para el placer, a las concubinas para que se hagan cargo de nuestras necesidades corporales diarias y a las esposas para que nos traigan hijos legítimos y para que sean fieles guardianes de nuestros hogares”.
Demóstenes, Contra Neera.

Reseña del libro de Claude Mossé

La mujer en la Grecia Clásica

Breve e interesante ensayo de la historiadora francesa Claude Mossé en torno a la condición social de la mujer en el mundo de hombres que fue la antigua Grecia. Y digo “antigua” (palabra comodín que no ubica al lector en ninguna época concreta dentro del período histórico griego que va de Homero a Alejandro) y no “clásica” (que sí sitúa tópicamente en el siglo V a.C.), porque así es el título en el original francés, ése es el espacio histórico que abarca, y por tanto así debería haberse traducido (quizá se ha buscado eludir estúpidamente la connotación negativa de lo “antiguo” y atraer la positiva de lo “clásico”, quién sabe). 

En el marco de los estudios sobre la sociedad griega, y concretamente en la parcela de los estudios de género, existen algunos lugares comunes, unos un tanto desusados, otros en cambio más frecuentados. Por un lado, tenemos las hipótesis sobre las sociedades matriarcales arcaicas del Egeo, lanzadas hace ya unos 150 años por J.J. Bachofen (El matriarcado, Ed. Akal, 1992), que van desde la consideración seria y formal de la mítica comunidad de las amazonas, hasta la matrilinealidad como sistema sucesorio en la sociedad cretense, o el ejercicio del poder en, por ejemplo, Micenas, Fócide o Argos por parte de Clitemnestra, Anaxibia o Egialea respectivamente. Por otro lado, existe el camino más transitado que se centra en el análisis de la sociedad griega como algo netamente masculino, convirtiendo a la mujer en la encarnación de todos los males del hombre (Pandora) y la relega a las únicas tareas de la reproducción y del cuidado de la casa. 

De manera aséptica y objetiva, Claude Mossé se encamina por este segundo sendero y describe a lo largo de escasos cinco capítulos y dos apéndices la situación de inferioridad en la que, independientemente de la escala social, del nivel de riqueza o de las leyes vigentes, se ha encontrado siempre la mujer helena. 

Ciñéndose al patrón habitual (y no por ello menos cierto) de los estudios clásicos de género, y apoyándose a menudo en autores como el recientemente fallecido Jean-Pierre Vernant o el helenista Moses I. Finley, la autora ilustra la idea de que la mujer es un simple elemento de intercambio usado para crear vínculos, alianzas y obligaciones entre dos familias; carece de voluntad y su único papel activo es el de señora de la casa. Esta afirmación tiene validez siempre, estemos en la Troya de Homero o en la Atenas de Pericles. Porque en la ciudad griega, en la polis (que no es más que un “club de hombres”), la mujer queda definitivamente integrada como un ser marginal con una categoría parecida a la del esclavo y que siempre ha de ir acompañada de la figura de un tutor (sea el padre, el esposo, el hermano…). La mujer nunca será una “ciudadana” (la palabra existe en griego, pero vacía de significado) sino, como mucho, “la esposa de un ciudadano”. “Eterna menor” o “inferior” son términos que Mossé aplica a la mujer; sin embargo, nunca habla de discriminación. 

Esto puede deberse a que “discriminar” connota la idea de querer diferenciarse de algo que en realidad es equiparable, quizá precisamente porque es equiparable. Y no es esta la visión que el hombre griego tiene de la mujer. Se discrimina al esclavo, que es un hombre que por avatares del destino le ha tocado vivir en esa condición; pero no se discrimina a la mujer, quien ya de por sí es un ser inferior. 

El libro dedica especial atención a la mujer ateniense como modelo válido para cualquier otra polis griega. Hace hincapié en la descripción de los distintos papeles que puede desempeñar una mujer griega en ese marco político: el de esposa (gyné), concubina (pallaké), prostituta (porné) o cortesana (hetaira, la misma palabra con que se identifican los famosos “Compañeros” de Alejandro, los hetairoi). 

Todas estas funciones son legítimas y están aceptadas socialmente, lo cual explica por qué en Grecia nunca hubo objeción a la existencia de la monogamia. De esos cuatro papeles, el que proporciona mayor independencia y libertad es, curiosamente, el último. La hetaira, siempre extranjera, es un término medio entre la prostituta y la mujer de compañía, con libertad para salir a la calle, participar en banquetes masculinos e incluso tener propiedades. Algunas de estas mujeres han pasado a la historia por la influencia que ejercieron sobre destacadas personalidades del mundo griego: Aspasia, de quien se cuenta, entre otras muchas cosas, que convenció a Pericles para que hiciera la guerra contra Samos; Diotima, frecuentada por Sócrates e inmortalizada por Platón en el Banquete (su nombre, por cierto, es también el de un portal de internet dedicado a la mujer en la Antigüedad: http://www.stoa.org/diotima/); o Friné, a quien Praxíteles usaba de modelo para sus esculturas (fue el primer escultor que representó a la mujer completamente desnuda), y que se libró de una acusación de impiedad mostrándose ante el tribunal como vino al mundo.

También se presta atención, aunque menos, a la mujer espartana como caso paradigmático; de ella se afirma que, pese a la aparente mayor libertad con respecto al resto de griegas, la idea subyacente en la sociedad espartana no deja de ser la misma que en Atenas, Corinto o Tebas. Y esa idea también subyace, aunque no lo parezca, en las obras de todos los autores clásicos griegos: Esquilo, Sófocles, Aristófanes e incluso Eurípides, a veces considerado por la posteridad como feminista. Sólo el filósofo Platón, al final de sus años, concede una cierta equiparación entre la mujer y el hombre (en Las Leyes), sin duda llevado por el descontento que le produce la sociedad en la que le ha tocado vivir. Se trata por tanto de un rápido recorrido por el universo griego desde la perspectiva de la inferioridad del género femenino, que no cae en el absurdo de hacer anacrónicos juicios de valor. 

Quizá adolezca, en opinión personal, de no haber utilizado más los textos clásicos, que son fuente inagotable para ilustrar esa idea de inferioridad que está grabada a fuego en la mentalidad del hombre griego y también, probablemente, de la mujer griega. En estos textos, apenas se empieza a escarbar se encuentran frases como éstas: 

 “El silencio es un adorno en la mujer”. Sófocles, Áyax

 “Y también en la relación entre macho y hembra, por naturaleza, uno es superior y otro inferior, uno manda y otro obedece”. Aristóteles, Política

 “De aquellos que nacieron como hombres, todos los que fueron cobardes y se pasaron la vida haciendo maldades fueron transformados, en su segundo nacimiento, en mujeres”. Platón, Timeo

 “La esposa no debe tener sentimientos propios, sino que debe acompañar al marido en los estados de ánimo de éste, ya sean serios ya alegres, pensativos o bromistas”. Plutarco, Moralia

 Y, finalmente, el Catálogo de las mujeres, del poeta de los siglos VII-VI a.C. Semónides de Amorgos. Pese a su extensión, vale la pena reproducir entero el fragmento conservado por su carácter ilustrativo y porque (entiéndase bien) es lo más interesante de toda esta reseña: 

 “De modo diverso la divinidad hizo el talante de la mujer / desde un comienzo. A la una la sacó de la híspida cerda: / en su casa está todo mugriento por el fango, / en desorden y rodando por los suelos. / Y ella sin lavarse y con vestidos sucios, / revolcándose en estiércol se hincha de grasa. / A otra la hizo Zeus de la perversa zorra, / una mujer que lo sabe todo. No se le escapa / inadvertido nada de lo malo ni de lo bueno. / De las mismas cosas muchas veces dice que una es mala, / y otras que es buena. Tiene un humor diverso en cada caso. / Otra, de la perra salió; gruñona e impulsiva, / que pretende oírlo todo, sabérselo todo, / y va por todas partes fisgando y vagando / y ladra de continuo, aun sin ver nadie. / No la puede contener su marido, por más que la amenace, / ni aunque, irritado, le parte los dientes a pedradas, / ni tampoco hablándole con ternura, / ni siquiera cuando está sentada con extraños; / sino que mantiene sin pausa su irrestañable ladrar. / A otra la moldearon los Olímpicos del barro, / y la dieron al hombre como algo tarado. Porque ni el mal / ni el bien conoce una mujer de esa clase. / De las labores sólo sabe una: comer. / Ni siquiera cuando Zeus envía un mal invierno, / por más que tirite de frío, acerca su banqueta al fuego. / Otra vino del mar. Ésta presenta dos aspectos. / Un día ríe y está radiante de gozo. / Cualquiera de fuera que la ve en su hogar la elogia: / “No hay otra mujer más agradable que ésta / ni más hermosa en toda la tierra.” / Al otro día está insoportable y no deja que la vean / ni que se acerque nadie; sino que está enloquecida / e inabordable entonces, como una perra con cachorros. / Es áspera con todos y motivo de disgusto / resulta tanto a enemigos como a íntimos. / Como el mar que muchas veces sereno / y sin peligro se presenta, alegría grande a los marinos, / en época de verano, y muchas veces enloquece / revolviéndose en olas de sordo retumbar. / A éste es a lo que más se parece tal mujer / en su carácter: al mar que es de índole inestable. / Otra procede del asno apaleado y gris, / que a duras penas por la fuerza y tras los gritos / se resigna a todo y trabaja con esfuerzo / en lo que sea. Mientras tanto come en el establo / toda la noche y todo el día, y come ante el hogar. / Sin embargo, cuando se trata del acto sexual, / acepta sin más a cualquiera que venga. / Y otra es de la comadreja, un linaje triste y ruin. / Pues ésta no posee nada hermoso ni atractivo, / nada que cause placer o amor despierte. / Está que desvaría por la unión de Afrodita, / pero al hombre que la posee le da náuseas. / Con sus hurtos causa muchos daños a sus vecinos, / y a menudo devora ofrendas destinadas al culto. / A otra la engendró una yegua linda de larga melena. / Ésta evita los trabajos serviles y la fatiga, / y no quiere tocar el mortero ni el cedazo / levanta ni la basura saca fuera de su casa, / ni siquiera se sienta junto al hogar para evitar / el hollín. Por necesidad se busca un buen marido. / Cada día se lava la suciedad hasta dos veces, / e incluso tres, y se unta de perfumes. / Siempre lleva su cabello bien peinado, / y cardado y adornado con flores. / Un bello espectáculo es una mujer así / para los demás, para su marido una desgracia, / de los que regocijan su ánimo con tales seres. / Otra viene de la mona. Ésta es, sin duda, / la mayor calamidad que Zeus dio a los hombres. / Es feísima de cara. Semejante mujer va por el pueblo / como objeto de risa para toda la gente. / Corta de cuello, apenas puede moverlo, / va sin trasero, brazos y piernas secos como palos. / ¡Infeliz, quienquiera que tal fealdad abrace! / Todos los trucos y las trampas sabe / como un mono y no le preocupa el ridículo. / No quiere hacer bien a ninguno, sino que lo que mira / y de lo que todo el día delibera es justo esto: / cómo causar a cualquiera el mayor mal posible. / A otra la sacaron de la abeja. ¡Afortunado quien la tiene! / Pues es la única a la que no alcanza el reproche, / y en sus manos florece y aumenta la hacienda. / Querida envejece junto a su amante esposo / y cría una familia hermosa y renombrada. / Y se hace muy ilustre entre todas las mujeres, / y en torno suyo se derrama una gracia divina. / Y no le gusta sentarse con otras mujeres / cuando se cuentan historias de amoríos. / Tales son las mejores y más prudentes / mujeres que Zeus a los hombres depara. / Y las demás, todas ellas existen por un truco / de Zeus, y así permanecen junto a los hombres. / Pues éste es el mayor mal que Zeus creó: / las mujeres. Incluso si parecen ser de algún provecho, / resultan, para el marido sobre todo, un daño. / Pues no pasa tranquilo nunca un día entero / todo aquel que con mujer convive, / y no va a rechazar rápidamente de su casa al hambre, / odioso compañero del hogar, dios de mal temple. / Cuando piensa un hombre gozar de mejor ánimo / en su hogar, por gracia de los dioses o fortuna humana, / encuentra ella un reproche y se arma para la batalla. / Pues donde hay mujer no puede recibirse con agrado / ni siquiera a un huésped que acude a la casa. / La que parece, en efecto, que es la más sensata, / ésa resulta ser la que más ofende a su marido, / y mientras anda él de pasmarote, sus vecinos / se ríen a su costa, viendo cuánto se equivoca. / Cada uno hará elogios recordando a su propia / mujer, y censuras cuando evoque a la de otro. / ¡Y no advertimos que es igual nuestro destino! / Porque éste es el mayor mal que Zeus creó, / y nos lo echó en torno como una argolla irrompible, / desde la época aquella en que Hades acogiera / a los que por causa de una mujer se hicieron guerra.” 

 (Traducción de C. García Gual)


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